El pez Cebra y los Tetrápodos

Felipe Aizpún

Cebra

Con el impresentable título de “El gen que transforma una aleta en una pata” publicaba el diario El Mundo recientemente un artículo en la sección de Ciencias de su edición digital. Se refería a un reciente trabajo ampliamente divulgado en la literatura científica internacional llevado a cabo por un equipo de investigadores españoles, y publicado en la revista “Developmental Cell”. El trabajo, de indudable mérito, está firmado por Gómez-Skarmeta, Casares y Freitas, del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo y aporta los resultados de un estudio que permite verificar que las aletas del pez cebra pueden desarrollar la aparición de un tejido óseo de carácter distal similar al que constituye los dedos de las patas en los tetrápodos si se incrementa la actividad de un gen denominado hoxd13.

El artículo nos ofrece el hallazgo como una prueba más de la verosimilitud de la teoría darwinista de la evolución, en este caso como una muestra de cómo habría sido el sospechado paso transicional de los peces a los tetrápodos, y de cómo unas simples mutaciones acaecidas en determinadas ubicaciones del genoma bastarían para hacer emerger los necesarios rasgos transicionales, de acuerdo con una interpretación gen-centrista tradicional del modelo. El título resulta deudor de una concepción absolutamente trasnochada de la biología.

Vaya por delante mi más favorable predisposición a aceptar que la hipótesis de un proceso evolutivo al uso, en el que las formas biológicas más modernas y complejas habrían surgido a partir de formas predecesoras es, cuando menos, racionalmente plausible y científicamente legítima. Siga después, mi más firme protesta en relación a las pretensiones de que cualquier dato científico que parezca apoyar tal hipótesis pueda exhibirse como confirmación de la validez de la teoría darwinista que proclama que tal histórico proceso se habría llevado a efecto como consecuencia de mutaciones fortuitas no dirigidas a resultado alguno intencionalmente prefijado.

Lo que este experimento nos muestra básicamente no es otra cosa sino que las transformaciones experimentadas por los individuos utilizados en el experimento fueron profundamente deletéreas, representaron una pérdida crítica de capacidad adaptativa y propiciaron, como explican los autores del trabajo en la entrevista reseñada, que los animalitos muriesen a los cuatro días de nacer básicamente por no poder nadar, lo cual, tratándose de un pez parece ser un inconveniente mayor. Y es que la idea darwinista de que nuevas formas biológicas pueden surgir por efecto de la acumulación de pequeñas variaciones jamás ha sido contrastado por la experiencia más allá de pequeñas modificaciones morfológicas o funcionales que en ningún momento han salido del marco del plan corporal del individuo.

Como no pueden menos de reconocer los autores, en realidad, las transformaciones no serían provechosas si no fueran acompañadas de un buen número de modificaciones complementarias que deben de darse en paralelo para conformar el conjunto armonioso de cambios que define una forma biológica diferente; en definitiva, lo que ya sentenciara de manera exhaustiva el profesor Loennig en sus famosos estudios sobre la jirafa de cuello largo y a los que ya nos hemos referido ampliamente en el pasado. La mera experimentación de mutaciones fortuitas resulta de forma habitual en una desorganización del perfecto engranaje de cualquier organismo biológico y es fuente de enfermedades y deformaciones. En ningún caso se ha verificado que novedades morfológicas importantes se hayan podido alcanzar mediante la acumulación de cambios accidentalmente sobrevenidos.

Y es que el darwinismo, como modelo reduccionista que es, se desentiende del problema de la forma y eso es algo que en el mundo de los organismos vivientes resulta necesariamente en una teoría fallida. Lo que haya producido la aparición de los tetrápodos, sea o no a partir de peces antecesores, no puede ser explicado por la mera activación de material genético alguno y la generación de nuevos tejidos. Lo que determina la arquitectura biológica de los nuevos habitantes del planeta es la forma exquisita de sus proporciones y la aparición de un nuevo modelo de organización funcional capaz de garantizar su adaptación al medio.

Pero la forma, amigos darwinistas, no está en el genoma; éste no es un plano o representación uno a uno (blueprint) de los rasgos del viviente. La forma, no es sino el resultado fascinante alcanzado en el maravillosamente complejo proceso de desarrollo embrionario en el que nuestro ADN no es sino un receptáculo pasivo de información para la fabricación de los bloques de la vida. Junto a esa información digital, los organismos cuentan con un acerbo de recursos informacionales de naturaleza analógica dispersa por la célula que determina la manera, el cómo y el cuándo esa información es utilizada para la generación de cada forma específica.

De cómo está encriptada esa información y qué recursos informacionales y sistemas semióticos de control y activación la determinan, poco sabemos. Lo que sí parece claro es que la forma biológica es el resultado de un complejo “programa” de naturaleza formal orientado a un resultado predeterminado. Las mutaciones genéticas que fueron convertidas, por mor de la ignorancia dominante en el período de auge del paradigma darwinista, en la estrella del show evolutivo han resultado ser irrelevantes para justificar la naturaleza de dicho proceso.

Los autores del artículo no pueden menos que terminar reconociendo este extremo especialmente al entender que su experimento ponía de manifiesto que el alcance de la forma biológica de los tetrápodos por sus antecedentes acuáticos no sería tanto el fruto de la adquisición de nuevos recursos informacionales /(nuevos genes) como de la expresión de material genético ya existente. Si esto fuese así, los peces tendrían ya el potencial en su genoma para expresar formas biológicas novedosas y por tanto la capacidad de generar rasgos biológicos totalmente innecesarios (¡incluso deletéreos!) para su condición de peces. La sospecha de un proceso evolutivo teleológico y predeterminado, en este caso, resultaría inevitable.

En definitiva, un experimento que lejos de venir a confirmar la plausibilidad del modelo evolucionista tradicional, nos reafirma en la convicción contraria: que la generación de formas biológicas exquisitamente adaptadas a su entorno, exige la modificación simultánea y coordinada de multitud de variables y que esta organización novedosa no puede ser el fruto de la mera acumulación de transformaciones no diseñadas en la expresión de los genes.

Lo que determina la formación precisa de la pata de un tetrápodo no es la generación de un determinado tejido sino los controles cibernéticos de las expresiones de los distintos genes en cuanto que definen un número exacto de dedos de tal o cual tamaño y proporción entre ellos. Y toda esa información instruccional o prescriptiva no está en la secuencia digital del ADN ni puede adquirirse por tanto por mutación de las secuencias de bases que constituyen el genoma. Lo que define un rasgo fenotípico no es el material generado en el proceso de copia traslación y traducción genética, sino el elemento de control de proceso de formación de la forma concreta de dicho rasgo. Algo que podríamos denominar su “diseño” y que es un elemento causal de naturaleza inmaterial que gobierna los procesos de la materia.

A este respecto, otro reciente artículo artículo también originado en España viene a aportarnos algo de luz sobre el asunto. Sus autores han utilizado un modelo matemático para explicar el patrón molecular de formación de los dedos en los tetrápodos. Así por lo tanto ya tenemos que para la generación de las patas necesitamos, no sólo un gen que fabrique el tejido óseo requerido, sino también un patrón de formación. Según parece, dicho modelo fue anticipado nada menos que en 1952 por una de las mentes matemáticas más brillantes del siglo XX, Alan Turing, si bien hasta ahora no se había podido realizar comprobaciones empíricas de lo acertado de su intuición. El modelo explicaría también la formación de otras estructuras biológicas repetidas, como las rayas de las cebras o la pigmentación de los peces.

Básicamente el modelo está basado en dos factores causales que interaccionan entre sí a la vez que se difunden; en el caso de los sistemas biológicos un activador y un inhibidor de la expresión génica, para generar así patrones periódicos. El trabajo se enmarca en el desarrollo de nuestros conocimientos sobre el papel de los genes Hox en los procesos de desarrollo y conformación de las estructuras fenotípicas de los vivientes.

Del análisis comparativo de los dos trabajos aquí reseñados podemos intuir algunas conclusiones, como por ejemplo que la formación de nuevas estructuras requiere la interacción de distintos recursos informacionales, o que los procesos de formación de las mismas se producen según complejos modelos matemáticos racionalmente detectables y descriptibles, lo que hace difícilmente creíble que tales ingenios biológicos puedan emerger como producto de un error o una acumulación de errores en los procesos de replicación.

Por el contrario, resulta evidente que dichos patrones formativos generados merced a la interacción de activadores e inhibidores solamente son concebibles en la medida en que diferentes mecanismos de ingeniería molecular actúan de forma precisa según la ejecución de un programa de información perfectamente ajustado a la finalidad que dirige la formación del organismo como un todo. Un organismo, a todas luces, inteligentemente diseñado.

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