La Evolución vista desde el siglo XXI (1)

Felipe Aizpún

Este es más o menos el título del último libro de James A. Shapiro ya visitado en estas páginas. He considerado oportuno extenderme en los comentarios sobre el mismo toda vez que la posición en él adoptada por su autor tiene, sin duda, muchas y variadas implicaciones en relación al pensamiento biológico dominante en las últimas décadas y al debate suscitado por los autores afines al movimiento del DI.

Una de las cosas que más llama la atención en este libro es la utilización permanente y a menudo gratuita del término “evolución” y la conjugación omnipresente del verbo “evolucionar” a lo largo del discurso del mismo. Esta práctica supone un abuso rechazable en la medida en que pretende presentar los datos de la biología, en todo caso, como exponentes de un hipotético proceso evolutivo netamente naturalista sin que tal relación haya sido previamente probada. Claro que la inferencia del cambio de las formas vivas como eje del proceso de emergencia de novedades biológicas es una inferencia legítima y no vamos aquí a cuestionarla. Pero la asunción dogmática del dictum de Dobzhansky (“nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”) resulta agobiante, extemporánea, inadecuada y supone una rémora ya denunciada hasta la saciedad para el correcto avance del pensamiento biológico y el conocimiento científico en general. Tal como nos alerta el científico francés Rémy Chauvin en su muy recomendable libro “Le Darwinisme où la fin d´un mythe” no hace falta pensar en términos evolutivos para desarrollar un profundo y concienzudo trabajo en el seno de la biología encaminado a seguir descubriendo todo lo que todavía nos queda por conocer en torno a los organismos vivos.

El conocimiento de las formas vivas es el objeto de la biología en cuanto ciencia. Dentro de la misma, una disciplina específica se ocupa de investigar y elucubrar en torno a la aparición en el tiempo de las novedades biológicas; es la biología evolutiva. Los datos generales de la biología, junto con la paleontología y el registro fósil nos permiten avanzar en esta disciplina, pero confundir ambas materias es una lacra que ha condicionado la investigación durante décadas impidiendo el correcto y riguroso desarrollo de la misma. Para Grassé, por ejemplo, la ciencia principal que debía presidir la investigación sobre el hecho evolutivo no era tanto la biología como la paleontología. Shapiro es un exponente emblemático de esta mala práctica. Su libro habría sido un excelente tratado de biología si no fuese por su pertinaz empeño en utilizar el término evolución allá donde simplemente debería de decir “biología” o por utilizar el verbo “evolucionar” para referirse a las características de un organismo vivo; allá donde simplemente debería de haber dicho, tal organismo “presenta” o “muestra” tal rasgo o función, insiste en afirmar que tal organismo “ha evolucionado” tal rasgo o función. Y ya sabemos que “ha evolucionado” quiere dar a entender que tal rasgo o función ha emergido al ser de forma “natural”; él solito se ha presentado sin avisar.

Una de las consecuencias más rechazables de esta práctica es que pretende obligar a la aceptación uniformadora de los episodios de cambio de los seres vivos, como si de un único proceso de cambio se tratara. Me explicaré: impide discernir correctamente entre lo que son mecanismos o sucesos de alteración adaptativa de determinadas funciones biológicas o rasgos accesorios en el marco de una forma sustancial que no se modifica, de lo que es el proceso evolutivo propiamente dicho, es decir, la aparición en el tiempo de las nuevas formas o planes corporales y de las estructuras morfológicas irreduciblemente complejas o carente de antecedentes biológicos conocidos. Descubrir los mecanismos de respuesta de los procariotas a las amenazas detectadas en el medio es una cosa; pretender que tales descubrimientos resuelven el enigma de la emergencia de formas nuevas o de estructuras funcionales biológicas novedosas como por ejemplo, la jirafa de cuello largo, el sistema respiratorio de las aves o el corazón de cuatro cavidades es, a estas alturas del siglo XXI, inaceptable.

Así por ejemplo en la página 90 y al tratar de los procesos de desarrollo de respuestas por parte de los microorganismos a los antibióticos nos dice Shapiro: “Predictably, the bacteria have responded by evolving resistance…” Recordemos que otros autores, como Ayala, han presentado siempre como ejemplo paradigmático del hecho evolutivo esta respuesta de los microorganismos. En realidad, los mecanismos de respuesta adaptativa a los desafíos del entorno no necesitan constituir un episodio evolutivo. Como sabemos, las bacterias permanecen bacterias cualquiera que sea su alteración metabólica. Más adelante (pág. 92) se refiere al mismo hecho como “… a key feature of evolutionary change…” Cambio sí, evolución, de momento nada. Y en la pág. 93 añade “Thus, contemporary evolutionary theories have to incorporate horizontal transfer of multiple coding sequences from any realm of life as a basic mode of genome change.” O lo que es lo mismo, reclama que las teorías evolutivas contemporáneas deben de incorporar los episodios de transferencia genética horizontal (TGH) de secuencias múltiples codificantes como mecanismo básico de transformación de los genomas de las formas vivas. En realidad nada de ello había sido demostrado en las páginas precedentes. Sin embargo, si cambiamos la expresión de teorías evolutivas por, simplemente “biología”, sin más, la conclusión resultaría perfectamente respaldada por la exposición que la precede.

La utilización abusiva de la idea de evolución en vez de simplemente cambio es importante ya que las formas vivas presentan una innegable plasticidad y muchos de sus procesos de cambio adaptativo pueden ser investigados y descritos sin que ello represente en sí mismo una respuesta satisfactoria al enigma de la aparición de las formas vivas novedosas. Por eso la utilización indistinta del término evolución para cualquier tipo de cambio es especialmente oscurecedora de la labor de investigación científica. El colmo del despropósito en este sentido es la siguiente expresión que encontramos en la pág. 96 del libro analizado: “The fact that artificial protein evolution in the laboratory often works far better by domain-swapping…” es decir, el autor nos habla de “evolución artificial en el laboratorio” de una cadena de polipéptidos con objeto de obtener una mejora funcional. De nuevo el ámbito explorado de modificación no alcanza el concepto de una novedad evolutiva pero en todo caso, la utilización conjunta de los términos “artificial” y “evolución” constituye un perfecto oxímoron.

La aparición de cualquier novedad constituye para Shapiro un evento evolutivo dando por hecho que la evolución es el resultado de una modificación natural por mecanismos internos de las propias células, algo que está muy lejos de poder pretenderse demostrado. Por ejemplo, nos habla de la evolución de la estructura genómica mitocondrial o de los sorprendentes y enigmáticos genes Hox responsables a su vez de la “evolución” (por emergencia) de los planes corporales con simetría bilateral. Pretender que tales maravillas de la ingeniería genética están ahí, desempeñando funciones esenciales en la determinación morfológica de organismos avanzados simplemente porque “han evolucionado” es una propuesta decepcionante.

Esta permanente obsesión por entender que los mecanismos de cambio conocidos tienen que ser necesariamente la respuesta naturalista a los enigmas de la evolución de las formas vivas, provoca rompecabezas difíciles de resolver. Es por ello que de manera constante en el libro el autor nos muestra su asombro ante los descubrimientos de la ciencia. Términos como “intriguinly”, “for a big surpise”, “a major surprise” o “remains a mystery” jalonan buena parte del libro de Shapiro. No es de extrañar. La complejidad y el diseño altamente específico de las formas vivas y en especial de las pertenecientes a los órdenes taxonómicos superiores suponen un desafío para la imaginación. Pretender explicar su emergencia por causas estrictamente naturales no es en absoluto fácil y si se está voluntariamente constreñido a los límites de lo que la Naturaleza de forma fortuita puede producir, los descubrimientos de la ciencia no pueden sino proporcionar un sobresalto tras otro.

Esta confusión interesada de los conceptos de biología y evolución no es fácil de detectar por el lector no experimentado y resulta absolutamente natural para el lector ideológicamente predispuesto, por lo que tiende a pasar desapercibida en ambos casos. Denunciarla y llevar el discurso a sus justos términos es imprescindible si queremos avanzar en la búsqueda del conocimiento científico.

Por el contrario, una correcta distinción entre lo que son los datos de significación estrictamente biológica, y su potencial aplicación en el ámbito específico de la biología evolutiva nos debería hacer comprender que algunas conclusiones de Shapiro pueden ser precipitadas. La identificación eventual de mecanismos de cambio biológico, supone por sí mismo un avance de extraordinario valor; sin embargo, su capacidad para justificar la emergencia de las novedosas formas biológicas aparecidas a lo largo del tiempo es otro cantar. En todo caso, la identificación de mecanismos de cambio supone una justificación parcial del proceso ya que una perspectiva de causalidad formal y final resulta imprescindible para poder entenderlo de forma completa.

2 Respuestas para La Evolución vista desde el siglo XXI (1)

  1. Felipe:
    Los creyentes en milagros azarísticos se parecen. Ayer noche estaba el espabilado made in Spain Punset maravillándose junto con un “biólogo cuántico” de Oxford de cómo las aves migradoras y las mariposas monarca se guían en sus correrías en pos de la sobrevivencia de los sobrevivientes mediante un fenómeno cuántico llamado entrelazamiento. Desde luego que para Shapiro y esos “intelectuales” el azar es el responsable de estos fenómenos que ni los mismos físicos cuánticos saben cómo utilizar. Además hubo una parrafada que parecía de ID sobre que todo es información, desde la física cuántica hasta el universo. Por supuesto que no se dijo que sólo los agentes inteligentes in-forman los sustratos materiales a fin de realizar sus objetivos.

    Sin necesidad de meterse en berenjenales cuánticos (que ya de por sí son inexplicables materialmente) sólo hay que ver la portada del libo de Shapiro para darse cuenta de lo descabelladas de las pretensiones naturalistas. Si no me equivoco, la foto es de esa mariposa que “desarrolló” un parecido asombroso con las caras de nuestros parientes los lémures. Otra casualidad milagrosa que sirve para que las pobres mariposas sobrevivan (junto a otras que no necesitan ese truco para sobrevivir, y aun así sobreviven).

  2. Yo también oí una vez una entrevista en la televisión en la que una señorita, al parecer, física cuántica, se desahacía en expresiones de asombro en torno a la “información” cósmica pero lo hacía reduciendo la idea de información a meros bits y estos a su vez a meras posiciones o momentos de partículas materiales elementales. En definitiva, se trataba de capturar el concepto de “información” cada vez más difícil de evitar, reconvertirlo en una mera sucesión de “datos” carentes de funcionalidad y de significado y tratarlos según la teoría de la información de Shanon como meros impulsos cuantificables y explicables perfectamente por las leyes de la física.
    En definitiva un fraude intelectual soberano para anestesiar a los intelectualmente inquietos.

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