Neotomismo, mecanicismo y diseño inteligente Parte 4

Teoría del diseño inteligente (TDI), e implicaciones filosóficas del mecanicismo (4)

Teoría del diseño inteligente (TDI).

aquinasComo su mismo nombre lo indica, la Tesis del Diseño Inteligente (TDI) propone una acción inteligente para explicar la presencia de numerosos fenómenos naturales, y muy particularmente, las estructuras biológicas fundamentales para la vida. La TDI postula específicamente que ciertos rasgos de nuestro universo y muchas estructuras biológicas complejas, no pudieron haber aparecido en la historia cósmica por la sola acción de las leyes físicas naturales en combinación con el azar. Así por ejemplo, los esfuerzos realizados en laboratorios tratando de reproducir las posibles condiciones prebióticas iniciales de la tierra, presentes durante la aparición de la primera célula vida (3.5-4.5 mil millones de años) son altamente conjeturales. Los resultados experimentales –en esas condiciones–, que intentan construir piezas posibles de un largo proceso bioquímico, que lleva poco a poco a la aparición de la célula inicial, dan escasos resultados positivos en condiciones experimentales controladas y, en el mejor de los casos, constituyen segmentos aislados de una cadena hipotética de sucesos históricos. La coherencia y la factibilidad de este proceso reposan en una gran fe en el azar, –un factor irracional que se levanta como una enigmática divinidad, y que epistémicamente es una explicación sin explicación. En suma, estos experimentos solo permiten formular una explicación ‘posible’ considerablemente especulativa que se sustenta en un: ‘pudo haber ocurrido así’. Si, a esto se le agrega que estadísticamente es escasamente probable (matemáticamente) que esas reacciones hayan ocurrido espontáneamente –considerando la edad del universo–, se puede concluir que las explicaciones naturalistas botton up han sido simplemente incapaces de dar cuenta de la aparición de las estructuras orgánicas en el planeta. De manera que la tesis que sostiene la posibilidad de la génesis natural de las estructuras básicas para el comienzo de la vida (leyes de la naturaleza y el azar), tropieza con arduos obstáculos desde el campo experimental y desde la teoría del cálculo probabilístico Más aun, todavía se puede argumentar más y, en forma muy contundente, contra esta posibilidad naturalista, basándose en la proporcionalidad causa-efecto, que señala que el efecto no puede ser mayor que la causa: del desorden y del caos no puede surgir el orden sin la intervención de un factor mayor que lo genere y lo mantenga, de lo inorgánico no puede surgir la vida, sin una causa capaz de otorgarla. Aceptar la des-proporcionalidad de las teorías naturalistas en el origen y desarrollo de las estructuras vitales (vida), simplemente significa atribuir al azar un carácter divino.

Pero la TDI no se basa solo en la incapacidad de los mecanismos naturalistas para explicar el advenimiento de estructuras complejas especificadas en biología (o en otra áreas de la naturaleza), sino que la inferencia de diseño también surge ante la teleología funcional misma, intrínseca en dichas estructuras biológicas, que requieren de un ordenamiento tal, que haga posible esta actividad teleológica, que como veremos más adelante, constituye la información biológica fundamental para el desarrollo y funcionamiento del organismo. Los acercamientos mecanicistas simplemente no cuentan con ningún principio de ordenación que explique la aparición de estos complejos ordenamientos estructurales. Lo importante a destacar en este momento, es que la propuesta de diseño apunta a un diseñador responsable de esta configuración ordenada y especificada de las estructuras complejas, para realizar actividades dirigidas a un fin. Esta propuesta de un diseñador, de un agente inteligente responsable de carácter sobrenatural, rompe el naturalismo metodológico que ha venido imponiéndose en ciencia. El naturalismo metodológico es una normativa dogmática auto-impuesta en ciencia, que impone explicaciones solo basadas en las leyes naturales conocidas; pero esta norma, que pretende conservar la pureza de la ciencia, no hace otra cosa que eliminar a priori otras posibilidades de investigación, aunque se realicen sin abandonar la metodología científica. El naturalismo metodológico intenta justificarse a sí mismo, en base a los innegables éxitos de las ciencias de la naturaleza, y también fundamentalmente por razones ideológicas que nada tienen que ver con la dinámica de la ciencia. En este sentido tenemos por un lado, el supuesto de un naturalismo ontológico, esto es, una metafísica materialista que acepta solo la existencia de materia y fuerzas diversas; y, curiosamente, por otro lado, tenemos un supuesto totalmente contrario al anterior, un naturalismo teológico apoyado por algunos autores neotomistas que sostiene que Dios creó el mundo con propiedades inherentes (intrínsecas) en los objetos naturales que son responsables de todo ‘cambio’ en la naturaleza, y que el hombre puede estudiar y conocer a través de la actividad científica; estas constituyen las conocidas causas segundas.
Dios no interviene alterando el curso de estas causas. (1)

La TDI al postular la acción de un agente inteligente en la naturaleza, se abre a una causa sobrenatural, y, por tanto, no se considera como una proposición científica, de acuerdo a este dogma. Es importante tener presente que la TDI no rechaza las leyes naturales y es perfectamente compatible con los procedimientos científicos habituales, con el estudio de la evolución y la posible descendencia de un ancestro común de la cadena de la vida; pero la TDI naturalmente no acepta los mecanismos darwinianos de mutaciones fortuitas con efectos beneficiosos, y selección natural como el motor de los cambios evolutivos. La TDI rechaza la evolución ciega sin propósito ni sentido, aunque este mecanismo se presente arbitrariamente como una ‘ley de la naturaleza’.

Los defensores de la TDI por su parte, rechazan el dogmatismo del naturalismo metodológico y señalan que la ciencia que estudia el origen de estas estructuras es una ciencia histórica (origen del universo, origen de la vida, origen del hombre y de la conciencia, etc.). (2. 3.) En este tipo de ciencias no es posible, ni observar los acontecimientos ocurridos, ni realizar experimentos adecuados a las condiciones iniciales del suceso histórico, malamente conocidas o irreproducibles. En estas circunstancias, las hipótesis que se formulen tendrán que basarse en la observación y en el estudio de vestigios y remanentes del tema (objeto/suceso) estudiado o, en ‘condiciones análogas’, y materialmente existentes en la actualidad. En el caso de la TDI, como ciencia histórica, no tenemos ni remanentes ni vestigios, pero tenemos en el presente las estructuras biológicas especificadas, cuyo origen primario se investiga. Sabemos que estas estructuras derivan del proceso genético de los organismos vivos, del cual también tenemos la posibilidad de observarlo y estudiarlo en directo.

En biología la compleja estructura del ADN (ácido desoxirribonucleico) –el componente fundamental del sistema genético–, cuenta entre sus partes constitutivas una secuencia de nucleótidos que operan como símbolos (signos) –‘letras’– codificables, y que portan ‘mensajes’, ‘material informativo básico’, para que en la cadena de procesos subsecuentes –copia en el ARN (ácido ribonucleico) y proceso de edición con cortes y uniones–, se materialicen como mensajes prescriptivos específicos para construir en el citoplasma celular, los diversos componentes proteicos esenciales para la estructuración y funcionamiento del organismo. La escritura de mensajes biológicos no es un proceso determinista regido por leyes fisicoquímicas, sino un procedimiento abierto y contingente de uso de símbolos (signos), pero realizado con dirección y propósito; se trata de un proceso semiótico que requiere de un programador; la inferencia de diseño se hace inevitable. Naturalmente la información biológica no está basada en significados semánticos subjetivos, no son verdaderamente símbolos, sino más bien, ‘signos’ materializados en forma bioquímica que son ‘legibles’ por otras estructuras ‘especificadas’, que funcionan igualmente siguiendo las leyes bioquímicas; el nivel de la ‘información’ biológica, como la comunicación humana, es independiente del sustrato utilizado para su comunicación, aunque siempre necesite un sustrato para ser comunicable. Es importante recordar que la información proveniente del ADN, es solo una parte de la información –y no la mayor–, requerida para la estructuración y funcionamiento celular, y del organismo en su totalidad (fenotipo); esta información cromosómica se combina y suplementa con la información proveniente del citoplasma en el desarrollo embrionario: Información epigenética. La información epigenética es información analógica, no codificada ni digital como la proveniente de los cromosomas del núcleo celular (genoma), y se expresa directamente. La participación del citoplasma de la totalidad de la célula, en la expresión final –y también en la elección–del material informativo cromosómico pertinente a sus necesidades, es fundamental para la construcción del fenotipo (regulación epigenética).  Con estos descubrimientos en el campo de la genética y desarrollo embrionario, la biología contemporánea apunta a una red general de carácter informático, que ha abierto un área de investigación fascinante en la biología molecular, con muchas y fundamentales interrogantes acerca de la causalidad de la información genética y de la epigenética en el desarrollo del fenotipo. No es necesario señalar que estas preguntas, y los conocimientos hasta ahora logrados, constituyen un desafío monumental para las explicaciones (especulativas) del naturalismo mecanicista histórico (origen de estas estructuras).

La complicada organización del ADN, y su función específica, muestran una meta o propósito funcional (teleología) y una causalidad descendente (niveles superiores de organización pueden explicar conductas de niveles inferiores), lo que connota un principio organizador y apunta a diseño. Naturalmente este compuesto, y toda la carga genética de un organismo, derivan de estructuras similares previas, y así sucesivamente de generación en generación, hasta llegar a la primera célula que da comienzo a la cadena de la vida. A este nivel, la pregunta por el origen de estas configuraciones materiales –complejas y específicas–, se torna enigmático.

El gen de la célula inicial (tipo procariótica, sin núcleo celular), o simplemente el gen inicial, con que comienza la cadena de los seres vivos, está constituido por ADN con mensajes biológicos codificados, y es naturalmente complejo y especificado para contener estos mensajes. No se trata entonces de una estructura con solo una secuencia de caracteres al azar, sino que posee una configuración significativa que hace posible la presencia de estos mensajes. Con el advenimiento de las células eucarióticas y los organismos pluricelulares se genera un enorme aumento de la complejidad genética y se agregan sistemas funcionales especificados, lo que constituye un rompecabezas insoluble para los intentos explicativos de la teoría de la evolución darwiniana.

Es importante mencionar que William Dembski ha propuesto un método matemático (Filtro explicativo) para ayudar la detección objetiva de la complejidad especificada de las estructuras biológicas; de esta manera se logra diferenciar la simple complejidad, explicable por leyes naturales y azar, de una complejidad especificada (ordenada y con teleología), matemáticamente imposible de ocurrir espontáneamente por solo las leyes naturales y el azar, en el curso del desarrollo temporalmente finito del universo. Este procedimiento matemático metodológico proporciona una evidencia científica de diseño, pero como el mismo Dembski reconoce, este método no puede descartar falsos negativos, esto es, no señala diseño en donde también puede haberlo. Es importante enfatizar que el concepto de diseño surge primariamente de la complejidad especificada, esto es, complejidad con teleología funcional y causalidad descendente, lo que requiere para su existencia de un principio ordenador libre del determinismo causal de las leyes de la naturaleza, capaz de dar cuenta de la información biológica envuelta. La idea de diseño no es entonces, un mero concepto matemático, ni es derivado de la incapacidad explicativa de las concepciones naturalistas: no es una proposición surgida de la ignorancia (“Dios de los huecos”), sino de la imposibilidad de las leyes de la naturaleza en explicar la información en la naturaleza. Los cálculos matemáticos ayudan a despejar las hipótesis especulativas naturalistas basadas en las leyes naturales, y el azar, como posible origen de las estructuras mencionadas, y así facilita una definición operacional y científica de diseño.  La estructura del ADN, como hemos dicho, posee una organización secuencial que codifica en forma digital mensajes biológicos, desde ya, esta característica semiótica conduce a la inferencia, e ‘intuición racional’ de diseño, en base a nuestra experiencia diaria como seres racionales, pero aún más, por esta misma característica, se da una similitud asombrosa a la configuración y codificación digital del lenguaje humano, lo que muestra que la especificidad de la compleja ordenación genética, es un lenguaje biológico análogo al del hombre; en otras palabras, contiene material informativo en su pleno sentido, prescriptivo para hacer posible la estructuración y funcionamiento del organismo en desarrollo.  El lenguaje humano tiene solo una causa conocida, un agente inteligente que genera objetos y medios portadores de mensajes codificados. De modo que la TDI utiliza esta observación actual y repetida del lenguaje humano, para formular una hipótesis adecuada, y explicar el origen de la carga genética de la primera célula (o gen) en el universo. Se trata entonces de la propuesta de una “vera causa” que respeta adecuación y proporcionalidad con lo que se intenta explicar. Esta hipótesis se propone como inferencia a la mejor explicación– para dar cuenta del origen de estas estructuras biológicas complejas y especificas; y tiene un carácter probabilístico, puesto que cabe la posibilidad, por remota que sea, de encontrar una causa diferente a estas estructuras semióticas genéticas y del lenguaje humano, y, por tanto, puede potencialmente, ser falseada. Este procedimiento metodológico lógico abductivo o hipotético es perfectamente aceptado en las ciencias históricas, en las cuales no es posible hacer observaciones, ni experimentos adecuados para reproducir el fenómeno histórico estudiado. En este caso que nos preocupa, tenemos la observación y el estudio directo de las estructuras del ADN actual, al que se le busca su origen en la historia del universo; esta situación facilita la exploración de una hipótesis adecuada con más detalles y certeza. La inferencia de diseño debido a una causa inteligente, toma de este modo una estructura metodológica científica, más allá de una intuición intelectual o del sentido común, o de ser producto de una disquisición filosófica. De manera que se puede afirmar que la propuesta de una acción inteligente en la estructuración y función del ADN (y de todo el sistema semiótico de la información biológica) es una Tesis legítimamente científica.

La TDI no se pronuncia acerca de la naturaleza de este agente inteligente, pero naturalmente esta propuesta tiene inevitablemente fuertes connotaciones metafísicas. Tampoco la TDI se pronuncia en cómo se efectuó esta acción, ni si se realizó de manera directa o indirecta; la ciencia no está en condiciones de responder estas cuestiones. Pienso que es importante enfatizar que la hipótesis de TDI señala primariamente –por analogía–, que las estructuras biológicas complejas especificadas revelan una acción inteligente, y que no hay en la ciencia mecanicista un principio organizador, una ley natural que sea capaz de explicar la aparición de estas estructuras; las teorías naturalistas evolutivas basadas en las leyes natrales conocidas y el azar, no han logrado ofrecer una demostración adecuada de la aparición de estas estructuras. También se podría argüir desde un punto epistemológico particular, que la propuesta de la TDI es solo una estrategia práctica, un instrumento heurístico, para generar exploraciones científicas útiles, pero sin compromiso ontológico. Pero esta interpretación resulta artificiosa y difícil de mantener, ya que la ciencia opera con el supuesto básico de una realidad que responde y provee un conocimiento objetivo.

Aún con las clarificaciones metodológicas y epistemológicas mencionadas, la TDI es censurada, y algunos ideólogos la rechazan vehementemente, fundamentalmente por razones metafísicas y de creencias, excusándose en un naturalismo metodológico dogmático que se resiste a cualquier apertura, por fructífera que pudiera resultar. La pregunta que surge en este encuentro polémico, es si sería posible estudiar científicamente un mundo (como el nuestro) si hubiese sido creado por una divinidad sobrenatural. La respuesta es históricamente afirmativa, ya que la ciencia hunde raíces en la convicción de que el mundo fue creado por Dios de tal manera que pudiera ser conocido por la inteligencia humana; sin esta creencia básica, la ciencia no habría despegado como lo hizo.

Es importante reconocer que la propuesta de la TDI como ciencia histórica, no puede ser sometida a observación, ni experimentación, solo es posible formular la acción inteligente en base a analogías con el lenguaje del ser humano. Obviamente el hombre no tiene acceso a lo trascendente, solo puede atisbar desde su condición, consecuentemente, la TDI no incluye ‘mecanismos’ o procedimientos explicativos de cómo esa acción inteligente ocurre y genera estas estructuras. Sin estos mecanismos explicativos no es posible formular predicciones adecuadas acerca de la generación pasada, presente y futura de estas organizaciones complejas específicas. Las investigaciones que se generan con la TDI están relacionadas al concepto de diseño y a la información en biología y en la naturaleza en general.  Como se puede fácilmente apreciar, la TDI no es un programa mixto, una mezcla de racionalidades o discursos, científico y al mismo tiempo una forma de entender la acción divina como comenta críticamente el epistemólogo Alfredo Marcos (4), haciendo eco de las opiniones de Giberson y Artigas (5:14), a quienes cita: “un modo de entender la acción divina no puede ser un programa de investigación científica.” La TDI es simplemente un proyecto científico abierto a lo sobrenatural como una explicación posible de la acción inteligente responsable de las estructuras complejas especificadas, como lo ejemplifica magníficamente el ADN. Las investigaciones que se derivan de la TDI se realizan siguiendo los procedimientos metodológicos propios de las ciencias. La TDI no es una propuesta torcida para demostrar la existencia de Dios ni sus atributos, no es un discurso de teología, ni especula acerca de la naturaleza del agente inteligente. Dios ni ninguna divinidad son objeto de estudio o demostración para la TDI; esta tesis no es un Creacionismo camuflado. La exploración de la apertura a lo sobrenatural corresponde a otras disciplinas, como la filosofía y la teología, esta es un área que no se puede abordar con la metodología propia de las ciencias. Repitiéndonos, la TDI es una hipótesis abierta a lo sobrenatural, pero fundamentada en la experiencia diaria de que toda información digital codificada esproducto de una inteligencia; una hipótesis susceptible de ser falseada.

La actividad científica de la TDI se centra fundamentalmente en diagnosticar el fenómeno, y en reconocer la acción inteligente en estas organizaciones biológicas (y otros sectores de la naturaleza), abriendo de este modo, un camino importante para el estudio y la investigación de la información en la naturaleza. Y con la organización funcional de las estructuras complejas se reincorpora la genuina teleología en el mundo natural y en la ciencia. La TDI otorga a la innegable información biológica y a la teleología funcional observada en los organismos, un sentido basado en una acción inteligente intencional con propósito. De este modo, se supera la concepción, por mucho tiempo predominante que atribuye la dinámica de la naturaleza a las acciones brutas de leyes naturales conocidas, en el contexto del alzar –una dimensión clara de irracionalidad–, y se pretende así, explicar la aparición y el desarrollo de la vida en el planeta. En la visión mecanicista la complejidad y la ‘teleología’ no existen más que como simple combinación de átomos, “puro factum, puro efecto, puro resultado”, como dice A. Marcos (4); lo que aparece de facto, es mero resultado mecánico/casual, pudo haber sido así, o de otro modo. Creo ilustrativo citar lo que escribe J. Monod con respecto a la vida humana en la visión mecanicista del neodarwinismo: “Es muy necesario que el hombre despierte de su sueño milenario para descubrir su total soledad….Ahora sabe que está al margen del universo. Universo sordo a su música, indiferente tanto a sus esperanzas como a sus sufrimientos y crímenes.… La antigua alianza ya está rota, el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del universo de donde ha emergido por azar.” (6:184-190, en 4)

El espíritu de la cultura posmoderna, influido por el aplastante prestigio de las ciencias básicas, ha respirado las consecuencias de un cientifismo mecanicista reduccionista, y nos ha conducido a una especie de nihilismo de la acción por la acción, a una espontaneidad sin propósito, ni finalidad; una secuela del abandono de la teleología en el mundo. (4)

Mecanicismo y neotomismo.

Del mecanicismo corpuscular y movimiento, con efecto causal por contacto directo descrito por Descartes, se pasa con Newton a un mecanicismo que opera a distancia gracias a una fuerza propia de la materia: gravitación. Se recuperan por decirlo, así ‘las propiedades inherentes’ de los objetos, de las que habla la tradición escolástica, pero se limita a una ‘fuerza natural observable” por sus efectos; no se trata de un producto de especulación, aunque este pudiera ser muy explicativo: prevalece el empirismo, y también una actitud experimental; un ‘diálogo’ con la naturaleza. Se continúa conservando la idea reduccionista de intentar explicar y comprender mediante el uso de la matemática, la dinámica de los fenómenos naturales observados, consecuencia de la interacción de sus partes constituyentes. Frente a la amplia concepción aristotélico Tomista de las cuatro causas, la ciencia se va a reducir solo a la causa eficiente. La física no cuenta con causa formal, ni causa final, con lo que desaparece la idea de diseño en el mundo; y la causa material no va a ser considerada como tal, por estimarse básicamente como un concepto metafísico que, además y, de acuerdo a la tradición Tomista, no posee propiedades, excepto la de individuación. Como las cuatro causas trabajan en forma integrada, la eliminación de tres causas, distorsiona y menoscaba la causa eficiente que se retiene. La dirección y especificidad de las fuerzas físicas podrían interpretarse como una expresión de la causa final (teleología), aunque reducida y aislada, y se podría hablar de una cierta correspondencia –muy menor–, con la teleología y causa final aristotélico-Tomista; pero este tipo de consideraciones no pertenece a la ciencia propiamente tal.  De manera que el mecanicismo observado en la física contemporánea es más complejo y matematizado que el del siglo VII, sin apelaciones metafísicas explícitas y con una ‘causa eficiente’ reducida a una mera relación, sin el anclaje metafísico que tuvo con Aristóteles y Tomás de Aquino en los que la causalidad era un modo de la forma sustancial. Así reducida la causa eficiente pierde el sentido y significado que tuvo para estos filósofos, incluyendo su integración con las otras causas del modo de ser de la forma sustancial (de los objetos naturales). Esto significa que hablar de causa eficiente en física moderna resulta un empobrecimiento de la ‘acción’, reducida a un mero efecto ‘mecánico’, aunque no sea ya por contacto directo.

El concepto de causalidad en la escolástica no es –como ya dicho–, una mera relación, sino que está ligado a la visión metafísica de la realidad natural, a la constitución ontológica de los entes.  En la ciencia moderna la metafísica no se considera explícitamente, la física va a restringirse al entendimiento de los fenómenos naturales observables como partes interactivas cuantificables: una visión ‘mecanicista’ del mundo que estudia, lo que implica una postura metafísica empobrecida, un ‘realismo’ práctico y poco elaborado, aunque epistemológicamente manejable y útil. La ciencia mecánica conlleva indefectiblemente una metafísica, aunque pretenda operar con un “naturalismo metodológico”, que solo se acepta explicaciones basadas en leyes naturales confirmadas por la ciencia, dejando de lado toda metafísica explícita y creencias religiosas, como ajenas al proceso científico, sean estas verdaderas o falsas; simplemente estos temas no son parte de la ciencia.  No es de extrañar entonces, que el neotomismo critique que la ciencia provee solo un conocimiento parcial y limitado de la naturaleza, y recalque con fuerza el peligro que significa tomar este saber como el único conocimiento válido del mundo. Esta crítica de las ciencias es acertada, pero la solución que ofrece el neotomismo con una filosofía de la naturaleza, con los componentes metafísicos implicados, no es de fácil aceptación para el público general, no solo porque está apoyado en la fe en Dios, y ligada históricamente a una religión particular; sino también, porque en sus detalles entra en equívocos y vaguedades, usando constructos que se vuelven principios ontológicos, y la realidad misma, que para aceptarlos se requiere un acto de fe. Basta pensar en la concepción de la forma constitutiva de todos los objetos naturales como un principio ‘real’, que da cuenta de todos los fenómenos observables (y por observar) de los objetos naturales; un concepto extremadamente conveniente y pródigo que explica todo, puesto que proviene directamente de la intervención divina; las formas son ideas ejemplares en la mente de Dios. No es de desdeñar tampoco, el hecho que esta filosofía de la naturaleza, a pesar de su poder explicativo –si se aceptan sus supuestos–, no tiene el impacto del fructífero manejo de la ‘realidad’ que provee la ciencia; la metafísica no provee conceptos cuantificables. Naturalmente la ciencia no puede proveer todas las explicaciones de una filosofía de la naturaleza así dotada, pero esta no es la finalidad de la ciencia, que se limita a lo medible y controlable.

La filosofía naturalista neotomista es una construcción conceptual que intenta dar cuenta del mundo natural en el marco de una creencia religiosa, apelando a un racionalismo capaz de ello. Es perfectamente comprensible que esta filosofía de la naturaleza en los tiempos medievales haya generado la impresión que se entendía racionalmente el mundo natural, sobre todo considerando que la sociedad de esa época estaba abierta a la existencia de Dios, y la religión ocupaba un puesto importante en la estructura social de ese tiempo. La situación actual es diferente a la de tiempos pasados, tenemos una ciencia con una metodología teórico-empírica que goza de credibilidad por su constante búsqueda de soporte empírico, por su claro manejo de los fenómenos del mundo y sus innegables resultados tecnológicos; además, el campo filosófico se ha poblado de diversas posturas filosóficas altamente competitivas. Una filosofía de la naturaleza como la del neotomismo, tiene que estar en correspondencia con los hallazgos ‘duros’ de las ciencias naturales, si quiere lograr aceptación en la cultura actual; esta correspondencia se ve amenazada con la persistente resistencia de algunos sectores de esta corriente filosófico-teológica a considerar la TDI como una hipótesis viable en ciencia.  Pero de igual manera, la ciencia no puede pretender ser absolutamente independiente de consideraciones filosóficas; las relaciones entre ciencia y filosofía son complejas y dinámicas, e indispensables.

¿Es la Tesis del Diseño Inteligente mecanicista?

Algunos autores neotomistas critican la TDI de caer en el mecanicismo. Esta opinión se podría entender en una primera instancia y en forma general, pensando que como la TDI emerge en el seno de la ciencia misma, cae en la visión mecanicista del mundo, o al menos, del área de la realidad estudiada por la ciencia. De partida hay que puntualizar que hablar de la ‘concepción mecanicista del mundo’ es un pronunciamiento de carácter filosófico/metafísico que va más allá de lo que la ciencia puede afirmar; la ciencia está limitada por sus métodos, intereses y supuestos, y aunque su estudio tenga un carácter mecanicista, no es lícito proyectarlo más allá de sus límites. El abandonar el terreno de la ciencia con su necesaria reducción de la realidad, para proyectar sus métodos y conocimientos a la realidad total, significa sucumbir al cientifismo, esto es, asumir que la ciencia, y sus métodos, es la mejor, si no la única, manera de conocer la realidad; una infundada postura de carácter metafísico. El cientifismo no es de ninguna manera una proposición de la TDI, ni tampoco el DI posee una visión mecanicista estricta del área específica que estudia, basta examinar el contenido de la TDI, para constatar que se habla de acción inteligente y de estructuras biológicas diseñadas, lo que es incompatible con una concepción mecánica de la ciencia, ni tampoco del mundo. La TDI rompe precisamente el mecanicismo absoluto que ha reinado en la ciencia.

Desde una perspectiva diferente se podría pensar, o más bien especular, que las estructuras complejas especificadas de las que habla la TDI, aparecieron en la historia cósmica a partir de elementos previamente presentes, que se acomodaron –por una acción inteligente–, para lograr las estructuras diseñadas. Se trataría entonces de lo que se podría caracterizar como mecanicismo artesanal, o sea, un ensamblaje de tipo mecánico. Pero como ya se ha visto, la TDI solo propone que las estructuras consideradas diseñadas son resultados de una acción inteligente, pero no especifica cómo se realizó este proyecto, esta cuestión yace más allá de las posibilidades de la ciencia en las condiciones presentes.  Sin duda, la TDI abre una perspectiva que queda abierta a las consideraciones de otras disciplinas y, tal vez, eventualmente para la ciencia misma.

La objeción de mecanicismo de la TDI por parte de algunos autores neotomistas toma en algunas instancias un carácter definitivamente teológico; en este sentido se debe recordar que el neotomismo es una postura filosófica-teológica particular, entre varias otras, y no tiene en modo alguno el patrimonio exclusivo de la ‘verdad’, de modo se puede decir que se trata meramente de una postura teológica que hace críticas a la TDI desde sus supuestos. Sin embargo es interesante analizar estas críticas desde sus propias bases, veamos. Por ejemplo se enfatiza que la creación es siempre acerca del origen del ser, en cambio, diseño se refiere a arreglos de materiales pre-existentes. (1. 7.) Esto es correcto en lo que se refiere a la creación ex nihilo de lo todo lo existente: origen del ser.  También es correcto afirmar que diseño en el mundo del hombre se refiere a artefactos creados por el ser humano, y apunta siempre a su inteligencia que los fabrica con los materiales disponibles preexistentes.  Pero este carácter artesanal de diseño se proyecta a Dios, cuando se critica la TDI, argumentando que la aparición de estructuras complejas especificadas en la historia del universo, serían para la TDI, un ‘artefacto de Dios’, elaboradas con materiales existentes ya creados con otros propósitos o, incluso creados de novo para ensamblarlos. Esta es una tesis claramente inaceptable, Dios no es un artesano, es un creador que da existencia a toda la realidad. Para analizar esta crítica de Dios artesano (un mecánico ensamblador), consideremos por ejemplo, una célula embrionaria que se desarrolla para formar un ser multicelular complejo. El tomismo nos dice que los seres creados tienen solo una ‘forma sustancial’, no son una colección de las ‘formas sustanciales’ de sus partes constitutivas, y esto es posible, porque –de acuerdo a esta filosofía–, las nuevas ‘formas’ de la totalidad que van apareciendo sucesivamente, subsumen las formas individuales anteriores, conservándose sus propiedades iniciales integradas en la nueva ‘forma’ superior, que presenta ‘nuevas’ propiedades. De este modo, la célula inicial va cambiando continuamente su “forma” ontológica hasta llegar a un ser adulto desarrollado. Las “formas” provienen de Dios, son ideas ejemplares en la mente de Dios, la continuidad del objeto/organismo en ‘movimiento’, la aporta la ‘materia prima’ (obviamente también creada por Dios), que va conformándose con las nuevas ‘formas’, en nuevas ‘sustancias’ (ser en desarrollo). Las ‘formas’ no son materiales, de modo que cuando se subsumen las ‘formas individuales’ en una ‘forma superior’ se reemplaza un conjunto separado de formas por una forma que comprende las anteriores; este es un proceso metafísico, no un proceso ‘mecánico’; lo mecánico ocurre en lo material, en objetos naturales, en entes creados con forma sustancial. De modo que si encontramos en un momento de la historia universal la aparición de una célula con su compleja y especificada carga genética, desde el punto de vista de la filosofía neotomista es un ente ‘natural’ con forma sustancial –creado por Dios–, diferente a las formas sustanciales de sus componentes, aunque incluya sus propiedades. La metáfora del artesano para Dios, simplemente no es sostenible desde esta concepción filosófica. Pero debo insistir, esta es una materia teológica, no es parte de la TDI que permanece en lo empírico científico, no elabora sobre la naturaleza del agente inteligente, ni de sus procedimientos en el mundo.  Es efectivo que la concepción de la naturaleza en la ciencia actual es de fondo mecanicista, con organicismo biológico, es curioso sin embargo, observar que la naturaleza es cognoscible fundamentalmente en términos matemáticos, y la matemática es una ciencia formal, lo que indicaría que si la naturaleza se deja apresar y presentar por esta disciplina, las formas de alguna manera se encuentran en ella; de modo que la concepción mecánica de la ciencia, vendría a ser solo un aspecto de la manera del conocer científico; esta ‘formalidad’ que sugiere el uso de la matemática no es naturalmente equivalente a la forma sustancial del neotomismo, tal vez apuntara a una concepción más bien platónica de los objetos reales. En todo caso, con el advenimiento de la TDI, se amplía y enriquece concretamente la visión científica, ya que sin rechazar el comportamiento físico, ni químico de los componentes estudiados, incorpora en la visión del mundo natural, ‘formas’ complejas con teleología, portadoras de información biológica codificada (inteligencia).

Diseño inteligente, bioquímica y teleología.

Es interesante notar que la teleología funcional observada en las estructuras complejas especificadas, depende de la configuración molecular de dichas estructuras. El efecto funcional teleológico resulta de la acción individual de sus componentes, operando en forma integrada a distintos niveles espacio/temporal. Este extraordinario proceso ocurre gracias a una acción inteligente que configura la estructura para hacer posible esta acción teleológica. En ciencia no se cuenta con un principio ordenador de la actividad mecánica, ni tampoco se considera la ‘forma sustancial’ como generadora de las propiedades de los objetos, sino solo se cuentan las propiedades fisicoquímicas de los elementos funcionando en un ordenamiento “especificado”, que hace posible la teleología. Se podría decir en una perspectiva teológica, que la TDI estaría en este respecto más cercana a la posición nominalista que de la conceptualización aristotélicotomista, puesto que el nominalismo optó por una concepción externalista e intencionalista de la causa final. La teleología –de acuerdo al nominalismo–, no depende de las cosas mismas, sino del creador. (4) Collado lo describe así: “…es Ockham uno de los primeros adversarios de la finalidad como causa natural [posición aristotelicotomista], adoptando una consideración intencional de la finalidad. Su objetivo era precisamente reforzar la vinculación de la creación con respecto de Dios, destacando que la finalidad de la creación y mantenimiento del mundo recaen exclusivamente en Dios.” (8, citado en 4)

Es claro que en ciencia, un organismo descrito biológicamente tiene unidad e imbricación de niveles funcionales, pero todo esto descrito en términos bioquímicos, es decir en la forma mecánica y organicista de la ciencia; por esto, a menudo se habla en ciencia –bioquímica—, de máquinas moleculares. Solo con la incorporación de la TDI, la exclusividad del mecanicismo cesa, para pasar a un nivel más alto y complejo en el entendimiento de las bases orgánicas que sustentan la vida: organización compleja especificada, portadora de información codificada y de actividad teleológica.  En el neotomismo la forma sustancial describe al organismo en su totalidad funcional, incluyendo aquello que llamamos vida, lo que la ciencia no puede hacer por su limitación constitutiva; la unidad que otorga la forma sustancial es ontológica y, por tanto, completa. Es evidente la necesidad de complementar y completar en forma armónica y equilibrada el conocimiento científico, con una perspectiva más amplia que consulte, la filosofía, el arte, la contemplación. La racionalidad del hombre no puede ser restringida a una parcela particular del pensar y del reflexionar humano, sin correr el riesgo de perniciosas distorsiones de nefastas consecuencias.

Diseño inteligente y causas segundas.

La doctrina tradicional tomista de la creación distingue claramente la creación ex nihilo de Dios, en la que este da el ser al mundo, a todas las cosas creadas, desde la ‘no existencia’; de este modo, se establece una dependencia absoluta en Dios de todo creado, dependencia que trasciende al tiempo, yace más allá del tiempo, puesto que el tiempo es parte de la Creación. Esta dependencia de lo creado en la creación divina, en la teología natural tomista, es posible comprenderla gracias al poder racional del hombre, y sin la ayuda directa de la fe; en otras palabras, este acto creador primario es perfectamente inteligible, y se conoce como “causa primera”. Esto no significa que el hombre pueda entender ni demostrar el acto creador mismo de Dios. Pero junto con crear Dios al mundo, le otorgó a las cosas creadas, propiedades intrínsecas para que el mundo tenga autonomía y se desarrolle en forma independiente de su acción directa; la divinidad se limita en este caso, a mantener estas propiedades. La racionalidad humana puede estudiar y comprender la dinámica y la transformación del mundo (naturaleza) en la expresión de las propiedades inherentes de las cosas; las creaturas ejercen su influjo causal según su ‘naturaleza’, esta causalidad se conoce como “causas segundas”. De esta manera, Santo Tomás separa la acción divina, de las transformaciones materiales del mundo. Se establecen dos órdenes de actividad causal, no se trataría de una simple diversidad causal, sino que de dos tipos causales ontológicamente diferentes que supuestamente no entrarían en confrontación. Naturalmente en este esquema tomista, hay excepciones para la acción directa de Dios en el mundo para dar cabida a los milagros, y a la Providencia Divina. La confusión de estos ordenes de causalidad, dicen estos teólogos, genera problemas y confusiones, como, por ejemplo, el relacionado al Big Bang, que equivocadamente algunos autores lo consideran una confirmación de la doctrina de la creación ex nihilo; pero se trata de dos niveles de causalidad que no deben confundirse, cada uno corre por su propio curso; por dos sendas ontológicas distintas. Y como consecuencia se generan dos órdenes de conocimiento humano, el derivado de la creación ex hihilo (consideraciones metafísicas), y el conocimiento científico de las transformaciones en el mundo.

La concepción de dos órdenes de causalidad, con toda la controversia que haya podido generar en los distintos momentos históricos, ofrecía una cierta protección a las elaboraciones metafísicas desprendidas de la creación ex nihilo, y también en cierto modo a las verdades mismas de la fe. Sin embargo, esta protección comienza a quebrajarse peligrosamente con el avance de la ciencia moderna, y más claramente con la ciencia contemporánea. Pero este ordenamiento de los órdenes causales todavía se mantiene, fundamentalmente por varias razones teológico-metafísicas (entre otras, éticas) conectadas con esta concepción de causa primera y causas secundarias, cuyo análisis escapa al propósito de este trabajo. Como veremos en el próximo capítulo a propósito del ‘ocasionalismo’, esta categorización causal en dos órdenes separados tajantemente trae algunos beneficios teológicos, pero genera también serias dificultades al limitar la acción de Dios en el mundo por el determinismo de las leyes físicas que cierra el paso a las intervenciones divinas puntuales. La resolución de estas dificultades no está aún a la vista.

Por estas razones, diversos autores neotomistas señalan con firmeza que el advenimiento de la vida y otros fenómenos, que la TDI postula ser el resultado de una acción inteligente, pueden y deben ser explicados por “las causas segundas”. Estos autores rechazan la TDI como intervencionismo puntual de Dios, inaceptable y amenazador de la condición de posibilidad de la ciencia humana, se viola la frontera de las dos causalidades, y además si la TDI postulara abiertamente que el agente inteligente fuera Dios, sería un Dios diferente al visualizado por la teología de Tomás de Aquino. En consecuencia, adoptan e imponen restricciones a la actividad científica, por lo que se podría denominar un ‘naturalismo teológico’. Es importante señalar que la actitud de la TDI en restringirse a lo empírico científico, significa, de acuerdo a la teología neotomista, el adscribirse al camino ontológico causal de las transformaciones materiales –el de las causas segundas–, y la propuesta de un agente sobrenatural constituye un salto a otra causalidad ontológicamente diferente, lo que generaría una contradicción interna en la teoría, algo así como un oxímoron. Pero se trata de la perspectiva de una teología natural particular, incluso se podría hasta decir, de una interpretación de una teología tradicional; y de ninguna manera se pueden aceptar sus juicios realizados con la pretensión de poseer la verdad destilada de la relación de Dios con el mundo, y con autoridad para prescribir reglas metodológicas a la ciencia.

Estos autores neotomistas, explícitamente sostienen que las ciencias de la naturaleza son competentes para explicar estos fenómenos naturales disputados, por eso muestran un gesto receptivo a la tesis neodarwinista de la que hacen una interpretación benigna, en el sentido que Dios se ha valido de los procesos mecánicos y fortuitos para generar la vida en el planeta, y traer la finalidad y teleología al mundo biológico. (Estos temas los trataremos nuevamente en el próximo capítulo.) Otros autores, simplemente esperan que en el futuro las ciencias descubran las leyes adecuadas para dar cuenta de esos fenómenos, y si no lo lograsen, se instalan muy tranquilos en una espera indefinida. Como se puede apreciar, en estas críticas se transparenta una coalescencia de conceptos metafísico-teológicos con los científicos, mezclándose dos racionalidades. El discurso científico tiene sus fines y propósitos, sus métodos, sus limitaciones y posibilidades; la ciencia constituye un terreno constreñido si se compara al discurso metafísico-teológico que maneja términos genéricos, abstractos, de un potencial ‘explicativo’ providencial. De modo que hacer de los términos ‘causas segundas’ y ‘leyes científicas’ una equivalencia en carácter y posibilidades no es adecuado; el hacerlo, solo genera confusiones y consecuencias equívocas y deletéreas, como es, en este caso, el paralizar el progreso científico. (1. 9)

BIBLIOGRAFÍA:

1. Ruiz Rey, Fernando (2014). Diseño inteligente y Teología neoTomista.  http://www.oiacdi.org/articulos/DI_y_Teologia_natural.pdf (accedido: septiembre, 2014)
2. Ruiz R. Fernando (2014).Ciencias experimentales, ciencias históricas y diseño inteligente.  http://www.oiacdi.org/articulos/CIENCIAS%20HISTORICAS_O_DEL_ORIGEN.pdf (accedido septiembre, 2014)
3. MEYER C, STEPHEN (2009). “Signature in the Cell. DNA and the evidence for Intelligent Design.”  Harper One. An Imprint of Harper Collins Publishers.
4. Marcos, Alfredo. Figuras contemporáneas de la teleología. Universidad de Valladolid, España.  http://www.fyl.uva.es/~wfilosof/webMarcos/textos/Textos_2013/Dial_Fil_2012.pdf (accedido el 27 de Agosto del 2014.)
5. Giberson, Karl y Artigas, Mariano. (2007). Oracles of Science. Celebrity scientists versus God and Religion. Oxford University Press, Oxford.
6. Monod, Jacques (1983). “El azar y la necesidad.” Tusquets, Barcelona.
7. Feser, Edward (2010). “ID theory, Aquinas, and the origin of life: A replay to Torley.”  http://edwardfeser.blogspot.com/2010/04/id-theory-aquinas-and-origin-of-life.html (accedido: junio, 2014)
8. Collado, Santiago (2012). “La inteligencia del diseño inteligente”, en Rodriguez Valls, Francisco (ed). La inteligencia en la naturaleza: del relojero hasta el ajuste fino del universo. Biblioteca Nueva, Madrid.
9. Aizpún, Felipe (2012). El Prof. Santiago Collado sigue sin entender el Diseño inteligente. En OIACDI.  Blog. http://www.darwinodi.com/?s=Felipe+Aizpun+Santiago+Collado&submit=Search (accedido: septiembre, 2014)

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