Pigliucci y la maquinaria molecular (2)

Por Felipe Aizpún

El artículo de Pigliucci y Boudry no es en absoluto banal ni mucho menos ingenuo. Su argumentación torticera tiene profundas intenciones que es preciso desvelar y contestar adecuadamente. Pigliucci, como sabemos, ha sido el promotor de una iniciativa (The Extended Synthesis) que tiene por objeto poner en evidencia las limitaciones e insuficiencia explicatoria de la Teoría Sintética, es decir, del neo-darwinismo tradicionalmente imperante en los últimos 70 años, para explicar la realidad. Esta “Síntesis Ampliada” que propugna Pigliucci viene a incluir en el modelo muchos de los descubrimientos recientes en Biología y Genética que permiten conocer y describir la realidad sobre bases científicas, desplazando a algunas de las propuestas especulativas arbitrariamente asumidas en el pasado; entre ellas, la centralidad del gen en la biología, el azar y la mutación fortuita como elemento básico de la aparición de novedades biológicas o el papel protagonista de la selección natural en el proceso evolutivo.

Pigliucci y Boudry pretenden entonces que analogías del tipo de “la célula como una factoría”, “el flagelo bacterial como un motor fuera borda” o “el genoma como un plano” corresponden a una visión ya superada de la realidad y son por lo tanto, “mala ciencia”, que debe ser abandonada. No olvidemos sin embargo que, en realidad, son las propuestas tradicionales de la Teoría Sintética las que han resultado inútiles para explicar los problemas centrales del desarrollo y de la transformación en el proceso evolutivo. Al amparo de esto, los autores del artículo pretenden que las analogías antropomórficas inductoras de inferencias de diseño pertenecerían a una visión superada de la biología en virtud de los descubrimientos científicos más actuales. Por ejemplo, los nuevos descubrimientos en torno a la epigenética y el papel regulador de muchos genes supondrían una desautorización de la vieja analogía del genoma como un plano, o un cianotipo (en inglés, “blueprint”):

“Nuevas formas de pensar acerca del desarrollo y la evolución están construyendo un vocabulario conceptual que se distancia crecientemente de la metáfora “maquinaria-información”(…) Una respuesta explorada con éxito es la idea de que la información que hace posible el desarrollo está localizada y es sensible (al tiempo que reactiva) a las condiciones del ambiente exterior próximo. En otras palabras, no hay un plano del organismo, sino que cada célula desarrolla la información genética y ajusta su estatus a las señales procedentes del ambiente próximo que la rodea así como del ambiente exterior al propio organismo”

En cuanto a la evolución en sentido estricto, Pigliucci nos recuerda los trabajos de autoras como Jablonka y Lamb sobre la influencia en el proceso de formas o fuentes de variación que dependen de la existencia de una pluralidad de mecanismos hereditarios, entre los que se quiere incluir una panoplia de efectos epigenéticos heredables, la herencia por mimetismo en el comportamiento o incluso la herencia cultural en el caso de los seres humanos.

La intención de los autores es poner de manifiesto que los argumentos a favor de analogías de sentido antropomórfico se derivan de una visión anacrónica y equivocada de los mecanismos de la evolución y el desarrollo, y que las inferencias de diseño nacerían por lo tanto de una visión, superada por la ciencia, de los procesos en los organismos vivos. El problema es que este argumento es absolutamente falaz y la falacia no es de ningún modo casual ni inocente. Los autores del DI han venido denunciando desde hace décadas, como muchos otros científicos también escépticos en relación al darwinismo, el enfoque equivocadamente gen-centrista de la Teoría Sintética. El que algunos científicos procedentes de las filas del evolucionismo ideológico empiecen a comprender la importancia de sus errores pasados es enormemente reconfortante, pero achacar a los demás la responsabilidad de los mismos resulta patético. Y por supuesto, lo que es más importante, la nueva visión reivindicada por Pigliucci, la apertura a un conocimiento más exhaustivo de la realidad, no contradice ni resta un ápice de valor a las analogías y metáforas mencionadas.

Es perfectamente cierto que el papel del genoma, entendido éste en su sentido restrictivo como la secuencia de nucleótidos codificadores de proteínas, resulta mucho menos determinante en el proceso de construcción de los organismos vivos de lo que se pensaba en el pasado. Pero sigue siendo estrictamente cierto también que el proceso de la síntesis proteica es un proceso esencial entre los mecanismos de la vida y que, en el marco del mismo, el papel del código genético y la existencia de información prescriptiva, alientan una interpretación del proceso en términos de semiótica de la vida que resulta perfectamente legítima: “signos”, “transcripción”, “significado biológico”, en definitiva un código que reclama un agente codificador. La síntesis proteica es en sí misma uno de los procesos esenciales de la vida, si bien no el único; y siendo un proceso esencial, las analogías y metáforas reseñadas siguen siendo tan válidas como siempre y la reivindicación de una causalidad inteligente en el origen del diseño del mecanismo de codificación y transcripción no pierde un átomo de su validez por el hecho de que los avances científicos nos enfrenten a nuevos desafíos que permitan completar nuestro imperfecto conocimiento de los mecanismos de la vida.

El proceso de desarrollo embrionario sigue siendo un misterio lejano para nuestra razón, cierto. La teoría de la forma, como explicación última que nos ilumine sobre la emergencia de las maravillosas estructuras funcionales que la biología nos depara en la Naturaleza sigue siendo una incógnita fascinante también. Pero estos nuevos desafíos para la ciencia no solamente no desautorizan la inferencia de diseño que se deriva de los conocimientos anteriores sino que añaden motivos más convincentes si cabe en esa misma dirección. El desarrollo embrionario por ejemplo exige de forma imperativa una explicación en términos de información prescriptiva, exquisitamente establecida en algún soporte material y capaz de dirigir, de manera precisa, la multiplicación y diversificación celular hacia la construcción armoniosa y exquisitamente orientada hacia su funcionamiento del organismo como un sistema total; y ello además, orquestada puntualmente en el tiempo. Sugiere por tanto, la existencia de un “programa” inteligentemente diseñado y encaminado hacia la producción de una “forma” biológica idealmente concebida con antelación.

Los autores que defienden inferencias de diseño no hacen en absoluto “mala ciencia”. Por el contrario muchas de las posiciones de Pigliucci, y por extensión de los autores que le han acompañado en la publicación de su “The Extended Synthesis” vienen siendo reivindicadas por científicos de todo el mundo escépticos con el modelo oficial que se nos ha venido imponiendo durante décadas. Muchos científicos, además de cuestionar el modelo, y sobre la base precisamente de los descubrimientos científicos más avanzados, han creído inevitable poner de manifiesto también que la ciencia más actual apoya, cada vez con más rigor, la inferencia de una causalidad inteligente en el origen de los mecanismos de la vida; no como una alternativa o una contradicción de los avances de la ciencia, sino como una consecuencia obligada de los mismos.

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