Douglas Axe y el Árbol de la Vida

Felipe Aizpún

Douglas Axe es director del Biologic Institute en Washington y es un reconocido especialista en el campo de la microbiología que ha dedicado alguno de sus trabajos más conocidos a cuestionar la capacidad de los mecanismos darwinistas para justificar el desarrollo o la evolución de los complejos moleculares presentes en los organismos vivos en artículos como este. El Biologic Institute está sustentado por el Discovery Institute y las labores de investigación de sus miembros se centran de forma especial en aportar evidencias científicas relevantes para la discusión entre el modelo darwinista y las tesis del Diseño Inteligente. Recientemente Axe ha publicado un post en las páginas de ENV que merece ser traducido por su lucidez y contundencia. Su título, (“Theory Creep: The Quiet Shift in Evolutionary Thought”) hace referencia al lento pero inexorable cambio de paradigma al que el pensamiento evolucionista está abocado. Dice Axe:

Es sorprendente cómo ha cambiado el pensamiento evolucionista desde que yo empecé a seguir el tema en los años 80. Los biólogos de hoy día se han dado cuenta claramente de que la teoría de la evolución debe ser revisada para evitar el conflicto con los datos de la genómica, a pesar de lo cuál todavía se muestran reacios a admitir que los problemas que provocan el cambio sean realmente serios. Como consecuencia, los jóvenes biólogos pueden no darse cuenta de que están heredando una versión del darwinismo que hace tan sólo una generación se habría considerado como muy peculiar.

Un cambio especialmente significativo tiene que ver con la forma en que las secuencias genéticas son utilizadas para construir árboles filogenéticos, es decir, diagramas en forma arbórea que representan supuestas relaciones evolutivas entre especies. Puesto que estos árboles no son, en esencia, sino meras hipótesis, los científicos deberían contemplarlas como tales. Lo importante en todo caso, es ver en qué grado son capaces de enfrentarse a un escrutinio crítico. Este es precisamente uno de los puntos del cambio en el pensamiento evolucionista.

En los años 70, antes de que la secuenciación de genomas se convirtiera en algo rutinario, los científicos usaban diversas propiedades de las proteínas, incluida su secuencia de aminoácidos para elaborar árboles filogenéticos. Las bases de datos eran mucho más pequeñas de las existentes en la actualidad, pero los principios básicos y los presupuestos subyacentes eran los mismos. Las proteínas correspondientes de diversas especies eran comparadas para cuantificar sus similitudes y a partir de los resultados se construían dichos árboles.

Aunque la creencia en que todas las especies estaban relacionadas era entonces tan sacrosanta como lo es hoy, había al menos un reconocimiento general de que los árboles tenían una credibilidad en función de la evidencia que los respaldaba. En particular, la mayoría de los biólogos reconocían la importancia de la consistencia entre los distintos árboles propuestos, es decir, que los análisis realizados a genes o proteínas relacionados entre diferentes especies deberían de apuntar a un mismo árbol con independencia de qué genes o qué proteínas fuesen utilizadas. Ellen Prager y Alan Wilson lo expresaban así en 1976:

“Para verificar la fiabilidad del uso de proteínas para proponer relaciones filogenéticas es esencial determinar si el esquema arbóreo evolutivo obtenido se deriva de las proteínas estudiadas.”

Si el análisis apunta a diferentes árboles cuando se aplica a diferentes proteínas entonces algo falla. Una década más tarde David Hills se pronunciaba con igual rotundidad:

Un objetivo prioritario de los estudios filogenéticos es reconstruir la historia evolutiva de un grupo de organismos. Puesto que los organismos estudiados tienen una historia única, los estudios sistemáticos de cualquier conjunto de caracteres genéticamente determinados deberían ser congruentes con otros estudios realizados sobre diferentes caracteres de los mismos organismos. La congruencia entre los resultados es una prueba importante de que los patrones históricos subyacentes han sido identificados; el conflicto entre los resultados puede indicar problemas teóricos o de procedimiento en uno o varios análisis, o puede indicar que se necesitan datos adicionales para aclarar la relación filogenética en cuestión.”

Pero si avanzamos un par de décadas, resulta evidente que la imagen consistente que todos esperaban de todos los genes confirmando el mismo patrón de relaciones entre las especies brilla por su ausencia. Lo que encontramos en su lugar es pura confusión tal como James Degnan y Noah Rosenberg dejaban claro en un artículo publicado en 2009:

“Muchos de los primeros estudios que han examinado las señales de conflicto en diferentes genes han encontrado discordancias considerables entre los árboles genéticos: estudios de homínidos, pinos, cíclidos, pinzones, saltamontes y moscas de la fruta, han detectado todos ellos discordancias genealógicas tan amplias que ninguna topología arbórea resulta predominante.”

Y a pesar de los intentos robustos para presentar esto como una crisis menor para la teoría evolucionista, las noticias han saltado a la prensa popular. Ese mismo año The Telegraph publicaba la historia en un artículo titulado, “El árbol de la vida de Charles Darwin es erróneo y lleva a confusión, sostienen algunos científicos”.

Por tanto, ahora que el secreto se ha hecho público, ¿qué vamos a hacer con él? Uno pensaría que si “la congruencia de los estudios es evidencia de que el patrón histórico subyacente ha sido descubierto” entonces, una clara falta de congruencia de los árboles genéticos debería provocar un reconocimiento de incertidumbre sobre la historia. Al fin y al cabo, ¿por qué habríamos de pensar que los árboles genéticos nos cuentan la historia de las especies si los propios genes no se ponen de acuerdo sobre tales historias?

De hecho, resulta muy fácil construir historias evolutivas perfectamente ficticias si nos desentendemos de la expectativa de consistencia que debería ser vista como una medida para el ejercicio de reconstrucción filogenética. El güisqui, el keroseno y la leche no tienen un pedigrí común pero nada nos impediría inventarnos uno si eso nos sirviera a bajar el estándar. La única perspectiva de elevar la construcción de estos árboles a algo más que un juego, es, pues, que pudiera desvelar un patrón fuertemente consistente de relaciones entre las especies. Y la sobria verdad es que no lo hace.

Pero lo que también es un hecho es que el compromiso de la comunidad científica con un evolucionismo naturalista de algún tipo, cala muy hondo. En palabras del biólogo evolucionista Eric Bapteste: “Si no tienes un árbol de la vida, ¿qué implica eso para la biología evolutiva? Al principio resulta muy preocupante, pero en los dos últimos años la gente ha empezado a relajarse.” De acuerdo con el filósofo de la biología John Dupré: todo es “parte de un cambio revolucionario en biología. Nuestro modelo estándar para la evolución está bajo una enorme presión. Vamos claramente hacia una visión de la evolución mucho más como fusiones y colaboraciones que como cambios en el seno de linajes aislados”.

Esto puede ser, quizás, el comienzo. Pero tenemos en mente algo incluso mucho más revolucionario.

Referencias citadas:
(1) http://www.springerlink.com/content/j7315x8081517q53/
(2) http://www.lifesci.utexas.edu/faculty/antisense/papers/Hillis1987ARES.pdf
(3) http://www.stanford.edu/group/rosenberglab/papers/DegnanRosenberg2009-TREE.pdf
(4) http://www.telegraph.co.uk/science/4312355/Charles-Darwins-tree-of-life-is-wrong-and-misleading-claim-scientists.html
Image credit: Cropped version of photo by Norbert Nagel, Wikimedia Commons

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