Los organismos vivos, el argumento del “dios de los huecos” y la aporía Kantiana (2)

Felipe Aizpún
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Sin embargo, desde la perspectiva del conocimiento filosófico y científico de nuestro tiempo, se nos aparecen algunos argumentos que prometen resolver la antinomia planteada en términos bastante satisfactorios.

En primer lugar es preciso recordar que las críticas kantianas a los argumentos que defienden una causalidad sobrenatural se fundamentan en la existencia de fallas en el razonamiento lógico y en la imposibilidad de dar el salto hacia la conclusión apodíctica de una causa sobrenatural como una certeza irrefutable. Lo que Kant refuta es la capacidad de establecer la certeza de una causa sobrenatural por el método tradicional de la argumentación hipotético-deductiva. Sin embargo, nada de esto pretende el argumento de diseño en su formulación actual. Recordemos que no fue hasta un siglo después de Kant que el filósofo estadounidense Charles S. Peirce aportó un enriquecimiento sensible del pensamiento lógico y en concreto matizó la diferencia entre el método inductivo y el razonamiento hipotético o abducción; es decir, nos enseñó a proponer las causas por sus efectos como una deducción probable, no como una conclusión definitiva. No es casualidad que la teología natural del ámbito anglosajón y protestante en nuestros días se haya construido de manera general sobre la propuesta de un discurso hipotético, en términos de probabilidad; descolla en este sentido, el trabajo del profesor Richard Swinburne en quien Antony Flew encontrara, según propia confesión, los más convincentes argumentos a favor de la existencia de una realidad sobrenatural.

Cabe por otro lado oponer una reflexión nada banal. Quienes niegan validez al argumento por analogía, se hacen fuertes en la mencionada diferencia ente los organismos naturales y los artefactos construidos por el hombre en términos del carácter inmanente o trascendente de su finalidad propia. Sin embargo, la reflexión no parece del todo correcta. Quiero decir que la inferencia, en términos de probabilidad más razonable, de que a la vista del reloj de Paley podamos sospechar o concluir la existencia de un diseñador no se deriva únicamente del “antinatural” arreglo de las partes que conforman el artefacto. Lo que por encima de todo denota la existencia de una causalidad inteligente, no son las partes en sí sino el todo, es decir, el hecho de que las partes organizadas, responden necesariamente a un concepto previo, a un diseño que implica la ideación previa del artefacto y la existencia de una finalidad y un propósito en su construcción.

Nada nos impide postular que también los organismos vivos pueden ser descritos como un todo conformado por un conjunto ordenado de partes, y que si bien el mecanismo de construcción del organismo supone una construcción simultánea del todo con sus partes en las que unos y otros son recíprocamente causa y efecto, parece evidente que todo el proceso se desarrolla según un guión preconcebido. Es decir, la ideación de la forma resultaría imprescindible como dato previo a la existencia de cualquier organismo representativo de cualquiera de las formas vivas conocidas. La forma precede a la existencia física, cualquiera que sea el mecanismo de formación del organismo; el proceso de desarrollo a partir de un zigoto de cualquier organismo pluricelular exige la ideación previa del modelo que se está ejecutando. La teleología insoslayable que preside todo el proceso de multiplicación y diferenciación celular apunta a un resultado predeterminado en la información biológica contenida en la célula primigenia. El organismo no puede ser responsable de su propia forma, no se puede conformar a sí mismo más que mecánicamente, pero nunca formalmente.

El argumento del “dios de los huecos” proclama la inexistencia en la Naturaleza de motivos suficientes para invocar una explicación sobrenatural. Se nos dice que la falta de conocimiento actual para justificar en términos estrictamente científicos la emergencia y el desarrollo de la vida es una laguna temporal, que las explicaciones naturalistas deben imponerse de forma necesaria y que lo que hoy no conocemos lo descubriremos mañana. Salirse de este discurso se nos presenta como una falacia, como un argumento desde la ignorancia, como un paso lógico inconsistente que nos arrastra al vacío de la irracionalidad y el misticismo mágico.

Falso. Por el contrario, es legítimo postular que la inferencia de una causalidad no natural se nos impone como una necesidad, precisamente a partir del conocimiento científico y filosófico más avanzado; hoy sabemos cosas que Kant desconocía y que nos permiten afianzarnos en nuestras convicciones con una seguridad en la solidez de la cadena de inferencias que Kant no podía tener y que quizás, de haber conocido lo que hoy sabemos, le habría permitido enfrentarse con otra resolución a su antinomia más inexpugnable.

Por ejemplo hoy sabemos que los organismos vivos se rigen, en una parte esencial de su funcionamiento, por instrucciones prescriptivas de naturaleza informacional. Sabemos que las mismas se traducen para definir y especificar la dinámica de los organismos vivientes mediante códigos orgánicos de naturaleza formal y este dato, fundamental, supone la posibilidad de inferir una causalidad inteligente de manera perfectamente consistente. En primer lugar hay que señalar que la información detectable como un dato cierto en la Naturaleza nos obliga a extender el ámbito de lo natural más allá de lo que estamos habituados completando los conceptos tradicionales de materia y energía (y las leyes que los determinan). El estudio de la realidad nos obliga ahora a incorporar el concepto de información como una entidad formal capaz de gobernar el mundo físico. En palabras de Arthur Peacocke, bioquímico de la Universidad de Oxford en su trabajo “Sciences of Complexity: new theological resource?” “… la capacidad de determinación de los sistemas complejos sobre sus componentes puede ser a menudo comprendida mejor como un flujo de información, entendida ésta es su más amplio sentido como influencia formadora de modelos.”

A partir de ahí, la propia naturaleza de la información como dato de la realidad nos obliga a buscar explicaciones causales que trascienden el ámbito de las leyes físico-químicas conocidas. Primero porque la información contenida en el genoma de un ser vivo, no puede ser reducida a impulsos físico-químicos; por el contrario, la información genera respuestas que sin violar tales leyes, sino más bien aprovechando el determinismo que las mismas imponen, impulsa la generación de orden y organización, algo que las citadas leyes no pueden hacer por sí solas. Además, la información es necesariamente intencional, se proyecta inevitablemente a la prescripción de un modelo dado y esto enlaza con la reflexión anterior. No solamente podemos intuir que la generación de una forma compleja exige la ideación previa del modelo; ahora además hemos descubierto que la forma idealmente pensada se puede traducir en instrucciones encriptadas en las secuencias genéticas de las formas vivas. Ello implica que no solamente podemos sospechar la existencia de una mente responsable de la ideación de la forma sino que además podemos observar y detectar científicamente la huella de la instauración de la idea en la materia, apareciendo así la materia “informada”. La antes inexplicable dinámica finalista de los organismos vivos se nos presenta ahora como un impulso gobernado por una realidad formal de naturaleza intencional y este dato de la realidad exige una explicación que trasciende el ámbito de lo hasta ahora considerado como “natural”. Ahora podemos entender que los organismos vivos responden a un impulso que trasciende su propia naturaleza bioquímica ya que la emergencia de la información como realidad formal no puede justificarse a partir de la materia y las leyes que la determinan.

Es importante comprender que no puede concederse a la ligera que las formas biológicas están determinadas por información de naturaleza prescriptiva sin comprometerse con la idea de que la información genética, como cualquier otra forma de instrucción prescriptiva encaminada a generar un sistema funcional, nace de la previa ideación o existencia del sistema que va a ser replicado por la misma. Es el sistema idealmente concebido el que resulta conceptualmente necesario como anterior a la existencia de las instrucciones que resumen las claves de su organización interna y permiten su reconstrucción.

La entrada de la información en el acerbo de las categorías naturales supone un cambio drástico de perspectiva. Gracias a ella la inferencia de una causalidad inteligente externa a los organismos vivos ya no es un recurso derivado de la falta de conocimiento, un argumento desde la ignorancia. Por el contrario ahora, la existencia de una causa inteligente se nos hace evidente como una conclusión obligada, como una necesidad que se deriva del conocimiento científico de la realidad, no de la falta del mismo.

Una Respuesta para Los organismos vivos, el argumento del “dios de los huecos” y la aporía Kantiana (2)

  1. Yo no se si algún día saldrá al mercado un chip del tamaño de una mota de polvo que, para ahorrar espacio, tenga sus programas almacenados de forma supercomprimida. Lo que ahora se almacena en 1 Gigabyte quizás en el futuro bastará un 1% de espacio. ¿Cómo?, pues muy sencillo, imitando a la naturaleza: haciendo unos intrones y exones electrónicos se puede multiplicar por más de 10.000 la capacidad actual de la memoria, y si leemos en ambos sentidos, tendremos fácilmente el doble, y si encima sobrelapamos los microprogramas ahorramos más espacio.
    Cuando en el futuro salga algo así, todos, hasta los futuro-darwinistas, pensarán que eso es fruto del diseño inteligente.
    En cambio esos darwinistas, que existirán hasta el final de los tiempos mientras exista libre albedrío, seguirán afirmando que la información “natural” no puede ser fruto de ningún diseñador “sobrenatural” porque ningún dios haría un mundo con tal cantidad de diseños defectuosos y que además sufren mientras se devoran unos a los otros. A este “argumento” emocional se reduce toda esa elucubración de la supervivencia de los más aptos.
    El que tenga oidos para oir que oiga, los que no…. que se instruyan con Dawkins et al.

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