Los Indicadores de Diseño. Introducción

Casi dos siglos han transcurrido desde que el teólogo inglés William Paley en su obra de 1802 “Teología Natural” defendiera que la vida infiere el diseño tal como un reloj infiere a un relojero. Desde entonces y hasta la actualidad han surgido muchas voces contestatarias a esta inferencia pretendiendo no solo refutarla, sino también superarla.

Quizás más oscuro resulta indagar, sin embargo, cuales fueron los móviles que a principios del siglo XIX impulsaron su rechazo. Realmente no se trataba tanto de una controversia científica, sino más bien política. Paley defendía, como antes de él lo hicieron el obispo Bossuet en Francia y Robert Filmore en Inglaterra, que la vida infería la presencia de Dios y ello además implicaba que la institución monárquica, cuya soberanía era delegada por Dios debería prevalecer sobre la soberanía del pueblo representada en el parlamento. En otras palabras los elementos teológicos y científicos esgrimidos eran herramientas para reivindicar a la monarquía que en el siglo XVIII había sido seriamente vapuleada por la revolución francesa y cuestionada por el pensamiento de John Locke en Inglaterra y Jacques Rousseau en Francia.

Como respuesta a la pretensión de Paley y su defensa del absolutismo monárquico mediante argumentos científicos, los defensores de la posición contestaría lucharon para proponer también desde la ciencia un ataque a la inferencia de diseño y por ende a la existencia o participación de un Dios creador “pro monárquico”. En esta línea pensadores de la talla de Simon Laplace, Jean Babtiste Lamarck, Charles Lyell, James Hutton y más tarde Charles Darwin entre otros presentaron propuestas para rebatir, desde la filosofía y la ciencia, esta particular reivindicación del absolutismo monárquico.

En resumen, Paley debía equivocarse, no porque su razonamiento sea necesariamente erróneo, sino porque su uso político era deleznable. Más recientemente pensadores como el biólogo inglés Richard Dawkins han continuado este ataque a la propuesta de Paley en su libro “El relojero ciego”, ya no por las razones existentes a principios del siglo XIX, sino para defender la visión del naturalismo materialista que, al rechazar toda intervención no natural en la historia del universo y la vida, reivindica el poder de la naturaliza para producir el “aparente” diseño de la vida.

La premisa de Paley de que la existencia de un reloj implica la presencia de un relojero ha sido refutada apelando al principio de que, si se da el hecho de que dos elementos comparten una propiedad no implica necesariamente que también comparten el origen de dicha propiedad. En otras palabras, si un reloj y una célula viva comparten complejidad funcional, y sabemos que el origen de dicha complejidad funcional para el caso del reloj es la inteligencia de un diseñador, no deberíamos concluir que lo sea también para el caso de la célula viva dado que ésta también puede ser producida por otra fuente causal: la evolución de la materia.

La validez de esta última fuente causal para explicar la aparición de la primera célula viva y de la propia evolución darwiniana una vez la vida existe, ha sido severamente cuestionada desde la trinchera del Diseño Inteligente. Sin embargo, los argumentos que refutan esta fuente causal apelando a su impotencia como explicación válida para el surgimiento de la vida y su incremento de complejidad funcional no validan por sí mismos al DI. Si ello fuera así estarían en sus filas muchos, sino todos, los científicos críticos con el darwinismo, lo cual no es cierto. Existen muchos críticos de la misma que creen que la naturaleza aún tiene la capacidad de producir, por otros mecanismos, organización funcional compleja y, por ello, rechazan el DI.

El DI, en cambio, propone que la vida presenta determinados indicadores de diseño que anuncian que su origen es inteligente. No dice que en la evolución biológica no hayan estado presentes procesos estrictamente naturales donde la variabilidad genética, mutaciones epigenéticas y el efecto de la selección natural sobre ellas no hayan podido concurrir para producir variedad y cambios morfológicos que, unidos a fenómenos de especiación, hayan podido generar nuevas especies hasta cierto grado taxonómico. Lo que dice es que los mismos son desarrollos de funciones precedentes que no tienen ni pueden tener un origen natural. Considera además que el naturalismo extrapola erróneamente el poder de la naturaleza para procesar estos desarrollos con su poder para generar a su vez las funciones biológicas desde las cuales nacen dichos desarrollos.

En esta pugna el naturalismo lucha por demostrar que la naturaleza puede emular estos indicadores sin el concurso de inteligencia. Ya el propio Charles Darwin presentó, en 1859, una propuesta de cómo la naturaleza podría emular los indicadores de diseño que la misma evidencia en sus estructuras biológicas.

Queda entonces demostrar, por parte del DI, si estos indicadores pueden ser producto de la naturaleza y si denotan, por su naturaleza intrínseca, que demandan de modo ineludible el concurso de la inteligencia.

Antes de analizar a fondo cada uno de los indicadores es conveniente presentarlos y establecer una visión global.

Quizás los más conocidos indicadores de diseño presentes en el debate naturalismo – DI son la Información Compleja Especificada (ICE) propuesta por William Dembski y la Complejidad Irreductible propuesta por Michael Behe. Sin embargo no son los únicos, particularmente ampliaría la lista a 7 indicadores de diseño, dentro de los cuales se encuentran los aludidos y que, no agotando la posibilidad de que puedan haber más, son los siguientes:

1. Funcionalidad específica tanto para sí misma como para otros agentes.
2. Procesadores de materia, energía o información.
3. Información compleja especificada (ICE).
4. Coherencia de Contexto.
5. Convenios de conexión.
6. Asociaciones funcionales productivas de componentes (complejidad irreductible).
7. Complejos funcionales con capacidad autorreproductiva.

Para falsar cada uno de ellos se debería poder hallar en la naturaleza:

1. Estructuras que tengan una función para sí mismas.
2. Mecanismos que procesen materia, energía e información con fines funcionales.
3. Procesos cuyo desarrollo implique el concurso de información algorítmica, es decir, con un número de iteraciones, invocación de funciones y nodos de decisión para poder realizarse.
4. Elementos que presenten ajustes específicos para pertenecer a un contexto funcional y viceversa, contextos que para ser funcionales deban ser adaptados al componente faltante.
5. Elementos que presenten convenios de conexión, es decir, que para poder enlazarse funcionalmente precisen de un convenio o algoritmo de conexión.
6. Asociaciones productivas de elementos que cumplan un fin funcional (complejidad funcional irreductible).
7. Casos de autorreproducción no trivial de una entidad funcional en otra.

Ahora bien, alguien dirá: Estos indicadores los hallamos en la biología, por lo tanto, si la biología es un fenómeno de origen natural, luego estos indicadores no infieren diseño inteligente.

Si ello es cierto entonces es lógico suponer que deberemos encontrar en la naturaleza de ámbito no biológico también estos indicadores dado que admitimos que pueden haber sido formados por la naturaleza sin el concurso de ninguna teleología impuesta desde fuera por alguna inteligencia.

Pero ¿Se encuentran fuera del ámbito no biológico?

Si se encontrara alguno entonces se podría falsar esta propuesta. Pero, no existe ninguno fuera del ámbito biológico.

Si analizamos de modo general este conjunto de indicadores de diseño es posible encontrar un elemento común que en principio explica, por qué se afirma que no pueden ser hallados de modo natural (o por fruto de la naturaleza).

Este elemento común es la funcionalidad la cual es, ya por sí mismo, un indicador de diseño en toda regla aunque, como veremos, deberá necesitar el auxilio de otros indicadores para demostrar de modo definitivo la presencia de diseño.

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