El Diseño Inteligente y la Teoría de la Forma

Felipe Aizpún

¿Qué tal si probamos con la Teoría del Diseño Inteligente?

Así terminábamos nuestro comentario reciente en torno al problema de la justificación de la emergencia de las novedades biológicas en términos estrictamente naturalistas. En definitiva, si el azar y la necesidad no pueden explicar el diseño en la Naturaleza, nada más razonable que achacarlo a la intervención de un agente inteligente. El DI es una intuición que nace de la contemplación de la Naturaleza y el cosmos finito pero inabarcable que nos alberga, es una inferencia que surge de la contemplación del orden y de la sospechosa conjunción de factores y constantes físicas que hacen posible la vida en nuestro planeta.

Pero la inferencia del DI a partir del orden que adivinamos en el Universo es sólo una inferencia incompleta, si bien razonable y prudente. Por el contrario, la inferencia de diseño que surge de la contemplación de la complejidad y organización de los seres vivos se nos hace presente como una necesidad, como la única respuesta posible a los interrogantes que las formas vivas, emergidas misteriosamente en el tiempo, nos plantean.

El DI nos propone una Teoría de la Forma de reminiscencias inequívocamente platónicas. En su libro “What Darwin got wrong” el propio Jerry Fodor así lo reconoce cuando elabora su argumentación en torno a la inconsistencia filosófica del darwinismo por lo que a la explicación del origen de las formas biológicas se refiere. Parece que el discurso nos quisiera llevar hacia una idea inevitable: los seres vivos son materia “informada” y como tal sólo son concebibles como concreción de una idea previa, de un diseño idealmente concebido con antelación. Los seres vivos no somos por tanto otra cosa que una sombra en la caverna del tiempo, un reflejo de la idea esencialmente existente de cuyo ser nos limitamos a participar.

El DI resuelve el enigma de la forma como el producto de una mente superior, y ello, cualquiera que haya sido el itinerario evolutivo de cada estructura biológica concreta y su conformación a través del tiempo. Cada especie representa una forma específica que responde a una idea particular, pero esta propuesta no tiene nada que ver con el fijismo del discurso “creacionista” clásico. Ni lo sugiere ni lo contradice. La forma puede concretarse por muchos caminos y por itinerarios diversos, pero su devenir no será nunca fruto caprichoso del azar. Lo importante es comprender que la forma prescribe y determina la materia, la domina y la modela y que ésta no puede devenir un ser realmente complejo y funcional si no es por intermediación del poder creativo de la idea conformadora.

Entender este concepto implica entender que la realidad del formalismo presente en la Naturaleza impera sobre su dimensión material. Así por ejemplo lo preconiza el profesor David L. Abel de la Origin-of-life Science Foundation, autor de numerosos artículos en torno al carácter prescriptivo de la información genética, y los problemas que enfrenta el debate en torno a la auto-organización de la materia.

Abel ha preconizado un principio esencial, un axioma imprescindible en la labor científica y lo ha expresado con la simplicidad más absoluta F>P, donde F representa la palabra “Formalism” y P la palabra “Physicality”. Para Abel por tanto el Formalismo no solamente describe, sino que precede, prescribe, organiza, gobierna y predice la Fisicalidad. Se trata de un axioma que establece la primacía ontológica del formalismo en una realidad objetiva. Un principio que explica la irrazonable efectividad y exactitud de las matemáticas en el campo de la física, que justifica el carácter formalmente racional de las leyes que gobiernan la Naturaleza como la imprescindible ley de la Gravitación Universal, cuya impecable estructura formal se impone por encima de las consideraciones más inmediatas que carecen de respuesta: ¿de dónde sale?, ¿por qué existe?, ¿cuál es en último término la naturaleza ontológica de dicha ley? Un principio que nos hace comprender la necesidad de la racionalidad axiomática del método científico, que explica el ajuste fino de las constantes del Universo, que nos hace razonable el sistema inapelable del código genético en su expresión digital imbuida en los codones del material genético de nuestras células. Todas estas realidades son predominantemente formales, no puramente físicas. La profundización en el conocimiento científico nos arroja inevitablemente en brazos del Formalismo.

Pero en el campo de la filosofía la reivindicación de un cierto idealismo resulta sin duda más amigable. En abril de 1985, La Universidad de Munich organizó en Roma un Simposio Internacional sobre La fe cristiana y la teoría de la evolución. De la ponencia del filósofo alemán R. Löw, uno de los organizadores del evento, extraemos un párrafo muy significativo:

“La evolución es una hipótesis con fundamento, pero sus teoremas de selección natural y mutación no podrán nunca explicar el surgimiento de formas nuevas. Nunca será capaz de dar un salto del mundo inorgánico a la vida, de la realidad irracional a la racional, de los animales al hombre. La evolución sólo se entiende de modo correcto como un proceso teleológico, en el cual las formas nuevas estaban preexistiendo como ideas en Dios”

Si sustituimos la idea inexplicada de un Dios de las religiones por el concepto metafísico de una Primera Causa, de una causalidad inteligente en definitiva, el párrafo adquiere su exacto valor filosófico. Por último, una consideración más en torno al imperio de la forma sobre la materia extraída del libro “¿Evolución o creación? Respuesta a un falso dilema” de los profesores Ferrer Arellano y Barrio Maestre:

“El misterio es cómo pueden estas estructuras moleculares complicadísimas y microscópicas dominar la materia hasta asumirla desde fuera y elevarla hasta su “inmanente” actividad conservadora, hasta su capacidad de “autorreconstrucción” y “autorreproducción”. Este es el secreto de la vida y de su trascendencia, de su misterio. Examinemos este misterio del origen de la biosfera y —en el apartado siguiente— de sus progredientes grados de vitalidad en las especies vivientes que se van originando sucesivamente en la así llamada historia natural de la evolución biológica.

“Las proteínas y ácidos nucleicos, que son estructuras de estructuras, moléculas gigantes (“materia estabilizada”), hacen posible la aparición de la vida, en cuanto permiten transmitir mensajes genéticos cuya finalidad es la de componer seres vivos; pero no pueden dar razón suficiente de ella, pues asistimos a la emergencia de algo radicalmente nuevo: hay verdadera “epigénesis”, novedad de ser. En efecto, cuando aparecen –incluso los más simples conocidos, los monocelulares–estas estructuras de estructuras hetereogéneas manifiestan caracteres completamente originales. Un monocelular es capaz de renovar los átomos integrados, y sigue siendo lo que es. Un organismo pluricelular renueva de una manera incesante los elementos materiales integrados y sigue siendo lo que es. El viviente es, por consiguiente, como lo han subrayado muchos biólogos, una estructura que subsiste, una estructura subsistente, aún cuando todos los elementos integrados sean renovados.

Un átomo puede perder o ganar partículas elementales. Si pierde o adquiere partículas nucleares, ya no es el mismo átomo. No es, pues, una estructura en el mismo sentido que el viviente. Sea lo que sea de la estructura del átomo, el viviente renueva todos los átomos que lo constituyen y sigue siendo lo que es, desarrollándose, creciendo y conservando su individualidad.

Por consiguiente, parece que con el viviente asistimos a la emergencia de un orden cualitativamente superior. Hemos subido un nuevo peldaño, en el que la palabra “estructura” designa algo nuevo. La capacidad de renovación de la materia integrada evidencia cierto predominio de la estructura (de la forma) sobre la materia, cierta libertad, cierta independencia de la estructura con relación a este o aquél átomo integrado. Subsiste la misma aunque renueve o cambie el entero contenido material. Tal es el principio vital del cuerpo físico organizado que la filosofía griega llamaba psyché, el ánima –vegetativa y animal– de la escolástica.

3 Respuestas para El Diseño Inteligente y la Teoría de la Forma

  1. Felipe Aizpun:
    ¡Qué satisfacción encuentro cuando hay alguien como tú que inserta el conocimiento científico en el marco filosófico que lo ha posibilitado!. ¡Sin importarte que venga gente de mente empobrecida a insultarte “creacionista”!.
    Alguien tiene que decir a los materialistas que aparte de lo sensible, existe lo supra-sensible. Sólo hace falta considerar que la conciencia humana que afirma (falsamente) que “yo soy un epifenómeno de la organización electro-química de mi cerebro”, está auto-refutándose.
    Sin el ser=pensar parmenídeo, los conceptos (morales) socráticos, las formas platónicas, o las esencias aristotélicas no se hubiera dado ni un paso adelante en el alumbramiento de la ciencia de la que están tan orgullosos los positivistas, materialistas o naturalistas ingratos (o mejor expresado: ignorantes).

  2. Distinción Entre Materia Y Forma
    ¿A qué llama Aristóteles materia?
    Aristóteles llama materia a algo que no tiene nada que ver con lo que en física llamamos hoy materia. Materia, para él, es simplemente aquello con lo que está hecho algo. “Aquello con que está hecho algo” puede ser eso que nuestros físicos hoy llaman materia; pero puede ser también otra cosa que no sea eso que los físicos hoy llaman materia. Así, una tragedia es una cosa que ha hecho Esquilo o que ha hecho Eurípides, y esa cosa está hecha con palabras, con “logoi”, con razones, con dichos de los hombres, con sentimientos humanos; y no está hecha con materia en el sentido que dan a la palabra materia los físicos de hoy. Materia, es, para Aristóteles aquello -sea lo que fuere- con que algo está hecho.
    ¿Y forma? ¿Qué significa forma para Aristóteles? Esta es una de las palabras que más ha dado que hacer a los filósofos e historiadores de la filosofía. No hay una sola de las interpretaciones que se han dada de la “forma” en Aristóteles que no esté expuesta a toda suerte de críticas. Lo cierto es que la palabra “forma” la toma Aristóteles de la geometría. Sócrates y sobre Platón fueron grandes admiradores de la geometría; al extremo de que Platón inscribió en la puerta de su escuela, que se llamaba la “Academia”, un letrero que decía “Nadie entre aquí si no es geómetra”. Consideraba que el estudio de la geometría era la propedéutica fundamental y necesaria del estudio de la filosofía.
    Pues bien, Aristóteles entendió por «forma», primero y principalmente, la figura de los cuerpos, es decir, lo que significa «forma» en el sentido más vulgar de la palabra: la forma que tiene un cuerpo, la forma como terminación o límite de la realidad corpórea vista desde todas las perspectivas.
    Pero sobre esa acepción y sentido de la palabra forma, Aristóteles entendió también -y sin contradicción alguna- aquello que hace que la cosa sea lo que es, aquello que reúne los elementos materiales, en el sentido amplio que se ha dicho, que no excluye lo inmaterial. Aquello que hace entrar a los elementos materiales en un conjunto, lo que les confiere unidad y sentido, eso es lo que llama Aristóteles forma. El principio o causa que hace que la cosa sea lo que es. La forma, pues, se identifica con la esencia, causa o ciencia de algo.
    Ahora bien: esas formas de las cosas no son para Aristóteles casuales o azarosas; no aparecen como resultado de una serie de causas puramente físicas, eficientes, mecánicas, que sucediéndose unas a otras han venido a producir lo que una cosa en este momento es. Nada hay más lejos del pensamiento aristotélico que eso; para Aristóteles cada cosa tiene la forma que debe tener, es decir la forma define la cosa. La forma de algo es lo que confiere un sentido a ese algo; y ese sentido es la finalidad, es el «telos», palabra griega que significa fin: de ahí viene una palabra que se usa mucho en filosofía: teleología; teoría de los fines, el punto de vista desde el cual apreciamos y definimos las cosas, no en cuanto que son causadas mecánicamente, sino en cuanto que están dispuestas para la realización de un fin. Pues bien: para Aristóteles la definición de una cosa contiene su finalidad, y la forma o conjunto de las notas esenciales imprime en esa cosa un sentido que es aquello para lo que sirve.
    De esta manera está ya armado Aristóteles para contestar a la pregunta acerca de la génesis o producción de las cosas. Si la materia y la forma son los ingredientes necesarios para el advenimiento de la cosa, entonces ese advenimiento, ¿en qué consiste? Consiste en que a la materia informe sin forma, se añade, se agrega, se sintetiza con ella, la forma. Y la forma, ¿qué es? la forma es el principio causal esencial, que hace ser a la cosa lo que es y le da sentido, “telos”, finalidad. La forma logra el advenimiento de la cosa. La cosa llega a ser lo que es porque su materia es informada, plasmada, recibe forma.
    Pues bien, si la forma confiere sentido y fin a la cosa, es igualmente cierto que es aquello por lo cual la cosa es inteligible. Y si es inteligible es porque ha sido hecha inteligentemente. Cada cosa ha sido hecha del mismo modo como el escultor hace la estatua, como el carpintero hace la mesa, como el herrero hace la herradura. Todas las cosas en el universo, todo lo que existe, ha tenido que ser hecho por una causa inteligente que ha pensado el “telos”, la forma, y la ha impreso en la materia.
    Está claro, pues, que la metafísica de Aristóteles desemboca inevitablemente en una teología, en una teoría sobre Dios.
    Autor: Antonio Orozco | Fuente: Arvo.net

    Un inmenso abrazo y admiración por el esfuerzo que realizan para recuperar la inteligencia

  3. Juan Carlos,

    muchas gracias por compartir con nosotros tus conocimientos.
    Sin duda, pretender que la vida puede ser comprendida en su totalidad, simplemente al microscopio, es una perspectiva que desconoce cuáles son las dimensiones del conocimiento humano.

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