William Paley y el argumento de la complejidad irreducible

Por Felipe Aizpún

William Paley (1743-1805) fue uno de los autores más influyentes de su tiempo en su reivindicación de la necesidad de una explicación sobrenatural para la complejidad de los organismos vivos. Destacó también por su lucha decidida por la abolición del mercado de esclavos y publicó gran número de trabajos sobre filosofía, teología y moral. En su archifamosa “Teología Natural” desarrolló un contundente argumentación a favor de la inferencia de diseño en la Naturaleza y esa inferencia de diseño era, lógicamente, puesto que de un clérigo se trataba, presentada como una prueba inductiva de la existencia de un Dios Creador. Dejando al margen las elucubraciones de naturaleza religiosa podemos quedarnos con el valor estrictamente científico y filosófico de su discurso y con el notable prestigio adquirido por el buen clérigo inglés en su época merced a la innegable contundencia de sus argumentaciones y la sólida base científica de los vastos conocimientos desplegados en su obra, de acuerdo por supuesto con las limitaciones y alcance propios de su tiempo.

Pero aparte de su comprensible celebridad y de la famosa analogía de diseño sobre el reloj encontrado por azar en un prado, que tanta popularidad alcanzara, lo que hoy vengo a resaltar es la presencia en el libro de Paley de una reflexión que conecta específicamente y de forma inconfundible con el argumento contemporáneo de la complejidad irreducible. Este argumento de la complejidad irreducible de los organismos vivos ha sido desarrollado de forma magistral en la literatura contemporánea como es bien conocido por Michael Behe, y su ejemplo del flagelo bacterial ha ocupado con justo título un lugar de privilegio entre los iconos del movimiento del Diseño Inteligente.

Pues bien, es bueno recordar de vez en cuando que tal argumento no es un espejismo, ni mucho menos una trampa dialéctica superada por los descubrimientos científicos más recientes sino un argumento tan sólido en la actualidad como lo fuera ya hace dos siglos cuando lo formulara, con otras palabras por supuesto, el buen clérigo anglicano William Paley. Resulta más que interesante recorrer las propias palabras del libro Teología Natural y ver con qué claridad de ideas y con qué espontaneidad y naturalidad, a la altura de los conocimientos científicos de su tiempo, Paley intuía con perfecta lucidez la importancia del argumento de la complejidad de los organismos vivos, no para intentar desbancar el evolucionismo gradualista de una teoría darwinista todavía no formulada sino simplemente para expresar una intuición perfectamente natural que surge de la observación de la Naturaleza sin otras pretensiones que las de dar cuenta de lo que se observa y de las características racionalmente descriptibles de aquella. Paley no utiliza el concepto de la complejidad irreducible exactamente en los términos más precisos en los que lo ha desarrollado Behe en la actualidad pero sí apunta, a través de la idea de “relación”, a la mutua dependencia de las partes de un todo y a la inferencia de una agencia y un “arte” que de ello se desprende.

“Cuando varias diferentes partes contribuyen a un efecto, o lo que es lo mismo, cuando un efecto es producido por la acción conjunta de diferentes instrumentos, la adecuación de tales partes o instrumentos entre sí, para el propósito de producir, por su acción conjunta el efecto es lo que yo llamo relación; y allí donde esto se observa en la obra de la naturaleza o del hombre, me parece que lleva consigo una evidencia decisiva para inferir intencionalidad, arte.”

En otro punto añade Paley que un grano o un lunar pueden aparecer por azar pero nunca un ojo; que un terrón, un guijarro, o una gota de un líquido, quizás, pero nunca un reloj o un telescopio. Paley además entendía que su concepto de “relación”, es decir la armonía y la mutua dependencia entre las partes no sólo se extendía a los distintos órganos de un ser vivo, como el ojo, el hígado o la vejiga, sino también al conjunto del organismo, es decir al conjunto de partes miembros y sistemas que conforman el animal y lo adaptan a su distintiva forma de vida.

Estas reflexiones de Paley no puede negarse que son intuitivas y razonables en grado sumo. Lo natural, (ya lo hemos dicho en otro comentario) es la inferencia de diseño. Frente a tan evidente conclusión es lógico que quien pretenda la falsedad de la misma deba aportar evidencias convincentes extraídas de la propia Naturaleza. Y no simples ejemplos de pequeñas mutaciones o de la aparición de variedades de forma espontánea. Ya sabemos puesto que lo hemos explicado ampliamente que el avance en la diversidad no es la característica distintiva del hecho evolutivo, sino el progreso en la complejidad. Lo que se pretende demostrar es que los organismos complejos pueden conformarse de manera fortuita y para ello, y puesto que tal proposición resulta evidentemente contraria a la intuición más razonable, es imprescindible aportar la evidencia empírica de casos en que tal extraordinario evento haya efectivamente acaecido de manera demostrable.

Como es sabido, no existe ningún ejemplo en la historia de la ciencia que pueda pretender asemejarse ni por asomo a lo que se precisa demostrar. La complejidad irreducible de los organismos vivos y de sus sistemas biológicos funcionales, desde Paley hasta Michael Behe, pasando por Grassé (quien también la esgrimiera como reivindicación inapelable), supone una barrera infranqueable para cualquier hipótesis gradualista. No tanto, o no sólo, porque suponga un reto teórico destacado, sino principalmente porque la tozuda realidad se empeña en negarnos evidencia empírica alguna que haya podido nunca poner en cuestión su solidez y contundencia argumentativa.

5 Respuestas para William Paley y el argumento de la complejidad irreducible

  1. Buen artículo, pero genera muchas preguntas.

    El arsénico se supone ser tan similar al fósforo que en reacciones bioquímicas es común que el arsénico lo substituya. El arsénico también tiene usos médicos, así que no es tan sorprendente que la bacteria lo haiga utilizado, especialmente en aguas salinas, ya que la sal hace al arsénico mas soluble.

    Una pregunta más importante fuera si el arsénico realmente está funcionando como el fósforo en la célula.

    Un poco mas aquí: Arsenic-eating microbe may redefine chemistry of life

  2. Talvez esté yo completamente equivocado, pero el descubrimiento no me parece tanto como para trasladarlo a la vida en otros planetas, sino en la búsqueda de cómo se adaptó a esas condiciones, la bacteria.

    Creo que se debe a las premisas en las que se basa la investigación astrobiológica, que se grite tanto sobre cosas como esta. Con supuestos como:

    1. Que la vida puede surgir fácilmente por azar siempre que se presenten las condiciones.

    2. Que un origen de la vida por medio de una inteligencia subyacente no es una posición seria.

    Es de esperar que haya sido una BOMBA.

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