Un artículo revisado por pares defiende el Diseño Inteligente. II

Por Felipe Aizpún


Nos referíamos en un comentario anterior al recientemente publicado artículo del profesor Andrew McIntosh de la Universidad de Leeds “Information and Entropy—Top-Down or Bottom-Up Development in Living Systems?” En él el autor respalda tanto la idea de la complejidad irreducible de los sistemas biológicos como, de forma expresa, la inferencia de diseño inteligente que de tal característica parece derivarse. El profesor McIntosh es profesor de termodinámica y teoría de la combustión por lo que su familiaridad con el funcionamiento de artefactos y maquinaria es total; su argumento se desarrolla según un doble esquema:

  1. Primero define el término “máquina” como un artefacto que, localmente, aumenta la energía libre, y observa que la célula está llena de este tipo de máquinas. Esta maquinaria celular supone un desafío al paradigma neo-darwinista de la evolución dada su naturaleza irreduciblemente compleja.
  2. Después argumenta que la información en los sistemas de los vivientes (similar al software informático) utiliza tales máquinas moleculares y de hecho las precisa para operar (¿para qué sirve un programa sin un computador que lo haga efectivo?). Un ejemplo es la sede del genoma en la molécula ADN. Desde una perspectiva termodinámica, la única forma de dar sentido a esta situación es comprender que la información (el genoma en cuanto información) es una realidad meramente formal y supone una constricción de la termodinámica del sistema de manera que la materia y la energía locales se encuentran en estado de no equilibrio.

McIntosh discrepa de la visión reduccionista dominante en torno a la información biológica que contempla el código genético y el lenguaje del ADN esencialmente como un fenómeno propio de la física y la química inherentes a los propios nucleótidos que lo conforman. Defiende que esta clásica perspectiva es equivocada ya que las estructuras biológicas contienen instrucciones codificadas que no están determinadas por la materia y la energía de las moléculas que soportan esa información. Así, sostiene el autor, considerar que la información biológica es simplemente un subproducto de la acción de la selección natural sobre las mutaciones aleatorias no solamente es contrario a la razón sino científicamente insostenible. Aduce en este sentido la ineludible condición de complejidad irreducible predicable de la maquinaria celular encargada de la creación de las conexiones entre ADN/ ARN/ ribosomas/ aminoácidos/ proteínas/ ADN polimerasas.

Para McIntosh lo importante es explicar cómo los sistemas vivos pueden alcanzar un alto grado de orden, es decir, un tan bajo nivel de entropía, una característica que en ningún caso debe confundirse con el orden estático de un cristal. Para el autor, la “causa” del descenso de la entropía en un sistema biológico es la información que lo determina a través del aumento de energía libre en los enlaces químicos. Y concluye por tanto que la información debe aparecer en el sistema, no como la emergencia inexplicada a partir de la materia que la soporta, sino como un input externo que la conforma; un input que obedece a un proceso intencional, a una agencia inteligente. Sin la adición de inteligencia exterior la materia y la energía no pueden producir un sistema auto-organizado y la maquinaria que lo compone. Esta aproximación se acomoda mucho mejor a los principios que rigen la termodinámica de los sistemas: el bajo nivel de entropía de los sistemas biológicos es la consecuencia del trabajo de la maquinaria molecular y ésta no puede emerger sin el concurso de una inteligencia externa al propio sistema.

McIntosh ha buscado refutar la pretensión de que la información novedosa puede emerger simplemente a costa del aumento de la entropía de un sistema. Por el contrario, dice, siempre que se quiere hacer uso de un influjo de energía es preciso contar de antemano con algún tipo de maquinaria, y para ello, la inteligencia constituye un requisito previo. Por ello, concluye el profesor de la Universidad de Leeds, “la consecuencia de este artículo es el apoyo a la, así llamada, tesis del diseño inteligente; que un diseñador inteligente es requerido para aportar la información en el sistema biológico”.

Para aquellos que quieran profundizar en el artículo en cuestión:

http://journals.witpress.com/pages/paperinfo.asp?PaperID=420&jID=19&vn=4&in=4

Esta línea de aproximación a la realidad, preciso es mencionarlo, resulta enormemente concordante con los trabajos del profesor David L. Abel en torno a la inconsistencia de justificar los sistemas organizados y la información prescriptiva que los determina a partir de la causalidad estrictamente natural: el azar y la determinación físico dinámica. El matiz es que Abel discurre en términos de análisis cibernético y McIntosh lo hace en términos e análisis termodinámico. Ambos enfoques son coincidentes en sus conclusiones, perfectamente complementarios y mutuamente enriquecedores.

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