¿Debería el Darwinismo invocar diseño?

Por Mario A. Lopez

Uno de los objetivos establecidos para este blog ha sido tratar de terminar con el concepto de que el diseño (en un sentido teleológico) puede ser razonablemente reconciliado con estrictos procesos darwinianos. Es evidente que nuestra convicción es que ello no es posible, de ahí el nombre de este blog, “Darwin o DI” Y no “Darwin y DI”. Dicho más claramente, lo que se afirma es; no que el papel del diseño en la biología excluya un proceso darwiniano, sino que la pretensión de que el azar, las mutaciones y la selección natural son parte inherente del diseño es similar a decir que la lluvia y la corrosión participaron en el diseño de monte Rushmore. Por supuesto, la tarea de cerrar el tema a tales nociones no se puede dejar a mi persona. Este blog está expresamente abierto a diversos puntos de vista. Aquí voy a intentar hacer clara la mía.

Si examinamos la literatura relativa a este tema, podremos desprender de su lectura que los teóricos del DI con frecuencia dicen que el diseño inteligente no es incompatible con la teoría de la evolución. Sin embargo, el término “evolución” es bastante amplio y para tratarlo adecuadamente en esta entrada es necesario entender las complejidades que rodean esta cuestión. Desde luego, ningún teórico del DI, que yo conozca, rechaza los cambios evolutivos que se producen como consecuencia de mutaciones al azar, junto con la selección natural. Pero dado que la complejidad de las máquinas biomoleculares están fuera del alcance de la evolución, y las distancias morfológicas entre las especies son enormemente dispares en extensión, la pregunta es:

¿Hasta qué punto puede extrapolarse un cambio genómico? ¿Qué se puede razonablemente atribuir al proceso darwiniano?

El bioquímico y teórico del DI Michael Behe, afirma al respecto:

“La mutación aleatoria no tiene en cuenta los “alucinantes” sistemas descubiertos en la célula. Entonces, ¿Qué? Si la mutación al azar es insuficiente, entonces, dado que la descendencia común con modificación parece ser firmemente el caso, la respuesta debe ser la mutación no aleatoria. Es decir, alteraciones en el ADN a lo largo de la historia de la vida en la tierra tienen que haber incluido muchos cambios que no tenemos derecho a esperar de la estadística, los que fueron beneficiosos más allá del alcance de las más salvajes probabilidades. “

Michael J. Behe, The Edge of Evolution pgs. 164-165

Por supuesto, las mutaciones no aleatorias no significan necesariamente que las mutaciones se obtienen a través de algunos medios místicos. Como Behe señala:

“¿Qué causó el cambio en el ADN para alcanzar formas no aleatorias útiles? Uno puede imaginar varias posibilidades. La primera es la posibilidad de que el planeta Tierra tuvo una espectacular suerte. Aunque no tenemos derecho a esperar que todas las mutaciones beneficiosas que dieron lugar a vida inteligente en nuestro planeta, hayan ocurrido de todos modos, por ninguna razón en particular. La vida en la tierra ha ido comprado un billete de la lotería Powerball sorteo tras sorteo, y se da la casualidad de que todos los billetes han sido los ganadores del gran premio. La siguiente posibilidad es que alguna ley desconocida o leyes existentes hayan participado en la conformación celular de una manera mucho más probable que lo que ahora tenemos razones para suponer. Si finalmente se determinaran dichas leyes, sin embargo, veriamos que el mecanismo particular de la vida que hemos descubierto fue en un sentido escrito basado en dichas leyes. Una tercera posibilidad es que, aunque la mutación es en efecto al azar, en muchos momentos históricos medioambientalmente críticos se favorecieron ciertas mutaciones que canalizaron la integración de partes moleculares aisladas en sistemas coherentes. En este punto de vista, el crédito de la elegante maquinaria celular, no debe ir tanto al mecanismo de Darwin sobre el mundo exterior, sino al medio ambiente en general.

Cada lector debe hacer sus propios juicios acerca de la idoneidad de estas posibles explicaciones. Yo mismo, sin embargo, encuentro a todas ellas poco convincentes. “

Michael J. Behe, The Edge of Evolution pgs. 165

Observemos que los puntos en los que plantea Behe las deficiencias de diversos mecanismos, no estan motivados porque ellos no sean una parte integral de la naturaleza, sino porque no son una parte integral del diseño. Por otra parte, en el rechazo de Behe a las mutaciones al azar, también esta el rechazo frontal al proceso darwiniano como un mecanismo viable. Sin embargo, observamos también que Behe no tiene ningún problema en aceptar la descendencia común con modificación. ¿Cómo puede ser esto?

En esta visión de Behe, por lo que parece, las mutaciones al azar no puede dar cuenta de la complejidad en la célula, pero la descendencia común con modificación parece abrumadoramente cierta, por lo que las mutaciones deben ser no aleatorias. En este sentido, los mecanismos naturales que se ofrecen para las mutaciones aleatorias no logran persuadirlo y, por tanto, Behe parece indicar que lo que tenemos es un generador de mutación inteligente que no es parte de la matriz natural de los mecanismos posibles. ¿Por qué las supuestas mutaciones “no aleatorias” que están presentes en el genoma de cada ser vivo, no pueden simplemente ser parte de la gran cantidad de mutaciones aleatorias que Behe observa? Si él acepta la descendencia común con modificación, ¿Por qué la coyuntura de la modificación debe ser no aleatoria? ¿No puede la selección natural aliviar la tensión puesta sobre solo las mutaciones al azar?

Pienso que no. Los problemas que enfrenta la selección natural son esencialmente los mismos que los contemplados en las mutaciones al azar. Las mismas son azarosas y la selección natural es ciega, y con el fin de obtener el tipo de complejidad específica en la célula, necesitamos una dotación genética no aleatoria y alguna previsión inteligente. Sin duda, las mutaciones al azar necesitan adquirir una determinada propiedad antes que la naturaleza puede ponerla a trabajar. Por lo tanto, ¿Es infundada la alegación de Behe de diseño inteligente?

No del todo. Aunque estoy de acuerdo con la conclusión de Behe en términos de que actualmente no existe un mecanismo viable, no soy (y sospecho que tampoco lo es Behe) convencido de que desinflar el proceso darwiniano es suficiente para concluir que el diseño inteligente es la única alternativa posible. Eso nos dejaría con la falacia de basar el conocimiento que actualmente tenemos a nuestra disposición en un solo lado de la moneda. Quizás la respuesta está en la búsqueda de los marcadores positivos para el diseño. Es decir, no lo que falta en términos de mecanismos naturales, pero si lo que está presente en el diseño real. ¿Qué tipo de características encontramos si el diseño inteligente es real?

Los marcadores positivos para el diseño puede apreciarse observando las diferentes características de un sistema. Behe considera una característica particular muy convincente. Se postula que la complejidad irreductible de un sistema sugiere que el sistema no se puede reducir la complejidad y, por esto, no puede llegar a su estado de complejidad irreducible a través de numerosas modificaciones. En 1996, Behe escribió que “cualquier precursor de un sistema irreduciblemente complejo que le falta una parte es, por definición, no funcional.” En otras palabras, un sistema compuesto de varias partes que interactúan es irreductible, por definición, si la función de base cesa por la supresión de cualquier componente esencial. La implicación es que para llegar a su estado de complejidad irreducible, un sistema menos complejo debe evolucionar funcionalmente grado a grado y sin saltos en complejidad a lo largo de su historia. Este proceso llamado gradualismo, que es la fuerza motriz de los procesos Darwinianos, es un componente necesario para la complejidad en un contexto natural. Los saltos entre estructuras irreductiblemente complejas no pueden existir si el proceso darwiniano es verdad. Cada sistema debe ser co-optado por otro sistema funcional más complejo y cada sistema funcional debe tener un camino evolutivo que conduce a toda sucesión funcional. Darwin entendió el problema de los saltos y rechazó esa idea en lo que él consideró como una base empírica:

“Aunque en muchos casos es muy difícil hasta conjeturar por qué transiciones han llegado los organos a su estado actual, sin embargo, considerando cuan pequeña es la proporción entre los seres que viven y son conocidos y los extinguidos y desconocidos, me he admirado de cuán rara vez puede nombrarse un organo sin conocerse algún grado de transición que lleve hacia él. Ciertamente es verdad que rara vez o nunca aparecen en un ser órganos nuevos como creados para algún propósito especial; y bien lo muestra aquel antiguo cánon de la historia natural, aunque algo exagerado: “Natura non facit saltum”. Nos encontramos con que se admite este axioma en los escritos de casi todo naturalista de experiencia, o como Milne Edwards ha expresado muy bien, la naturaleza es pródiga en variedades, pero mezquina en innovaciones. ¿Por qué, según la teoría de la Creación, habría tanta variedad y tan poca novedad real? ¿Por qué todas las partes y órganos de tantos seres independientes, cada se supone que han sido creados separadamente para su propio lugar en la naturaleza, estarían tan comunmente enlazados por pasos graduales? ¿Por qué la naturaleza no habría de dar un brinco repentino de una estructura a otra? Según la teoría de selección natural, podemos comprender claramente por qué no lo hace, pues la selección natural sólo puede actuar aprovechando pequeñas variaciones sucesivas; jamás puede dar nunca un salto grande y repentino, y le es forzoso avanzar por pasos cortos y seguros, aunque lentos.

Charles Darwin, On the Origin of Species p. 178

La complejidad irreducible no sólo está presente en los seres vivos, sino también en otros mecanismos no biológicos siendo totalmente comprobable. Mediante el uso de técnicas de ingeniería inversa podemos determinar la irreductibilidad de un sistema. Reduciendo la complejidad de un sistema modular mediante la eliminación de partes (proteínas) de cada posible vía evolutiva que condujo a su estructura final, debemos llegar a un núcleo irreductible, mediante el cual el sistema dejará de funcionar. La implicación de encontrar sistemas irreduciblemente complejos, por supuesto, también fué prevista por Darwin:

“Si se pudiera demostrar que existió un órgano complejo que no pudo haber sido formado por numerosas, sucesivas modificaciones, leves, mi teoría se desmoronaría”.

Charles Darwin, On the Origin of Species p. 173

La complejidad irreducible es un tipo de complejidad específica funcional que se caracteriza por la independencia de las tendencias naturales. Las mutaciones al azar pueden producir complejidad en un sentido estocástico, pero no puede especificar la funcionalidad. Las leyes, por el contrario, puede producir especificidad, pero no se especifica la complejidad. De hecho, las leyes pueden fijar patrones específicos, generalmente simétricos en la naturaleza (como las estructuras fractales auto-similares), pero que son simples, no complejos.

Así, mientras que Behe afirma descendencia común con modificación, esta claro que él no afirma que tal descendencia produce nuevas formas biológicas. Para Behe, el diseño inteligente es una parte necesaria de las modificaciones sucesivas de la biología porque la evolución no es eficiente en la creación de ellas en la medida necesaria para la innovación biológica.

Aunque parto con Behe en aceptar la ascendencia común, no creo que se pueda conciliar un proceso darwiniano estricto con el diseño inteligente. Es decir, creo que el mecanismo darwiniano está diametralmente en desacuerdo con el diseño actual.

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