Los Indicadores de Diseño. Parte 5. Convenios de Conexión.

Imaginemos un experimento mental. En una caja coloquemos un envase y su respectiva tapa. Dicha tapa no se conectará con el envase solo mediante acoplamiento, es decir, juntando sus bordes complementarios, sino de un modo distinto. Ambos tendrán una rosca en sentido horario para el envase y en sentido anti-horario en la tapa tal como es el caso de infinidad de botellas y demás envases que conocemos en los que debemos, para conectarlos girar la tapa en sentido horario varias vueltas hasta cerrar el envase o botella debidamente. Este procedimiento constituirá el sencillo convenio de conexión entre el envase y su tapa. Ahora bien, como deseamos que este procedimiento de conexión se realice de modo estrictamente natural, colocaremos ambos componentes, envase y tapa, en una caja y proporcionaremos energía al proceso agitando la caja con los dos elementos en su interior hasta que las mismas se conecten por obra del azar. Como esto requiere de tiempo, mucho tiempo, seamos bondadosos y agitémosla, si no se nos cansan los brazos, durante unos 90 millones de millones de años (no importaría incluso si fuere por toda la eternidad). Luego abramos la caja y veamos en su interior que ha pasado. ¿Pudo el azar conectar ambos componentes en esta extraordinaria multitud de tiempo? Cuando abramos la caja encontraremos solo polvo, pero no una conexión. ¿Por qué? Porque la conexión de ambos componentes se producirá solo si se aplica el convenio de conexión, que es girar la tapa en sentido horario sobre la boca del envase. De nada servirán 90 millones de millones de años de agitación. Esto significa que muchas de las conexiones del mundo biológico no se van a dar NUNCA por efecto del azar ni con el concurso de la eternidad ni en todas las burbujas del pretendido multiverso con las más preferentes leyes y constantes físicas. Igualmente en el caso biológico podemos poner en el envase a muchos monómeros y agitarlos juntos sin la presencia de enzimas clave por el mismo tiempo y repetirlo en todos los universos posibles, sin embargo, como en el anterior caso, no los hallaremos unidos jamás.

Si bien la coherencia de contexto y el principio de multicontextualidad aluden poderosamente la inferencia de diseño. No obstante, no son del todo concluyentes en el sentido de que, aunque sumamente improbable, no resulta imposible que se logre formar, por pura casualidad, un contexto funcional o una coherencia funcional fortuita entre dos elementos muy poco multicontextuales.

Sin embargo, los convenios de conexión representan un tipo más sofisticado de coherencia que si resulta verdaderamente contundente para inferir diseño más allá de toda duda. Este tipo de conexión se cumple cuando un agente externo necesita cumplir un convenio para poder conectarse con un contexto funcional mayor. No se trata solo del concurso de energía y su sola presencia, en este caso, el agente externo necesita realizar un convenio de conexión sin cuyo desarrollo la conexión es imposible. La mayor parte de los mecanismos construidos por el ser humano, de obvio origen inteligente, tienen este tipo de conexión por convenio y sucede que también todos los organismos biológicos los presentan.

Muchos de los componentes biológicos están conectados mediante convenios de conexión especiales. Un convenio de conexión es un plan de naturaleza algorítmica aplicado para conectar dos componentes. No se trata de simples acoplamientos. Se requiere energía y agentes externos que catalicen (ayuden a conectar) los mismos mediante un proceso elaborado.

La síntesis de proteínas, tema ya tratado superficialmente en la parte, consiste en la unión de una cadena de cientos de eslabones donde cada uno de ellos lo constituye uno de 20 tipos distintos de aminoácidos levógiros extraídos del medio intracelular. No se encadenan estos para formar proteínas por pura casualidad ni siquiera por una simple acción enzimática. Ningún proceso natural no biológico las produce y ello porque su formación obedece no a simples conexiones químicas, sino a un complejo convenio de conexión.

Cuando en 1953 James Watson y Francis Crick descubrieron la estructura del ADN muchos biólogos creyeron qué, del mismo modo como la cadena de ADN se enlaza mediante nucleótidos complementarios permitiendo con ello su replicación mediante la reconstrucción de dicha complementariedad, también podría por un mecanismo similar sintetizar las proteínas haciendo que ciertas partes del mismo se constituyeran en moldes para aminoácidos. Fue Francis Crick quien por primera vez observó en 1957 que esto era sumamente improbable. En una nota de carácter privado, Crick escribió que “si se considera la naturaleza físico-química de las cadenas laterales de los aminoácidos, no encontraremos características complementarias en los ácidos nucleicos. ¿Dónde están las superficies hidrofóbicas que distinguen la valina de la leucina y la isoleucina? ¿Dónde están los grupos cargados, en posiciones específicas, que van con aminoácidos de carácter ácido o básico?” y luego enfatiza: “no creo que nadie que examine el ADN o el ARN [ácidos ribonucléicos] piense que son moldes de aminoácidos”.

Si realmente las proteínas se formaran a partir de moldes del ADN podríamos decir que estas están prescritas por tan solo condiciones físico-químicas y sería fácil entrever que son el resultado de una evolución fortuita de la materia, pero, para desgracia del naturalismo materialista, no es así.

Ninguna proteína biológicamente funcional nace como el resultado fortuito de una conexión espontánea o catalizada en un solo paso. Resulta más bien de un elaborado proceso de fabricación en varias etapas. Solo el proceso de transcripción de un ARN maduro, tal como lo vimos en la parte 2, demanda una cadena compleja de pasos y una también compleja coordinación de muchos actores en la maquinaria celular. No son pues simples conexiones, ni siquiera conexiones catalizadas, tienen, como resulta evidente, un convenio de conexión complejo y ello implica que precisan de un plan de fabricación.

Sabemos que a nivel atómico, los átomos pueden unirse (conectarse) con otros átomos para formar moléculas de acuerdo a ciertas coherencias llamadas valencias que les permiten compartir electrones y formar entes mayores. Conforme aumenta la complejidad de la molécula, monómero o polímero, sus capacidades de conexión (multicontextualidad) son cada vez menores e improbables. Finalmente, ya a nivel celular, aparecen convenios de conexión que implican a muchos actores protagonistas de un proceso de síntesis y a su vez, también dichos actores son sintetizados por otros convenios complejos en los que también participan los actores que sintetizaron en un proceso de interdependencia mutua.

John Horgan aborda este problema al decir:

“Los trabajos de Watson y Crick y otros han demostrado que las proteínas se fabrican siguiendo las instrucciones dictadas por el ADN. Pero hay un problema. El ADN no puede desempeñar su trabajo, ni siquiera su propia replicación, sin el concurso de proteínas catalíticas, o enzimas. En pocas palabras, no se pueden fabricar proteínas sin ADN, ni tampoco ADN sin proteínas”.  La búsqueda inacabada del origen de la vida. Investigación y Ciencia Abril 1991 Nº175

Todos estos actores forman parte de un contexto funcional complejo, con mutuas dependencias y con conexiones e interrelaciones también complejas que requieren convenios de conexión para ensamblarse entre sí. Como hemos visto antes, dichos convenios no pueden reproducirse por el solo concurso de energía y tiempo, ya que implican agentes externos que dirijan el proceso de conexión.

Estos conceptos son cruciales para juzgar qué, cuando una estructura cualquiera de nuestro universo refleje componentes conectados funcionalmente mediante convenios de conexión, será efectivamente un artefacto, es decir, una estructura funcional que tiene un objetivo, implica un diseño y por consecuencia tiene un diseñador.

Próximo post: Complejidad Irreductible.

Fuente: Cristian Aguirre. Los Indicadores de Diseño. Capítulo 5. OIACDI 2013

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