Confusión teológica en el Teísmo evolutivo

No es el propósito de este trabajo presentar los variados matices y énfasis que presentan la gama de teologías que enfrentan el ‘desafío’ de la TDI y se acercan al evolucionismo materialista, pero creo que es oportuno comentar otro aspecto complicado y significativo que surge con la asociación de Teísmo y Neodarwinismo. Me refiero al problema del azar, de lo fortuito del mecanismo no-guiado propuesto por el neodarwinismo para explicar la evolución. A una primera mirada, el azar parece claramente incompatible con el Teísmo que defiende un Dios Creador de todo lo existente, y por consecuencia, en esta perspectiva todo objeto natural es diseñado; todo está concatenado a fines, lo que es particularmente visible en los seres vivos. Por lo contrario, la tesis Neodarwiniana es muy clara en afirmar que los mecanismos que propone no consultan ninguna finalidad, los resultados son totalmente fortuitos y contingentes, al punto que si se volviera a repetir el proceso evolutivo, muy bien podría ocurrir que fuéramos completamente diferentes, o simplemente no existiéramos. De este modo, nada es diseñado con propósito específico, todo es una mera acumulación de materia aglutinada mecánicamente, de partes interactuando, sin una verdadera unidad orgánica ni meta, y sin destino alguno; el diseño que se pueda observar o intuir, es una mera apariencia de diseño: “teleonomía”, un ‘diseño sin diseñador’. No es necesario señalar que este mundo ensamblado mecánicamente en forma fortuita, con solo apariencia de diseño, funcionando con un automatismo mecánico sin sentido, no solo resulta anti intuitivo, sino que obviamente en él, desaparece la posibilidad de la importante V Prueba de la existencia de Dios de Sto. Tomás de Aquino. Pero a este serio problema de incompatibilidad de la teología que se genera cuando se amalgama con el Neodarwinismo, se le ha buscado un ajuste. Así Marie, George (2011;7:141) desde la Metafísica/teología AT –distingue niveles ontológicos–, y nos dice que las pruebas de Aquino se realizan desde “…nuestro entendimiento general de cómo es la naturaleza…” “Nuestro conocimiento de la existencia o no existencia de Dios no sirve para asentar conclusiones particulares acerca de los variados rasgos y conductas específicas de las cosas vivas; es el conocimiento adquirido por la observación científica el que juega este rol.” (La ciencia opera un nivel ontológico inferior) Y agrega esta autora: “…el punto básico es que las respuestas a preguntas filosóficas son a veces necesarias para responder preguntas biológicas.” Parece claro entonces, que es la filosofía de la naturaleza, y particularmente la de corte AT con niveles ontológicos, la que ayuda a superar la incompatibilidad que nos ocupa, abriendo el mundo de la ciencia a la existencia de las causas finales en un nivel ontológico superior, y de este modo a Dios; el nivel de la ciencia es el estudio de la naturaleza creada ex nihilo –contingente–, que requiere de la observación empírica y de la experimentación, y está sujeta al naturalismo metodológico; en este nivel básico, habría que decir, se aceptaría incluso el azar, como lo propone el Neodarwinismo, convirtiéndolo en una parcela de vacío teleológico, y de irracionalidad (las cosas ocurren porque ocurren), desencajado de los niveles superiores. Las explicaciones de George están muy bien a nivel filosófico, pero el problema es que se trata específicamente del Neodarwinismo, que genera –supuestamente–, una visión “científica” de la realidad totalmente mecanicista –en la que Dios no interviene–, lo que no es compatible con la visión tradicional de la metafísica/teológica AT del mundo. Por lo que no es necesario comentar que esta vía apuntada por George, no será una vía muy transitada por los científicos actuales, en su mayoría escépticos o ateos; y si lo fuera –si lo improbable se tornara probable–, no dejaría de generar obvias contraposiciones en el conocimiento –y en la racionalidad–, de los distintos niveles ontológicos. Esta autora enfatiza acertadamente la necesidad de los biólogos en abrirse a la filosofía para responder preguntas que no se pueden resolver desde la perspectiva científica. Y curiosamente, al mismo tiempo, su propuesta ilustra las dificultades que implica esta importante tarea. El acoplamiento de la TE no es la respuesta que se necesita.

El azar es un fenómeno real para el Neodarwinismo, no es resultado de la ignorancia humana ni del juego de probabilidades; por estas características, esta tesis entra en conflicto, no solo con el Teísmo Judeo-Cristiano, sino que con todas las religiones desprendidas de la tradición de Abraham, con un Dios Creador y en total control de su Creación. Sin embargo, se argumenta que si el azar es una realidad para el hombre, no lo es para Dios que está en control de todo lo del mundo, es la Inteligencia Omnisciente. Dios opera en un nivel trascendente al mundo creado, su voluntad se hace presente en todos los niveles de la realidad, sin transgredir las leyes con que Él ha dotado a la naturaleza. Con este argumento se genera una perturbadora escisión entre el nivel divino del logos creador –la racionalidad suprema–, y el mundo en donde se encuentra un azar ‘creador’, una irracionalidad difícil de compaginar con el Teísmo tradicional. A nivel del mundo entonces, el azar es una realidad, la evolución no-guiada puede ocurrir, pero a un nivel superior –el de la Divinidad–, en el que no existe el azar, ni lo fortuito, la evolución del mundo y de la vida es totalmente guiada por la voluntad de Dios. George adscribiendo a esta creación de lo fortuito, cita el sistema inmunológico para demostrar la utilidad y alcance de lo que ocurre por azar. El sistema inmunológico –de defensa– produce millones de células con especificidad inmunológica diferente, y este proceso es el producto de un barajar y recombinación de genes, realizadas al azar, fortuitamente; de esta manera, el organismo se defiende de muchos invasores que están constantemente evolucionando. Lo que no menciona la autora en este proceso, es que lo que baraja el azar es información biológica –genética–, con lo que se despliegan sus posibilidades, y esta información no es producto del azar. La información biológica radica en una complejidad estructural especificada para realizar funciones biológicas particulares, de manera que argumentar que lo que ocurre en el sistema inmunológico es puro azar no es correcto, y tampoco es efectivo que la evolución no-guiada, –al azar–, es una realidad comprobada. El mecanismo básico que propone la tesis neodarwiniana se sostiene fundamentalmente por las mutaciones que ocurren en los genes (por diversas causas físicas: metabólicas, infecciones, accidentalmente en la dinámica misma del material genético, etc.), y que supuestamente generarían variaciones genéticas con efectos fenotípicos con potencial de ser cernidos por la selección natural para el avance gradual de las especies. La concatenación de estos sucesos de mutación es física, está regida por las leyes naturales, no están guiados por una causa final; los posibles efectos beneficiosos que se postulan en esta teoría Neodarwiniana, no son ‘buscados’, su ocurrencia no es resultado de un proceso “guiado”. Los genes contienen información biológica, y las mutaciones producen un desarreglo o pérdida de esa información, con disminución o destrucción de su función; las mutaciones no generan nueva información, más bien alteran la que existe en los genes. Las mutaciones no generan efectos fenotípicos beneficios significativos, sino más bien efectos deletéreos, incluso muerte. La complejidad especificada que soporta la información biológica no es posible que se genere por la mera acción de las leyes físicas conocidas; pensar lo contrario es caer en la irracionalidad. El azar –lo fortuito–, no crea nada genuinamente nuevo y productivo.

La intervención de Dios en el mundo –el cómo, el cuándo, y de qué tipo–, es tema de considerable discusión y debate en los círculos filosófico-teológicos; incluso algunos partidarios del TE, consideran simplemente que la intervención de Dios en el mundo después de la Creación, es ‘desagradable’ u ‘ofensiva’. Pero es claro que no se puede aceptar la reducción de la participación de Dios en los destinos del mundo, a solo haber sido la ‘causa primera’ de todo lo existente, y de haber dotado a los objetos naturales creados, de propiedades y ‘causas segundas’ para su desenvolvimiento en forma autónoma; esta posición se acercaría a la concepción Deísta: Dios crea el mundo, y lo deja para que se desenvuelva por sí solo. En nuestra fe religiosa –y en las otras religiones monoteístas–, abundan los milagros de variado género, las respuestas de Dios a oraciones, y reconocemos con particular conciencia la Providencia de Dios, además de la generación de vida en la tierra y el alma de los seres humanos; estas intervenciones de Dios en el mundo no pueden ignorarse; de modo que Dios también interviene en el mundo más allá de las causas segundas autónomas. Causa primera y causas segundas, milagros, Providencia, y otras intervenciones de Dios en el mundo, son consideraciones de carácter metafísico/teológico, y son perfectamente razonables. Si nos atenemos a estos conceptos es admisible que puidiera haber una ‘evolución’ efectuada por las causas segundas que son parte de la estructura ontológica de los objetos creados, y conectados constantemente con la causa formal y la causa final; tienen finalidad y dirección. Se trataría de una evolución de tipo metafísico/teológico, una “Creación evolutiva”. Pero esto no deja de generar dificultades a la teología, puesto que esta evolución crea en su curso complejidades novedosas, niveles ontológicos, más “ser”, y el mundo no podría crear “ser”, desde sí mismo, ni aún con las causas secundarias, esto es patrimonio de la causa primera. Sin embargo, esta dificultad se elimina postulando que Dios es el fundamento creador de la materia misma y puede potenciar sus propiedades –los efectos de las causas–, y así opera como una “causa trascendente”, dirigiendo la ‘evolución creativa’ de una concepción teológica con causas secundarias; esta explicación, se hace extensiva también a la evolución mecanicista de la ciencia, de modo que esta evolución científica mecanicista, se llevaría a cabo por las leyes naturales y por la causa trascendente (Dios potenciando el rango de los efectos de las leyes naturales). Nuevamente se debe recalcar que existe una gran variedad y mezcla de concepciones metafísico-teológicas en los autores del mundo protestante y católico, con respecto a este tema de las intervenciones de Dios en el mundo. Una revisión detallada de estas variaciones escapa al propósito de este trabajo.

La situación de la ciencia tradicional mecanicista funciona como un sistema cerrado a influencias externas, aceptando solo explicaciones físicas, con leyes naturales que no son equivalentes a las causas segundas (aunque capitalicen en ellas); estas leyes naturales son repetitivas, simples y miopes, sin finalidad más allá de sus efectos específicos inmediatos; una evolución en base a estas leyes no tiene destino, son incapaces de generar las estructuras complejas especificadas, sustento de la información biológica indispensable para la vida y su despliegue. Simplemente, la ciencia tradicional es ajena a todas las intervenciones divinas externas, y en lo que se refiere al Neodarwinismo, este se postula como suficiente e independiente de ayuda divina para lograr sus resultados en base a variaciones genéticas de resultados fortuitos, y selección natural; y si se le acoplan las consideraciones metafísico/teológicas de intervención divina, como intenta el Teísmo evolutivo, sea por una hendija cuántica o por otra ruptura de la determinación del sistema físico, o como resultado de una disposición inicial del mundo por parte del Creador o, simplemente como un trasfondo de fe en el poder trascendente de Dios sobre su Creación, o como una –causalidad trascendente–, necesarios para la comprensión adecuada y completa de la realidad de un creyente, constituye –en el mejor de los casos– una hipótesis que no se pruebe probar ni práctica ni teóricamente, no propia de la ciencia; se trataría de una explicación agregada e innecesaria para la ciencia propiamente tal –una mera creencia subjetiva–, y para el escepticismo y el ateísmo resulta una intrusión intolerable. También se ha propuesto que detrás de la irracionalidad de la evolución mecanicista del mundo se encuentra el logos creador con la primacía del amor, que se hace claro y evidente en los resultados de la evolución cósmica misma, con el logro de la racionalidad humana, abierta y sustentada por la racionalidad divina. Sin lugar a dudas esta es una interesante perspectiva para los creyentes, pero deja una isla de irracionalidad materialista en el seno de la ciencia tradicional que tiene mucho peso, ni tampoco deja claro el problema del Mal en el mundo que vimos anteriormente; esta teología que intenta adaptarse al evolucionismo moderno enfrenta espinudas dificultades, entre otros, una escisión del conocimiento y del entendimiento del mundo.

En el próximo y último Post termino esta serie de artículos con algunos comentarios que me parecen oportunos frente a la obstinada resistencia de la metafísica-teología a la TDI, y frente a la solución buscada por muchos filósofos y teólogos para enfrentar los problemas que les plantea la ciencia contemporánea: el arrimarse a la tesis Neo-darwiniana. Este acercamiento de teología y Neo-darwinismo se observa desde simple miradas de simpatías y acogimiento, hasta francos abrazos de aceptación.

Bibliografía:

George, Marie I (2011). The Biologist’s Need for Philosophy as Seen through a Comparison of Aristotle’s Views on Living Things with Those of Modern Biologists” En: Science and Faith with Reason; Creation, Life and Design. Chapter: 7. Jaume Navarro. MPG Books Group. UK. 2011.

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