En torno al Evolucionismo Teísta

Felipe Aizpún

La conciliación de las convicciones religiosas con el conocimiento científico más actualizado no es solamente algo mucho más habitual de lo que se nos quiere hacer creer, sino además, una concordancia natural perfectamente armoniosa entre caminos diferentes que buscan un mismo destino, el conocimiento o la aprehensión más perfecta de la realidad. Sin embargo, no siempre los esfuerzos de conciliación resultan afortunados y uno de los más disonantes es el de la corriente de opinión conocida como Evolucionismo Teísta y sobre la que ya nos ocupamos en estas páginas hace algún tiempo en un artículo de Cristian Aguirre. Recientes comentarios de alguno de nuestros visitantes habituales nos animan a ofrecer algunas consideraciones adicionales al respecto.

La armonización de los conceptos evolucionistas con las convicciones religiosas no es cosa de ahora, porque no lo es tampoco la discusión en torno a la hipótesis evolucionista cuyo origen en germen muchos sitúan en los albores de la historia del pensamiento allá por la Grecia clásica. No es de extrañar que a veces se cite nada menos que a San Agustín de Hipona como precursor de un modelo de armonización entre la acción creadora del Dios de las religiones con la existencia de procesos de cambio y de concreción de causas formales a través del tiempo en la aparición de diferentes formas biológicas. Sea como fuere, los conocimientos y las teorías actuales en torno a la evolución de las formas vivas nos sitúan en un marco de reflexión específico en el que el evolucionismo teísta se perfila como una corriente de opinión con perfiles concretos y propios de su tiempo. Se suele citar inevitablemente a Francis Collins como el más emblemático representante de este movimiento en la actualidad. Collins ha destacado en su quehacer científico, entre muchas otras razones por haber presidido el desarrollo exitoso del proyecto Genoma Humano; en el ámbito del discurso teórico su aportación más conocida al desarrollo de los conceptos del evo-teísmo es su libro “El lenguaje de Dios”.

Básicamente lo que caracteriza a este movimiento es el mantenimiento en paralelo de un doble discurso:

1. En el plano estrictamente científico se acepta de forma plena la teoría darwinista de la evolución en todos sus pronunciamientos.

2. En el plano religioso se aceptan plenamente las creencias religiosas propias del cristianismo y se atribuye el proceso evolutivo a la manifestación oculta de la voluntad de un Dios Creador quien habría impulsado un proceso indiscutiblemente teleológico.

Quizás la reflexión más inmediata que sugiere este planteamiento sea la de que la conciliación de propuestas que se mueven en planos totalmente paralelos, es decir, en planos que no pueden encontrarse, resulta tan gratuita como imposible de valorar. Las conquistas del quehacer científico son expresiones de la búsqueda racional por parte del hombre del conocimiento de la realidad. Este conocimiento parte de la experiencia y se eleva, merced a la racionalización adecuada de dicha experiencia, hacia el conocimiento pleno (físico y metafísico) de dicha realidad. El conocimiento así adquirido es un conocimiento estrictamente racional, acumulativo, argumentable, sujeto a las leyes de la lógica y el debate, contrastable y verificable según el método científico ajustado a las intuiciones y a las herramientas específicamente humanas de conocer. Por el contrario, las convicciones religiosas heredadas en la tradición conservada en el seno familiar o adquiridas por medio de la iluminación interior, y cultivadas a través de la oración personal, pertenecen a un ámbito de intimidad que no puede ser argumentado y compartido de la misma forma. De hecho, las convicciones en especial en torno a la vida sobrenatural o la relación con un Dios personal no dejan de ser en el fondo la expresión de una elección personal, de una adscripción voluntaria a un discurso libremente asumido.

El eminente científico evolucionista del pasado siglo Stephen Jay Gould propuso en su libro de 1999 “Ciencia versus religión; un falso conflicto” su filosofía de separación entre ambos discursos según la célebre fórmula conocida como NOMA (“non overlapping magisteria”), que prescribía la no superposición de magisterios. Para Gould la ciencia se ocupa del campo de lo empírico, de la experiencia sensible de las cosas y su descripción, de la teorización en torno a su funcionamiento del Universo y la indagación en torno a sus causas materiales y eficientes. La religión en cambio se ocuparía del sentido último de la existencia y del ámbito de lo moral. En realidad no es un planteamiento satisfactorio. La distinción entre las convicciones racionales y las religiosas no descansa necesariamente en el objeto de dichas convicciones. No se trata estrictamente de que unas describan el Universo material y las otras se ocupen del sentido último de la realidad o de sus implicaciones morales. Este sentido último de la realidad en términos de causalidad, o la racionalización de nuestra dimensión moral por ejemplo, son perfectamente el objeto propio de la indagación racional en el ámbito de la filosofía y más específicamente de la metafísica, y esta inquisición de naturaleza filosófica descansa plenamente en el conocimiento científico más avanzado. Lo que diferencia la ciencia de la religión es el origen de las convicciones adquiridas. La experiencia y la indagación racional en un caso; la Revelación y su transmisión tradicional por otro.

Desde esta perspectiva, el evolucionismo teísta indudablemente comete un error epistemológico definitivo. Por una parte sostiene un planteamiento estrictamente científico que no puede separarse de sus implicaciones filosóficas. Por otro lado, aporta convicciones estrictamente religiosas y por lo tanto ausentes de soporte en el conocimiento científico y racional que previamente ha asumido para interpretar el sentido último de los hechos aceptados y descritos. No hay que olvidar que una descripción puramente naturalista de los acontecimientos, tal como prescribe el darwinismo, tiene inevitables consecuencias filosóficas que es preciso aceptar, o rebatir en caso contrario, mediante una argumentación racional, y es aquí donde el evolucionismo teísta queda huérfano de toda justificación.

En efecto, el darwinismo no es solo un relato explicativo de un evento pasado. El relato tiene implicaciones filosóficas de muy variado cariz. Por ejemplo, nos impone un modelo estrictamente naturalista y nos confina al mundo del azar y la necesidad como únicas categorías reconocibles de causalidad. Además, implica el abandono de justificaciones de tipo formal y causal para describir y explicar el Universo y los procesos de cambio en él acontecidos. Establece inequívocamente que la aparición del ser humano en la Tierra es un evento fortuito y que todas las variaciones experimentadas por los seres vivos carecen de un impulso causal más allá del mero azar, lo que las hace no intencionales ni dirigidas a finalidad concreta alguna.

El evo-teísmo por su parte, rechaza de manera no argumentada tales implicaciones filosóficas. Se limita a suplantarlas introduciendo en el discurso conceptos religiosos de forma inevitablemente estridente. La idea de que el proceso evolutivo responde a una intencionalidad sobrenatural que no puede ser detectada mediante el conocimiento científico de la realidad supone el abandono del discurso racional para dar un salto en el vacío al ámbito del discurso religioso. De esta forma el evolucionismo teísta se nos presenta como mala ciencia, mala filosofía y mala teología, todo al mismo tiempo y por su orden.

Mala ciencia lo es en el sentido de que su adscripción al obsoleto modelo darwinista se viene haciendo por sus seguidores de forma entusiasta e incondicional. Su defensa del vigente paradigma basado en la emergencia de la novedad biológica por mutación fortuita y del principio rector de la selección natural en el proceso ha sido firme y sin fisuras en las últimas décadas. En este sentido sus ataques a las objeciones científicas de los autores del Diseño Inteligente han sido especialmente agrias, como por ejemplo la defensa a ultranza de algunos de sus partidarios de la pretendida capacidad de los procesos naturales para dar cuenta de los mecanismos irreduciblemente complejos presentes en la naturaleza.

Mala filosofía ya que las consecuencias filosóficas del modelo darwinista forman parte inevitable del mismo. Tal como ha manifestado sin ambigüedad alguna Richard Dawkins el darwinismo le permite a uno ser un ateo intelectualmente realizado. En efecto, la capacidad para explicar los procesos de cambio en la Naturaleza como hechos fortuitos y carentes de intencionalidad no puede sino hacer la idea de Dios perfectamente superflua en el campo filosófico y supone un desafío mayúsculo para cualquier intento de justificación de una perspectiva teleológica de la vida y de los seres vivos. Rebatir esas conclusiones exigiría un discurso filosófico al que los autores del evolucionismo teísta son normalmente ajenos ya que asumen un sentido finalista de la realidad como mera emanación de sus convicciones religiosas. Mala filosofía también porque necesariamente debe asumir una visión reduccionista y mecanicista que rehuye toda perspectiva formal y finalista de la realidad.

Mala teología porque la idea de un Dios que no puede ser reconocido por sus obras contradice alguno de los principios religiosos que los propios evo-teístas dicen mantener. Un mundo que se explica a sí mismo según una justificación plenamente naturalista de los acontecimientos es un mundo que no hablaría de su creador. Un creador que ha enmascarado su intervención en procesos que aparentan ser puramente fortuitos y sin rastro de finalidad no podría adecuarse a ninguna interpretación por forzada y alegórica que fuese del relato bíblico de la creación. En este sentido conviene recordar el libro del filósofo darwinista Michael Ruse titulado “¿Puede un darwinista ser cristiano?”; Ruse desarrolla una argumentación muy coherente en el mismo para terminar concluyendo que, efectivamente, se puede ser darwinista y cristiano al mismo tiempo, siempre que se pague el modesto tributo de renunciar a ciertos dogmas de fe esenciales en el discurso religioso; peccata minuta.

El problema al que se enfrenta en última instancia el evolucionismo teísta es el mismo que algunos autores han afrontado y que pretende presentar el concepto de azar como un concepto asumible en el marco de la creación, no como un adversario de la racionalidad o como una antítesis del diseño, sino como un elemento más dentro de la providencia de una acción creadora. Pero esta armonización resulta siempre, en última instancia, difícil de conjugar. La primacía de la razón sobre el azar es un elemento permanente de reflexión en el pensamiento occidental, y si bien el azar (o la apariencia de azar) puede jugar un cierto papel explicativo del acontecer universal, resulta insuficiente como explicación en último extremo de la emergencia de lo razonable. Los niveles microscópicos de la realidad no pueden ser objeto de explicación independiente de una comprensión totalizadora de la realidad, la visión de conjunto nos impone una interpretación racional y finalista que el darwinismo rehuye a todas luces. Apoyar el darwinismo sin fisuras, desentenderse de sus implicaciones filosóficas, y sustituirlas por la introducción, sin sustento racional, en el discurso, de creencias religiosas es una fórmula a todas luces inadecuada.

10 Respuestas para En torno al Evolucionismo Teísta

  1. Me parece que aquí se habla sobretodo de incoherencia.
    Les quería en esa línea suscitar una posible incoherencia no tan diferente de ésta del creacionista/darwinista que aquí se critica.
    Es la que parece ofrecer Paul Davies en su “The Goldilocks enigma”.
    Paul Davies en efecto se siente en lo fundamental conforme o “cómodo” con las explicaciones darwinistas (a condición de que sean remozadas o retocadas en lo necesario). Y reconoce también que el darwinismo tiene evidentes carencias o insuficiencias; para empezar no puede dar una explicación al origen de la vida, si bien confía en que esta laguna de su explicación teórica acabarán por aclararse (más bien antes que después). [Sobre la emergencia de la vida se pregunta: “La pregunta ante nosotros, sin embargo, es si la vida, y quizás también incluso la conciencia, está escrita en las leyes de la física. ¿Pudo la emergencia de la vida a partir de la no-vida parecerse, por ejemplo, a la cristalización y, de manera predecible e inevitable, derivarse de las solas leyes de la física a partir de una amplia gama de condiciones iniciales? La respuesta es un decisivo no. Una célula viva se distingue por su inmensamente complejidad organizada….Es un específico y peculiar estado de la materia con un alto contenido de información. El genoma de la bacteria más pequeña conocida contiene millones de bits de información – información que no está codificada en las leyes de la física. Las leyes de la física son simples relaciones matemáticas con muy poca información.” Y añade que además de las leyes de la física hay que añadir la evolución de millones de años para poder dar una explicación a esa emergencia de la vida.]
    Y hecha esta profesión de confianza en las explicaciones neodarwinistas, inmediatamente añade que “En astronomía y cosmología, la apariencia de diseño entra de forma más notable cuando llega a las leyes de la Física y la organización global del universo… Aquí el argumento del diseño es inmune al ataque darwinista… Echemos un vistazo a la hipótesis de que la apariencia de diseño es el resultado de un diseñador/creador. Aunque por definición esta no es una explicación científica (puesto que apela a una causa sobrenatural), sigue siendo una explicación racional… El diseño inteligente de las leyes [de la naturaleza] no entra en conflicto con la ciencia, porque acepta que todo el universo funciona de acuerdo con las leyes físicas y que todo lo que sucede en el universo tiene una explicación natural…”
    La incongruencia o incoherencia interna de esta argumentación estribaría en la plausibilidad y racionalidad del diseñador inteligente en el ámbito de la Física y la Cosmología, a la hora de dar respuesta a la cuestión primera del origen del universo y su exclusión del ámbito de la Biología. ¿No les parece?

  2. Por curiosidad Felipe, ¿qué propone el DI sobre el origen de la vida? Me refiero claro está a la aparición del primer ser vivo. ¿Aparecieron todos los seres vivos de inmediato o el “diseñador” fue sembrando el planeta de diseños a medida que se le ocurrían nuevas ideas? ¿influye en la extinción de las especies?

  3. Evaristo,
    La forma en que haces la pregunta parece querer decir que consideras que “el DI” tiene teorías propias sobre cuestiones históricas o científicas, como si se tratara de dogmas o leyendas impuestos al conocimiento racional desde fuera. Si es así evidentemente tienes una idea perfectamente equivocada de lo que es la corriente de pensamiento del DI.
    Partimos del conocimiento científico más actual, exactamente del mismo que puedes tener tú. La ciencia es la misma para todos y la ciencia nos invita a pensar que los seres vivos aparecieron de forma separada a lo largo del tiempo. El DI, por si lo ignorabas, tampoco defiende el fijismo o la “creación” de cada especie de la nada en el tiempo y con una esencia inmutable. No es incompatible con la evolución. Sólo lo es con la fábula darvinista que pretende imponer un modelo explicativo del proceso de la evolución que no se acomoda con la evidencia empírica.

  4. Mi pregunta sigue en pie, pero te la reformulo para mitigar suspicacias… Es auténtica curiosidad, lo prometo: ¿propone alguna hipótesis concreta el DI acerca del origen de la vida en la tierra? ¿como propone el DI que pudo formarse/surgir/nacer el primer/os ser/es vivo/s? ¿acaso no hubo primero/s?
    Puesto que el primer ser vivo tuvo que estar diseñado (de acuerdo al DI todo ser vivo lo está) ¿dónde se almacenaba la información sobre tal diseño previamente a su constitución? ¿tal dispositivo de almacenamiento no estaba entonces diseñado también? ¿no ves un problema de recursividad infinita? ¿cómo solventa este problema el DI?

  5. Evaristo,

    La pregunta que haces es “la pregunta del millón”
    En próximos posts trataremos este tema con un poco más de detenimiento y podremos debatir sobre ello. Pero en todo caso, es preciso anticipar que no existe ninguna solución científica para el enigma del origen del primer organismo vivo. Se trata de un problema clásico del huevo y la gallina. La aparición de un sistema biológico en el que metabolismo y replicación se den de forma simultánea desafía todos los conocimientos de la ciencia actual. El hecho de que tal sistema funcional esté gobernado por información prescriptiva y constituya un auténtico sistema cibernético dirigido por procesos semióticos es lo que hace razonable el que su origen pueda ser atribuido a una agencia inteligente, pero esto no implica conocer cuál haya sido el mecanismo exacto de su aparición. De hecho dudo mucho de que nunca se llegue a saber.
    Como veremos en los próximos días, otros autores pretenden “escapar” de este rompecabezas lógico imaginando un universo de recursos probabilísticos infinitos como única alternativa naturalista a la sospecha de diseño. El problema es que, además de abandonar así el ámbito de la ciencia para adentrarse en hipótesis metafísicas inverificables, tampoco solucionan el problema. Hacer lo implausible inevitable mediante una remisión teórica al infinito no contesta a tu pregunta: nada nos dice del “cómo” que tú te haces.
    En última instancia lo que se plantea es un problema de falta de adecuación causal.
    Personalmente creo que un agente inteligente es una causa adecuada para explicar un sistema organizado cibernéticamente, y creo que, como seres racionales que somos nosotros mimos, una hipótesis de esta naturaleza no sólo es legítima sino obligada.
    Sin embargo, no existe adecuación causal entre las constricciones propias de unas leyes físico-químicas carentes de contenido informacional y esencialmente reiterativas y la emergencia en el tiempo de sistemas ricos en organización funcional gobernados por sistemas formales de control, como somos los seres vivos.

  6. La segunda parte de tu pregunta, Evaristo, es mucho más una cuestión filosófica que científica, y necesita, para poder ser contestada, recurrir a conceptos clásicos en la historia del pensamiento humano como la forma o la causa formal, por ejemplo. Ese mismo tipo de preguntas se las hacían hace 2.500 años personajes como Platón o Aristóteles. El primero creía en la existencia real y autónoma de las formas ideales que originaban los seres materiales como formas o reflejos de aquellas. El segundo lo negaba y postulaba que las formas no tienen entidad propia más allá del ser concreto del que son causa formal. Es decir, consideraba que el diseño no es una realidad ontológica independiente de la cosa diseñada. Santo Tomás en la Summa Theologica I, 91, se apunta a esta opinión.
    Pero este tipo de cuestiones trascienden por completo lo que es el ámbito de trabajo de los autores del movimiento del Diseño Inteligente que se limita a defender la posibilidad de detectar científicamente la existencia de patrones de diseño en la Naturaleza y a invocar como legítima una causa inteligente para ese diseño.
    De ahí en adelante es pura metafísica.
    Personalmente yo también me planteo estas preguntas, y creo que en última instancia la forma, el diseño, nace en la mente del diseñador y se concreta en la cosa diseñada; se abre ahí el enigma en torno a la naturaleza del acto creador. Pero esto no tiene por qué suponer un recurso infinito de causas ya que el diseñador no exige a su vez ser diseñado si lo contemplamos como un ente inmaterial ajeno a este cosmos que habitamos. La exigencia de diseño nace de la complejidad y de la organización funcional de un todo formado de partes. Un ser inmaterial, una inteligencia pura, que tenga en sí mismo su razón de ser, no precisa de una explicación causal suplementaria.

  7. Hola!
    he leído un par de entradas de tu blog y me han parecido muy interesantes. No obstante, no se si estoy de acuerdo del todo contigo en que el evolucionismo teísta supone mala teología, pues entiendo que, incluso para que el azar pueda jugar su role, hacen falta ciertas circunstancias previas. ¿no crees?

  8. Hola Carmen,

    Gracias por tu comentario. Aunque la Teología queda perfectamente fuera del ámbito de las preocupaciones de este blog, sin embargo, desde las filas del Evolucionismo Teísta se ha atacado muy duramente al Diseño Inteligente por un afán de mantenerse muy estrictamente dentro del discurso darwinista. Algunas críticas lo han sido en términos estrictamente teológicos achacándole un mecanicismo que está muy lejos de postular (todo lo contrario) y por derivación una supuesta incompatibilidad con las enseñanzas tomistas. De ahí mi comentario.
    Es evidente que los más conspicuos defensores del neo-darwinismo son mayoritariamente ateos y consideran la fe plenamente incompatible con su modelo explicativo de la realidad. Conciliar el azar con la Teología de un Dios providente creo que es muy difícil, si no estrictamente contradictorio; como lo es conciliar la genética de poblaciones con la existencia de una pareja única originaria de toda la estirpe humana, o conciliar la creación de los seres vivos “según sus especies” con el gradualismo y el azar darwinista. Pero quede claro que ninguno de estas reflexiones son en sí mismas argumentos racionales contra el darwinismo ni mucho menos. Si acaso apuntar que la exaltación inaceptable filosóficamente del azar a la categoría ontológica de “causa” es un error del darwinismo del que el evolucionismo teísta no es ajeno. El azar no existe, no es una fuerza, ni un agente, ni una causa, es solamente un recurso de valor puramente heurístico.
    Creo que el problema del evolucionismo teísta es que básicamente se ve abocado a una interpretación naturalista ontológica que es inherente al darwinismo y rechaza abiertamente la posibilidad de ningún tipo de intervencionismo sobrenatural. Por supuesto ello no contradice el discurso racional si no que forma parte legítimamente del debate, pero creo que sí contradice el discurso teológico.

  9. Felipe:
    Es bueno desenmascarar la radical incompatibilidad entre darwinismo y teísmo, es urgente deshacer la confusión que presenta para la gente de buena voluntad estas cosmovisiones incompatibles.

    Acabo de leer en Uncommon Descent (ya se que lo lees por algún comentario que haces) que los neo-darwinistas, conscientes de que hay algo así como “herencia de los caracteres adquiridos”, se toman el Lamarckismo como otro refinamiento de su “hecho” evolutivo azaroso (junto a la TGH, endosimbiosis, y cualquier cosa que surja). No se qué más hay que oir de los cuenta cuentos esos, para que los estudiantes dejen de creer en el materialismo de una vez por todas.

    http://www.uncommondescent.com/intelligent-design/transformations-of-lamarckism-the-next-nightmare-for-evolutionists/

  10. En efecto, creatoblepas,
    lo que hay que hacer es darwinizar las cosas que aparentan alejarse del modelo. En este caso al neo-lamarkismo se le llama mejor “transgenerational epigenetic inheritance”.
    En realidad no está claro hasta qué punto nos encontramos ante una recuperación del lamarckismo, lo cuál es dudoso en el sentido de que Lamarck carecía por completo de conocimientos de genética, pero en todo caso es un tema secundario. Lo que sí parece claro es que cada vez más libros y artículos asumen la existencia de variaciones o cambios que se producen en el genoma como respuesta específica a cambios ambientales, y lo que es más importante, son cambios complejos (deleciones, transposiciones , duplicaciones etc.) que sólo pueden hacerse gracias a la existencia de maquinaria molecular muy sofisticada. No ocurren por azar.

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