Los Indicadores de Diseño. Parte 1. Funcionalidad

AnticiteraBajo las aguas del mar Mediterráneo entre las islas de Citera y Creta unos pescadores descubrieron en el año 1900 los restos de un antiguo naufragio griego. Estatuas, vasijas y diversos objetos deteriorados por 21 siglos de exposición en las salobres aguas de Anticitera fueron saliendo del profundo pasado a la superficie del presente. Sin embargo, en el inventario de los objetos extraídos se halló un extraño objeto al que no parecía poder identificarse función alguna y, por lo tanto, saber para qué servía.

Se trataba de un mecanismo incompleto de engranajes y placas metálicas calcificadas con algunos signos del zodiaco y otros detalles poco discernibles. Dado el misterio de su naturaleza y funcionalidad permaneció fuera del interés científico y con ello olvidado en unos almacenes durante décadas hasta que el misterioso objeto despertó el interés de numerosos científicos qué, vislumbrando que se trataba de un sofisticado computador mecánico dados sus distintos engranajes metálicos complejamente interconectados, buscaron indagar qué funciones concretas podía realizar.

Luego de ser sometido a numerosas radiografías y tomografías computerizadas de alta resolución se realizó una ingeniería inversa que reveló que el mecanismo de Anticitera era capaz de realizar avanzados cómputos astronómicos. Un sorprendente logro tecnológico del genio científico Griego considerando que fue creado en el siglo segundo antes de Cristo.

El mecanismo de Anticitera no era pues ni un pisapapeles ni un mero objeto de arte, era un complejo artefacto con varias funcionalidades, es decir, cumplía varios propósitos que permitían satisfacer necesidades de información para varios agentes beneficiaros (en este caso personas). Por lo tanto, la historia de este mecanismo nos permite introducir la definición de lo que es la funcionalidad.

La misma implica que una estructura pueda presentar para un agente externo, o incluso para sí misma, un uso o, dicho de otra forma, la satisfacción de una necesidad. Este último elemento implica un propósito que es cumplido una vez es aplicada dicha funcionalidad. De este modo la estructura es usada y ajustada para su cumplimiento o, en un segundo caso, es construida ex profeso para dicho fin.

Si no existen agentes beneficiarios no existirán tampoco propósitos y, por lo tanto, tampoco funciones que deban ser aplicadas para satisfacerlas. Es por ello que la sola existencia de la funcionalidad ya presupone, aunque pueda incomodar, la presencia de beneficiarios con algún nivel, aunque sea mínimo de conciencia y/o organización.

En un mundo sin ninguna organización funcional no existen agentes que necesiten. En este escenario los elementos de la naturaleza pueden interactuar entre sí sin que jamás una modificación represente un beneficio o un perjuicio a ninguna organización que funcione.

Ahora bien, considerando que el naturalismo pretende decirnos que las leyes de la naturaleza pueden permitir la emergencia de organización funcional debemos concluir que, para que este razonamiento pueda funcionar, se debe considerar que el mismo agente organizado es el agente beneficiario de una adición exitosa a su propia estructura. Aquí surge entonces la oportuna pregunta. ¿Qué necesita un objeto para constituirse en un agente beneficiario?

Para serlo necesita tener necesidades o al menos una necesidad. Un mecanismo que necesita debe cumplir siquiera un propósito, si no para un agente externo sí para sí mismo. ¿Cómo entonces puede ser implantado un propósito en un mecanismo natural que tan solo obedece a atractores fisicodinámicos en condiciones alejadas del equilibrio termodinámico?

Si decimos que el más elemental ser viviente tiene por propósito sobrevivir y reproducirse, qué podemos decir para el caso de cualquier sistema fisicoquímico natural ¿Tiene un sistema no viviente la necesidad de sobrevivir? No, no la tiene. En este sentido el problema del origen de la vida sería también, aunque no se suele plantearlo de este modo, el problema del origen del propósito.

Nos encontramos entonces con una situación insalvable para el razonamiento naturalista dado que para que un sistema necesite tiene que contar con un propósito y los fenómenos y las leyes naturales pueden construir complejidad, pero son impotentes para generar propósito, no determinan necesidades para agentes no funcionales. Sin embargo, los agentes funcionales si demandan necesidades para que su funcionamiento pueda subsistir. Entonces, si el propósito implícito en su funcionamiento demanda necesidades que deben ser satisfechas esto implica que para que la propuesta naturalista pueda funcionar para una situación prebiótica (no viviente) debe partir de un funcionamiento, pero esto no es posible porque se supone que este mecanismo debe explicar la ruta que conduce a dicho funcionamiento lo cual nos lleva al absurdo de una causalidad circular como, por ejemplo, sería si dijera que puedo elevarme jalándome de los pelos hacia arriba.

En conclusión este razonamiento no solo fracasa para el origen de la vida, sino que a su vez pone en relieve un elemento fundamental en dicha discusión que zanja definitivamente la imposibilidad del origen de la vida desde mecanismos naturales: la emergencia del propósito.

Una vez definido lo que es la funcionalidad cabe analizar si la existencia de una función reconocible o impuesta a una estructura indica diseño.

En la naturaleza e incluso en el ámbito de la fabricación humana, existen muchas estructuras que pueden ser útiles a otros agentes para diversas funciones que son establecidas por el agente externo y que en absoluto proceden de diseño o fueron diseñados para ello.

Un mono puede usar una pajita y ajustarla al tamaño adecuado para que le sea útil para extraer termitas de un agujero. Un cuervo puede usar piedritas para elevar el nivel del agua de un vaso y así elevar el gusano que flota en su superficie. Una persona puede usar una piedra para moler grano que no fue fabricada en absoluto para tal fin. Por lo tanto el que un agente externo encuentre una función para una estructura natural o incluso fabricada para otro fin no es, desde luego, ningún indicador de diseño.

¿Por qué entonces invocar la funcionalidad hallada en una estructura como indicador de la presencia de diseño?

Quizá para entender esto convenga diferenciar dos tipos de función aplicable a una estructura:

• La función de diseño
• La función de uso

La primera concierne a aquella función o funciones que fueron establecidas por el agente diseñador para que sean cumplidas por la estructura.

La segunda concierne a aquellas funciones que cualquier otro agente externo considera es capaz de cumplir la estructura.

En el primer caso existe diseño y dicha funcionalidad lo infiere. En el segundo caso esto no está en absoluto definido y, por lo tanto, no es posible inferir diseño con certeza.

Quizá una anécdota pueda ilustrar esto. Mi padre cuenta como en sus tiempos de juventud vio con sorpresa como, en un pueblo del interior del país, un grupo numeroso de personas hacía cola para comprar un periódico que, entonces como ahora, es profuso en páginas y contenido de lectura y además es de formato grande (con páginas de 50cm de ancho y 80cm de alto). Intrigado de que un diario de lectura erudita fuese preferido a diarios más populares le llevo a preguntarle al vendedor porque la gente prefería este diario con tanto entusiasmo, a lo cual este respondió: “Es que este es un diario muy útil para envolver los productos del mercado. Con él se puede envolver el arroz, el azúcar, las lentejas, incluso también sirve para envolver la carne y el pescado así como las hortalizas” Y luego añadió como coletilla: “Y claro también se puede leer”.

Este es un claro ejemplo de un artefacto donde la función de uso no es en absoluto la función de diseño. Sin embargo, el que la función de diseño no sea la función de uso no implica que la función de diseño no exista. A un artefacto se le pueden dar muchísimas e ingeniosas funciones de uso al igual que a un objeto natural, esto, no obstante, no refuta el que exista una función de diseño y exista, por lo tanto, un diseño.

Del mismo modo una grapadora sirve para unir papeles con grapas. No obstante se le puede dar una función de uso como pisapapeles. En este caso, si no conociéramos la función de diseño de la grapadora, sería posible que usándola como pisapapeles no pudiéramos inferir que fue diseñada ya que, aunque otras características del artefacto podrían hacernos inferir diseño, para el uso presente no es funcionalmente diferente del uso que puedo darle a una piedra que no fue diseñada. Ahora bien, si descubro la función de diseño, es decir, aquella que es vulnerable a perder su función cuando modifico el mecanismo ya sea por defecto de componentes o alteración del orden funcional especificado, entonces podré reconocer que existe una función de diseño que puede ser muy diferente de la función de uso y por lo tanto, es fruto de diseño.

Pero ¿Cómo podemos encontrar cual es la función de diseño, si ni siquiera podemos reconocer que una función tal deje de cumplirse al modificar la estructura?

Definitivamente el problema de la funcionalidad como indicador de diseño estriba, no en que no pueda inferirse su existencia aunque se desconozca cual es, sino principalmente en la dificultad de identificar la función o funciones específicas de diseño que pertenecen a una estructura en concreto cuando ignoramos el convenio funcional de uso, es decir, que elementos procesa, como los procesa y que debe resultar o producir.
Esto nos lleva a reconocer que el que exista un artefacto con una función de diseño implica también que existan agentes o elementos afectados por la función, un plan de uso y un resultado o efecto en dichos agentes o elementos.

Por ejemplo. Una lavadora es un artefacto que presenta el siguiente esquema funcional:

Función: Lava ropa
Entrada: Ropa sucia
Plan de uso:

• Se introduce la ropa sucia en el tambor de lavado.
• Se elige el plan de lavado.
• Se activa el proceso con el botón INICIO. (Ya estando conectado al suministro eléctrico y de agua).
• Se espera hasta que la señal de término se active.
• Se retira la ropa limpia.

Resultado/Salida: Ropa limpia.

El ejemplo ilustra que realmente debemos saber estas 4 cosas para comprender la funcionalidad de una lavadora. Del mismo modo otros artefactos tendrán esquemas funcionales más fáciles o difíciles, pero tendrán esencialmente estos 4 elementos.

Realmente este esquema funcional del usuario es mucho más simple y corto que el plan programado por el fabricante el cual sin lugar a dudas presenta un plan mucho más complejo y con el concurso de muchos más elementos o sectores de proceso que el usuario no tiene porque conocer.

En conclusión, la funcionalidad por si misma implica la existencia de entidades con organización funcional, pero aún no puede, por si misma, demostrar la inferencia de diseño si no es con el concurso asociado de otros indicadores. Para este efecto vamos a analizar el segundo indicador de la lista en el siguiente post.

Próximo post: Procesadores

Fuente: Cristian Aguirre. Los Indicadores de Diseño. Capitulo 1. OIACDI 2013

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