El nuevo libro de Thomas Nagel: Mente y Cosmos, o porqué el materialismo neo-darwinista es , casi con certeza, falso.

Felipe Aizpún

Hay una cosa evidente, lo importante no es tanto qué se dice, si no quién lo dice, y en este caso la amplísima estela de comentarios que a su paso va dejando el nuevo libro de Nagel es buena prueba de ello. Las reseñas de su obra aparecen por doquier y la nómina de pensadores ilustres que se han apuntado a comentar sobre el mismo, o que han anunciado una próxima reseña, es realmente impresionante. Dicha nómina incluye pensadores de todo el espectro ideológico: Feser, Carroll, Vallicella, Sober, Coyne, Noë, Leiter and Weisberg, etc.

Nagel es un filósofo que merece la más alta consideración entre sus colegas y es por ello que su trabajo no podía pasar inadvertido, máxime cuando de forma tan provocativa incide en el centro neurálgico del conflicto filosófico por excelencia, el origen y el sentido de nuestra existencia. El discurso de Nagel, sin embargo, tiene más bien poco de original en su planteamiento, algo más que interesante en su desarrollo, y resulta decepcionante en su desenlace.

El texto de Nagel está construido sobre la idea de que el materialismo reduccionista (y eso incluye la biología evolucionista tradicional) resulta perfectamente inadecuado para justificar la existencia de la mente y la consciencia, del pensamiento racional especialmente, de cualquier forma de experiencia subjetiva en general y de valores objetivos externos a nuestra experiencia subjetiva tanto de naturaleza moral como estética. El título sin embargo puede resultar algo engañoso ya que el texto no profundiza en los motivos por los que tal idea debe de asumirse como definitiva, sino que más bien desarrolla las consecuencias que de tal planteamiento se derivan.

Como bien argumenta el filósofo de Los Ángeles Edward Feser en sus comentarios al libro de Nagel, ello no debe tomarse en absoluto como una falta de solvencia en el discurso del autor ya que este filósofo ha venido contribuyendo durante décadas de forma notoria a la crítica de esta forma de materialismo reduccionista con muchos de sus trabajos de entre los que el más destacado es sin duda su artículo de 1974 “What is it like to be a Bat?”. Además, son numerosos los pensadores que han corroborado esta línea de pensamiento y que han puesto de manifiesto cómo un enfoque materialista que intenta explicar de forma comprensiva la realidad, o bien termina constriñéndose, si quiere ser coherente, a lo que se conoce como materialismo eliminativista (la negación de la realidad de cualquier fenómeno subjetivo y de la propia existencia de la mente como un fenómeno independiente o una realidad autónoma), o bien no tiene otro remedio que abrirse a alguna modalidad de dualismo o de hilemorfismo aristotélico incurriendo por tanto en abierta contradicción.

Nagel nos propone en definitiva, que cualquier sistema que pretenda explicar la realidad de forma convincente debe incluir necesariamente la realidad de fenómenos tales como la mente, la conciencia subjetiva de la experiencia y el pensamiento racional como datos que no solo están presentes sino que son esenciales y principales en el mundo natural, en definitiva no como un accidente fortuito que podría o no haber acontecido sino como un dato inevitable en un mundo racionalmente inteligible.

Lo relevante aquí es que, tal como ya he adelantado, una propuesta de esta naturaleza es cualquier cosa menos original, un camino trillado en definitiva que no termina de prosperar entre la comunidad intelectual dada la resistencia numantina del poderoso lobby materialista. Veamos, por ejemplo, cómo se expresaba en este mismo sentido el profesor de la Universidad de Bradford Anthony O´Hear en su libro de 1997 “Beyond Evolution” (p. 79):

“Los proponentes del principio antrópico tienden hacia una cierta versión de monismo materialista o como mucho hacia un dualismo de sustancia material y propiedades psico-físicas emergentes. La actividad mental, desde esta perspectiva, resulta creada por el Universo material como un reflejo de sí mismo, lo que explica la tendencia de tal actividad a remedar dicho Universo. Podemos llegar a comprender este Universo en parte si consideramos nuestras disposiciones hacia tal actividad mental y las circunstancias necesarias para llevar a cabo tal actividad. En la versión fuerte de esta principio, habiendo descubierto cuáles son dichas circunstancias venimos a encontrar que hay algo intrínseco a los procesos naturales fundamentales que determina, bajo ciertas circunstancias, la aparición de la actividad mental consciente”

Pues bien, nada nuevo bajo el sol; bienvenida sea en todo caso la reflexión oportuna de Nagel al traer a colación un pensamiento que los avances más actuales de la ciencia no pueden terminar de desechar. La emergencia de la vida en un mundo inanimado, y la emergencia de la consciencia y el pensamiento racional, requieren explicaciones y justificaciones que la ciencia no tiene capacidad de ofrecer. No podemos reducir la vida a mera biología ni ésta a una forma de reacciones complejas de naturaleza físico-química. No es un problema de probabilidades, es una cuestión de falta de adecuación causal.

Es por ello que Nagel considera, y esta es la aportación más sustancial de su trabajo, que la teoría neo-darwinista resulta una propuesta perfectamente inadecuada para explicar la realidad. No se trata de decir que nos encontramos ante una teoría básicamente correcta que precisa ser completada para explicar determinados fenómenos puntuales; lo que Nagel nos dice es que nos encontramos ante una teoría básicamente falsa, incorrecta en su fundamento.

La mente y la consciencia, nuestra capacidad para el pensamiento racional y la conexión íntima entre dicha capacidad y la inteligibilidad esencialmente matemática del cosmos no son una casualidad, representan un dato fundamental del mundo natural y eso exige una justificación de dicho mundo natural que incluya una explicación satisfactoria en términos de causalidad de los fenómenos inmateriales enunciados, no como datos fortuitos y accidentales de la realidad sino cono fenómenos intrínsecos e inevitables de la misma. Y eso es algo que el darwinismo no puede ofrecernos. Por ello, la teoría debe de reconocerse como inadecuada, no sólo en relación a los datos de la realidad que no puede explicar, sino básicamente en relación al fenómeno de la emergencia de la vida y la evolución en su conjunto. La mente racional es un dato subyacente a todo el proceso, es algo que requiere una justificación en algún tipo de principio causal inmanente a la realidad desde su inicio cualquiera que éste sea, y una teoría que pretenda explicar los fenómenos de la vida debe necesariamente incluir ese principio de causalidad como elemento sustantivo de la misma. Por eso, la teoría darwinista de la evolución resulta (“almost certainly”) una propuesta inaceptable.

Nagel establece una distinción absolutamente irreprochable entre lo que es una explicación histórica y lo que debe ser una explicación constitutiva. Una teoría de la vida y de la evolución no solamente debe abordar el problema de la mente y la consciencia como un evento para el que tratamos de encontrar una ubicación espacio-temporal sino que debe ser capaz de justificar el hecho en sí de la emergencia en términos de causación sustantiva. Y eso es algo que el darwinismo, insisto, es incapaz de proporcionarnos.

Nagel no entra al trapo del debate fundamental que revolotea por encima de cada página de su libro, el problema del dualismo, hilemorfista o platónico, como usted guste. Adscrito como lo está Nagel al monismo materialista clásico el autor no se adentra en la cuestión del estatus ontológico de la mente y por tanto del alma como forma o causa formal de los seres racionales. Elude así el debate en torno al esencialismo, tan de vuelta entre algunos filósofos de nuestro tiempo y se limita a proponer la necesidad de descubrir nuevas leyes que expliquen la emergencia de datos de la realidad que la ciencia actual (tal como la tenemos estabulada) no puede ni entender ni explicar.

Hay una cosa que Nagel, (como recientemente también el biólogo de la Universidad de Chicago James Shapiro no pudo dejar de reconocer) apunta en relación a la vida, su carácter indiscutiblemente teleológico. Pero la teleología de Shapiro y la de Nagel muestran visiones diferentes y complementarias del concepto de finalidad. Shapiro se refiere en sus trabajos a la teleología inmanente de los organismos vivos que pugnan, a través de mecanismos de ingeniería genética natural, por sobrevivir y perpetuarse mediante respuestas adaptativas a los cambios del entorno. Nagel en cambio nos habla de la teleología de la evolución como proceso, es decir, de la sucesión de eventos encadenados destinados a hacer emerger los seres racionales que somos, protagonistas indiscutibles del proceso. Al igual que Shapiro, Nagel, obligado a respetar sus compromisos metafísicos naturalistas descarta la necesidad de una explicación intencional para la teleología presente en la Naturaleza.

Para ello, nos explica primero cómo su ataque al materialismo naturalista del darwinismo desemboca necesariamente en una disyuntiva que es preciso valorar, o bien una teleología fruto de una agencia inteligente intencional (que él mismo califica como teísmo) o una teleología meramente natural que no precisa de una explicación trascendente. La conclusión a la que llega nuestro héroe es brillante como pocas. Primero se elimina la opción teísta de raíz, porque sí. A partir de ahí el resto es coser y cantar, sólo nos queda un modelo teleológico naturalista no trascendente, lo que quiera que ello signifique.

Descartar como inválida la opción de una teleología intencional sin argumentos, simplemente por convicciones o prejuicios personales no motivados (“ungrounded” en su propia confesión) debería ser motivo suficiente para perder el respeto por el autor de este trabajo y considerar carente de sustento las conclusiones así establecidas. Pero si te llamas Thomas Nagel y eres uno de los gurús del establishment intelectual americano te puedes permitir cualquier boutade. Como decir, en lo que ha quedado como su cita más famosa, que él es ateo, no porque no crea que exista Dios, sino porque NO QUIERE que exista Dios.

Pero entonces, ¿qué es eso de la teleología natural no intencional? Este modesto cronista debe confesar que no lo tiene claro. Nagel propone que el proceso de evolución que ha desencadenado la aparición de seres racionales en el planeta es el resultado, no del azar ni la necesidad entendida como el determinismo de las leyes naturales conocidas, sino de “tendencias” dirigidas por constricciones o por algún tipo de ley desconocida que ha producido un resultado de forma no fortuita sino como algo esperado o inherente a la propia condición de la Naturaleza. Francamente, no es mucho decir y el propio Nagel es consciente de ello, por lo que presenta su propuesta no como una conclusión sino más bien como una invitación a la investigación y la especulación. En realidad se trata de una mera vaciedad sin contenido. Decir que la evolución es un proceso de “tendencias” no es una explicación justificativa sino mera mente descriptiva. Lo que se trata de saber es precisamente qué es lo ocasionaría eventualmente tales tendencias y porqué, es decir, de qué manera un proceso teleológico está determinado por un resultado final específico.

La teleología o finalidad, descartada durante siglos del lenguaje científico como si de una rémora intelectual se tratara, está de vuelta. Los avances científicos en la biología claman por su recuperación como una perspectiva ineludible de la realidad. Lo que nuestros intelectuales están buscando es la manera de encajar dicha perspectiva en un modelo naturalista, monista, no esencialista y básicamente mecanicista y reduccionista. Un ejercicio de funambulismo filosófico sin precedentes. Nagel recurre a una estratagema que es preciso desenmascarar ya que se trata de una burda falsificación impropia de un intelectual de su talla: recurre nada menos que a la teleología naturalista de Aristóteles como coartada.

La biología viene desechando desde hace siglo y medio la idea de finalidad en los procesos de los seres vivos de forma enconada y ello a pesar de que la descripción de los mismos evoca permanentemente un sentido finalista que los autores menos comprometidos ideológicamente no se molestan en eludir. Esta prevención evidentemente tiene su razón de ser en la necesidad de evitar la idea tradicionalmente aceptada de que todo proceso teleológico es necesariamente intencional y responde a un propósito, toda vez que los eventos reglados por las normas deterministas de la Naturaleza carecen de capacidad de previsión o anticipación intencionada a resultado alguno. De ahí la reflexión que nos ofrecía Tomás de Aquino en su quinta vía, al establecer que allá donde resulte evidente la agencia finalista en pos de un bien, protagonizada por seres que carecen de intención o conocimiento, debe de acordarse la existencia de un ser inteligente responsable y rector del proceso.

Nagel concede lo primero, para desesperación de sus correligionarios en el ateísmo militante, pero niega lo segundo. Pretende al parecer que la mera contemplación de una teleología inmanente, es decir, estrictamente natural en los procesos de la vida resulta una justificación suficiente , un “brute fact” que no exige explicación ulterior alguna; e invoca a Aristóteles en su socorro.

Pero la teleología natural de Aristoteles no puede ser invocada para justificar un modelo puramente naturalista de un mundo subsistente por sí mismo carente de una referencia trascendente de causalidad. La teleología aristotélica, por el contrario, constituye un elemento importante en la filosofía esencialista del estagirita. Las cosas tienen esencias, naturalezas propias que les constituyen en lo que son, formas sustanciales que les confieren las propiedades y características que definen su particular forma de ser, y esa naturaleza propia viene así mismo orientada a una agencia finalista en pos del bien que le es propio acorde con su naturaleza.

Pero hay algo más, Aristóteles asumió plenamente la intuición de Anaxágoras de la existencia de una inteligencia creadora responsable del orden existente en el Universo y primer principio causal de toda realidad conocida. Aristóteles desarrolló la intuición de su predecesor apuntando que dicha inteligencia creadora, responsable de todo movimiento o cambio observable en la realidad material no era sólo primera en el tiempo y el número sino que debería de ser también una causa no causada ni movida, inmóvil ella misma, y que fuera por tanto la primera según la jerarquía ontológica de las cosas y razón de todo lo causado. Surgió así la idea de un Primer Motor, inmóvil y eterno, causa de todo cambio y mudanza en el mundo real. Nada que ver en definitiva con la propuesta de una teleología estrictamente natural con la que Nagel pretende despachar la abrumadora evidencia de finalidad en la Naturaleza.

No existe razonamiento alguno que explique una finalidad natural no trascendente, la teleología natural no es una alternativa a la teleologia intencional; es simplemente la negación de su carácter intencional sin más, lo que nos lleva a un absurdo, el efecto sin causa, la existencia de tendencias inexplicadas. Las leyes naturales o las constricciones naturales a los procesos de cambio no pueden explicar de forma sustancial dichos procesos, ni dar cuenta de la riqueza y complejidad de los seres naturales, ni de los recursos informacionales que los hacen posibles.

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