Otros testimonios paleontológicos

Cristian Aguirre

En 2 post anteriores se trato sobre el testimonio paleontológico de José J. Landerer, el cual observa que en efecto el registro fósil muestra estados intermedios de modo elocuente para ciertos grupos taxonómicos menores y los niega para otros mayores considerando a estos últimos como fruto de creaciones independientes y no como resultado de un proceso de progresión evolutiva darwiniana.

A esta aseveración se puede replicar que su testimonio es obsoleto dado el siglo transcurrido desde su exposición en 1907 y que Landerer, quien no manifestaba el rubor presente en la literatura científica actual de hacer la “políticamente incorrecta” alusión a un Dios creador, estaría falseando los hechos para dictaminar una visión sesgada de la evidencia. Sin embargo, su testimonio, la ausencia mayoritaria de formas de transición, no solo ya lo consideró el propio Darwin en su famoso libro de 1859, sino que ha sido también constatado por la paleontología del último siglo.

En el presente post incluiré otros testimonios paleontológicos que refrendan esta visión de los hechos. Ninguno de citados se consideraría ni creacionista ni afín al DI aparte del hecho qué, cuando se escribieron las mismas, el movimiento moderno del DI no existía (salvo el caso de Sampedro). Tampoco pretenden negar la evolución dado que de hecho la defienden, pero podemos ver en sus testimonios que la evidencia en verdad nos muestra un escenario híbrido donde existe en verdad una evolución biológica refrendable al nivel de micro y macroevolución más no a su extrapolación máxima: la megaevolución.

Empecemos con el Paleontólogo James Scott en su libro de 1975 “Introducción a la Paleontología”:

“En Paleontología evolutiva, las cuestiones rara vez quedan completamente zanjadas, y aunque con frecuencia es posible conocer detalles convincentes de la evolución, en un reducido número de fósiles, rara vez se pueden enlazar estos datos parciales para formar una serie evolutiva completa, que suponga una progresión, a través de cambios sucesivos. Más pronto o más tarde, aparece una laguna en la sucesión: tal vez no se han encontrado los fósiles más significativos, o si se han encontrado, no están completos, o la evolución fue tan rápida en ese momento preciso, que los fósiles no muestran todos los estados intermedios.

Este problema es particularmente enojoso, cuando se trata del origen de los grupos mayores, como por ejemplo los peces. Sin embargo, en algunas ocasiones, algún hallazgo afortunado de estos “eslabones perdidos”, puede servir para completar líneas evolutivas que de otra forma resultarían discontinuas.”

Como lo reconoce Scott los eslabones perdidos más que sistemáticos son “ocasionales hallazgos afortunados” para completar algunas líneas evolutivas.

El Paleontólogo español Bermundo Melendez en su libro de 1982 “Paleontología. Tomo I. Parte general e Invertebrados” nos dice, aunque con más detalles, lo mismo que reseña Scott en relación a las formas “intermedias” o de transición:

“Muchos de los grupos sistemáticos actuales presentan entre sí diferencias morfológicas tan notables que resulta casi imposible relacionarlos entre sí. Sin embargo, la Paleontología suele demostrarnos la existencia de formas fósiles, que por sus caracteres morfológicos se colocan en una posición intermedia entre los grupos actualmente distintos.

Los peces y los anfibios, por ejemplo, presentan actualmente diferencias estructurales irreductibles. Pero en el Devónico está demostrada la existencia de ciertos peces Crosopterigios, y de determinados anfibios Estegocéfalos, que presentan una notable analogía de caracteres, tanto anatómicos como probablemente también fisiológicos. El cráneo en ambos grupos está prácticamente constituido de la misma forma. Se ha demostrado que los Crosopterigios podían respirar aire mediante vejiga natatoria, y únicamente las extremidades están distintamente conformadas, aunque sus piezas esqueléticas muestran notables analogías. Basándonos en estos caracteres se da hoy día como muy probable la derivación de los Estegocéfalos a partir de los Crosopterigios Rhifidistos.

Casos análogos los encontramos en los reptiles Teromorfos del Permo-Triásico, con caracteres de mamíferos, y en las Arqueornítidas del Jurásico, con caracteres mixtos de ave y reptil.

También entre los Invertebrados son frecuentes las “formas de transición” entre grupos sistemáticos que encontramos escalonados en el tiempo. Uno de los casos más notables es la sucesión de sutura que se observa en las líneas de sutura de los tabiques de los Ammonoideos, desde el Paleozoico al Mesozoico, con numerosos estados intermedios evolutivos. También entre los Ortocerátidos paleozoicos y los Belemnites mesozoicos, han existido formas de transición, los Aulacocerátidos. Y en otros tipos, por ejemplo, en los Equinodermos, Asteroblastus forma la transición entre Cistideos y Blastoideos; ciertos Equínidos del Jurásico superior y del Infracretáceo (Equinocónidos, Equinobrísidos), forman la transición entre los Endocíclicos y los Exocíclicos, etc.

Si bien en la mayoría de los casos, no se ha encontrado precisamente la forma que se pueda situar exactamente entre los dos grupos sistemáticos, y que serviría de enlace entre ambos, no cabe duda que las conocidas, acortan extraordinariamente las diferencias morfológicas existentes entre los grupos y diferenciados, y que además por encontrarse localizados en el momento preciso en qué según los datos paleontológicos apareció uno de los grupos, son indicio bastante seguro de evolución entre ambos.”

Tanto Melendez, como anteriormente Landerer, nos muestran que hay evidencia ostensible en el registro fósil de casos en los que si se presentan transiciones morfológicas y con ello casos de evolución comprobada, pero, como aquí lo dice Melendez, en ningún caso ésta presencia de transiciones es generalizada ni mayoritaria dado que esto no sucede “en la mayoría de los casos”.

Más adelante en la sección dedicada a explicar los tres tipos de evolución Micro, Macro y Mega Melendez hace una evaluación sobria de la evidencia:

La amplitud de la evolución, realmente comprobada por los datos paleontológicos es bastante restringida, y lo mismo puede deducirse de las experiencias de genética en el laboratorio. Esta es la que se suele llamar microevolución, que abarca, desde luego, la evolución intraespecífica, y la que traspasando los límites específicos, queda limitada a los géneros, y en algunos casos a las familias.

Pero los argumentos paleontológicos anteriormente aducidos, sobre todo la existencia de “formas sintéticas” e “intermedias”, sugiere una evolución más amplia, que por lo menos, abarcaría los diferentes órdenes sistemáticos contenidos en una clase. Esta sería la macroevolución, que excepcionalmente puede llegar a demostrarse entre las diferentes clases de un mismo tipo biológico, como ocurre en los Vertebrados; pero que no traspasa los límites del tipo, por lo que también suele llamarse evolución intracládica.

La megaevolución sería la que, inicialmente, con anterioridad al Paleozoico, habría dado origen a los diferentes tipos orgánicos (Celentéreos, Equinodermos, Braquiópodos, Artrópodos, Moluscos, Vertebrados, etc.), es decir, la que habría estructurado las grandes líneas del mundo de los seres vivos, a partir de los vivientes iniciales.

El principal motivo de incertidumbre, está en que ya desde los restos fósiles más antiguos conocidos, están perfectamente individualizados todos los “tipos” de organización de los Invertebrados, que aparecen aislados entre sí sin formas intermedias conocidas; y en cierto grado, también las “clases” se nos presentan en las mismas condiciones. El “tipo” Vertebrados, también aparece perfectamente individualizado, desde el primer momento, sin que a ciencia cierta se pueda decidir cuáles podrían haber sido sus antecesores.

Pero además del criterio, existen otros basados en la anatomía comparada, en la embriología y en la genética, que tienen en cuenta las analogías morfológicas, especialmente en el desarrollo embrionario, y que pueden emplearse allí donde falten los datos paleontológicos. Estos criterios inducen a aceptar una evolución mucho más amplia que la estrictamente demostrada por la paleontología, que entra de lleno en el marco de la megaevolución. Pero no debe olvidarse que son hipótesis de trabajo, y que por lo mismo, están sujetas a revisión, a medida que vayan progresando los estudios sobre estas materias.” Énfasis en negrita añadido

Obsérvese como Melendez basa su esperanza en el auxilio de otras disciplinas para intentar refrendar la megaevolución dado que esta no está “estrictamente demostrada por la paleontología”.

Recordemos que el propio Charles Darwin observo este problema al formular su famosa pregunta:

“¿Por qué no está toda la naturaleza en confusión, en lugar de aparecer las especies bien definidas?”

Para Darwin la solución a esta incógnita podría consistir en que las formas intermedia fueron exterminadas o que el registro fósil es imperfecto. El biólogo español Javier Sampedro comenta sobre la solución de Darwin al decir:

“El registro fósil es imperfecto, sí, pero tras un siglo de meticulosas excavaciones, repartidas por todo el mundo y ejecutadas con unas herramientas técnicas cada vez más perfeccionadas, un pequeño grupo de paleontólogos empezó en los años 60 del siglo XX a pensar que las pesadillas de Darwin con la falta de formas intermedias estaban más que justificadas. Las evidencias del registro fósil no respondían en general a las predicciones del gradualismo darwiniano. Y, cuando un hecho bien establecido discrepa de una idea, la práctica científica usual no es ignorar el hecho –como habían venido haciendo los paleontólogos durante 100 años- sino reexaminar la idea. Uno de aquellos jóvenes rebeldes, Stephen Jay Gould, lo expresó así más tarde:

“El problema de las especies en Paleontología se centraba en la dificultad de decidir dónde acaba la especie ancestral A y empezaba la especie descendiente B en esa transición gradual y continua. Sin embargo, mientras definían así la cuestión en sus escritos generales, todos los paleontólogos sabían que el mundo práctico de la recolección de fósiles raramente imponía tal dilema. La inmensa mayoría de las especies aparecen completamente formadas en el registro fósil y no cambian sustancialmente durante el largo período de su existencia posterior (que puede ser de 5 o 10 millones de años para los Invertebrados marinos).” 

Gould y su colega Niles Eldredge se atrevieron en 1972 a proclamar que el emperador estaba desnudo y propusieron la teoría del “equilibrio puntuado. El equilibrio puntuado no pretende, en principio, más que describir correctamente lo que muestran los estratos geológicos, que las especies son esencialmente estables y la mayoría de los cambios ocurren solo cuando aparecen nuevas especies, en lugar de distorsionar esas evidencias hasta hacerlas pasar por el embudo de los dictados teóricos.” Deconstruyendo a Darwin.  Énfasis en negrita añadido.

Los paleontólogos Nieves López Martínes y Jaime Truyols Santoja en su libro “Paleontología” refieren de una manera neutral como la evidencia del registro fósil contradice en muchos casos al gradualismo filético de la Teoría Sintética y conduce a la propuesta del equilibrio puntuado:

“Según la Teoría Sintética, el ritmo de cambio sería fundamentalmente gradual, más probable cuanto más grande y extensa sea la población. Los cambios se acumularían en distintos individuos, sostenidos en una misma dirección o tendencia, aumentando gradualmente el número de los ejemplares mutados hasta que toda la especie se transforme en una nueva. Este modelo denominado gradualismo filético implica cambios necesariamente lentos. En base a ello, cuando se registra una nueva especie en paleontología se suele interpretar que sus orígenes han de ser bastante anteriores al momento de su aparición en el registro (lo que no impide que su aparición se utilice como referencia cronológica). El gradualismo filético implica que deberían haber existido poblaciones intermedias entre dos especies linealmente emparentadas. La existencia de tales eslabones es por tanto clave para el modelo de evolución filética, pero puede quedar enmascarada por la clasificación linneana, que traza discontinuidades artificiales al exigir la atribución inequívoca de un ejemplar a uno u otro taxón (Carroll, 1988). Para reflejar este fenómeno en la clasificación sería necesario considerar que alrededor de cada taxón estabilizado (núcleo) existe una “orla” de formas que posen alguna característica del taxón, pero no todas (Woodger, 1978; Van Valen, 1988; Romer, 1933, Apéndice D).

Según otros autores, la ausencia de registro de poblaciones intermedias entre dos especies sucesivas y emparentadas refleja una discontinuidad evolutiva real, y no falta de registro o división taxonómica artificial. Este modelo denominado equilibrio puntuado considera que un cambio morfológico rápido es más probable que la transición morfológica lenta y gradual; las especies distribuidas en áreas grandes y poblaciones numerosas sufrirían solo cambios y fluctuaciones reversibles, y permanecerían largo tiempo sin evolucionar (estasis morfológico), en contra de lo supuesto por Darwin y por la Teoría Sintética. Los partidarios del puntuacionismo (Eldredge & Gould, 1972; Gould & Eldredge, 1993) suponen que las especies sucesoras proceden de poblaciones pequeñas y marginales que raramente serían registradas (según el modelo de especiación alopátrida de la Teoría sintética); el registro muestra sin embargo a menudo anagénesis (evolución gradual) con rápida sustitución de la especie parental por la nueva especie, situación que no corresponde a ningún modelo de especiación actual.”

Los visto hasta aquí entierra de modo concluyente aquel tipo de debate de polaridad extrema donde unos dicen que “todo es evolución” y otros dicen que “no hay evolución”, o que el registro fósil muestra formas transicionales generalizadas o que no hay tales formas de transición. La realidad es más gris aunque ciertamente haya quienes la quieran ver o negra o blanca. Decir que la evidencia muestra un caso de híbrido entre creación y evolución no obedece a ninguna diplomacia para contentar a las partes enfrentadas porque ello sería totalmente inútil. Los naturalistas jamás aceptaran una intervención creadora apelando al sacrosanto “naturalismo metodológico” o a su metafísica, ni a los creacionistas literalistas les gustará reconocer que la naturaleza haya hecho parte del trabajo en vastas eras. Con esto solo pretendo acercar al lector a una evaluación de la evidencia más atemperada y menos propagandística.

Ninguno de los aquí citados llega a atreverse a decir, como Landerer si lo hace, que la ausencia de evidencia fósil para transiciones taxonómicas superiores sea producto de una inteligencia creadora. Esto podría verse como una apelación más al Dios de los huecos cuando a algo no se encuentra explicación aún, pero nótese que, como dijo Landerer, no se trata de teorizaciones de aparición abrupta, sino de evidencia de aparición abrupta sin transición. El principal y más dramático caso de este tipo de aparición lo constituye la “Explosión Cámbrica” un tema que ya se ha tratado en este blog, pero que abordaremos nuevamente con nueva información en un próximo post.

Referencias:

1. James Scott. Introducción a la Paleontología. 1975. Editorial Paraninfo.

2. Bermudo Melendez. Paleontología. Tomo I. Parte general e Invertrebados. 1982. Editorial Paraninfo.

3. Charles Robert Darwin. El origen de las especies. 1859. Editorial Alba. 2000

4. Javier Sampedro. Deconstruyendo a Darwin. 2002. Editorial Critica.

5. Stephen Jay Gould. Opus 200 Natural History. 1991

6. Nieves López Martínes y Jaime Truyols Santoja. Paleontología. Editorial Síntesis.

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