The Logic of Chance: de Multiversos y Milagros (o el problema del Origen de la Vida)

Felipe Aizpún

Nos citábamos en el artículo anterior para un comentario más detenido sobre las opiniones y propuestas de Koonin en torno al problema del origen de la vida. Lo primero que hay que mencionar es el reconocimiento de la honestidad con la que Koonin se apresta a dar a este problema el lugar que merece en un modelo explicativo de la realidad. De hecho, cuando en las primeras páginas resume las inconsistencias del darwinismo, no duda en calificar (p. 18 y 19) a la síntesis moderna o neo-darwinismo como un modelo dogmático e incompleto. Esta incompletitud la achaca, entre otras razones, al hecho de que ni siquiera se acerca a intentar dar cuenta del problema crucial del origen de la vida.

Koonin parece decidido a enfrentarse a este problema sin reticencias y si bien su modelo adolece de una falta de completitud mayor que la que él achaca al paradigma agonizante por motivos bien claros que hemos expuestos en el artículo anterior, está claro que no quiere pecar de falta de arrojo y obviar en su modelo el misterio siempre escurridizo del origen de las primeras formas vivas en nuestro planeta. Y con independencia de sus disertaciones sobre los distintos escenarios que se barajan en el discurso científico y su especial predilección por resaltar el papel relevante de los virus en el origen del misterio de la vida, la conclusión que parece extraer de tan refinadas y exhaustivas indagaciones en los enigmas de la biología molecular le llevan en definitiva a expresar sus conclusiones con sin igual crudeza con estas palabras (p. 391):

A pesar de muchos interesantes resultados a su favor, cuando se le juzga por el criterio directo de alcanzar (o simplemente aproximarse) a su objetivo final, el campo del estudio del origen de la vida es un fracaso; todavía no tenemos ni siquiera un modelo coherente plausible, mucho menos un escenario válido, para la emergencia de la vida en la Tierra. Desde luego no es por falta de esfuerzos teóricos y experimentales sino por la extraordinaria dificultad intrínseca y la complejidad del problema. Una sucesión de pasos extremadamente improbables resultan esenciales para el origen de la vida, desde la síntesis y acumulación de nucleótidos hasta el origen de la traducción; por la multiplicación de probabilidades esto hace que el resultado final parezca casi un milagro.

Y algunas páginas más adelante (p.417) Koonin retoma tan importante cuestión en un epígrafe titulado “The ultimate enigma of the origin of life”:

Sin embargo, el origen de la vida- o para ser más precisos el origen del primer sistema capaz de replicarse y el origen de la traducción (se refiere al código genético y la síntesis proteica)- sigue siendo un gran enigma, y los progresos en su resolución han sido muy modestos; en el caso de la traducción casi despreciables… Sin embargo, estos avances resultan sólo preliminares, por importantes que resulten, porque ni siquiera se acercan a un escenario coherente para la evolución prebiológica… En mi opinión, a pesar de todos los avances habidos, la biología evolutiva es y seguirá siendo una disciplina lamentablemente incompleta hasta que tengamos un escenario sobre el origen de la vida, si no convincente, al menos plausible.

Es evidente que para Koonin afrontar el problema del origen de la vida es imprescindible si se quiere defender una posición naturalista plenamente consistente. De hecho ya había demostrado su preocupación al respecto en un artículo de 2007 titulado “The cosmological model of eternal inflation and the transition from chance to biological evolution in the history of life”. En él Koonin define el origen de la vida como el eterno problema del huevo y la gallina, en definitiva un rompecabezas lógico sin solución racional. No duda en señalar que incluso el escenario de una vida originalmente surgida en un entorno de ARN (la más invocada por los partidarios de una solución naturalista al “chicken and egg problem”) tropieza con inconsistencias aparentemente irresolubles.

Ante la dificultad teórica y la falta de soluciones procedentes de la observaciones empíricas Koonin decide tirar por la calle de en medio y haciendo honor al refranero castizo de nuestra lengua nos demuestra que “a grandes males, grandes remedios”; así, acaba postulando sin rubor la propuesta de una cosmología de la inflación cósmica eterna. La descripción de la solución que aporta esta sorprendente alternativa la leemos de las propias palabras del autor en el resumen inicial de su artículo de 2007:

La inflación eterna nos ofrece una alternativa viable que no se sostendría en un Universo finito, es decir, que un sistema conjunto de traducción y replicación emergiera por azar y deviniera el hallazgo inicial a partir del cuál la evolución biológica, centrada en la selección darwiniana, despegara. Un corolario de esta hipótesis es que un mundo de ARN, como una población diversa de moléculas de ARN capaces de replicarse, podría no haber existido nunca. En este modelo la etapa de la selección darwiniana nace de la selección antrópica de sistemas complejos que difícilmente pero inevitablemente emergen por azar en un universo infinito (multiverso).

La decisión de Koonin de apuntarse a este tipo de soluciones, queda perfectamente claro, no surge por la imposición del propio conocimiento científico, sino como búsqueda de alternativas exigidas por la previa adopción de un prejuicio metafísico. Como explica en el libro que comentamos (p. 392), las dificultades para hacer sostenibles las diferentes propuestas o escenarios planteados en torno al origen de la vida convergen en problemas sin solución aparente (casi un milagro). Muchos autores se han entretenido en hacer sus propias estimaciones sobre la improbabilidad de la ocurrencia fortuita de la emergencia de la vida en un mundo inanimado. Koonin nos ofrece también sus propios cálculos para un escenario absolutamente elemental (a toy model) que cifra en una probabilidad inferior a 10^-1.018. Las cifras de otros autores son sensiblemente inferiores; Fred Hoyle por ejemplo las estimaba en 10^-40.000 y de ahí su célebre ejemplo de asimilar un evento tal a la probabilidad de que un tornado al arrasar una chatarrería construyera por azar un Boeing 747. En cualquier caso todos coinciden en que la probabilidad de la construcción de manera fortuita de la más elemental de las estructuras vivientes precisaría de unos recursos probabilísticos muchos órdenes de magnitud superiores a los realmente existentes en este Universo finito que conocemos. Por eso Koonin nos dice:

Dadas todas estas dificultades importantes, parece prudente considerar seriamente alternativas radicales para el origen de la Vida. La versión de “Muchos mundos en uno” (MWO, del inglés Many Worlds in One) del modelo cosmológico de inflación eterna sugiere una vía de escape para el rompecabezas del origen de la vida, porque en un multiverso infinito con un número finito de distintas historias macroscópicas (cada una repetida un número infinito de veces), la emergencia de incluso sistemas altamente complejos por azar no solamente es posible, sino inevitable.

Así por lo tanto, Koonin fía la solución naturalista del enigma a eventos fortuitos que suceden de manera inevitable. O bien se trata de un oxímoron invocado como mera licencia poética, o el científico ruso ha descubierto una nueva categoría ontológica que hasta ahora nos había pasado inadvertida.

Por otra parte, pocas líneas más adelante añade una idea ya expuesta en su artículo de 2007 que merece una somera aclaración:

El que este evento, extremadamente raro ocurriese en la Tierra y diera paso a la vida tal como la conocemos sólo podría atribuirse a una causalidad antrópica.

En efecto, la invocación recurrente de una causalidad antrópica parece exigir una explicación en un autor de convicciones plenamente materialistas. Él mismo nos lo explica en un epígrafe titulado “Algunas nuevas e importantes definiciones y reinterpretaciones de definiciones familiares en el modelo MWO”. Para Koonin este concepto de “selección antrópica” representa la noción de que la historia de nuestro mundo anterior a la puesta en marcha del proceso de evolución biológica no dependía de ningún específico “mecanismo” sino que fue simplemente objeto de “selección” de entre el conjunto finito de todas las historias cuya ocurrencia estaría garantizada en un Universo infinito, en virtud de ser favorable a la emergencia de la vida compleja. La selección antrópica sería por tanto un principio epistemológico, no ontológico, una mera formulación del principio antrópico débil acomodada al objeto de su libro, y que no debe ser confundido con el carácter inevitablemente teleológico (y según Koonin, por lo tanto no científico) del principio antrópico fuerte.

Con independencia de la nula capacidad explicativa que nos ofrece la invocación de un principio antrópico débil lo que llama poderosamente la atención es que la solución al enigma de la vida nos venga remitida al campo de la cosmología-ficción por parte precisamente de un experto en el campo de la biología molecular y la genómica. Parece evidente de que los profesionales de la biología no solamente no han sido capaces de encontrar una respuesta naturalista al enigma del origen de la vida si no que además, al recurrir a este tipo de soluciones explicativas demuestran que han perdido definitivamente toda esperanza de alcanzar una solución en el seno de su propia disciplina científica. Si durante décadas se nos ha venido predicando la consigna de que las dificultades para explicar los misterios de la vida eran solamente un problema de insuficiente información y conocimiento y de que las lagunas existentes, sin ninguna duda, se cubrirían en el futuro merced a los nuevos descubrimientos de la bioquímica, lo que Koonin nos viene a decir en este libro es que tal estrategia ha dejado de ser la apropiada. Por lo visto, el conocimiento científico es lo suficientemente sólido para poder empezar a establecer que la búsqueda de soluciones naturalistas a la abiogénesis es un planteamiento sin posibilidades de éxito y que sólo invocando soluciones metafísicas como la idea de que una cantidad infinita de recursos probabilísticos convertiría en inevitables incluso los eventos cuasi-milagrosos podremos salir del atolladero.

Pero una propuesta de esta naturaleza no puede dejarse escapar sin un escrutinio crítico riguroso, cosa que haremos en el último comentario de esta serie.

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