abr 122012
 

Felipe Aizpun

Massimo Pigliucci es, sin lugar a dudas, uno de los más interesantes intelectuales contemporáneos por lo que al debate sobre el evolucionismo se refiere. Su completa formación le acredita como una voz enormemente consistente y su personalidad independiente le convierte en una referencia obligada, lejos del dogmatismo impositivo de algunos de los autores evolucionistas más conspicuos. Pigliucci es Doctor en genética por la Universidad de Ferrara y titulado en botánica por la Universidad de Connecticut y en filosofía de la ciencia por la Universidad de Tennessee. Es autor de gran cantidad de publicaciones y mantiene el muy interesante blog Rationally Speaking en el que se despacha con gran visión y criterio sobre temas de actualidad de contenido filosófico y científico.

Pigliucci es un hombre de profundas convicciones materialistas, ha sido un vigoroso combatiente de lo que él considera todo tipo de “creencias irracionales” entre las que incluye (como corresponde a su enraizada fe materialista) las convicciones religiosas y en especial toda forma de creacionismo así como las propuestas del movimiento del Diseño Inteligente. Sin embargo y a pesar de lo profundo de sus convicciones Pigliucci es un hombre cuyo discurso resulta enormemente pragmático y nada exento de buen juicio y sentido común, hasta el punto de que no duda en discrepar abiertamente de algunos planteamientos que sus correligionarios abrazan con decisión, con independencia de su falta de sustento en la evidencia verdaderamente científica. Veamos cómo él mismo nos lo explicaba recientemente:

Desde hace algún tiempo he venido notando la emergencia de una extraña trinidad de creencias entre mis compañeros librepensadores y escépticos: un número creciente de entre ellos, parece ser, no creen poder tomar decisiones (el debate sobre el libre albedrío), no creen tener responsabilidad moral (porque no tienen libre albedrío o porque toda moralidad es relativa, elijan ustedes mismos) y ni siquiera creen existir como seres conscientes porque la consciencia no es sino una ilusión.

Pigliucci ha contestado ardorosamente la falta de sustento de este tipo de propuestas, sin considerar que es precisamente el credo materialista de sus compañeros el que impone la coherencia de este tipo de conclusiones, tal como las han defendido autores como Provine o Coyne. Esta aparente contradicción entre los prejuicios metafísicos de Pigliucci, tan firmemente asentados por otra parte, y sus ataques de sensatez y buen juicio que le apartan de defender de forma dogmática planteamientos que desafían la más cotidiana evidencia es lo que ha llevado a decir recientemente a un famoso proponente del Diseño Inteligente que a pesar de todo, sentía una gran afición a los trabajos de Pigliucci, precisamente por su evidente inconsistencia.

Pero la “inconsistencia” de Pigliucci no se refiere únicamente a los temas más próximos a la psicología evolutiva o la neurociencia más “moderna”. También en el campo de la biología, sus críticas al paradigma científico dominante junto a su defensa persistente de las esencias del darwinismo tradicional rechinan por su aparente contradicción. Recientemente nos ha dejado, a propósito de este debate, alguna perla que vale la pena recoger:

Yo, simplemente, no me trago la idea de Dan Dennett de que el Darwinismo (que, por supuesto, no es una teoría científica sino una posición filosófica-ideológica) es un “ácido universal”…

…Theodosius Dobzhansky, uno de los padres de la teoría moderna de la evolución, como es bien conocido dijo que nada tiene sentido en biología excepto a la luz de la evolución. El problema es que Dobzhansky escribía para una audiencia de profesores de ciencia de educación secundaria y su sentencia es claramente falsa como un somero recorrido por la historia de la biología deja claro. Por ejemplo, los biólogos especializados en embriología han desarrollado investigaciones muy fructíferas a lo largo de los siglos XIX y XX al margen de Darwin. Y los biólogos moleculares han realizado espectaculares progresos desde los años 50 hasta el inicio del siglo XXI también completamente al margen de la evolución…

…el culpable es Richard Dawkins, quien propuso la famosa idea de los memes en su popular libro de 1976 “El Gen egoísta”… como ha resultado al final, la memética (defendida calurosamente por Dennett como una teoría general de la evolución cultural) ha fracasado abismalmente… Continúe leyendo »

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mar 152012
 

Felipe Aizpun

Veíamos en el anterior comentario que se nos ofrecen dos formas muy diferentes de explicar el hecho del cambio evolutivo. Por una parte la explicación tradicional de la ocurrencia de variaciones aleatorias (no guiadas) seguidas de un proceso de selección natural. Por otra un proceso de cambio producido desde la propia célula como respuesta específica a cambios ambientales por mecanismos de ingeniería genética natural (IGN). Además de la discrepancia de ambos modelos sobre las cuestiones que constituyen el núcleo central del paradigma reinante, la causalidad en términos de azar y necesidad por un lado y el finalismo teleonómico por otro que propone Shapiro, hay un análisis más fino que se hace imprescindible y que afecta igualmente a la búsqueda de explicaciones causales.

Las mutaciones fortuitas constituyen el más emblemático ejemplo de variación casual y ha constituido durante décadas la imagen del cambio en la teoría de la síntesis moderna. Este tipo de evento tiene una característica principal y es que se trata de un cambio padecido, experimentado de forma antinatural por el organismo. Una mutación es generalmente un desarreglo e incluso en el caso de que tal desarreglo del orden propio del sistema tuviera de rebote alguna ventaja colateral para el organismo, tal variación supondría una alteración del curso natural de los acontecimientos. Una mutación es una violencia ocasionada por factores externos al organismo, una modificación no deseada, un accidente imprevisto que trastoca la dinámica natural del organismo y que le impone desde fuera un resultado no predecible.

Por el contrario, el evento de variación que propone Shapiro como mecanismo del cambio evolutivo es un evento que se produce desde dentro de la propia célula. El organismo responde, por el motivo que sea, con una respuesta concertada, un prodigio de ingeniería en el que participan maquinarias moleculares específicas que en la realización del evento están desarrollando la función que les es propia, es decir, reorganizar el genoma en respuesta a presiones ambientales obteniendo de manera finalista resultados aparentemente programados que aportan ventajas adaptativas al organismo. El cambio experimentado no es un resultado impuesto desde fuera sino un resultado obtenido por un proceso natural; una respuesta natural a un cambio en el entorno. La célula no es aquí el sujeto pasivo del evento sino el sujeto agente que produce su propio cambio para generar una función novedosa y provechosa para el organismo.

La diferencia fundamental en uno y otro caso es que en el primero la célula es sujeto pasivo de un proceso fortuito y en el segundo la célula es agente y actor del cambio. Desde el punto de vista de la explicación en términos de causalidad, la diferencia es tan abismal que la idea de que los nuevos mecanismos que han entrado a formar parte del discurso evolucionista como alternativas a la mutación aleatoria para generar la variación pueden ser admitidos sin afectar al discurso en términos de justificación última es sencillamente inaceptable. En palabras del propio Wilkins, en el modelo de Shapiro “la célula es su propio agente, su propio ingeniero”. Conclusión; en el modelo neo-darwinista la variación es algo que “LE PASA” a la célula. En el modelo de Shapiro (y otros) la variación es algo que la propia célula “HACE”. Continúe leyendo »

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mar 092012
 

Felipe Aizpun

La forma diríamos que abrupta (saltacional, y no gradualista) en que los permanentes descubrimientos de la ciencia están descabalgando al paradigma darwinista del lugar de honor que ha venido ocupando en las últimas décadas hace que resulte necesario intentar acomodar los nuevos datos dentro del discurso naturalista al que parece que la comunidad intelectual occidental no está dispuesta a renunciar. Es por ello habitual escuchar que “la teoría de la evolución” no es necesariamente ya darwinista, que Darwin vivió hace muchos años y que los nuevos descubrimientos han ido puliendo la teoría completándola y configurándola con los datos de la ciencia más actual. Se nos quiere vender que los mecanismos de cambio biológico ahora conocidos han ido enriqueciendo el modelo sin que éste haya cambiado en lo fundamental.

Por supuesto lo fundamental tiene dos puntos esenciales. Uno es el hecho de que las variaciones experimentadas por los seres vivos son fortuitas, es decir, no están orientadas a una finalidad concreta, no son respuestas específicas al entorno ni están determinadas a proporcionar al organismo una mejor adaptación al medio. El otro es que la generalización de los rasgos novedosos y la consolidación por tanto de las nuevas especies es fruto de la mayor capacidad reproductiva de los organismos mutantes, es decir, es obra de la selección natural.

Es el hecho, sin embargo, que los conocimientos actuales de la biología espoleados por el avance de la biología molecular y la biología del desarrollo, apuntan a la existencia aparente de mecanismos de cambio biológico que escapan a lo que se podía esperar del modelo tradicional. Los nuevos datos no parecen encajar en los viejos conceptos que configuraban el paradigma dominante. Un ejemplo de ello es la propuesta de autores como James A. Shapiro y su “ingeniería genética natural” (IGN) de la que ya hemos hablado en diferentes ocasiones en estas páginas. Shapiro representa un desafío abierto para quienes se empeñan en proclamar que “no pasa nada” y que los nuevos mecanismos de cambio descubiertos suponen simplemente una extensión del modelo (“The Extended Synthesis”) pero no una contradicción al mismo. Si antes se tomaba la variación genética por mutación como la base de la emergencia de novedades, basta con incluir en el modelo otros tipos de mecanismos de variabilidad como la transferencia genética horizontal, las transposiciones, las deleciones, las inversiones, las duplicaciones etc, y argumentar que nada ha cambiado en el modelo toda vez que los cambios así alcanzados siguen reputándose fortuitos, es decir, no intencionales o dirigidos y que la selección natural sigue siendo el eje o motor del proceso creativo en la evolución. Continúe leyendo »

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feb 202012
 

Felipe Aizpun

Jean Rostand es una figura prominente del humanismo francés del pasado siglo. Biólogo, filósofo, escritor prolífico y de gran talento (fue miembro de la Académie Française), era hijo de Edmond Rostand el autor del célebre “Cyrano de Bergerac”; su vida ocupó los tres primeros cuartos del siglo XX legándonos una gran cantidad de trabajos y escritos de muy diverso asunto. Hombre de convicciones naturalistas en línea con el pensamiento filosófico dominante en su tiempo, no pudo menos de sentirse sobrecogido ante el espectáculo fascinante e inabarcable de la vida. En un comentario reciente en Evolution News and Views, Granville Sewell se hacía eco de unos párrafos extraídos del libro de Rostand de 1956 “¿Peut-on modifier l´Homme?”. Dicen así:

Pero es aquí donde debemos recordarnos a nosotros mismos que nuestros éxitos, por asombrosos que resulten, dejan los enigmas de la vida casi intactos. Los tres problemas cardinales de la biología (el problema de cómo crece una criatura viviente, el problema de cómo evolucionan las especies, el problema de cómo se originó la vida) han sido apenas tocados por los científicos. Tenemos poco más que una vaga idea de cómo un organismo complejo puede estar contenido en una célula germinal; no tenemos casi idea de cómo pudo haberse producido, en el curso del tiempo, la metamorfosis orgánica que ha llevado a producir la especie humana a partir de algún virus originario, y no tenemos la menor idea de cómo nacieron los primeros seres vivos.

Y así, después de haber afirmado cuán extraordinaria, cuán prodigiosa es la biología, sólo nos queda reconocer cuán superficial, cuán engañosa es en el fondo esta magia nuestra… Como solía decir una y otra vez al final de su vida el gran científico Eugene Bataillon “en realidad no creamos nada”… “simplemente plagiamos a la Naturaleza, y nuestro plagio no tiene la perfección del original… cuando acertamos es porque, en algún punto imperceptiblemente pequeño, nuestra lógica ha resultado ser conforme con una lógica que va prodigiosamente por delante de nosotros”

Hay algunas palabras grandes, exactas, sobre las que nunca podemos meditar en exceso. Porque es desde luego una certeza que todos los poderes de la biología no pueden crear una célula, o un núcleo, o un cromosoma o un gen… Alteramos cantidades o relaciones, modificamos los ritmos, traemos a colación éste o aquel factor para que actúe antes o después, o lo suprimimos, o invertimos el orden de los eventos, o introducimos aquí algo que sólo debería de operar en otra parte, o hacemos actuar masivamente una sustancia que normalmente sólo interviene en muy pequeñas cantidades: en resumen, jugamos con el zigoto o el embrión. Y ciertamente engañándolos así podremos divertirnos y aprender hasta el final de los tiempos. Combinamos, transponemos, interponemos, pero en cada paso estamos utilizando lo que existe, en cada paso estamos explotando el verdadero poder creativo de la vida, estamos encajando en el marco preexistente lo que es la verdadera obra maestra, estamos haciendo un uso ingenioso del genio de las células y, al hacerlo, somos como artistas de revista que ganan aplausos baratos parodiando una escena de “El Cid” o un parlamento de “Cyrano de Bergerac”… Cuidemos de no reivindicar toda la gloria del éxito obtenido. En nuestros más sonados, más espectaculares experimentos, la parte principal del espectáculo está asegurada por la vida, la anónima vida. Continúe leyendo »

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