Hawking, la ciencia y la religión

El prestigioso físico británico Stephen Hawking ha mostrado siempre una especial sensibilidad hacia las consecuencias metafísicas de los avances científicos. No cabe duda de que las implicaciones de los avances científicos en relación al debate sobre los orígenes son fundamentales y Hawking ha intentado en todo momento que dichas implicaciones no fuesen excesivamente trascendentes, aportando sus intuiciones en torno a la explicación más plausible, en términos estrictamente naturalistas, del origen del Universo.

Recientemente Hawking ha concedido una entrevista a Diane Sawyer de la ABC en la que, al ser preguntado sobre la posibilidad de reconciliar ciencia y religión, ha declarado lo siguiente: “Hay una diferencia fundamental entre religión, que se basa en la autoridad, y ciencia, que se basa en las observaciones y la razón. La ciencia vencerá porque funciona”.

Aunque cualquier persona mínimamente formada comprende que las convicciones religiosas, lejos de sentirse enemigas de la ciencia acogen con agrado la tarea de ensanchamiento del conocimiento racional, como una expresión más de nuestra vocación terrenal, lo cierto es que muchos materialistas y ateos plantean la ciencia como un desafío a la religión, como una conquista intelectual cuyo rédito más valioso es servir al propósito de demostrar la falsedad de los mensajes revelados y en especial la inconsistencia de los relatos bíblicos.

Esta actitud es habitual en el seno de los evolucionistas ideológicos y son conspicuos representantes de la misma científicos y filósofos como Dawkins, Dennett, Provine o Mayr entre otros. Mayr, por ejemplo, dedica las primeras páginas de su tratado “What evolution is” a explicar el significado y las conclusiones de los avances científicos del darwinismo, en aras a desautorizar los mensajes religiosos y dejar en evidencia su falta de consistencia y su falsedad. El valor principal de la obra de Darwin, nos lo ha explicado también profusamente Ayala, es hacernos comprender que la apariencia de diseño inteligente en la Naturaleza es puramente un espejismo: diseño sin diseñador.

El problema de los materialismos es que nos confinan en un mundo sin respuestas a las preguntas esenciales que todo hombre necesita hacerse. Cualquier visión del mundo que decidamos adoptar debe ser capaz de responder a las preguntas más exigentes en torno al sentido de nuestra existencia. Y el propio Hawking confiesa en la entrevista que existe una pregunta fundamental a la que no puede responder desde su agnosticismo, la pregunta que se hiciera el gran Leibnitz hace ya más de trescientos años. ¿Por qué hay algo en vez de nada?

Esta pregunta lleva siglos excitando la conciencia y provocando la incertidumbre de las mentes más inquietas. En realidad, en términos estrictamente materialistas la pregunta ni siquiera tiene sentido. Cabe preguntarse ¿Cómo son las cosas? Y no cabe duda de que la indagación científica pugnará por encontrar las respuestas. Pero en un mundo sin causa ni finalidad algunas preguntas resultan incómodas y desconcertantes. Se me ocurre otra: ¿Para qué hay algo en vez de nada?

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