EL malthusianismo como error

Por Felipe Aizpún
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El papel de la obra de Thomas Malthus en el pensamiento y la formación de la teoría evolucionista de Darwin fue determinante. Malthus era un clérigo anglicano que destacó a finales del siglo XVIII por sus trabajos en economía y demografía. Su obra más conocida es el Ensayo sobre el Principio de la Población aparecido en 1798. En ella Malthus propone su célebre teoría del crecimiento geométrico de la población frente al crecimiento puramente aritmético de los recursos alimenticios lo que desembocaría, según el autor, en una catástrofe humanitaria inevitable al cabo del tiempo. Según Malthus, la existencia de la especie humana estaría condenada a una dura pugna por la supervivencia. Junto a la influencia de Malthus destaca también la del célebre pensador y sociólogo británico de la época Herbert Spencer, de cuya obra tomó finalmente para sí Darwin el concepto de la supervivencia del más apto como icono de su teoría evolucionista. Es un hecho reconocido por el propio Darwin que la influencia de estos dos autores sirvió de inspiración para sus teorías y es también sabido que la influencia de Malthus parece sostener igualmente las intuiciones del co-autor de la teoría evolucionista por selección natural Alfred Russel Wallace. Como escribiera el propio Darwin en relación a la obra de Malthus “aquí tenía al fin una teoría sobre la cual trabajar”.

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Sobre la influencia de Malthus en la obra de Darwin así como en general sobre los motivos de la aceptación de sus teorías en la Inglaterra Victoriana conviene leer el excelente artículo del profesor Máximo Sandín “Sobre una Redundancia: El Darwinismo social”. En él nos explica no sólo la génesis de los criterios esenciales de su teoría a la luz de los escritos de Malthus y Spencer sino la tremenda significación e identificación de dichas teorías con los valores dominantes en la sociedad británica de la época; una sociedad acostumbrada a la dominación militar que al mismo tiempo experimentaba un crecimiento económico y demográfico sin precedentes como consecuencia de la revolución industrial que facilitaba una expansión inusual de la población a costa, eso sí, de grandes cotas de pobreza generalizada.

En ese ambiente, las leyes de protección de los pobres, una institución social tan célebre como cuestionada en la Inglaterra del Siglo XIX, favorecían la aparición y difusión de teorías como la del clérigo anglicano, motejadas abiertamente de crítica a un sistema que en la protección de la pobreza, y dadas las supuestas limitaciones naturales al crecimiento sostenible, no podía traer otra cosa que la extensión de la miseria y el desorden social. Estas ideas impresionaron vivamente a Darwin y revistieron de un cierto misticismo su curiosidad científica para construir una hipótesis tan brillante como especulativa en torno al cambio de las formas vivas. Darwin adoptó las intuiciones de Malthus de forma generosa y las generalizó al ámbito universal de la Naturaleza. La sociedad inglesa de su tiempo estaba perfectamente preparada y dispuesta para aceptar una teoría que conectaba de forma tan evidente con los discursos sociales en boga y con el espíritu de dominación y superioridad que la caracterizaban.

De esta forma, la teoría darwinista de la evolución se construyó sobre la base de un concepto central, la idea de una Naturaleza en continuo conflicto como consecuencia de la insuficiencia de recursos para alimentar a las especies en crecimiento y expansión. Esto provocaría indefectiblemente la lucha por la supervivencia y el exterminio de los contendientes más débiles y por lo tanto “la supervivencia del más apto”. Este carácter aniquilador de la lucha por la supervivencia, tal como repetidamente se pone de manifiesto en la lectura minuciosa de su obra sobre El origen de las Especies, es un elemento imprescindible de su teoría ya que representa la explicación de la desaparición de la infinidad de especies que, supuestamente encadenadas en el tiempo, y absolutamente ausentes del mundo vivo en la actualidad, habrían posibilitado el cambio gradual necesario para alcanzar los altísimos niveles de complejidad de los vivientes actuales, merced a la acumulación progresiva de mutaciones fortuitas favorecedoras en términos adaptativos. De esta manera vemos cómo, el soporte esencial teórico del modelo darwinista no se obtiene a partir de la observación de la Naturaleza y el estudio de los procesos verificables en los organismos vivos, sino que aparece, como una graciosa iluminación a partir de la lectura de la controvertida propuesta de un arriesgado especulador intelectual.

Lo más terrible de este dato es que uno no sabe qué resulta más especulativo e infundado, si la teoría general de Malthus en torno a la catástrofe demográfica anunciada o la inconsistente e irracional extrapolación que de ella hizo el “genial” Darwin al mundo de la Naturaleza. En efecto, ya desde la publicación de la primera edición del Ensayo sobre el Principio de la Población quedó en evidencia que su éxito se debía más a motivaciones políticas y de oportunidad que a la consistencia de sus conclusiones carentes, de manera general, de una base de datos suficientemente sólida que permitiera sostener tan atrevidas conclusiones. De hecho el propio Malthus tuvo que ir revisando y dotando de mayor soporte empírico a las cinco ediciones posteriores publicadas en vida del autor.

Lo más importante a reseñar es que la teoría de Malthus en torno al desastre demográfico resultó ser totalmente falsa. El progreso científico y tecnológico, unido a los cambios de hábitos de conducta familiar y social sobrevenidos con dicho progreso, dejó en evidencia que las intuiciones del buen clérigo no fueron otra cosa que una especulación desafortunada. La teoría evolucionista de Darwin nacía por lo tanto como extrapolación al ámbito de la Naturaleza de un modelo explicativo de la realidad referido a las sociedades humanas que resultaba ser perfectamente erróneo. No es de extrañar que la teoría evolucionista fundamentada en tan equivocados cimientos resulte igualmente inadecuada.

Pero es que además, con independencia de que tal especulación hubiera resultado (desgraciadamente) acertada, la simple extrapolación de la misma al plano general de todos los seres vivos es en sí misma un error conceptual insalvable. Recordemos las palabras que le brindara en su tiempo el gran Friedrich Nietzshe tal como nos lo recuerda Sandín en el artículo antes reseñado:

“Alrededor de todo el darwinismo inglés ronda algo así como un aire pestilente de exceso de población inglesa, un olor a pequeñas gentes marcadas por la necesidad y la estrechez. Pero como naturalista, debería de salir de su rincón humano: en la Naturaleza no reina la necesidad, sino la abundancia, el derroche hasta lo insensato”. (Hemleben, 71)

En efecto, la idea de que la Naturaleza, de manera general, presenta un déficit de recursos frente a una población de organismos que se desarrollan a mayor velocidad que la sostenible es una idea perfectamente contradictoria. En primer lugar porque la experiencia y la evidencia nos informan de justamente lo contrario. La Naturaleza muestra una explosión de diversidad y fecundidad que ha favorecido una amplísima gama de seres vivos de todas las formas tamaños y colores capaces de habitar y ocupar todos los nichos ecológicos imaginables. Tal como repetidamente ha apuntado Lynn Margulis, la generalización del proceso evolutivo tiene mucho más que ver con eventos de naturaleza cooperativa entre los organismos vivos que con una dialéctica biológica de agresión y destrucción.

Pero sobre todo es una idea contradictoria porque la Naturaleza debe de ser entendida como un sistema biológico y ecológico interdependiente en el que los seres vivos se sirven para su subsistencia los unos de los otros. Las plantas se alimentan de nutrientes minerales pero sirven a su vez de alimento a los animales herbívoros y estos a su vez se convierten en el alimento de los carnívoros y depredadores. El pez mediano se come al chico, pero sirve a su vez de alimento al más grande. Los seres omnívoros como el ser humano nos alimentamos de todos ellos.

La cadena trófica constituye un entramado de relaciones entre los distintos seres vivos. De esta forma resulta lógicamente contradictorio que todos los distintos niveles o clases de organismos padezcan la amenaza catastrofista imaginada por Malthus para la especie humana. Los seres en un escalón inferior de la cadena no pueden crecer a “demasiada” velocidad sin estar al mismo tiempo garantizando por ese mismo hecho el alimento de los seres que dependen de ellos para su subsistencia. No se ha aportado jamás un dato coherente que justifique la aseveración gratuita de que unas especies determinadas deban necesariamente crecer a una velocidad superior a aquellas que le sirven de alimento. La teoría darwinista de la evolución se sustenta por lo tanto, no sobre datos empíricos y conclusiones científicas sino sobre especulaciones gratuitas inspiradas en una falsa e interesada propuesta económica de gran éxito en su época por motivos meramente socio-culturales.

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