Ortogénesis y Diseño Inteligente

Por Felipe Aizpún

En entradas precedentes de este blog he comentado la perspectiva del hecho evolutivo como un proceso. Pero quizás es oportuno matizar las coincidencias o diferencias de esta perspectiva con la idea estricta del Diseño Inteligente (DI). La ortogénesis es un término que supone la existencia de tendencias en el proceso de cambio de los seres vivos a lo largo de la historia de la vida. Se trataría de tendencias lineales, es decir, de una dinámica interna que avanza, siguiendo patrones concretos, hacia la consecución de formas biológicas determinadas en un proceso que no responde al criterio utilitarista del adaptacionismo darwiniano; ello implica, por supuesto, la convicción de que los cambios experimentados por los seres vivos no se producen por azar.

Esta teoría no descarta ni rechaza la intervención de la presión ambiental en el proceso, pero niega que la adaptación sea la impulsora y única causante del cambio. Admite por el contrario, que las condiciones ambientales y las modificaciones experimentadas por éstas pueden desencadenar cambios pre-programados en la información genética de los organismos vivos. Existe una disposición específica al cambio en una dirección determinada aunque sea preciso que una modificación ambiental catalice el efecto.

La ortogénesis adquirió una cierta notoriedad como teoría científica desde los últimos años del siglo XIX y, especialmente, a lo largo del siglo XX. Entre sus primeros proponentes destacan Wilhelm Haacke y Theodor Eimer. Estos autores, del estudio minucioso de la ciencia conocida en su tiempo, llegaron a la conclusión de que el discurso adaptacionista no podía justificar muchos de los cambios conocidos en los organismos vivos, y del hecho de que muchos de estos cambios se producían siguiendo tendencias determinadas concluyeron la necesidad de entender la evolución como un proceso orientado por factores internos. Así por ejemplo, era evidente que la explosión del Cámbrico en la que aparecieron de forma simultánea todos los phyla principales hoy existentes, es decir, los diferentes planes corporales que encuadran las especies conocidas en la actualidad, no tenía sentido que fuese explicada en términos de supervivencia por adaptación al medio.

Eimer extrajo profundas convicciones al respecto del estudio de la evolución en la forma y el color de las alas de las mariposas por ejemplo, cuya expansión y riqueza carecía, para Eimer, de significación adaptativa alguna, mientras que por el contrario, se producía según patrones perfectamente identificables. Esto mismo sucedía en relación a otros grupos, incluidos los vertebrados, de manera que las variaciones emergidas lo hacían dentro de límites bien definidos para los caracteres afectados y ello tanto en el reino vegetal como en el animal.

La teoría ortogenética fue cultivada también entre la comunidad científica norteamericana por autores como Edward Cope y su discípulo Henry Osborn. En Francia, adquirió gran importancia de la mano del prestigioso biólogo Lucien Cuénot y de uno de sus seguidores más prestigiosos, el zoólogo de muy alta reputación Pierre-Paul Grassé. Cuénot enunció la teoría de la “preadaptación”, es decir, consideró que la producción de novedades morfológicas adaptativas a una determinada presión ambiental no podía, razonablemente, aparecer por puro azar, sino que por el contrario, suponía la emergencia de condiciones de preadaptación intrínsecas a los organismos en proceso de cambio. En cuanto a Grassé, ya lo hemos comentado en entradas anteriores, percibía la evolución como un cambio orientado no exento de finalidad y rechazaba de forma contundente el adaptacionismo darwinista como justificación del proceso evolutivo.

Pues bien, la teoría ortogenética se nos ofrece como un discurso estrictamente científico, es decir, parte del conocimiento profundo de la biología y de la paleontología, para extraer conclusiones en torno al cambio de las formas vivas. Pero si bien sus conclusiones pretenden inferir tendencias lineales en el proceso, como una mera extrapolación de caracteres intrínsecos al proceso de cambio, no llegan a profundizar en la naturaleza de los mecanismos que producen el cambio y mucho menos a proponer teorías en torno a la causa última del evento analizado.

El DI por su parte, se apoya en el conocimiento científico de la realidad para apuntar soluciones de causalidad de profundas implicaciones metafísicas. La ortogénesis es, en este sentido, una propuesta científica amistosa con el DI sin que puedan en absoluto ser identificadas. La ortogénesis puede en realidad ser defendida desde posiciones estrictamente naturalistas como la expresión de leyes o regularidades que dominan e imponen una línea de cambio en el proceso. Para quienes defendemos el DI, sin embargo, la ortogénesis no es sino un elemento más de reflexión que apunta a la idea de diseño a partir del sentido aparentemente intencional del proceso evolutivo, y de forma especial desde la perspectiva de la concepción del hecho evolutivo como una dinámica encaminada a la emergencia definitiva del ser humano como pináculo del proceso. La idea de un proceso que se justifica únicamente por la existencia de “leyes” que la dirigen, bien sea del tipo del principio antrópico o discursos similares, resultan perfectamente insuficientes si no se asocian a la idea de una inteligencia ordenadora, dada la naturaleza del proceso al que nos enfrentamos.

Por otra parte, el DI no se sostiene básicamente por este tipo de reflexiones que, si bien son perfectamente armoniosas y coincidentes con sus postulados, resultarían perfectamente insuficientes para establecer la contundencia que los proponentes del DI reivindicamos para esta teoría. De hecho, el DI se sustenta perfectamente al margen de este tipo de consideraciones en el valor científico de los conocimientos más avanzados de la biología y en especial en la identificación de los conceptos de información, codificación genética, y significado biológico, como elementos específicos de la vida que carecen de antecedentes y justificaciones causales en el mundo de la materia inanimada.

Para terminar, una recomendación: un conocimiento más amplio en torno a la ortogénesis en la historia del pensamiento evolucionista se puede encontrar en el estupendo libro de Carlos Javier Alonso “Tras la Evolución- panorama histórico de las teorías evolucionistas” (Eunsa 1999)

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