El Diseño Inteligente como inferencia filosófica. Parte 1

Da Vinci_planeador_1488La inferencia de diseño en la antigüedad

La inferencia de diseño es vieja como la propia Humanidad. Ya en el siglo quinto antes de Cristo Anaxágoras intuía el Nous, es decir, una inteligencia suprema como causa primera de todo lo existente. Aristóteles recogió las opiniones de Anaxágoras en su “Metafísica”. Lo que animó a Anaxágoras a intuir una causa inteligente en el origen del Universo fue la belleza y el orden que encontramos en él. Dice Aristóteles en su “Metafísica” (Libro primero, III):

“En efecto, que el orden y la belleza que existen en las cosas o que se producen en ellas, tengan por causa la tierra o cualquier otro elemento de esta clase, no es en modo alguno probable; ni tampoco es creíble que los filósofos antiguos hayan abrigado esta opinión. Por otra parte atribuir al azar o a la fortuna estos admirables efectos era muy poco racional. Y así, cuando hubo un hombre que proclamó que en la Naturaleza, al modo que sucedía con los animales, había una inteligencia, causa del concierto y del orden universal, pareció que este hombre era el único que estaba en el pleno uso de su razón, en desquite de las divagaciones de sus predecesores.” Y añade, en referencia a esa Inteligencia, una matización fundamental, que “la causa del orden es a un mismo tiempo el principio de los seres y la causa que les imprime el movimiento”.

Anaxágoras había entendido la necesidad de dar cuenta del cambio y del movimiento presentes en el cosmos. Frente a la idea de Empédocles de proponer dos fuerzas básicas, una atractiva y otra repulsiva, a las que había llamado amor y odio respectivamente, Anaxágoras postula una única fuerza a la que llamó mente o intelecto, el Nous. La mente es lo único que no está mezclado con las demás cosas aunque está de alguna forma en contacto con ellas. La mente es lo que mueve las cosas que se mueven, impulsa el cambio de aquello que es cambiante, y es también el aliento vital de las cosas vivas, los animales y las plantas. Además, y tal como señala Aristóteles, la Inteligencia mueve en pos del bien. “Metafísica” (Libro duodécimo X): “Anaxágoras reconoce el bien como un principio: es el principio motor. La inteligencia mueve, pero mueve en vista de algo”. Aristóteles recogió las intuiciones de Anaxágoras muy favorablemente. La apariencia de diseño estaba presente para él tanto en la marcha armoniosa de los ciclos de la Naturaleza como en la misteriosa complejidad de los seres vivos. Recordemos que Aristóteles cultivó por igual las disciplinas que hoy consideramos estrictamente filosóficas como todas las disciplinas científicas conocidas en su tiempo, y en especial el estudio de los seres vivos donde nos dejó escritos de una perspicacia verdaderamente notable. La cosmología, dentro de los límites del saber de su tiempo, la admiración frente al ciclo perfecto de las estaciones, el equilibrio de la noche y el día, el ciclo de la vida en las plantas y los animales, todo en la Naturaleza animaba al filósofo griego a sospechar que tal prodigio de armonía y de organización no podía tener su razón de ser “en el azar y la fortuna” como consecuencia de la mera combinación de cambios fortuitos.

De manera clara en Aristóteles, pero ya de forma inequívoca en Anaxágoras, nos encontramos con la idea de que el diseño no se nos muestra como una intuición aislada, sino que siempre se nos hace evidente en armonía con una voluntad eficaz y con la necesidad de un propósito en el obrar. La filosofía de Anaxágoras no surge únicamente del arrobamiento ante la contemplación de la belleza y armonía de la Naturaleza; surge de una reflexión profunda en busca del origen y las causas últimas de la realidad. Todos los filósofos anteriores a él perseguían el mismo objetivo, encontrar la razón última del ser de las cosas. Si bien es cierto que la identificación en el cosmos de un orden y una organización asombrosos permiten intuir la huella de un intelecto supremo, el Nous, no es menos cierto que lo que intentamos explicar no es sólo el orden de las cosas, sino las cosas mismas, su existencia. Por eso la idea de la apariencia de diseño confiere un atributo añadido a la fuerza o impulso primigenio de donde todo surge; la mente organizadora y la causa eficaz deben ser una misma cosa. La idea de diseño por sí misma no explica la existencia de la cosa diseñada, es imprescindible que la apariencia de diseño en las cosas realmente existentes nos hable de una inteligencia suprema que sea al mismo tiempo voluntad eficaz, es decir, causa eficiente. Pero como Aristóteles explica, no puede haber una inteligencia suprema, voluntad eficaz que actúa, sin un propósito. Surge así la idea de dios (“dios” con minúscula, inferencia racional, primera causa) que Aristóteles ha ido conformando mediante la agrupación de los atributos que parecen convenirle de manera necesaria, como resultado de la más profunda reflexión metafísica en torno al ser y a la realidad de las cosas: se nos propone como un ser inmaterial, uno e indivisible, inmóvil y eterno, un ser cuya existencia siempre en acto define su propia esencia, una inteligencia suprema, una voluntad eficaz que actúa en el marco de su libertad absoluta. Todas estas condiciones hacen racionalmente concebible que un ser tal actúe siempre orientado a una finalidad que no puede ser otra que el bien supremo.

La inferencia de diseño es la base de lo que se conoce como argumento teleológico para la existencia de Dios, el argumento de que la percepción de un orden en el cosmos denuncia la existencia de una mente ordenadora y por lo tanto de una finalidad y un designio que invade toda la realidad del Universo. Como tal argumento ha sido defendido especialmente como una de las vías formuladas por Santo Tomás de Aquino para “demostrar” la existencia de Dios. Pero es importante que no caigamos en el error de mezclar conclusiones y conceptos; al mismo tiempo, si procedemos con prudencia podemos distinguir los razonamientos y objeciones que pueden exhibirse frente al argumento teleológico, de lo que concierne específicamente a la inferencia de diseño. Grandes dosis de cautela, sutileza y finura discursiva van a resultar imprescindibles. Algunas objeciones pretenden desconectar la idea de diseño de la idea de un dios creador, y limitan la apariencia de diseño a su aspecto meramente formal. Concediendo que tal apariencia resulta, si no concluyente al menos sí difícilmente refutable, se pretende esquivar la implicación de la existencia de una voluntad creadora y de finalidad expresa en el obrar. Creo que una tal postura resulta insostenible en términos estrictamente filosóficos y que las intuiciones contrarias al respecto, desde Anaxágoras hasta nuestros días, permanecen sólidas como una roca. Las cuatro causas aristotélicas siguen siendo una referencia ineludible para nuestra manera racional de mirar la realidad. No hay que olvidar que la forma (el diseño), la causa eficaz (la voluntad creadora) y la causa final (el designio que orienta o impulsa la acción) no son atributos de la cosa sino perspectivas racionales que se nos imponen como inevitables. Pues bien, se nos impone igualmente el que dichas perspectivas deban ser consideradas a un tiempo como perspectivas diferentes pero indisolubles de una misma mirada, de una única forma racional de conocer la realidad. Las causas no se dan aisladas, el carácter de unicidad de la causa primera se deriva directamente de sus atributos, y éstos surgen de nuestro análisis del ser y lo realmente existente; la idea de que el origen del diseño y el de la existencia real de la cosa sean uno mismo se impone racionalmente de manera difícilmente objetable.

Conviene entonces atacar una cuestión fundamental, la estricta distinción entre la inferencia aristotélica de una cierta idea de dios, nacida de la identificación de huellas de diseño u organización en las cosas, y el argumento tomista llamado teleológico para la existencia de Dios. Dos son las cuestiones que resulta imprescindible resaltar. La primera se refiere al estatus epistemológico de la inferencia de diseño por oposición al del argumento teleológico. La segunda se refiere al contenido propiamente dicho de la inferencia, es decir, a la idea del dios filosófico por oposición al Dios de las religiones. Por último, será necesario analizar con rigor una última cuestión: establecer las condiciones que deben darse para que una inferencia de diseño resulte razonable y oponible en un debate, es decir, racionalmente consistente.

Aristóteles nos recuerda en su Metafísica que la filosofía no es otra cosa que la ciencia que se ocupa de las causas. Todo el esfuerzo de indagación de los filósofos helénicos era una búsqueda orientada a encontrar las causas últimas y la razón de ser de todo lo existente, el origen y fundamento del ser. Desde las primeras propuestas que pretendían encontrar en los cuatro elementos la composición íntima de toda la realidad material, pasando por los principios contrarios del amor y el odio, y el Nous de Anaxágoras, hasta la idea aristotélica más elaborada de dios, todo era un proceso de indagación racional que partiendo de la realidad material entendida como efecto a explicar, buscaba aquella inferencia causal capaz de hacernos comprender mejor nuestro Universo y nuestro propio sitio en él. Las propuestas de todos estos geniales pioneros del pensamiento occidental tenían un carácter puramente especulativo y se nos iban ofreciendo, apoyándose las unas en las otras, como la construcción progresiva y por acumulación de inspiraciones y observaciones, del conocimiento racional; como la inferencia más razonable en torno al origen de nuestra existencia. Si entendemos por filosofía la ciencia de las causas es inevitable que la labor de búsqueda que realiza el filósofo tenga una determinada naturaleza y un valor lógico concreto. Recordemos los tres tipos de razonamiento que la lógica prescribe. Primero, el razonamiento deductivo que partiendo de afirmaciones o reglas generales no cuestionadas nos permite aplicarlas a casos concretos y obtener conclusiones incontestablemente ciertas. Este tipo de razonamiento no hace sino desvelar verdades ya sabidas o explorar sus consecuencias más recónditas, pero no se aplica a la indagación científica ni filosófica que tienen por objeto descubrir cosas nuevas que desconocemos. El que sí se aplica a gran parte de la actividad científica es el razonamiento inductivo que busca establecer reglas generales a partir del estudio de hechos concretos y conviene a muchas disciplinas científicas. La inducción es la forma de razonamiento que conviene al estudio de las regularidades en el comportamiento de la realidad material sometida al imperio de las cuatro fuerzas que rigen el cosmos. Por último, la abducción o razonamiento hipotético es la forma de indagación que tiene por objeto encontrar las causas a partir de sus efectos, y podemos establecer que es el razonamiento que conviene en especial a las disciplinas científicas de carácter histórico, tales como la paleoantropología, la cosmología de los orígenes o el estudio de la hipótesis evolutiva.

Pues bien, si la filosofía es en última instancia la actividad de indagación racional que busca las causas últimas de la realidad, justo es pensar que su actividad de indagación se ajusta al método abductivo y se rige por sus reglas, tal como nos lo enseñara el filósofo norteamericano del siglo XIX Charles Peirce, auténtico revitalizador de la lógica en la era moderna. Eso quiere decir que sus propuestas nacen del estudio de aquellas cosas que nos sorprenden y que las intuiciones de que se alimenta surgen como iluminaciones súbitas que crecen en nuestra conciencia, de manera a veces inexplicable, otras de forma aplastantemente lógica, pero en todo caso siempre como propuestas que tienen la virtud de hacernos comprensible la realidad de forma más razonable. Este tipo de actividad inquisitiva coincide con lo que más comúnmente se llama en la literatura anglosajona “the inference to the best explanation”, la inferencia de la mejor explicación. Consecuentemente, las conclusiones en torno a las causas no gozan del estatus privilegiado de certeza del que gozan las conclusiones deductivas, e incluso tienen un poder de convicción y una capacidad de verificación algo menor del que corresponde a las inferencias inductivas. Aristóteles nos habla de Anaxágoras en su “Metafísica” como del más razonable de los hombres al postular la necesidad de la existencia de un intelecto supremo causante del orden y el concierto del cosmos. Esa razonabilidad es la característica que podemos predicar de sus propuestas, al igual que de la síntesis aristotélica que recoge las propuestas causales de sus predecesores y las desarrolla de manera magistral, alumbrando una idea de dios que se nos ofrece como una inferencia de la explicación más razonable para justificar la realidad material de la que somos parte privilegiada.

Próximo post: El paso de la inferencia al argumento deductivo y la crítica de Kant

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