El Paisaje Cósmico de Leonard Susskind

ElPaisajeEl físico teórico Leonard Susskind es uno de los padres de la Teoría de cuerdas con la cual los físicos teóricos proponen unificar la gravedad y la mecánica cuántica. Recientemente ha publicado un libro titulado; “El paisaje Cósmico. Teoría de cuerdas y el mito del diseño inteligente” en el cual Susskind pretende encontrar una explicación científica (o lo que él entiendo por ciencia) al principio antrópico. Este principio nos dice que las constantes físicas del universo tienen un aparente “ajuste fino” que hace posible la emergencia de vida en algún momento y lugar del universo, principio que los defensores de la teoría del diseño inteligente, que tan poco le simpatizan a Susskind, identificamos con fines teleológicos.

Para hacer la presente crítica sobre dicho libro con la mayor objetividad he numerado las páginas de las cuales he tomado cada extracto a fin de que los lectores puedan revisarlos en la fuente y no se me culpe que los mismos han sido sacados del contexto. En las páginas 11 y 13 de su libro Susskind define bastante bien este principio:

“Es una suerte que nuestro planeta esté precisamente a la distancia correcta del Sol: un poco más lejos y dominaría la muerte del perpetuo invierno antártico; un poco más cerca y la superficie freiría realmente cualquier cosa que estuviera en contacto con ella. Víctor, siendo ruso, optó por una visión espiritual de la cuestión: « ¿No eran —preguntó— la bondad y el amor infinito de Dios los que permitían nuestra existencia?». Mi propia explicación «estúpida» se hizo clara al momento. De hecho, tenemos muchos más motivos para estar agradecidos que tan sólo la temperatura de la Tierra. Sin la cantidad correcta de carbono, oxígeno, nitrógeno y otros elementos, un clima templado sería baldío. Si el Sol en el centro de nuestro Sistema Solar fuese reemplazado por un sistema de estrellas binarias más habitual, La vida pudiese desarrollarse. Hay innumerables peligros de este tipo. Pero por encima de todos están las propias leyes de la Naturaleza. Todo lo que se necesita es un pequeño cambio en las leyes de Newton o las reglas de la física atómica y ¡puff…!: la vida se extinguiría al instante o quizá nunca se habría formado. Parece que nuestro ángel guardián no sólo nos proporcionó un planeta muy benigno donde vivir, sino que también hizo las reglas de existencia—las leyes de la física y la cosmología— perfectamente adecuadas para nosotros. Este es uno de los mayores misterios de la Naturaleza. ¿Es suerte? ¿Es diseño inteligente y benevolente? ¿Es siquiera un tema científico o metafísico y religioso? Este libro trata de un debate que está agitando las pasiones de físicos y cosmólogos pero es también parte de una controversia más amplia, especialmente en Estados Unidos, donde ha entrado en el discurso político. En un lado se encuentran las personas que están convencidas de que el mundo debe haber sido creado o diseñado por un agente inteligente con un propósito benevolente. En el otro lado se encuentran los científicos tercos que están convencidos de que el universo es el producto de las leyes impersonales y desinteresadas de la física, las matemáticas y la probabilidad, un mundo sin un propósito, por así decirlo. En el primer grupo no incluyo a los que toman la Biblia al pie de la letra y creen que el mundo fue creado hace seis mil años y están dispuestos a luchar por ello. Estoy hablando de personas inteligentes y reflexivas que miran a su alrededor y les resulta difícil creer que fue sólo la suerte la que hizo el mundo tan adecuado para los seres humanos. Yo no creo que esas personas sean estúpidas, pues tienen un motivo para mantener su actitud”.

“Los defensores del diseño inteligente argumentan en general que es increíble que algo tan complejo como el sistema visual humano pudiera haber evolucionado por procesos puramente aleatorios. ¡Es increíble! Pero los biólogos disponen de una herramienta muy poderosa —el principio de selección natural— cuyo poder explicatorio es tan grande que casi todos los biólogos creen que el peso de la evidencia está fuertemente a favor de Darwin. El milagro del ojo es sólo un milagro aparente. Creo que los entusiastas del diseño se mueven en un terreno más firme cuando se trata de física y cosmología. La biología es sólo parte de la historia de la creación. Las leyes de la física y el origen del Universo son la otra parte, y aquí, una vez más, parecen abundar los milagros increíbles. Parece totalmente improbable que cuales quiera reglas particulares condujeran casualmente al milagro de la vida inteligente. Sin embargo, esto es justo lo que la mayoría de los físicos han creído: la vida inteligente es una consecuencia puramente casual de principios físicos que no tienen nada que ver con nuestra propia existencia. Aquí comparto el escepticismo del bando del diseño inteligente: creo que la suerte necesita una explicación.

A diferencia del debate entre Thomas Huxley «el Bulldog de Darwin» y Wilberforce, la discusión actual no es entre religión y ciencia, sino entre dos facciones de la ciencia en guerra: los que creen que las leyes de la Naturaleza están determinadas por relaciones matemáticas, que por mero azar permiten la vida, y los que creen que las leyes de la física han sido determinadas, de alguna manera, por el requisito de que fuera posible la vida inteligente. La acritud y el encono de la controversia ha cristalizado alrededor de una sencilla expresión —el Principio antrópico—, un principio hipotético que dice que el mundo está perfectamente ajustado ¡De tal manera que podamos estar aquí para observarlo! Yo tendría que decir que, dicho así, ésta es una noción estúpida e incompleta. No tiene más sentido que decir que la razón de que evolucionara el ojo es que pueda existir alguien que lea este libro. En realidad es una reducción de un conjunto de conceptos mucho más rico que clarificaré en los capítulos que siguen. Pero la controversia entre científicos tiene repercusiones para el debate público más amplio. No es sorprendente que haya salido de las salas de seminarios y de las revistas científicas y haya entrado en los debates políticos sobre el diseño y el creacionismo. Páginas cristianas en internet han entrado en la liza:

La Biblia dice:

«Desde el momento en que el mundo fue creado, la gente ha visto la Tierra y el Cielo y todo lo que hizo Dios. Porque las cosas invisibles de Él, su eterno poder y Divinidad, son claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que han sido hechas; así que no tienen excusa para no conocer a Dios».

Esto es tan cierto hoy como lo ha sido siempre y de alguna manera, con el descubrimiento del principio antrópico, es más cierto ahora que nunca. De modo que la primera prueba que tenemos es la propia creación, un universo que lleva la firma de Dios, un universo «ajustado» para que nosotros vivamos en él.

En su libro El plano cósmico, El astrónomo profesor Paul Davies concluye que la evidencia a favor del diseño es aplastante: El profesor sir Fred Hoyle —que no simpatiza con el Cristianismo— dice que es como si un super intelecto hubiera jugado con la física así como con la química y la biología.

Y el astrónomo George Greenstein dice: A medida que examinamos todas las pruebas, surge insistentemente la idea de que algún agente, o mejor, Agente sobrenatural debe estar implicado. ¿Es posible que de repente, sin pretenderlo, hayamos tropezado con la prueba científica de la existencia de un ser supremo? ¿Fue Dios quien intervino y creó tan providencialmente el cosmos para nuestro beneficio?

¿Puede maravillar que el principio antrópico haga que muchos físicos se sientan incómodos? Davies y Greenstein son estudiosos serios, y Hoyle fue uno de los grandes científicos del siglo XX. Como ellos señalan, la apariencia de diseño inteligente es innegable.

Se requieren coincidencias extraordinarias para que sea posible la vida.

Y al pie de página Susskind nos advierte diciendo…

(No sé cuáles son las ideas religiosas de Davies o Greenstein, pero yo recelaría de una interpretación demasiado literal. Los físicos utilizan a veces palabras como diseño, agente o incluso Dios como metáforas de algo que no se conoce, punto.

He utilizado el término agente por escrito y lo he lamentado desde entonces. Einstein hablaba a menudo de Dios: «Dios es sutil, pero no malicioso», «Dios no juega a los dados», «Quiero saber cómo creó Dios el mundo». La mayoría de los comentaristas cree que Einstein estaba utilizando el término Dios como una metáfora de un conjunto ordenado de leyes de la naturaleza. ¿Aparecerá esta frase fuera de contexto en una página religiosa de internet? Espero que no).

-Luego en la página 93 habla sobre su amigo premio nobel de física, Steve Weinberg.

“…Pero una vez que lo conocí, me di cuenta que Steve tenía el mejor de los atributos, la capacidad de reírse de sí mismo. Le gustaba ser un hombre importante pero sabía que su propio auto importancia tenía su lado ridículo. Como usted puede deducir, a pesar de nuestros diferentes estilos, yo quiero mucho a Weinberg. Siempre he admirado la claridad y profundidad de la física de Steven Weinberg. En mi opinión, él, más que cualquier otro, tiene derecho a ser el padre del modelo estándar. Pero recientemente he llegado a admirarle todavía más por su valor e integridad intelectuales. Es una de las voces destacadas contra el creacionismo y otras formas de pensamiento anticientífico. Pero en una ocasión fue suficientemente valiente como para expresar una opinión que iba en contra de los prejuicios científicos de sus colegas. De hecho, era evidente por sus propios escritos que a él mismo le disgustaba profundamente el principio antrópico. Imagino que le sonaba muy parecido a lo que algunas personas llaman ahora diseño inteligente.

De todas formas, dado el estado de desesperación con respecto a la constante cosmológica, él sentía que no podía ignorar la posibilidad de una explicación antrópica. A su modo, adoptó una vía práctica, preguntando si una constante cosmológica más grande que el límite observado de 10e(-120) unidades podría ser catastrófica para el desarrollo de la vida. Si no hubiera manera de que una λ Mayor pudiera inhibir la vida, la existencia de vida no sería importante y los teóricos de cuerdas podrían seguir tratando de encontrar una elegante solución matemática al problema. Pero si pudiera encontrarse una razón por la que una constante cosmológica ligera-mente mayor impidiera la vida, habría que tomar en serio el principio antrópico. Siempre me he preguntado qué es lo que Weinberg quería que saliera. Para ser justos, muchos cosmólogos no sólo estaban abiertos al principio antrópico sino que incluso lo defendían. La conjetura de que la pequeñez de la constante cosmológica podría ser antrópica ya había aparecido en un libro pionero de dos cosmólogos, John Barrow y Frank Tipler.

Entre otros que defendían al menos tener una mente abierta estaban sir Martin Rees, el «astrónomo real» británico, An-drei Linde y Alex Vilenkin, ambos famosos cosmólogos rusos que vivían en Estados Unidos. Quizá los cosmólogos fueran más receptivos a la idea que los físicos, porque una mirada al universo real, en lugar de a las ecuaciones abstractas, es menos sugerente de simplicidad y elegancia que de coincidencias numéricas aleatorias y arbitrarias. En cualquier caso, Weinberg se propuso ver si podía encontrar una razón por la que una constante cosmológica mucho mayor que 10e(-120) unidades impediría la vida. Para dar una idea del desafío que encaraba podemos preguntar cómo serían los efectos de tal constante cosmológica sobre los fenómenos terrestres corrientes. Recordemos que la constante cosmológica se manifiesta como una repulsión universal. Una fuerza repulsiva entre los electrones y los núcleos de los átomos cambiarían las propiedades de los átomos. Pero si se hacen los números, la repulsión debida a una constante cosmológica tan pequeña sería mucho más pequeña que cualquier cosa que pudiera detectarse a partir de las propiedades de átomos y moléculas. Una constante cosmológica muchos órdenes de magnitud mayor que 10e(-120) Unidad es seguiría siendo demasiado pequeña para tener cualquier efecto sobre la química molecular”.

Luego realiza una puntualización más al respecto en la página 97…

“El principio antrópico había superado el primer test. De todas formas, la actitud general de los físicos teóricos hacia el trabajo de Weinberg fue ignorarlo. Los físicos teóricos tradicionales no querían nada del principio antrópico. Parte de esta actitud negativa derivaba de una falta de cualquier acuerdo en lo que significaba el principio. Para algunos olía a creacionismo y a la necesidad de un agente sobrenatural para ajustar las leyes de la Naturaleza en beneficio del hombre: una idea amenazadora y anticientífica”.

Más detalles en las Páginas, 145-146:

“El universo es algo con un ajuste muy fino. Se hizo grande expandiéndose a una velocidad ideal. Si la expansión hubiera sido demasiado rápida, todo el material en el universo se habría dispersado y separado antes de que tuviera oportunidad de condensarse en galaxias, estrellas y planetas. Por el contrario, si la expansión inicial no hubiera tenido un impulso inicial suficiente, el universo se habría dado la vuelta y desaparecido en un big crunch muy parecido a un globo pinchado.

El universo primitivo no era demasiado grumoso ni demasiado uniforme. Como las gachas del bebé oso, era el adecuado. Si el universo hubiera empezado mucho más grumoso de lo que lo hizo, en lugar de tener hidrógeno y helio condensado en galaxias se habría agrupado en agujeros negros. Toda la materia habría caído en dichos agujeros negros y habría quedado aplastada bajo fuerzas tremendamente poderosas en el interior de los agujeros negros. Por el contrario, si el universo primitivo no hubiera sido tan uniforme, no se habría agrupado en absoluto. Un mundo de galaxias, estrellas y planetas no es el producto genérico de los procesos físicos en el universo primitivo; es la excepción rara y, para nosotros, muy afortunada.

La gravedad es suficientemente fuerte para mantenernos en la superficie de la Tierra, pero no tan fuerte como para que la presión extra en el interior de las estrellas hubiera hecho que éstas se consumieran en pocos millones de años en lugar de los miles de millones de años necesarios para que la evolución darwiniana crease vida inteligente.

Las leyes de la física microscópicas permiten la existencia de núcleos y átomos que con el tiempo se ensamblan, como un mecano, en las grandes moléculas de la vida. Además, las leyes son las adecuadas, de modo que el carbono, el oxígeno y otros elementos necesarios pueden ser «cocinados» en estrellas de primera generación y dispersados en supernovas. El marco básico parece demasiado bueno para ser cierto. Más que seguir una pauta de simplicidad o elegancia matemática, las leyes de la Naturaleza parecen hechas especialmente a medida para nuestra propia existencia. Como he dicho repetidamente, los físicos odian esta idea”.

Más adelante, en las páginas 191-194, Susskind hace una divertida analogía:

“Puesto que Tini fue una de las primeras personas en reconocer el problema de la energía del vacío, yo pensé en dar una charla de cumpleaños llamada «Tini y la constante cosmológica». De lo que yo quería hablar era del principio antrópico y del cálculo de Steven Weinberg sobre la formación de galaxias. Pero también quería explicar cómo el principio antrópico podía tener perfecto sentido científico. Así que, como de costumbre, hice una analogía. En lugar de preguntar por qué la constante cosmológica está ajustada con tanta precisión, la sustituí por una pregunta similar: ¿por qué la temperatura de la Tierra está tan precisamente ajustada para caer en el estrecho rango en el que puede existir agua líquida? Ambas preguntas plantean cómo es posible que vivamos en un ambiente muy improbable que parece perfectamente hecho a medida de nuestra propia existencia. Para responder a mi pregunta yo propuse la siguiente parábola sobre unos peces inteligentes”.

Una historia de peces.

“Erase una vez un planeta completamente cubierto de agua en el que vivía una raza de peces con un gran cerebro. Estos peces sólo podían sobrevivir a cierta profundidad, así que ninguno de ellos había visto nunca la superficie del agua por encima ni el fondo por debajo. Pero sus grandes cerebros les hacían muy inteligentes y también muy curiosos. Con el tiempo sus preguntas sobre la naturaleza del agua y otras cosas se hicieron muy sofisticadas. Los más brillantes entre ellos se llamaban físicos. Los físicos eran maravillosamente inteligentes y en pocas generaciones llegaron a comprender muchas cosas sobre los fenómenos naturales, incluyendo dinámica de fluidos, química, física atómica e incluso los núcleos de los átomos. Finalmente, algunos de los físicos empezaron a preguntarse por qué las leyes de la Naturaleza son las que son. Su sofisticada tecnología les permitía estudiar el agua en todas sus formas, especialmente hielo, vapor y, por supuesto, el estado líquido. Pero pese a todos sus esfuerzos, todavía quedaba algo ante lo que se sentían perplejos. Con todos los valores posibles desde cero hasta infinito, ¿cómo se podía explicar el hecho de que la temperatura ambiente, T, estaba ajustada para caer en el estrecho rango que permitía que el H20 existiera en forma líquida? Ensayaron muchas cosas, incluyendo varios tipos de simetrías, mecanismos de relajación dinámica y muchas otras ideas, pero nada podía explicarlo. En estrecha alianza con los físicos había otro grupo, los cosmólogos, que también estaban estudiando su mundo acuoso. Los cosmólogos estaban menos interesados en las profundidades corrientes, en las que vivían los peces de gran cerebro, que en descubrir si existía un límite superior a su mundo acuático. Los cosmólogos eran perfectamente conscientes de que gran parte del mundo acuático no era habitable, pues la presión no era apropiada para sus cerebros. Viajar aleteando hasta los confines superiores no era en absoluto posible; si se expusieran a las bajas presiones del agua en estas zonas, sus grandes cerebros explotarían. De modo que, en su lugar, especulaban. Sucedió que una escuela de pensamiento entre los cosmólogos sostenía una idea muy radical (algunos decían ridícula) sobre el ajuste fino de T.

Y tenían un nombre para esta idea: el principio ictrópico. El P. I. sostenía que la temperatura estaba en el rango del agua líquida ¡porque sólo en este caso podían existir peces para observarlo!«¡Basura! —decían los físicos—. Eso no es ciencia. Es religión. Eso es rendirse. Y además, si nos ponemos de acuerdo con vosotros, todos se reirán de nosotros y nos quitarán la financiación.» Ahora bien, no todos los cosmólogos entendían lo mismo por el principio ictrópico. De hecho, era difícil encontrar dos que estuvieran de acuerdo. Unos pensaban que significaba que el Pez Cabeza de Ángel había hecho el mundo con el objetivo de acomodar a los peces de gran cerebro. Otros pensaban que la función de onda cuántica del agua-verso era una superposición de todos los valores de T y, sólo al observarla, algún pez ancestral «colapsaba la función de onda». Un pequeño número de cosmólogos, dirigido por Andrei-el-de-Cerebro-Muy-Grande y Alexander-El-Que-Nada-Profundo, sostenían una idea extraordinaria. Creían que más allá de la frontera superior del agua existía un espacio inmensamente grande. En este inmenso espacio, podían existir muchos otros reinos similares en algún aspecto a su mundo acuático pero diferente en otros aspectos. Algunos mundos estarían inimaginablemente calientes, tan calientes que incluso los núcleos de hidrógeno podrían fusionarse para formar helio y quizá hacerse todavía más calientes. Otros mundos serían tan fríos que existiría metano congelado. Sólo una minúscula fracción de los mundos estaría a una temperatura favorable para la formación de peces. Entonces no habría ningún misterio en por qué T estaba bien ajustada. Como sabe cualquier pescador, la mayoría de los lugares carecen de peces, pero de vez en cuando se dan las condiciones correctas. Y ahí es donde están los peces, Pero los físicos suspiraban y decían, «Ahí están de nuevo con sus ideas inverosímiles. Ignorémoslos». Fin.

La historia fue un completo fracaso. Durante el seminario se oyeron quejas y suspiros ruidosos. Después la gente me evitaba. El propio Tini se mostraba indiferente. El principio antrópico afecta a la mayoría de los físicos teóricos de la misma forma que un camión cargado de turistas en África afecta a un elefante enfadado”.

EN RESUMEN.

Visto de esta forma, parecería que sí, he sacado del libro solo las partes que me convenían y me he eximido de publicar las partes en las que Susskind refutaría respectivamente todas las conjeturas que giran en torno a la tan mencionada y molestosa idea de diseño que lleva implícito el principio antrópico, pero él mismo nos da una idea de cómo se pretenden explicar estas “anomalías” de conclusiones tan “anti-científicas” en un video cuyo link dejo al final. ¿Qué se puede rescatar de todo esto? En primer lugar yo diría que, la tremenda honestidad y integridad científica del autor, que en vez de negar la evidencia, la pone sobre la mesa, a pesar de sentirse tan incómodo al respecto y incluso llegar a ser repudiado por sus compañeros de trabajo, en segundo lugar, una no tan grata sensación de falta de neutralidad por parte de los físicos, cosmólogos y astrónomos, al anteponer sus prejuicios a la evidencia de sus experimentos.

La mayoría de las personas, el público en general, los que no somos o hemos sido muy entendidos en estos campos tan especializados de la ciencia, siempre hemos tenido una imagen de que la ciencia y los científicos que trabajan con lo empírico y objetivo de la realidad, siempre han mantenido una actitud neutral con respecto a las conclusiones filosóficas de sus experimentos, pero por el rechazo manifestado en este y muchos otros libros hacia ciertas conclusiones de este tipo, nos damos cuenta de que este no es el caso, por mucho que queramos ensalzar a estos profesionales, debemos entender que ante todo son seres humanos y cualquiera que conozca los principios básicos de la psicología humana se dará cuenta de que frases como: “Los físicos odian esa idea”, “aceptar eso supone rendirse”, “esa conclusión es anti-científica y suena a religión”, “los científicos usan a Dios como una metáfora” son declaraciones basadas explícitamente en prejuicios personales e instintos de repulsión. Yo como teísta, me pregunto ¿Qué significa realmente eso de que: “aceptar tal cosa supone rendirse”?, este arrebato de sinceridad no hace más que verificar mis sospechas de que no hay neutralidad en el punto de partida de las investigaciones científicas, si no que por el contrario, estas deben acoplarse a las expectativas ideológicas previas de los presupuestos científicos, pero si algo sabemos de la ciencia es qué, fuera de toda especulación o conclusión personal, es el estudio de la realidad, y realidad solo puede haber una, aunque lamentablemente parece que no es la realidad lo que está en juego si no el orgullo del hombre, su autonomía con respecto a las conclusiones últimas de su existencia y su deseo de creer que es él quien ha creado las pretensiones científicas, cuando en realidad su máxima autoridad sobre ellas es simplemente el haberlas descubierto. En realidad lo que podemos concluir de todo esto, no es que el punto de vista teísta esté equivocado si no que, por el contrario, es hacía él donde apunta la evidencia y esto resulta inaceptable, ya lo dijo el biólogo Richard Lewontin, en uno de sus arrebatos de sinceridad: “tenemos un compromiso previo, un compromiso con el materialismo”. Lo verdaderamente preocupante es pensar si ese compromiso compartido por casi todo el consenso científico, se extiende a más áreas de la ciencia, como la biología, donde toda conclusión de la evidencia, quedaría filtrada por la metodología impuesta en base a un compromiso ideológico previo. Desde pequeños aprendemos que tenemos que aceptar la realidad a pesar de que no nos guste pues no somos independientes de ella en grado alguno.

Supongo que el miedo reside en aceptar que somos realmente finitos y limitados en un contexto teológico, por cuanto es preferible el materialismo y el determinismo bajo el cual se nos ha adoctrinado con los medios de comunicación en los últimos siglos para que la noción de nosotros mismos sea de esa falsa noción de humildad ilusoria, donde nuestro planeta y nuestra existencia solo es de lo más mediocre e insignificante, (y creo que todo esto se ha llevado a cabo con fines políticos, infiltrados incluso dentro del propio monopolio religioso) y así mismo que toda teoría esté forjada bajo este principio materialista, del mismo modo que todas las explicaciones tengan que estar restringidas a cumplir los mismos requisitos para ser consideras ciencia y si no, quedan delegadas a la tan odiosa religión, aún y cuando se quebrantan todos los principios científicos para aceptar la explicación más simple y lógica, como lo sería en este caso el diseño del universo por parte de alguien superior y distinto al que siempre hemos llamado Dios. Las explicaciones alternativas a esa tan odiosa conclusión que Susskind nos proporciona en su libro van en esa misma dirección, en primer lugar la fe en qué, como la ciencia siempre avanza, tarde o temprano se entenderá la respuesta y en segundo lugar la rebuscada hipótesis de que hay más universos fuera del nuestro o que nuestro universo es muchísimo más grande de lo que parece y que gracias a esta supuesta, gran variedad se podría especular sobre los posible orígenes accidentales de más universos bien ajustados para la vida como el nuestro.

Mi conclusión al respecto sigue siendo la misma, tal vez la solución no sea seguir empujando el problema en la dirección de una posible explicación materialista o mejor dicho; “meta-materialista” (pues está basada más en lo imaginario como lo está el reino espiritual de los creyentes que en la propia ciencia, lo cual poco importa pues, para el materialista, cualquier cosa puede ser metafísicamente posible siempre y cuando no tenga nada que ver con Dios y la religión). Tal vez la respuesta sea asumir lo que tanto nos han recordado los profetas de las religiones monoteístas a lo largo de la historia: ¡HAY UN DIOS Y NO ERES TU! Por otra parte a mí personalmente y como aficionado a la filosofía más que a la ciencia en sí misma, todo este asunto del ajuste fino y los multiversos o megaversos, incluso llega a resultarme irrelevante, como demostración a favor o en contra de mi fe, la verdadera cuestión que yo veo en todo esto, es… ¿Si algunos de nosotros (pequeñas pulgas) somos capaces de describir el cosmos con tanto detalle y precisión incluso a sus niveles más fundamentales, de que no será capaz el ser que nos creó?

Referencias

1. Leonard Susskind. El Paisaje Cósmico y el mito del Diseño Inteligente. Editorial Crítica 2007
2. Vídeo de entrevista a Susskind

Una Respuesta para El Paisaje Cósmico de Leonard Susskind

  1. El universo no sólo es múltiple, megaversos o multivesos creándose cada segundo hasta el infinito… Sino que también varias dimensiones con su respectiva vida impensable para nosotros. El espacio está lleno de vida misteriosa y superintendente y que nosotros deliberadamente llamamos la creadora del todo espacial. Pero nuestras mentes no pueden llegar a mentalizar el colosal espacio en el que habíamos…

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