Los Argumentos por Analogía

Felipe Aizpun

El argumento por analogía más famoso del debate sobre el Diseño Inteligente es sin duda alguna, el del reloj de William Paley en su “Teología Natural” de 1802. Paley se hizo merecidamente célebre por la convincente argumentación de la necesidad de una explicación inteligente para el diseño inherente a los organismos vivos. Sin embargo, a lo largo de los siglos los argumentos por analogía se han visto expuestos a severas críticas por parte de algunos filósofos que han creído ver en ellos un discurso inconsistente, destacando en esta postura crítica el gran David Hume, pocos años anterior al clérigo Paley, y que en sus Diálogos Sobre la Religión Natural, atacó no sólo los argumentos de diseño sino en general también el valor de los procesos inductivos para establecer la existencia de “leyes” en la Naturaleza que pudieran ser reivindicadas como certezas inatacables, a partir de la experiencia. Las críticas de esta clase han tendido a desvalorizar los argumentos por analogía mucho más, en mi opinión, de lo que estaría justificado, y si bien es evidente que los argumentos por analogía no deben conducir por sí mismos a conclusiones apodícticas, no es menos cierto que su valor explicativo es perfectamente legítimo y oportuno, como intentaré justificar a continuación.

Una primera aclaración se hace imprescindible. Es cada vez más inevitable que la literatura científica se refiera a los entresijos de la biología con descripciones que precisan de vocabulario de tipo “funcional” como maquinaria celular, motores, o ingeniería molecular. Es importante comprender que, mal que les pese a algunos filósofos materialistas de la talla de Massimo Pigliucci que han avocado públicamente por la eliminación de este tipo de lenguaje, tales referencias resultan inevitables ya que no se trata de metáforas o de recursos alegóricos sino pura y simplemente de correctas descripciones cuyo valor semántico es inmediato y no derivado. Si por motor se entiende, según la definición clásica del diccionario, todo artilugio destinado a producir movimiento a expensas de otra fuente de energía, no cabe duda de que el flagelo bacterial encaja estrictamente en esta definición. Como encaja en la definición más genérica de maquinaria la ATP sintetasa, un verdadero engendro molecular, un mecanismo que utiliza el flujo lineal de energía procedente de protones para la síntesis de ATP (trifosfato de adenosina), un componente esencial como fuente de energía para alimentar la mayoría de los procesos moleculares de la célula. Son máquinas, son artilugios ingenieriles por derecho propio, no por analogía.

Pero en todo caso el lenguaje analógico está y estará necesariamente presente en la búsqueda de respuestas a los enigmas que la biología busca desentrañar. Lo primero que debemos recordar es que la analogía no es en último extremo otra cosa que un recurso retórico, una argumentación encaminada a favorecer una cierta convicción en el interlocutor, y se apoya en el establecimiento de una relación de semejanza entre determinados sujetos o sustancias de la que, se aduce, es posible extraer inferencias de algún tipo. El valor de la argumentación dependerá por tanto de lo adecuado de la analogía practicada. Históricamente se ha tenido al razonamiento por analogía como un caso de prueba débil, como un recurso que nos aporta una hipótesis posible pero no concluyente.

El caso que nos ocupa (el del reloj del buen clérigo Paley) es un caso concreto de analogía que viene asociada a un proceso de inferencia de causalidad, y ello tiene algunas connotaciones que deben de ser resaltadas. En primer lugar es necesario recordar que nos movemos en el terreno de la inferencia abductiva, es decir, en el razonamiento encaminado a establecer relaciones de causalidad en relación a un efecto observable y del que queremos imaginar la causa que lo ha originado. Por lo tanto, en el terreno de la abducción, el razonamiento por analogía se convierte necesariamente en un recurso secundario o auxiliar. Dos son los principios rectores del razonamiento de abducción. Primero, el principio de causalidad, o más exactamente, con objeto de evitar su habitual y tautológica formulación (“todo efecto tiene una causa”, lo cuál es necesariamente obvio), el principio de razón suficiente, según el cuál, todo lo existente debe de tener su razón de ser en alguna causa, bien exterior, bien en última instancia en sí mismo, en el caso del Ser necesario. En segundo lugar, el principio de adecuación causal, según el cuál, la realidad existente en un determinado sujeto o sustancia debe poder referirse a una causa que contenga el potencial o la realidad misma contenida y observable en el efecto en cuestión.

Como colofón, es habitual admitir de forma general la regla racional de que los mismos efectos habrán de tener causas similares y es en armonía con este principio filosófico que los razonamientos por analogía tienen su protagonismo. Vaya por delante que un argumento por analogía no puede aportar, como antes hemos dicho, conclusiones irrefutables, pero sí que su valor heurístico no puede ser despreciado. No hay que olvidar que la abducción como forma de razonamiento racional es en sí mismo un método de búsqueda del conocimiento que no puede aportarnos certezas sino convicciones en torno a la realidad, pero no es menos cierto que una de las servidumbres históricas en la historia del conocimiento humano ha sido precisamente pretender que la búsqueda del conocimiento racional debía consistir en la obtención de certezas, lo cuál es estrictamente inadecuado. No estamos hechos para la certeza, sino para la convicción; ésta y no otra cosa es la materia de la que están fabricados los pilares del conocimiento. No es de extrañar por tanto que el ejemplo de razonamiento por analogía que habitualmente se extrae de un texto clásico por antonomasia como es la Metafísica de Aristóteles sea en definitiva el siguiente:

Pues el estado de los ojos de los murciélagos ante la luz del día es también el del entendimiento de nuestra alma frente a las cosas más claras por naturaleza.

Es en este sentido en el que debemos valorar la capacidad explicativa de las inferencias de causalidad que se apoyan en razonamientos por analogía. Quiere decir eso que el valor de la inferencia debe de descansar principalmente en el correcto establecimiento de una relación de causalidad entre el efecto observado y la causa propuesta que satisfaga principalmente tanto el principio de razón suficiente como el principio de adecuación causal; es definitiva, que resulte razonable poder ser presentada como la explicación más razonable. La analogía utilizada como elemento de apoyo cumple una función meramente coadyuvante sin que se pretenda que descanse en ella la fuerza de la argumentación.

Volvamos al ejemplo del reloj de Paley y recordemos que la inferencia de una causalidad inteligente se nos presenta al amparo del hecho de que cualquier reloj encontrado por azar en el campo nos traería un clamor de autoría humana, y por analogía, y dado el diseño y la finalidad inmanente evidentes en todo organismo vivo, también éstos deben ser considerados la obra de un creador inteligente. Pero veamos cuáles han sido históricamente las razones invocadas para intentar neutralizar esta sospecha. Es fundamentalmente en la obra de Hume (con independencia de haber sido publicada algunos años antes que la de Paley) donde se recogen las objeciones más famosas a un tipo de razonamiento que Paley poco después haría especialmente popular. Y para analizar las objeciones de Hume y las respuestas que a las mismas pueden darse vaya por delante la recomendación de la lectura del análisis de las mismas que nos propone William Dembski en el capítulo 32 de su libro de 2004 “The Design Revolution”, traducido al español por la editorial Homo Legens S.L. sencillamente, como “Diseño Inteligente”.

La crítica de Hume a los argumentos de diseño se encuentra en sus “Diálogos sobre la religión Natural” publicados en 1799, y su naturaleza es estrictamente filosófica, aduciendo que los teólogos de su tiempo habían sobrevalorado los argumentos de diseño en favor de la existencia de una inteligencia ordenadora en el cosmos. Hume argumenta en todo caso, y no le falta razón, que las inferencias de diseño que se puedan intuir a partir del conocimiento de la Naturaleza han de ser en todo caso modestas, y que no pueden elevarse a postular en un hipotético diseñador los rasgos característicos del Dios de las religiones, tales como su bondad o su sabiduría. Como Dembski señala, también el propio Tomás de Aquino manifestaba en su “Summa contra Gentiles” que bien puede el hombre percibir en el curso de los acontecimientos naturales un cierto orden predeterminado, “pero quién o de qué tipo pueda ser esta causa de orden, o si solo hay una, no puede ser deducido a partir de esta consideración general”. Hume mantiene en todo caso que el diseño no es otra cosa que un débil argumento por analogía, y más aún, considera que tal analogía no puede ser la base de un razonamiento inductivo de causalidad.

Es el caso que la tradición humeana, siguiendo el rastro de su maestro, ha elaborado la crítica a los argumentos de diseño alegando no solamente la falta de poder concluyente de las analogías sino que le ha añadido su escepticismo mencionado en relación a los argumentos inductivos en general que, como sabemos, llevaron al gran filósofo inglés a postular la inexistencia de ley alguna o incluso de poderes causales de ningún tipo en la Naturaleza; según Hume los cambios o movimientos observados debían de ser asumidos como “brute facts” sin que nos fuese dado inferir legítimamente principios de causalidad de ningún tipo. Para los empiristas filosóficos, la inferencia de causalidad debe de estar basada necesariamente en la experiencia pasada observable de eventos causales como el que pretendemos invocar. Eso hace que conozcamos eventos de causación de un artefacto (un reloj) por el ser humano, pero carezcamos de experiencia observable alguna de eventos causales productores de organismos vivos fuera de la propia reproducción por procesos naturales. Esta diferencia, en definitiva la vieja distinción entre artefactos y objetos naturales ya invocada en la filosofía aristotélica, se presenta por los herederos de la tradición humeana en nuestros días (Dembski cita en este sentido a Robert Pennock) como el argumento más sólido frente a las inferencias de diseño invocadas por analogía.

Pennock, en su libro de 2001 “The Wizards of ID” (los magos del Diseño Inteligente) argumenta que si bien los hallazgos arqueológicos permiten defender determinadas inferencias de diseño a partir de la experiencia pasada de construcción observable de artefactos similares a los encontrados, los argumentos en favor de una inteligencia actuante ajena al cosmos material resultaría siempre totalmente inoportuna ya que tal inferencia pierde “toda conexión con la realidad, como sabemos o podemos saber científicamente”. Obviamente una argumentación de esta naturaleza tiene su valor limitado al ámbito del paradigma cientificista contemporáneo en el que no se admite otro conocimiento legítimo que el conocimiento científico y en el que el ámbito de la realidad queda constreñido a la realidad material observable. El argumento es por lo tanto perfectamente circular ya que se pretende que la detección convincente de diseño sólo puede practicarse allí donde tenemos la previa experiencia de la actuación del diseñador, de forma que allá donde no exista tal experiencia debe de reputarse forzosamente que la atribución de diseño descansa en la ausencia de alternativas naturalistas o lo que es lo mismo en un mero argumento desde la ignorancia.

Dice Dembski que un argumento tal es perfectamente falaz y que la respuesta al mismo fue ofrecida ya en tiempos de Hume por su contemporáneo Thomas Reid. Como explicara Reid en sus conferencias sobre Teología Natural de 1780 en Glasgow la detección de los patrones de diseño no se deriva del conocimiento de la inteligencia creadora del diseñador. Es justamente al contrario como opera nuestra facultad de razonar, son las obras diseñadas, en la complejidad y la especificidad que encierran, las que nos hablan del carácter necesariamente inteligente de su causante. La inteligencia en cuanto tal no es detectable sino exclusivamente por sus obras, como es fácilmente comprensible. La inteligencia como facultad abstracta no es observable, sus efectos sí. El diseño por tanto puede ser perfectamente intuido como efecto de una causa inteligente, y los argumentos por analogía resultan perfectamente válidos como elementos de apoyo en el razonamiento.

Los argumentos por analogía van por lo tanto unidos inevitablemente a los argumentos por des-analogía. Las cosas que consideramos análogas por algún motivo son, por definición, diferentes por otros de sus accidentes, y lo que se trata de valorar en un análisis de esta naturaleza es si la razón de identidad causal viene en mayor grado respaldada por las analogías o rechazada por las des-analogías objetadas. Pensemos de nuevo en el ejemplo del reloj de Paley y los organismos vivientes. La contemplación del reloj nos lleva de inmediato al reconocimiento de un artífice inteligente. Pero recapacitemos sobre esta inferencia. En realidad existen dos motivos diferentes para tal intuición. Por una parte vemos a primera vista que la construcción del artefacto incluye la utilización de materiales y elementos que han sido desviados de su finalidad inmanente natural. Incluso un aborigen de tierras recónditas ajeno a toda civilización podría comprender una cosa tal aunque no hubiese visto nunca un aparato semejante y desconociera por completo su utilidad.

Pero para quienes sí la conocemos, hemos podido detectar en el reloj no solamente un objeto artesanalmente fabricado sino además un depósito de ingenio humano, un diseño intencional con un propósito funcional. Y sabemos perfectamente que tal ingenio tiene que ser necesariamente el producto de una inteligencia racional, en la misma medida en que sabemos que la construcción mecánica del reloj no puede ser un hecho fortuito de la Naturaleza. Analicemos ahora cuáles son las analogías y des-analogías que podemos resaltar entre nuestro reloj y cualquier organismo biológico. La des-analogía tiene que ver con el proceso de producción de los mismos, uno tiene que haber sido construido por una causa exterior; el otro contiene en sí mismo la fuente de su capacidad de replicación. Pero existe una analogía que se sobrepone a toda otra consideración; ambos muestran la huella indudable del diseño intencional. El formalismo en ambos casos prescribe la fisicalidad, la forma domina y orienta los procesos productivos en ambos casos, la información prescriptiva intencional gobierna su dimensión de funcionalidad. El propio proceso de reproducción responde a un sistema dinámico biológico gobernado por la información genética y epigenética contenida en los organismos de los vivientes. Las analogías por lo tanto no quedan refutadas por las diferencias y la intuición de una causalidad inteligente para justificar el diseño inherente a los mismos sigue siendo perfectamente legítima.

Recordemos que la inferencia de un diseñador inteligente no nace meramente de una analogía sino de la necesidad de ofrecer una solución de causalidad que respete el principio de adecuación causal y que la existencia de huellas de diseño se acomoda perfectamente y únicamente a la operación creativa de una inteligencia racional. La analogía del reloj nos ayuda a reforzarnos en esta convicción y lo hace de manera perfectamente legítima.

Frente a esta intuición legítima sólo cabe una objeción y es precisamente la que con tanto éxito ofreciera el ilustre naturalista inglés Charles Darwin: el argumento científico, la propuesta de la capacidad de demostrar por observación experimental la ocurrencia fortuita de la emergencia no provocada intencionalmente de la acreción de complejidad en los organismos vivos, y su colofón la capacidad de la vida para emerger en sus formas más elementales por evolución química en un Universo inanimado. La validez de los argumentos expuestos por Darwin sin embargo, lejos de haberse visto confirmada por la experiencia resulta cada día más vulnerable a los avances de la investigación.

La inferencia de diseño se ve, en cambio, correspondientemente reforzada a cada paso de la ciencia.

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