Supersticiones científicas

mitotic-spindlePor Cristian Aguirre

Recuerdo cierta curiosa superstición popular según la cual, para despejar un cielo nublado y así hacer salir al sol, basta con colocar un espejito en el suelo pues su relumbre, al cabo de cierto tiempo, hará que las nubes se aparten y salga el sol. Incluso suponiendo que un aumento de la reflexión superficial pudiera tener algún efecto sobre las nubes, el espejito aportaría tan insignificante cuota que el efecto pretendido es del todo disparatado. Pero así son las supersticiones, estas permiten relacionar efectos a causas del todo absurdas. Todos los seres humanos, según los casos, desarrollan durante su vida una mayor o menor habilidad intelectual para abordar la realidad. La gente sencilla no analiza demasiado y por ello es propensa a la superstición. Estos atajos falaces para interpretar la realidad son asumidos por lo general sin la más mínima preocupación por su falsedad, pues para las mentes sencillas las respuestas sencillas son las más amables y cómodas.

Podría decirse que las mentes de los intelectuales y científicos están muy alejadas de estos simplismos de la superstición, pero sin embargo, de hecho los mismos no están en modo alguno exentos de autenticas supersticiones y simplismos que, no obstante, gozan de una aceptación generalizada y acrítica. Sin embargo, veamos cómo muchas de estas propuestas no están tan alejadas, después de todo, de la tesis del espejito.

Quizás la más importante y recurrente superstición científica sea la trivialización de la complejidad biológica. Para ver como esta es una de las más populares supersticiones del mundo intelectual y científico señalaré algunos ejemplos. El primero lo podemos ver en la búsqueda de vida en Marte.

Desde la exploración de la nave Viking en 1976 hasta las últimas investigaciones realizadas con los sofisticados robots del presente se ha buscado encontrar señales inequívocas de actividad biológica o incluso restos vivos o fosilizados de bacterias ya sea en los restos de rocas en Marte o en los restos de meteoritos de dicho planeta como el famoso ALH84001. La superstición en este caso estriba en asumir que la presencia de agua y de los elementos químicos adecuados para la vida pueden ser suficientes para permitir su aparición. Este razonamiento es muy similar a decir algo como esto: «Donde hay gasolina deben de haber automóviles». Esto es verdad. Sin embargo eso no nos debe llevar a concluir que la gasolina explica la existencia de los automóviles. Si bien posibilita que puedan funcionar no los explica. Del mismo modo el agua posibilita la vida, pero por si sola no explica su aparición. Por esta razón el hallazgo de agua y los componentes químicos adecuados en Marte no van a implicar que se produzca vida en el planeta, incluso cuando en su pasado haya gozado de condiciones más auspiciosas para ella. Otra cosa, en cambio, es establecer que pueda existir vida por causa de la detección de metano en Marte. Si bien este metano puede ser producido mediante procesos naturales, si constituye un posible indicador mas verosímil de la presencia de vida que la mera presencia de agua y componentes adecuados ya que el mismo no es un posibilitador, sino más bien un producto de la descomposición de materia biológica. En este sentido, aunque no concluyente, la sospecha de vida a causa de la presencia de metano constituye un mejor, intelectualmente hablando, argumento para la posibilidad de vida en Marte.

Vemos, por lo tanto, que un posibilitador no explica la existencia de aquello que posibilita. Lo mismo sucedería si alguien dijera que el hallazgo de silicio en Marte nos debe hacer abrigar esperanzas de que algún día encontraremos computadores en Marte ya que estos están hechos en gran medida de chips de silicio. Sin duda se dirá que esta es una absurda superstición del todo errada porque el silicio posibilita que existan chips de computo, pero no explica a los mismos chips.

Ahora alguien dirá: Sabemos que los chips de silicio no surgen de procesos naturales de auto organización de la materia. Sabemos que los fabrican seres humanos y sabemos también que son funcionalmente complejos tiene registros de memoria, procesadores y controladores de entrada/salidas de datos. Sabemos también que el silicio de sus semiconductores esta altamente organizado para ejecutar definidas operaciones lógicas que hagan funcional el conjunto. No cabe por tanto esperar que la presencia del silicio en Marte explique la aparición de chips de computo.

¿Estamos de acuerdo?

Pues si es así ¿Por qué tantos intelectuales e investigadores creen que hallar elementos posibilitadores tales como agua, carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y azufre en un planeta nos debe abrigar la esperanza de encontrar vida en el mismo siendo un célula viva mucho más funcionalmente compleja que el más sofisticado microprocesador actual? La más simple célula viva tiene registros de memoria de ARN, memoria fija de ADN, mecanismos de computo basado en máquinas multiproteícas, decodificadores llamados Ribosomas, capacidades de metabólicas para la extracción de energía y materiales del exterior, sistema de reparación intracelular y, después de todo esto, una capacidad reproductora que aún no ha logrado la ingeniería humana. ¿No deberíamos también considerar absurda su aparición solo por la presencia de sus elementos posibilitadores?

En realidad el absurdo es mucho peor que el de la aparición de chips por la presencia de silicio e incluso peor que el de la superstición del espejito. Sin embargo esta fabulosa superstición está muy arraigada en muchas mentes intelectuales y científicas así como aceptada con inquietante naturalidad por todas las mentes acríticas que se rinden sin reparos ante las proclamas académicas de estos últimos.

Otra superstición similar es aquella que dice que el aumento del oxigeno produjo la explosión cámbrica. Que duda cabe que en efecto la elevación del nivel de oxigeno a un valor determinado POSIBILITE la aparición de animales pluricelulares grandes. Esto es cierto, pero ello no EXPLICA que en un lapso equivalente al 0.2% de la historia de la vida haya aparecido todos los planes de diseño animal que han existido y aún existen sobre la tierra. La emergencia de toda esta complejidad funcional biológica no se explica simplemente insuflando oxígeno a la ecuación.

En esta misma línea, una investigación reciente afirma que la ingesta accidental del pigmento ocre y las conchas utilizadas en el maquillaje añadido a una alimentación basada en moluscos durante más de 250.000 años habría aportado los nutrientes necesarios para el desarrollo temprano del cerebro y habría mejorado la adecuación biológica del ser humano. Dado que los pigmentos ocres ingeridos accidentalmente podrían haber suministrado al ser humano hierro, esencial para la salud reproductiva y el desarrollo cerebral. Lo mismo habría sucedido con el marisco, rico en ácido docosahexaenoico un ácido graso esencial poliinsaturado de la serie omega-3 que tiene un papel básico en el desarrollo del sistema nervioso, el cerebro y la visión.

Nuevamente aquí tenemos la misma falacia pues definitivamente estas sustancias son claves para el proceso cerebral, pero posibilitar el proceso cerebral no explica el propio desarrollo evolutivo del cerebro. Los químicos posibilitan, pero no desarrollan ninguna nueva funcionalidad cognitiva por sí mismos. Nuevamente este es otro caso de superstición celebrada en el mundo científico con gran aceptación y poca o nula evaluación crítica.

En general estos razonamientos surgen del muy aceptado mecanismo evolutivo darwiniano. Este es con frecuencia invocado como la varita mágica que explica lo inexplicable. Es el factor de la ecuación con frecuencia invocado para explicar el surgimiento de toda complejidad funcional biológica de modo que podríamos decir esto:

Posibilitadores ambientales * mecanismo evolutivo darwiniano = logro evolutivo

De acuerdo a esta expresión si concurre el primer factor, es decir, la presencia de los posibilitadores ambientales, entonces el mecanismo evolutivo darwiniano, ni corto ni perezoso, producirá con el tiempo logros evolutivos de incremento de complejidad funcional biológica. Si no hay posibilitadores ambientales o son escasos la posibilidad de logros evolutivos sería nula o escasa, pero apenas estos aparecen de modo sensible la evolución darwiniana aparece produciendo frutos.

Básicamente éste es el origen de estas supersticiones: considerar que el segundo factor en realidad funciona para las novedades evolutivas importantes. No se niega aquí la realidad de una evolución biológica incluso darwiniana para efectos adaptativos tal como sucede para la micro y macro evolución. Esto está del todo demostrado. Lo que se refuta aquí es que funcione para una mega evolución y que sea correcto aceptar que esta última es una extrapolación plausible de los fenómenos micro y macro evolutivos. Es esta esperanza lo que aquí se considera una superstición y veamos porqué.

En varios artículos he usado una ilustración que resulta más eficaz, para hacer entender al lector por qué el mecanismo evolutivo darwiniano no funciona para propósitos mega evolutivos, que muchos de los complejos e intrincados argumentos que haya podido exponer antes. Por ello voy a volver a reseñarlo.

Imaginemos un mercado con sus ordenados escaparates de diversos productos. Unos aparecen presentados con formas y colores que resultan más llamativos y atractivos para los consumidores o sus beneficios cumplen mejor la función de su uso que otros menos atractivos o inferiores en calidad. Esta situación de selección mercantil hará que unos productos tengan más éxito que otros permitiendo que se consoliden en el mercado mientras que otros se reducen o desaparecen. Esto generará, sin lugar a dudas, un cambio en el conjunto de productos del mercado de tal modo que podemos decir que este evoluciona con el tiempo. Sin embargo, en ningún caso esta selección mercantil implica una especificación por parte del público sobre cómo deben ser fabricados los productos. Selecciona sí los más atractivos y demandados, pero nunca un comprador le dirá al fabricante cómo debe realizar su algoritmo de fabricación, es decir, qué relación de insumos aplicará así como las etapas, su complejidad y el orden de las mismas en dicho proceso.

Esta dificultad se conoce como la falacia del diseño de algoritmos por la selección del output. El físico británico Roger Penrose lo describe de este modo en su libro “La Nueva Mente del Emperador” en la sección titulada «¿Selección natural de algoritmos?»:

“Imaginemos un programa ordinario de computadora. ¿Cómo llegó a formarse? Es evidente que no (directamente) por selección natural. Algún programador humano de computadoras lo habrá concebido, verificando que realiza correctamente las acciones que se supone debe hacer. (En realidad, muchos programas de computadora complicados contienen errores —normalmente menores, pero a menudo muy sutiles y que no salen a la luz excepto en circunstancias muy poco comunes. La presencia de tales errores no afecta medularmente a mi argumento.) A veces un programa de computadora puede haber sido “escrito” por otro programa, digamos un programa de computadora “maestro”, pero en tal caso el propio programa maestro habrá sido el producto del ingenio y la intuición humanos; o el programa podría perfectamente ensamblarse a partir de ingredientes, algunos de los cuales son los productos de otros programas de computadora. Pero en todos los casos la validez y la misma concepción del programa habrá sido en última instancia responsabilidad de (al menos) una conciencia humana.

Podemos imaginar, por supuesto, que no es necesario que haya sido así y que, dado el tiempo suficiente, el programa de computadora pudo haber evolucionado espontáneamente por algún proceso de selección natural. Si creemos que las acciones de las conciencias de los programadores de computadoras son en sí mismas simples algoritmos, entonces debemos creer que los algoritmos han evolucionado de esta misma forma. Lo que me molesta de esto, sin embargo, es que la decisión sobre la validez de un algoritmo no es en sí misma un proceso algorítmico. Ya hemos visto algo de esto en el capítulo II. (La cuestión de si una máquina de Turing se parará o no, es un punto que no puede decidirse algorítmicamente.) Para decidir si un algoritmo funcionará o no, necesitamos perspicacia, y no sólo otro algoritmo.

De todas formas, aun sería posible imaginar algún tipo de proceso de selección natural que fuera efectivo para producir algoritmos aproximadamente válidos. Sin embargo, yo personalmente encuentro esto muy difícil de creer. Cualquier proceso de selección natural de este tipo actuaría sólo sobre el output de los algoritmos y no directamente sobre las ideas inherentes a los algoritmos. Esto no sólo es extremadamente ineficiente; creo que sería totalmente impracticable. En primer lugar, no es fácil verificar cuál es realmente un algoritmo mediante un simple examen de su output. (Sería bastante sencillo construir dos acciones simples y muy diferentes de máquina de Turing para las que las cintas de salida no difieran hasta, digamos, el lugar de 2 elevado a 65536, diferencia que no se podría reconocer en toda la historia del Universo.) Además, la más ligera “mutación” de un algoritmo —por ejemplo, un pequeño cambio en la especificación de una máquina de Turing o en su cinta de input—podría hacerla totalmente inútil, y es difícil ver siquiera cómo de esta forma aleatoria podrían aparecer mejoras reales en los algoritmos. (Incluso las mejoras deliberadas son difíciles sin que estén disponibles los “significados”. Esto se confirma por los casos no poco frecuentes en los que un Programa de computadora complicado y mal documentado necesita ser alterado o corregido y el programador original se ha marchado o quizá ha muerto. Antes que tratar de desentrañar todos los diversos significados e intenciones de los que el programa depende explícitamente, probablemente sea más fácil desecharlo sin más y empezar todo de nuevo.” Énfasis en negrita añadido.

La misma dificultad que Penrose refiere sobre un algoritmo informático se aplica perfectamente al algoritmo biológico. Nuevamente tenemos el problema que seleccionando outputs, es decir, resultados de un proceso selectivo, no podemos diseñar las complejidades del algoritmo embriológico. A esto se suma el hecho que en el mismo se producen los mismos descalabros funcionales, por causa de las mutaciones que conoce la biología, que las que producen los errores de sintaxis de los algoritmos informáticos.

En conclusión, nuestra ecuación anterior se enfrenta a un grave problema pues, al margen de cuan efectivo sea el factor posibilitador, el mecanismo evolutivo darwiniano no puede en realidad diseñar nada. Solo seleccionará la novedades ya existentes o ya diseñadas para efectos adaptativos. Nada más.

Y, sin embargo, esta autentica superstición científica es mucho más aceptada y reconocida que la del espejito pese a ser igualmente ineficaz.

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