Una memoria sumamente eficaz

Cristian Aguirre

El año pasado IBM anunció, mediante su representante Bruce Hillsberg, la construcción del dispositivo de almacenamiento más grande del mundo con la capacidad de albergar 120 petabytes, es decir, la capacidad equivalente a 120,000 de los actuales discos duros de 1 terabyte. En este contenedor gigante de datos se espera almacenar aproximadamente un trillón de archivos y datos, lo que permitirá guardar la información necesaria para simulaciones altamente complejas.

Esta unidad permite almacenar 24 mil millones de archivos MP3 de cinco megabytes cada uno o 60 copias de seguridad web (150 millones de páginas). Para permitir el funcionamiento continuo de este sistema de almacenamiento, los ingenieros de IBM han perfeccionado una serie de técnicas que incluyen unidades de refrigeración con circulación de agua a fin de permitir realizar su trabajo a casi su velocidad total.

Este asombroso avance de la tecnología actual, que sin duda será superado pronto, empalidece, sin embargo, con otra tecnología de almacenamiento mucho más eficaz y, sin embargo, también mucho más antigua.

A diferencia del dispositivo de IBM que requiere una enorme sala de gabinetes de discos duros y de un adecuado sistema de refrigeración con sistemas de respaldo y redundancia para la energía y el almacenamiento, esta tecnología permite almacenar los 120 petabytes en un dispositivo tan denso que solo pesaría 172 gramos, y con uno de 8 kilos se podría almacenar todas las páginas web de Internet hoy existentes en el mundo. Y esto sin requerir de alimentación eléctrica ni de temperaturas cercanas al cero absoluto tal como lo requieren los sistemas de holografía cuántica. Por último, a diferencia de los dispositivos magnéticos u ópticos que no duran más de un siglo, este dispositivo puede almacenar la información durante cientos de miles de años.

¿Quien es el inventor de este maravilloso, estable y eficiente sistema de almacenamiento de información?

La verdad actualmente existe todo un lío sobre la patente de este invento, el cual, por cierto, no fue inventado recientemente, sino que ya está en producción desde hace millones de años. Nos referimos, claro está, a la cadena de ADN presente en los sistemas vivientes.

Los avispados investigadores que han probado el uso de este ancestral invento como solución para nuestras necesidades de almacenamiento de información han sido los científicos de la Universidad de Harvard George Church y Sri Kosuri. Lo que ellos han logrado es poder almacenar en un solo gramo de ADN 5.5 petabits o lo que es lo mismo 700 terabytes de datos.

Ellos han usado las 4 letras del ADN dándoles los siguientes valores binarios: T y G = 1, A y C = 0. (Mejor hubiese sido: T=00, G=01, A=10 y C=11 así se duplica la capacidad de almacenamiento) y dicha información se agrupó en la síntesis de hebras de ADN de 96 bits.

Aunque ya en el pasado se considero el uso del ADN como plataforma de información, no existía aún el suficiente avance tecnológico para abordar su uso práctico. Pensemos que para los investigadores del Proyecto Genoma Humano secuenciar los 3,000 millones de pares de bases del genoma humano les supuso varios años de trabajo. Hoy en día, en cambio, dicha secuenciación se puede hacer, con los modernos chips de microfluidos, en horas no en años. Esto, sin duda, abre la factibilidad de su uso como futuro almacén de datos dadas sus enormes ventajas en cuanto a su densidad, estabilidad y durabilidad garantizada durante centenares de miles de años.

La patente del ADN, como fabuloso sistema de almacenamiento de información, no está registrado en ninguna oficina de patentes ni en ningún registro de propiedad intelectual dado que, cuando se hizo el invento, su inventor no pudo hacer el preceptivo registro, no por negligencia o descuido, sino porque entonces no existía ninguna oficina de patentes que pudiera acoger tal registro.

Esto nos lleva entonces a tratar de indagar quién es el inventor de este fabuloso medio de almacenamiento. Y es aquí donde las posturas están enfrentadas.

Existe una visión filosófica y científica llamada “naturalismo” la cual considera que la naturaleza, no solo contiene todo lo existente, sino que también puede ser así mismo responsable de producir muchos de sus fenómenos y que los casos de alta complejidad funcional pueden ser producto de una evolución de la materia. En cierto modo, aunque no se quiera admitirlo de esta manera, el naturalismo dota a la naturaleza del poder de un Dios creador. Aún siendo ciega e inconsciente, la naturaleza sería entonces capaz de permitir en su seno procesos de autoorganización de la materia que permitan que desde la misma, por influjo y dirección de las leyes fisicoquímicas, pueda surgir un ser con la complejidad de la vida, y una vez ésta exista, pueda escalar en complejidad y funcionalidad por influjo de una evolución Darwiniana mediante mutaciones azarosas, selección natural y tiempo, mucho tiempo, para que lo que puede suceder finalmente suceda.

Este Dios naturaleza se contrapone al Dios filosófico (el que la tradición religiosa judeocristiana identifica como el Dios de la revelación) el cual crea el universo y la vida. En esta visión llamada “intervencionismo” la vida y en consecuencia su sistema de almacenamiento, el ADN, no son fruto de una autoorganización de la materia, sino que constituye más bien una conceptualización inteligente en toda regla de lo que debe formar una memoria de datos para la maquinaria bioquímica de los seres vivientes. Estamos aquí hablando de diseño y de diseño inteligente en cuanto a que no se trata de un “diseño aparente”, sino de “diseño efectivo”.

Los naturalistas se podrían separar en 3 grupos: Los naturalistas ateístas que rechazan de modo absoluto la existencia e intervención de un Dios creador, los naturalistas deístas que reconocen que el universo fue creado por un Dios, pero que este ya lo creó con la potencia necesaria para desarrollar la vida, pero que solo intervino en la creación de este universo y no en su desarrollo futuro. Por último están los naturalistas teístas (evolución teísta) los cuales asumen la premisa de los deístas, pero reconociendo que este Dios creador no se ha desentendido de su creación. Eso sí, es un Señor escrupulosamente respetuoso del naturalismo metodológico que dispone que ninguna interpretación científica de la evidencia debe adjudicarse a una intervención suya ya que todo debe ser explicado de modo natural. Esta ley sagrada e inapelable, que probablemente fue encontrada en algún yacimiento de la península del Sinaí sacramente escrita en piedra, debe ser refrendada y obedecida en todos los santos claustros de la investigación científica.

De este modo el naturalismo, muy al margen de si reconoce o no la existencia de un Dios, excluye de modo tácito toda intervención en aras de la asunción de que las leyes naturales tienen el poder para dar cuenta de la emergencia de la vida y la complejidad funcional biológica.

Este es el punto de disensión fundamental entre el intervencionismo admitido por el DI y el no intervencionismo del naturalismo. Esta es la razón por la cual este blog se titula “Darwin o DI”. Esto no significa que el DI niegue todo lo propuesto por Charles Darwin, pero si se opone a la extrapolación que el mismo efectuó al considerar su mecanismo, la selección natural, como eficiente para explicar la emergencia de los planes taxonómicos superiores y que consolidó, con ello, la pretensión naturalista de que dicho mecanismo, no solo explica la diversificación adaptativa de la vida lo cual es verdad, sino que es capaz de explicar toda la vida desde su origen.

Este naturalismo biológico basado en la propuesta Darwiniana ha sido grandemente instrumentalizado por el ateísmo para fraguar y promover su visión de un universo y un hecho biológico que no precisa de un Dios creador y por lo tanto puede ser cómodamente excluida la creencia de su existencia. Por contrapartida el DI también ha sido instrumentalizado por el creacionismo para reconocer que, dado que existen huellas ineludibles de un Dios creador, debe reivindicarse su existencia. Este hecho es la “preocupación apologética” que con denuedo suelen acusar los evoteístas que es el móvil oculto de los defensores del DI.

El lector sin duda alguna podrá estar de acuerdo en que, al margen de las presuposiciones o posturas metafísicas particulares, un hecho científico es un hecho científico y no admite discusión. Podrá el mismo no reivindicar una visión metafísica particular y en este sentido puede ser rechazada u ocultada, pero no puede negarse su implicancia por orden del prejuicio. Una actitud intelectualmente honesta debe saber admitir a que conclusión nos lleva la evidencia.

Se puede debatir un tema en base a eslóganes y demostraciones semánticas donde la mera declaración se constituye en argumento eficaz. De hecho la mayor parte de los seres humanos responden mejor a la mera afirmación que al argumento detallado. Analizar este último requiere un esfuerzo que pocos quieren abordar y así, en lugar de pensar por sí mismos, prefieren que otros piensen por ellos.

Muchos naturalistas, mayormente los ateos, han criticado que un gran número de creyentes poseen una actitud intelectualmente deficiente al abordar la realidad. Esta los ha llevado a asumir dogmas de modo acrítico y encapsular su mente en una visión del mundo estrecha y limitada a sus premisas religiosas. Con una actitud intelectual de este tipo es muy difícil hacer ciencia y menos aún buena ciencia.

Esto es verdad sin duda alguna. No obstante, estos críticos deberían seguir aquel adagio que dice: “Cuando mires la barba de tu vecino, pon la tuya en remojo” ya que sus acólitos no dudan en caer en los mismos errores mientras se ufanan con denuedo de ser “libre pensadores”.

La realidad es que la evidencia científica apunta de modo irregular tanto a interpretaciones intervencionistas como a evolutivas. Decir que la evolución es un hecho es un bonito eslogan, pero no es una honesta evaluación de la realidad. Si lo sería decir que hay algunas evidencias y hechos científicos probados de una evolución en la historia de la vida en la tierra como también lo hay de una intervención. Como ejemplo de una evaluación honesta de la evidencia voy a citar la opinión de los paleontólogos Nieves López y Jaime Truyol al respecto:

“La paleontología descifra una clave para el estudio de los seres vivos que ninguna otra ciencia puede hacer: cómo eran y cómo se sucedieron los organismos en el tiempo. Cualquier Teoría de las ciencias naturales tiene que tener en cuenta y ser confrontada con los datos paleontológicos. La interpretación de estos no es directa ni inmediata, sino una de las más difíciles y controvertidas de la ciencia.

Algunos autores afirman que la Teoría de la Evolución de los organismos está probada por los datos paleontológicos. Esto no es exacto, porque en ciencia no existen criterios positivos de prueba; siempre es posible hallar nuevas interpretaciones que expliquen los hechos en el marco de una nueva teoría. Los datos no prueban una teoría, sino que pueden corroborarla, por ser compatibles o congruentes con ella. Para otros autores, los datos paleontológicos se oponen a algunos aspectos de la actual Teoría Evolutiva vigente, la denominada Teoría Sintética.

Autores como Cuvier, Owen y Buckland defendieron con datos paleontológicos el catrastofismo, frente al uniformitarismo que se propuso en Geodinámica y en Teoría Evolutiva Darwinista. Rudwick (1972) muestra la corrección de muchas objeciones que los paleontólogos plantearon a los darwinistas, y lo injusto de la visión que han divulgado los defensores de Darwin contra los catastrofistas. La evidencia del registro fósil puede refutar aspectos de la Teoría Evolutiva y puede corroborar otros; pero ninguna de las propuestas evolucionistas es totalmente compatible con los datos del registro fósil, y algunos paleontólogos se han replanteado algunos conceptos de la Teoría Evolutiva actual (Stanley, 1979; Eldredge, 1989)”.

Esta cita extraída de un libro titulado “Paleontología” no procede de creacionistas ni de proponentes del DI. Procede de paleontólogos que sencillamente dictaminan una visión honesta de los hechos.

El gran problema entre el naturalismo extremo y el creacionismo extremo es que ambos pretenden obcecarse en que el universo y la vida los procesos naturales con respecto a la intervención son mutuamente excluyentes. Es decir, o todo es producto de procesos naturales, no importa lo absurdo y lo implausible que esto pueda ser, o todo es parte de una creación especial donde no hay lugar a que procesos naturales tengan participación. Entonces el dilema sería: o nada es creado o todo lo es.

Si para unos admitir el asomo de una intervención creadora es inaceptable porque eso sería admitir a un indeseable Dios o violar el sacrosanto naturalismo metodológico, para otros admitir que procesos naturales puedan tener participación en la diversidad de la vida sería quitarle trabajo a Dios. Ambas posturas son altamente insatisfactorias y llevan a auténticos callejones sin salida.

En el anterior post titulado “La carta y la polilla” se expuso la problemática de los esfuerzos por resolver el enigma del origen de la vida y en particular del código genético. En la cita de Javier Sampredro se reflejó cómo, la ausencia de precursores prebióticos en nuestro planeta, son una señal que indicaría que la vida no surgió en la Tierra desde la materia aunque se presupone que pudo venir de un hipotético escenario más favorable; “el planeta Mongo”. En este sentido los esfuerzos ejercidos por la investigación científica sobre la abiogénesis servirían para proponer cómo podría haber surgido la vida en dicho hipotético escenario, pero el problema no se resuelve con un cambio de escenario y no se resolverá nunca si de hecho la vida no surgió desde la materia porque sencillamente no puede hacerlo.

Sin embargo, los moldes de pensamiento pueden ser tan poderosos que no pueden ser rotos ni con una abundancia de argumentos. De este modo seguirán los naturalistas insistiendo en conseguir una posible vía hacia la abiogénesis con la esperanza de que algún día lo conseguirán y entonces refregarán esto en la cara de los creacionistas para decirles: “¡Lo conseguimos!”.

Predigo sin ningún temor a equivocarme que ese día no va a llegar nunca y no porque quiera darle trabajo a Dios, sino porque la materia con sus las leyes fisicoquímicas no tienen la potencia para organizar un computador en toda regla que está por encima de los mejores logros de la tecnología humana actual, un computador que no solo es capaz de conseguir sus recursos energéticos del medio, sino que también puede metabolizar y reproducirse en otras entidades de computo con una memoria de largo plazo (el ADN) altamente densa, estable y durable, con un complejo sistema de traducción con código semiótico autorreferenciado con la participación de un traductor (el ribosoma) que ya se ha demostrado constituye un “Turing completo” , es decir, un computador capaz de constituir una “máquina universal de Turing” (Boneh 1996), en un concierto intracelular en el que trabajan centenares de máquinas multiprotéicas (concretamente 232 para la levadura Saccharomyces) con desde 2 hasta 82 proteínas implicadas y que están interrelacionadas entre sí en un complejo procesador bioquímico (Nature 2002). Esto no es ni de lejos parecido en funciones y complejidad a los recurridos ejemplos de autoorganización química en sistemas alejados del equilibrio termodinámico tales como los relojes químicos o la famosa reacción mágica Belouzov-Zhabotinsky.

Rechazar la contundente inferencia de diseño de la vida porque sus implicancias metafísicas resulten incomodas o porque ello lo prohíbe el sacrosanto naturalismo metodológico constituye sin duda una fragrante obnubilación intelectual sobre la racional evaluación de la evidencia, y peor aún cuando dicha obnubilación se vende como sinónimo de ciencia. Como muestra de esto último tenemos las famosas palabras del biólogo norteamericano Richard Lewontin:

“Nos ponemos del lado de la ciencia a pesar de lo patentemente absurdo de algunos de sus conceptos, a pesar de su fracaso en cumplir muchas de sus extravagantes promesas de vida y salud, a pesar de la tolerancia de la comunidad científica a historias ad-hoc sin fundamento, porque tenemos un compromiso anterior, un compromiso con el materialismo. No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos obliguen a aceptar una explicación materialista del mundo fenomenológico, sino, por el contrario, que nosotros estamos forzados por nuestra adherencia a priori a las causas materiales para crear un aparato de investigación y una serie de conceptos que producen explicaciones materialistas sin importar qué tanto vayan en contra de la intuición, sin importar qué tan místicas sean para el que no ha sido iniciado. Más allá de eso, el materialismo es un absoluto, pues no podemos dejar que un Pie Divino cruce la puerta”.

Honestamente adscribirse a esto es lo mismo que adscribirse a un dogma religioso en donde se rechaza al Dios persona para substituirlo por el Dios naturaleza. Pero el problema no es este, ya que cada quien es libre de creer en el Dios que quiera, el problema realmente estriba en que se nos pide contraer un compromiso para evaluar la evidencia que no pretende encontrar la verdad, sino reivindicar forzosamente el naturalismo materialista. Y realmente debemos reconocer que, aunque se pregone lo contrario con denuedo, con semejante anteojera tampoco se puede hacer buena ciencia.

Referencias:

1. Tecnoarck. 120 petabyte, la unidad de almacenamiento más grande del mundo.
2. Alan Leo, Writing the Book in DNA.
3. Sebastian Anthony. Harvard cracks DNA storage, crams 700 terabytes of data into a single gram.
4. Casey Luskin. DNA Stores Data More Efficiently than Anything We’ve Created.
5. Nieves López y Jaime Truyol. Paleontología. Editorial Síntesis.
6. Javier Sampedro. Deconstruyendo a Darwin. Editorial Critica.
7. David J D’Onofrio, David L Abel y Donald E Johnson. Dichotomy in the definition of prescriptive information suggests both prescribed data and prescribed algorithms: biosemiotics applications in genomic systems
8. Boneh DDC, Lipton JR, Sgall J: On The Computational Power of DNA.
9. Richard Lewontin. Wikipedia

2 Respuestas para Una memoria sumamente eficaz

  1. Gracias Arturo por el enlace. Precisamente concurre con el material que estoy preparando para el próximo post.
    Saludos

Deje una respuesta

Leer entrada anterior
La carta y la polilla

Cristian Aguirre En un oscuro desván yace olvidado desde hace muchos años una carta. Desde que fue dejada por primera...

Cerrar