What Darwin got wrong. En qué Darwin se equivocó.

Por Felipe Aizpún

Jerry Fodor publicaba a finales de 2007, con gran revuelo, un artículo titulado “Why pigs don´t have wings” (¿Por qué los cerdos no tienen alas?), en el que expresaba su rechazo al neo-darwinismo como explicación plausible de un hipotético escenario evolutivo. Ahora, en este libro, Fodor (filósofo) y Piattelli-Palmarini (biólogo) aúnan esfuerzos para desarrollar una crítica metódica, rigurosa y multidisciplinar del paradigma reinante desde postulados confesadamente materialistas. Un ejemplo más del abandono progresivo del discurso tradicional por parte de los evolucionistas ideológicos.

Desde un punto de vista científico, se nos dice, el discurso tradicional basado en la centralidad del gene, el gradualismo en el cambio, y la mutación fortuita de los nucleótidos componentes de las secuencias moleculares del ADN, resulta incapaz de explicar la complejidad cada día más evidente de los mecanismos de la vida y la emergencia de las nuevas formas. El estudio del proceso de desarrollo embrionario se convierte en la clave central del enigma de la vida. La novedad biológica no consiste en la aparición de nuevos genes sino  en la reorganización funcional de los genomas, y la intervención de virus y bacterias a través de episodios de transferencia genética horizontal parece decisiva en un hipotético escenario de evolución saltacional.

Pero la aportación más interesante de Fodor en este libro es de naturaleza filosófica. Fodor nos explica que el discurso adaptacionista es perfectamente irrelevante, que la perfección de los organismos vivos no puede ser el resultado de un proceso de “selection-for” (es decir, teleológico, orientado) a partir de mutaciones fortuitas, y que la extrapolación de un proceso intencional como la cría de ganado o la floricultura a un evento no guiado en la Naturaleza incluye un error filosófico de base. El discurso adaptacionista implica una falacia insalvable y queda reducido a una mera tautología: los más aptos son, en última instancia, simplemente los que sobreviven al proceso de selección. El hecho de que no existan cerdos con alas no se debe, sostiene Fodor, a que tales engendros han sucumbido en la batalla competitiva de la evolución ante la mejor adaptación de los cerdos sin alas. Por el contrario, la explicación de la no existencia de tales animales estribaría en la existencia de limitaciones y constricciones al hecho evolutivo que surgen de manera endógena del propio organismo protagonista del hecho evolutivo. No hay cerdos con alas sencillamente porque no puede haberlos, no está en su naturaleza tener alas.

Por eso el problema crucial con el que nos enfrentamos no es tanto el mecanismo biológico concreto de un hipotético proceso evolutivo sino la justificación en términos de causalidad de la aparición en el tiempo de las novedades biológicas, es decir, de “formas” nuevas. En esta misma línea de reflexión, lo que Stuart Newman considera el punto crítico de la inconsistencia del neo-darwinismo es la falta de una “teoría de la forma”. En realidad este es el escollo insalvable para cualquier propuesta evolucionista naturalista.

El problema de la forma se agudiza si tenemos en cuenta el ordenamiento perfecto y funcionalmente óptimo de los organismos vivos y su aparentemente exquisita adaptación al medio en el que se desenvuelven. Esta acomodación ideal en términos estructurales, funcionales y organizativos (que Fodor no duda en reconocer), es lo que algunos denominan “Diseño”. El propio Fodor no puede evitar utilizar el término en diversas ocasiones, por ejemplo cuando dice: “The cortex is better designed than the best industrial microchip” (El cortex está mejor diseñado que el mejor microchip industrial), o cuando habla del perfecto diseño biológico de las hojas, y de las soluciones óptimas en términos de eficacia funcional de muchos organismos presentes en la Naturaleza como por ejemplo la óptima conectividad de nuestro sistema cerebral.

Pero el problema que queremos resolver y que Fodor no afronta con suficiente integridad es muy otro; no consiste en explicar porqué no hay cerdos con alas, sino porqué sí hay cerdos sin alas, porqué hay cerdos “at all”. Remedando a Leibnitz, porqué hay cerdos en vez de nada. El problema al que nos enfrentamos es, como siempre, el problema de la emergencia de la forma, y por ende, el problema de la inferencia de diseño. Si el darwinismo nos ha sido ofrecido desde su origen como la alternativa científica que hacía superflua la inferencia de diseño que emana de forma aplastante de la maravillosa complejidad de la vida, entonces es razonable pensar que la constatación de la inconsistencia del darwinismo nos abocaría de nuevo a la reivindicación de una causación inteligente en el origen de los seres vivos.

En realidad el propio Fodor parece considerarlo una propuesta razonable cuando concede que “divine solicitud might explain it” (Una divina solución podría explicarlo), para a renglón seguido sentenciar “but we are committed to naturalistic biology, so God is out” (Pero estamos comprometidos con el naturalismo biológico, de modo que Dios queda descartado). De hecho todo el libro es una pura exaltación de prejuicios materialistas. Fodor confiesa su ateísmo, reivindica el naturalismo ontológico más riguroso, niega la posibilidad de la existencia de Dios o de cualquier agente sobrenatural diseñador como forma de causalidad inteligente; fía toda explicación al ámbito de las causas naturales tradicionales, el azar y la necesidad. Pero si el azar darwinista ya no nos vale, entonces sólo queda la necesidad, y a esta necesidad que surge, no de la observación científica, sino de una exclusión abstracta metafísica Fodor la denomina gratuitamente “the law of form” (La ley de la forma). Según él, la aparición de las novedades biológicas viene determinada por poderosas limitaciones y constricciones endógenas de naturaleza físico-química, geométrica y topológica.

Pero este discurso vacuo y etéreo, pura especulación sin fundamento, resulta poco convincente. No se puede hablar de leyes porque en la “historia” de la evolución no hay regularidad ni predicción sino eventos únicos e irrepetibles; debería haber una ley por cada forma que actuaría solo una vez en la Historia lo cual contradice la esencia misma de la idea de ley. Además la “law of form” entendida como determinación hacia la aparición de una forma perfecta exige, conceptualmente, la existencia de la forma previa al impulso que la determina, es decir, el modelo ideal imaginado o diseñado con anterioridad a la aparición de la ley que lo prescribe. Por eso, la propuesta de autoorganización determinista que preconiza Fodor peca de la misma falacia intencional que él denuncia en el darwinismo.

Fuera del darwinismo, el naturalismo materialista está abocado a un callejón sin salida. Fodor reconoce que hoy por hoy no existe explicación naturalista para la hipótesis evolutiva “If darwinism is wrong then we don´t know what the mechanism of evolution is” (Si el darwinismo está mal, entonces no sabemos cuál es el mecanismo de la evolución), pero aboga porque en el futuro se encontrará. Exactamente el mismo acto de fe que nos brindara Schrödinger en su famoso libro “What is life?” hace ya más de 60 años.

Fodor nos habla de limitaciones y constricciones endógenas para justificar la aparición espontánea de admirables novedades morfológicas, lo cuál es filosóficamente inasumible. La novedad biológica no puede emerger consecuencia de una restricción sino de un impulso eficaz y positivo cualquiera que sea el marco de constricciones que delimiten su eficacia. El materialismo desemboca en contradicciones e inconsistencias insalvables que, en un filósofo de la talla de Fodor, solamente se explican por la arbitraria aceptación de prejuicios metafísicos previos. El darwinismo por lo menos se apoyaba en un relato pretendidamente científico, y no en la ignorancia confesada por Fodor en torno a los mecanismos de la vida. Eso hacía que gente como Dawkins se pudiera sentir intelectualmente realizado en su ateísmo. Pero si el darwinismo resulta ser un fiasco, entonces, el ateísmo militante se sustenta únicamente en la elección arbitraria por cada cuál de sus propios prejuicios y restricciones al conocimiento racional. Mientras tanto, la ciencia descubre, día a día, motivos más que sólidos para sospechar el origen de la vida fruto de una causalidad inteligente.

Comentario de “What Darwin got wrong” by Jerry Fodor and Massimo Piattelli-Palmarini, Farrar Straus and Giroux, New York 2010

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