Felipe Aizpun

La propuesta del criterio de etapas que no hayan sido objeto de selección positiva introduce a su vez dos elementos problemáticos. El primero es el de la “graduación” de la complejidad irreducible. Según Behe un “sistema” resultará irreduciblemente complejo en mayor o menor medida en función del número de etapas “no seleccionadas” que contenga. Sin embargo, parece razonable conceder (en contra de lo que llega a decir el propio Behe) que la complejidad irreducible es un concepto que no admite graduación, o se tiene o no se tiene, y ello ya pone de relieve la dificultad de subsumir unas categorías en otras. De hecho resulta evidente que esta discutible matización de Behe al concepto de complejidad irreducible no es sino una concesión al intento de hacer encajar tal calificativo en relación a la naturaleza organizativa y funcional de los procesos secuenciales en estudio.

El segundo problema, y no precisamente menor, es que el intento de justificación de la complejidad irreducible de este tipo de procesos resulta en última instancia meramente tautológico. En efecto, según Behe, un proceso como la hemostasis no puede ser alcanzado por mecanismos darwinistas ya que viene caracterizado por una complejidad irreducible que así lo previene. Al mismo tiempo, su complejidad irreducible viene definida por el hecho de que tal proceso está formado por etapas que no han podido ser objeto de selección darwiniana. Pero si realmente se pudiera afirmar que determinadas etapas del proceso no se han podido consolidar por mecanismos darwinianos, entonces resultaría superfluo apelar a la complejidad irreducible del proceso para defender la falta de una explicación evolucionista convencional del mismo.

Moran es consciente de la debilidad de la argumentación y así lo hace notar en su réplica a Torley, poniendo de manifiesto que la defensa de Behe ante las objeciones de sus críticos se basa en última instancia en que aquellos mecanismos que parecen razonablemente poder haber sido conformados por un procedimiento darwinista carecen, por esa misma razón, de la condición de irreduciblemente complejos. En definitiva un razonamiento, como he dicho, tautológico. Moran así, se hace fuerte, y reivindica que las variadas rutas metabólicas propuestas en las diferentes críticas, incluido el ciclo de Krebs, se ajustan impecablemente a la definición teórica en la literatura tradicional del DI de un organismo irreduciblemente complejo, toda vez que el resultado “funcional” (al amparo del planteamiento hecho por el propio Behe) del mecanismo dejaría de producirse si faltase uno sólo de los elementos de la secuencia. Su posición es, en principio, consistente. Es evidente que el argumento que rechaza el gradualismo para los sistemas funcionales complejos no se acomoda de igual manera a un sistema de eventos de tipo secuencial. Una secuencia de etapas es, por naturaleza, un evento que se produce de forma gradual en el tiempo y esa cadencia temporal encaja de forma intuitivamente irreprochable en el sentido gradualista del modelo darwiniano.

Por lo tanto, si la imposibilidad de un escenario gradualista no parece un argumento oportuno, Behe invoca entonces la identificación en el proceso de etapas que, por no ser estrictamente funcionales sino meramente coadyuvantes, no pueden invocarse como pasos seleccionados por la evolución. Continúe leyendo »

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Felipe Aizpun

Hace unas semanas podíamos leer un debate en torno a la complejidad irreducible de los organismos biológicos (o de sus partes) entre el filósofo pro-DI Vincent Torley y el biólogo pro-darwinismo Larry Moran. Torley había escrito una reconsideración detallada del argumento de la complejidad irreducible como prueba de diseño aquí. Y Moran había respondido en su propio blog así, dando lugar a una nueva respuesta de Torley.

El objeto de este comentario es reflexionar sobre uno de los puntos que resultaron especialmente relevantes en el intercambio sin entrar a valorar todos los asuntos que fueron objeto de debate; en concreto sobre lo acertado de aplicar el concepto de complejidad irreducible a ciertos mecanismos biológicos. Comenzaremos recordando cuál es la definición de complejidad irreducible tal como Michael Behe la formulara en su ya clásico “Darwin´s Black Box” (1996):

Entiendo que un sistema es irreduciblemente complejo si está compuesto de varias partes interconectadas y bien ensambladas que contribuyen a su función básica, y donde la pérdida de una cualquiera de las partes provoca que el sistema cese efectivamente en su función.

Han sido muchos los ejemplos de sistemas biológicos propuestos desde entonces como ejemplo de mecanismos irreduciblemente complejos. El argumento a favor de una causación inteligente que seguía a la atribución de complejidad irreducible a los sistemas se basaba, recordémoslo, en el hecho de que los sistemas de este tipo no pueden ser reivindicados como fruto de un proceso de naturaleza darwinista, es decir, como un proceso de formación del mismo por acumulación de partes, ya que éstas no serían operativas hasta que el sistema completado pudiera ser funcional. Por lo tanto, los estadios intermedios no podrían haber sido nunca objeto de selección natural positiva. Por el contrario, conocemos que tales tipos de sistemas operativos conteniendo un diseño funcional sustentado sobre un esquema de control formal son siempre, en la medida de nuestra experiencia, el resultado de la acción de una inteligencia creadora como es el caso de la inteligencia racional del ser humano.

De entre los diferentes ejemplos propuestos por Behe, dos son los que vamos a retener en nuestro análisis, sin duda los dos más emblemáticos en la literatura científica a partir de entonces: el flagelo bacteriano y el proceso de coagulación de la sangre o hemostasis y que nos abstendremos de describir minuciosamente dando por hecho que el lector estará más o menos familiarizado con los mismos; o puede en todo caso hacerlo aquí y aquí.

Lo que me interesa recalcar ahora es uno de los argumentos que Moran opone a Torley en su debate: la existencia de sistemas que supuestamente deberían de encajar en la descripción de complejidad irreducible exhibida por los teóricos del DI y que sin embargo pueden reivindicarse legítimamente como sistemas susceptibles de haberse configurado por un proceso evolutivo de tipo darwinista; en concreto se refiere Moran al ciclo del ácido cítrico también conocido como ciclo de Krebs. Este ciclo constituye una ruta metabólica, es decir una sucesión encadenada de reacciones químicas, que forma parte de la respiración celular en todas las células aeróbicas. Lo curioso de este ejemplo de Moran es que el ciclo de Krebs es uno de los ejemplos que algunos defensores del DI oponen precisamente como muestra evidente de complejidad irreducible, es decir, como ejemplo de un entramado bien orquestado de reacciones químicas que no resulta imaginable se hayan organizado de forma espontánea para favorecer un resultado funcional. He aquí un ejemplo. No voy a ocultar sin embargo que el propio Behe en un artículo de 2000 titulado Irreducible Complexity and the Evolutionary Literature: Response to Critics (Behe 2000a) concede que este ciclo metabólico, como otras rutas metabólicas identificables en los organismos vivos, “podrían” haber surgido de forma fortuita por mecanismos estrictamente darwinistas. Una sensible discrepancia que da pie a esta reflexión. Continúe leyendo »

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