El nuevo artículo de Paul Davies sobre la Información y el Origen de la Vida (V)

Felipe Aizpún 

Paul_DaviesQuizás uno de los párrafos más significativos del artículo de Davies sea el siguiente:

“Señalamos una curiosa implicación filosófica de la perspectiva algorítmica: si el origen de la vida se ha de identificar con la transición de un sistema de proceso de información trivial a otro no trivial (es decir, desde algo parecido a una máquina de Turing capaz de realizar simples o limitadas computaciones, a una máquina de Turing capaz de construir cualquier objeto computable dentro de una clase universal) entonces, un punto preciso de transición desde la no-vida a la vida sería, en un sentido lógico, indecidible. Esto tendría probablemente muy importantes implicaciones filosóficas, en particular por lo que se refiere a nuestra interpretación de la vida como un resultado predecible de las leyes de la física.” (énfasis añadido)

Como era de esperar, Davies apunta el problema pero rehúye dar respuestas a las incógnitas que plantea. ¿Porqué habrían de tener los descubrimientos científicos implicaciones filosóficas?, ¿de qué naturaleza son tales implicaciones y hacia donde apuntan?

Resulta curioso verificar cómo los descubrimientos de la ciencia nos van poco a poco devolviendo al camino de la metafísica tradicional abandonada por nuestros antecesores hace tres o cuatro siglos en beneficio, supuestamente, del propio avance del conocimiento científico. Esto, por supuesto, no lo dice Davies, especialista en señalar el problema sin ofrecer la solución, pero uno no puede, al hilo de la lectura de su artículo, dejar de recordar los conceptos definitorios de la vida en la literatura fundacional de la filosofía occidental. Para la tradición aristotélico-tomista la vida es esencialmente aquello que constituye el carácter animado de la materia. Ánima o alma es, por tanto, el principio dinámico o agente que caracteriza a los seres vivos. Denominamos vivientes a aquellos entes materiales que tienen en sí mismos el principio de su actividad. Un ser vivo, a diferencia de un artefacto de cualquier tipo, es aquel cuya dinámica emerge “desde dentro”, no que le haya sido impuesta como en el caso de aquellos, “desde fuera”. La distinción entre seres vivos y materia inanimada es por la tanto, en última instancia, la distinción entre causalidad inmanente y causalidad trascendente, y este salto ontológico de un tipo de causación a otro es lo que parece reconocer Davies en su artículo que debe ser justificado al estudiar el origen de la vida.

Pero esta dinámica inmanente forma parte inseparable de una concepción esencialista y teleológica de las cosas, cuyas notas distintivas es preciso recordar. Los cuerpos naturales tienen, en la filosofía tradicional, una esencia o naturaleza específica. Esa esencia es lo que hace que una cosa sea exactamente lo que es y no otra distinta. Pero precisamente por eso, cada ente natural tiene un bien que le es propio y que es lo que representa la perfección de su naturaleza. En el caso de los seres vivos, esa dinámica inmanente que señalábamos está orientada de manera natural a la búsqueda de su bien propio.

Por otra parte, en la concepción hilemorfista aristotélica los cuerpos naturales son un compuesto de materia y forma, es decir, quedan explicados como entes reales por la concurrencia de principios concausales y no únicamente por una relación histórico-mecanicista de causas eficientes. La forma actualiza la materia y conforma la esencia específica de cada ser.

Lo que la ciencia nos va revelando día a día es que esta concepción tradicional, lejos de haber sido definitivamente desterrada del conocimiento humano, se ve reclamada de manera insistente por los datos nuevos que el avance del conocimiento científico pone a nuestra disposición. Pensemos por ejemplo en los trabajos de James Shapiro y en el carácter intrínsecamente teleológico de los procesos de la vida por él revelado, tanto ordinarios como de carácter adaptativo, sustentados por el complejo aparato molecular que constituye lo que él ha venido denominando ingeniería genética natural. Shapiro no ha hecho sino reconocer el carácter agente de los organismos vivientes y su orientación finalista hacia la supervivencia y la reproducción, en definitiva la existencia de un principio motor inmanente que define la vida, tal como se expresaban los pensadores de la antigüedad.

Pero más importante todavía a este respecto es lo que pone de manifiesto Davies en su trabajo; no solamente que existe un principio rector de los procesos de la vida de carácter formal, sino además que tal principio rector no puede ser explicado por reducción a las leyes de la física y que por tanto nos demanda una diferente categoría de causalidad. Si alguna implicación filosófica tiene este discurso, no se me ocurre otra que la recuperación del discurso esencialista tradicional. Los entes naturales no pueden por tanto ser explicados desde una narrativa exclusivamente mecanicista porque hay un elemento constituyente de su naturaleza, la forma, que escapa a dicha narrativa.

Esto nos lleva de nuevo al comentario reciente en estas páginas sobre el nuevo libro de Thomas Nagel en torno al origen de la mente y la consciencia. No basta con apuntar circunstancias de una explicación histórica de la emergencia de la vida; necesitamos una justificación constitutiva del evento. La explicación darwinista tradicional en torno a la emergencia de la información en los vivientes se limita a apuntar a la evolución como mantra explicativo y al transcurso del tiempo como causa que todo lo justifica. Nagel discierne con agudeza que lo que nos falta en esa exposición es la causalidad constitutiva de acuerdo con el principio de proporcionalidad causal. Lo que el efecto contiene, por tanto, debe de estar previamente presente en la causa, el tiempo no es un factor creativo que pueda justificar la emergencia de realidades inmateriales o formales a partir de la simple materia inanimada. Con esa misma lógica (y con permiso del nada esencialista Nagel) necesitamos una perspectiva de causalidad específica, la causa formal, que justifique la naturaleza propia de la vida y de sus formas.

Es posible que Davies no haya elegido acertadamente el título de su reciente artículo. El carácter algorítmico del origen de la vida parece querer apuntar a una perspectiva que supere la visión puramente bio-química de los procesos de la vida y que trascienda al campo de los controles informacionales de los mismos, es decir, superando el enfoque “hardware” por un enfoque “software”, y en el que el carácter algorítmico de dichos controles representara una expresión de dicho cambio de perspectiva. Sin embargo, como él mismo apunta en la cita recogida más arriba, el tránsito de la no-vida a la vida se nos ofrece como un evento lógicamente indecidible, es decir, como un sistema que no puede ser reducido a una expresión algorítmica de posible solución, y por lo tanto como un tránsito hacia un mundo imposible de ser reducido o explicado algorítmicamente como función de los parámetros constitutivos del nivel inferior de la realidad. Los procesos de la vida son por tanto descriptibles en términos algorítmicos pero el tránsito de la no-vida a la vida, y por tanto el misterio del origen de la vida, no.

La información como elemento de control de los procesos de la vida añade una nueva dimensión a nuestra forma habitual de concebir el conocimiento racional. La información es, sin duda, un dato detectable de la realidad, pero no un dato perceptible sensorialmente. Su carácter inmaterial hace que trascienda los límites del conocimiento científico convencional ya que no se expresa en el marco de las leyes de la física y sin embargo, es el propio avance de la ciencia quien la pone a nuestros pies como una realidad ineludible. La información no puede ser observada directamente ni medida ni pesada. Pero sus efectos rectores y su capacidad para la causación funcional pueden ser detectados y conceptualizados por un ejercicio de valoración estrictamente racional.

La información se convierte así en el elemento de la realidad que consolida, de manera verificable empíricamente, las intuiciones metafísicas de nuestros antepasados. La información detectable en los organismos vivos como principio de determinación de los procesos bio-químicos parece que pueda ser exhibida como el principio formal, imbuido en los conglomerados moleculares de los organismos vivos, que permite hacer efectivo el efecto de causalidad de la forma biológica como referente metafísico, como ideación o arquetipo de todo viviente. Incluso más, la información biológica permite imbuir la forma biológica de manera individualizada concretando específicamente cada rasgo de cada viviente en particular.

Además, la información como principio de gobierno de la vida implica necesariamente una perspectiva teleológica toda vez que la información biológica, por su carácter semántico, es obligadamente intencional, apunta hacia algo diferente del soporte material sobre el que descansa y ese algo diferente no es sino el fin al que tienden los procesos por ella gobernados: el perfeccionamiento de la naturaleza propia de cada organismo.

La revolución filosófica de la modernidad desechó las perspectivas formal y finalista de la realidad por entender que carecían de contenido o de representatividad en la observación experimental de la Naturaleza y consideraron que, haciéndolo así, liberaban a la empresa de investigación y búsqueda del conocimiento racional de un lastre inútil y que, libre de él, la ciencia podría avanzar elevándose de manera majestuosa como única referencia válida del saber humano. Como si de un boomerang se tratara, sin embargo, el avance de la ciencia lo que nos trae es precisamente lo contrario, la inconsistencia del paradigma filosófico en el que se mueve para dar cuenta de la realidad y el descubrimiento detectable y evidente en la Naturaleza de dimensiones formales y teleológicas que exigen imperativamente, para poder tener un modelo explicativo coherente de dicha realidad, la vuelta a herramientas conceptuales erróneamente abandonadas.

La información como elemento de gobierno de la fisicalidad y como recurso inmaterial que hace posible y explica la causalidad descendente (formal) como dato evidente en los procesos de la vida supone la necesaria conexión entre la perspectiva científica y la perspectiva metafísica de la realidad; representa un nexo de unión de incalculable valor que devuelve la coherencia y la unidad a ambas empresas racionales de búsqueda del conocimiento y que las obliga, para el futuro, a trabajar de manera inseparable aunando perspectivas y consolidando un modelo unitario de interpretación de la realidad de carácter no reduccionista.

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