Las leyes naturales no son equivalentes a las causas segundas responsables del desarrollo autónomo del mundo

Para la metafísica/teología tradicional Aristotélico-tomista (AT) el mundo naturalmente ha sido creado por Dios, una Creación ex nihilo, desde la nada, desde la no existencia. Para esta tradición metafísica, la Creación es abordable desde la filosofía y puede ser probada racionalmente; una muestra de ello son las pruebas de la existencia de Dios de Santo Tomás de Aquino. El tiempo es parte de la creación, por lo que no es posible demostrar racionalmente –desde su interior–, cuándo tuvo lugar la creación; según Santo Tomás esta es materia de fe. En el acto de Creación, Dios da el ‘ser’ a los entes que componen la realidad del mundo, y también los mantiene siendo lo que son por su ‘naturaleza’; lo creado está en constante dependencia de su Creador. La acción creadora de Dios se describe como la “causa primera”, para distinguirla de las “causas secundarias” establecidas por Dios en la constitución metafísica de los objetos naturales, y que son las responsables de los cambios y transformaciones que experimentan las cosas/objetos naturales. Esta distinción de causa primera y causas segundas separa la acción –directa– de Dios: causa primera, de las acciones de las causas secundarias, también creadas y mantenidas por Dios, pero que funcionan con autonomía según su Voluntad. Esta conceptualización metafísica es uno de los argumentos más frecuentes esgrimidos por filósofos y teólogos para justificar su rechazo de la TDI.

La ciencia se mueve en el terreno del cambio y transformaciones naturales, su objeto son los movimientos de los entes creados, opera dentro de lo creado. El ser humano tiene la capacidad racional de acceder a estas causas secundarias, para conocerlas y manejarlas, y en ellas capitalizan las leyes naturales y las fuerzas elementales de la física. La causa primera y las causas secundarias actúan en forma separada, sin interferencia, pero están compenetradas y son compatibles. Si no se separaran en la esfera de sus acciones en el mundo, tendríamos que enfrentar la imposibilidad de la ciencia, todo estaría sometido a la acción directa omnipotente de Dios y de su voluntad; desaparecerían las causas secundas y sus regularidades. De manera que una de las razones por la que se postulan las causas segundas como responsables de las transformaciones de mundo es para salvaguardar la posibilidad de la ciencia; esta tesis no se consideró como un menoscabo del poder divino, sino que se concibió como un gesto positivo de Dios, que otorga autonomía a las cosas dándole la dignidad de ser causas de otras y de cooperar en la realización de sus designios. La autonomía que Aquino otorga a las causas segundas no significa independencia, Dios es su creador y las mantiene en su existencia; estas operan según la virtud de su Creador (Sto. T. A.; S c G. lll, 70: …Y la virtud del agente inferior depende de la virtud que el agente superior, en cuanto que el agente superior da al agente inferior la virtud misma por la cual obra o se la conserva, o también la aplica para obrar…) Además, para Sto. Tomás no tiene sentido crear cosas y no otorgarles efectos propios, esto significaría en última instancia rebajar su perfección, y la de su Creador.

Pero naturalmente estos autores aceptan la acción directa de Dios en el mundo para fenómenos puntuales como son los milagros y otras acciones relacionadas a la fe; pero en el curso regular de las transformaciones de los objetos naturales, reinan las causas secundarias. Esta tesis eliminaría la posibilidad de la TDI, no es aceptable que se postule una acción divina en el curso de la historia del universo para generar estructuras especificadas; esto significaría una transgresión de la separación metafísica de la causalidad divina. Es importante mencionar, como ya lo hicimos en el Post anterior, no todos los autores simpatizantes de la tradición aristotélico-tomista, apoyan esta objeción a la TDI. También es importante recordar, a propósito de esta crítica, que la TDI no entra en elaboraciones metafísicas de cómo, cuándo, por qué, y quién es el responsable de estas configuraciones inteligentes diagnosticadas en ciencia. Esta tesis solo las hace patentes, y permanece en el terreno de las evidencias científicas; la propuesta de la TDI constituye así, un genuino desafío para los paradigmas reinantes en ciencia y en metafísica.

De manera que el rechazo de la TDI por parte de la metafísica/teología AT, sea porque se considera que esta tesis no posibilita el acceso a la demostración racional de la existencia de Dios o, porque se estima que entra en aporías por sus supuestos mecanicistas o, sea por cualquier otra consideración teológica, deja como la única explicación viable –desde su postura metafísica/teológica– la acción de las causas segundas (el poder causal, de los objetos naturales por su naturaleza). Esta visión filosófica se traduciría en el ámbito de las ciencias, en que las leyes naturales apoyadas en las cuatro fuerzas elementales de la naturaleza, que capitalizan en las causas eficientes, serían las únicas que eventualmente podrían explicar la génesis y funcionamiento de las estructuras teleológicas especificadas.

El problema que surge con este dictamen filosófico, es que las leyes naturales conocidas basadas en las cuatro fuerzas fundamentales de la física, no son equivalentes a las causas segundas, y poseen una acción muy simple, de un mero (+) y un (-), de un ‘tira’ y un ‘empuja’, al que no se le asigna ninguna finalidad o meta más allá de su acción inmediata; en la Revolución Científica del Siglo XVII se eliminaron la causa formal y la causa final de los objetos naturales. Con estas características tan rudimentarias, las leyes naturales son incapaces de dar cuenta de las estructuras especificadas que denotan acción inteligente en su configuración. Nos encontramos entonces en que de acuerdo a estos autores, la metafísica/teología AT es la disciplina que tendría la respuesta completa para las transformaciones de los objetos naturales, y la ciencia no tienen otra opción que esperar descubrir alguna ley natural que explique las estructuras especificadas, que ha de poseer la capacidad de configurar inteligentemente muchas cosas naturales; una esperanza ilusoria. Agrego que la insistencia de estos filósofos y teólogos en cobijarse en las causas segundas, es que, si aceptan otras intervenciones de Dios en el mundo natural, también implicaría que Dios no creó el mundo en forma adecuada o completa, y necesita de reparos a medio camino, lo que resulta humillante para la imagen de Dios Todopoderoso y Omnisciente. Este es un problema teológico serio –al menos para los autores que adscriben a esta interpretación de la Causalidad Divina–, porque la metafísica-teología tiene que asumir los hechos que le presenta la ciencia, como lo ejemplifica la TDI, si no quiere permanecer alienada, y convertirse en un impedimento para el progreso epistemológico.

Frente a esta impotencia de las leyes naturales, la ciencia mecanicista tradicional ha recurrido a las asociaciones atómico-moleculares fortuitas, que por puro azar darían origen a las estructuras esenciales para la aparición de la vida y su despliegue en el planeta. Esta explicación resulta fácil formularla, aunque se sepa que el azar no es ningún poder causal, pero es muy difícil de demostrarla empíricamente como lo exige la ciencia; hasta el momento no ha sido posible, y cada día es más clara su obvia imposibilidad; sin embargo se mantiene la esperanza, animada por el entusiasmo ideológico materialista de sus defensores. Tampoco resulta explicativo recurrir a conceptos como ‘emergencia’, que solo describen lo que sucede sin ninguna explicación causal –esencial en ciencia–, y esconden un reduccionismo materialista; o echar mano a procesos de ‘auto-organización’, que no explican de donde surge la acción organizadora que dirigiría los procesos naturales regidos por las miopes leyes físicas conocidas, este proceso también resulta en último término, un concepto meramente descriptivo y materialista.

En esta situación algunos adherentes a la metafísica/teología AT se instalan tranquilamente en las explicaciones metafísicas de la realidad y sus cambios, y adoptan una actitud de espera para que la ciencia solucione sus problemas, encontrando las fuerzas naturales (‘causas eficientes’) adecuadas que expliquen científicamente las estructuras complejas especificadas portadores de inteligencia biológica. Pero no todos aceptan esta pasividad y, empujados por el prestigio que tuvo la teoría neo-darwiniana hace unos decenios atrás, junto a la presión materialista de la cultura que influye indudablemente en la sobrevivencia de esta corriente, caen seducidos por esta teoría, combinándola con su creencia Teísta. Dios proveería la racionalidad para la autoorganización evolutiva del mundo que hace posible la aparición de la vida y su desarrollo; de este modo se constituye el llamado “Teísmo evolutivo”, que veremos en más adelante.

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