El Genoma no es el “Blueprint” del Organismo (2)

Felipe Aizpún

Como decíamos en el artículo anterior, el avance en el conocimiento de la biología y la necesidad de explicar los fenómenos que la experiencia iba sometiendo a nuestra consideración propició que fuese precisamente un biólogo, Ludwig von Bertalanffy, quien desarrollara o mejor dicho, recuperara, una perspectiva sistémica y totalizadora de la realidad y de la Naturaleza. Y he dicho recuperar porque la visión sistémica no es una conquista moderna ni mucho menos; se trata simplemente de volver a determinados esquemas conceptuales perfectamente comprensibles para muchos de nuestros antepasados, algunos bien lejanos, y que están perfectamente identificables en la historia del pensamiento humano. Recordemos por ejemplo, el pensamiento biológico de Kant desarrollado en su tercera crítica, la “Crítica del Juicio”. Para Kant, la descripción usual de los organismos vivos se concreta en la idea de “seres organizados”.

Kant es en este sentido un precursor de la idea moderna desarrollada (recuperada, diríamos mejor) por la literatura contemporánea del DI, de la distinción ontológica entre orden y organización. En la actualidad se cita frecuentemente el libro “The Mystery of Life´s Origin: Reassesing Current Theories” como emblemático recuperador de este concepto de la vida como organización. Publicado en 1984 y firmado por Charles Thaxton, Walter Bradley y Roger Olsen, se trata sin duda de una obra fundacional por lo que al movimiento del Diseño Inteligente se refiere, precediendo en siete años al celebrado “Darwin on Trial” de Phillip Johnson de cuya aparición se cumplen ahora veinte años, y expone sin duda de forma inequívoca la diferencia ontológica entre la vida y el orden que puede ser alcanzable por la disposición determinada de elementos físicos según las leyes de la Naturaleza. La idea de seres organizados, apuntalada firmemente por Kant, implica una visión sistémica y una relación específica del todo con las partes que no se corresponde con la estructura ordenada de un fenómeno natural del tipo de un vórtice o un tornado. En éstos falta el elemento totalizador que hace emerger la funcionalidad o el significado propio de un ser organizado. Ya en el siglo pasado otros autores pioneros en el quehacer científico, en los albores de la ciencia biológica, habían comprendido este matiz de alto calado filosófico introducido por Kant; por ejemplo el gran naturalista francés Georges Cuvier utilizaba también habitualmente en sus escritos, a principios del siglo XIX, la expresión “être organisé” para referirse a los organismos vivos.

La idea de Kant y su visión sistémica se concretaban fundamentalmente en su descripción de las partes y el todo, y en la idea de que las partes y el todo, en un proceso de formación de un “ser organizado”, se convertían recíprocamente en medios y fines el uno para el otro. Las partes son medio para la conformación del todo pero al mismo tiempo el todo es medio y referente de las partes en función del cuál, y sólo en ese sentido, emergen a la realidad. Así por lo tanto la idea del todo precede conceptualmente a la existencia de las partes si bien el todo, en cuanto realidad, no existe sino en sus partes una vez conformadas.

Esta reflexión puramente filosófica tiene aplicaciones directas y enormemente relevantes para la biología contemporánea. Primero porque nos ayuda a comprender mejor las palabras de Denton (el genoma no es el “blueprint” del organismo) y abandonar el reduccionismo clásico que nos quería imponer el darwinismo atenazador de las últimas décadas. Segundo porque nos recuerda una verdad imprescindible, la de que no son los genes quienes determinan la forma viviente sino que es la forma la que va determinando el papel de los distintos genes, a través de su expresión mediatizada, en el proceso de desarrollo embrionario. Comprender bien este concepto es definitivo si queremos hacer buena ciencia. La expresión de los genes y la concreción de cuáles están activos en cada momento y ubicación de cada célula en el proceso de formación de un ser vivo es algo que está determinado por la forma final que actúa como causa final para el proceso. Todo el proceso está encaminado a la obtención de un ser vivo concreto, de unas características específicas. La idea, el diseño, presiden el proceso desde su inicio a través de las instrucciones reguladoras que de forma todavía en gran parte desconocida para nosotros están encriptadas en la célula primigenia, el zigoto.

Sólo comprendiendo bien este concepto de la determinación de las partes por el todo estaremos en condiciones de comprender la falacia terrible contenida en el modelo darwinista explicativo de la realidad y que nos quiere hacer creer que es, por el contrario, la mera acumulación de rasgos la que produce la forma compleja organizada de un organismo vivo. Esta concepción filosófica contraria a toda razón no es en definitiva sino una servidumbre obligada del modelo ya que se nos quiere imponer que la simple modificación de las secuencias lineales que contienen la información genética son las únicas causantes de la emergencia de la información prescriptiva suficiente para determinar una nueva forma. La idea de que las mutaciones producen la novedad morfológica es por lo tanto una concepción filosóficamente equivocada que desconoce la realidad intrínseca del proceso tal como la ciencia más avanzada nos está desvelando y tal como las intuiciones de nuestros más ilustres pensadores habían adelantado en el pasado. El darwinismo es, por lo tanto, “mala filosofía” y “mala ciencia”.

Algunos autores han captado de una u otra forma la necesidad de comprender la preeminencia filosófica de la forma sobre la fisicalidad (notablemente, David L. Abel); otros son deudores involuntarios de esta intuición inevitable. En su libro “The Organic Codes”, por ejemplo, Marcello Barbieri nos presenta su concepción del proceso de desarrollo embrionario como un evento de reconstrucción de una estructura a partir de una proyección, es decir, como un proceso de reconstrucción a partir de una información incompleta. Esta analogía, nos explica Barbieri, nos acerca por ejemplo a lo que representa una imagen producida por rayos X proyectada sobre una placa, es decir, la proyección de una realidad tridimensional sobre una superficie bidimensional, lo que implica necesariamente una pérdida de información. Barbieri establece que podemos considerar como información incompleta aquella que es al menos un orden de magnitud inferior a la teórica de la estructura original. Para Barbieri el desarrollo embrionario puede ser descrito como un proceso que reconstruye una estructura a partir de una información incompleta aumentando así la complejidad, durante el proceso, del sistema biológico.

Si bien podemos discutir sobre lo acertado de la analogía de una manera global, hay sin embargo una lectura de las palabras de Barbieri que merece nuestra consideración más atenta. La intuición de Barbieri implica una idea de gran importancia (no necesariamente intuida por el propio autor pues no hace referencia a la misma), la idea de que la información que recoge la capacidad del sistema viviente para desarrollar toda su forma biológica es una información derivada de la existencia previa de la forma de lo que se va a desarrollar. Es decir, podemos afirmar o mejor, debemos afirmar, que si los seres vivos han de ser concebidos como sistemas funcionales gobernados por un paquete informacional, la información prescriptiva, tanto genética como epigenética, no es otra cosa que la proyección encriptada de una idea previa, de un modelo, de un diseño concebido con anterioridad por una mente creadora. Por poner un ejemplo sencillo, las instrucciones de construcción de piezas y su correspondiente montaje que prescriben la formación de (por ejemplo) una estantería no son concebibles sin la previa existencia de la idea de la estantería a construir, que es la que se ha proyectado en la información prescriptiva de dichas instrucciones.

Otra de las consecuencias de esta concepción sistémica del genoma y del organismo de un ser vivo es que pone en evidencia la irresponsable charlatanería que ha acompañado al, por otro lado, científicamente muy valioso proyecto de descifrar el genoma humano y cuantos genomas de todo tipo de bicho viviente se quieran descifrar. La pretensión ridícula de que descifrar el genoma suponía, precisamente como nos prevenía Michael Denton, descubrir el “blueprint” de cada especie, ha sido un error de concepto enorme. De este error se han derivado los excesos que han querido exhibir triunfalmente las similitudes en las secuencias lineales del ADN codificante como prueba irrefutable de parentesco filogenético, tal es el caso de las comparaciones entre los genomas del ser humano y los chimpancés, aireadas como prueba irrefutable de un común antecesor. En palabras del biólogo Thomas Misteli en la revista Cell:

El análisis comparativo del genoma y el detalle en la descripción a gran escala de los rasgos del genoma arroja muy poca luz sobre el Santo Grial de la biología del genoma, es decir, la cuestión de cómo los genomas funcionan en realidad in vivo.

El hecho de que las similitudes en las secuencias de nuestros ADN fuesen tan notables solo puede significar una cosa y es que hemos venido atribuyendo a las secuencias del genoma una significación equivocada en cuanto a su capacidad para determinar las características esenciales de cada especie viva. Las diferencias entre el hombre y el chimpancé no son ni mayores ni menores que lo eran antes del desarrollo del proyecto que ha permitido descifrar ambos genomas. Si hay alguna duda al respecto no tenemos más que sentar un chimpancé a nuestra mesa para intentar discutir y debatir con él los resultados de los nuevos conocimientos científicos al respecto.

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