Los Argumentos de Diseño en la Antigüedad. Sócrates.

SocratesPor Felipe Aizpún. 

Sócrates fue sin duda uno de los más importantes pensadores de la antigüedad y sus aportaciones fueron en cierto sentido tan revolucionarias e innovadoras que permitieron consolidar algunos conceptos y criterios que han permanecido ya para siempre como patrimonio de la cultura occidental.

Sócrates fue el primero en resaltar el papel del ser humano como referencia principal de todo lo existente. Mientras los filósofos presocráticos analizaron principalmente la realidad desde el punto de vista de la cosmología y la explicación material de todo lo existente, Sócrates volvió el punto de atención de sus reflexiones hacia la condición humana y su valor moral. Fue un filósofo indudablemente creacionista en el sentido del término aquí establecido, pero a diferencia de sus antecesores, no puso tanto el énfasis en una perspectiva científica en torno al “cómo” de la intervención creadora de la divinidad, sino en el significado y el valor del acto creador y el papel referencial del ser humano en la Naturaleza. Su análisis es, si se me permite, mucho más filosófico que científico, de acuerdo con los estándares vigentes en nuestros días, si bien no hay que olvidar que la diferencia “artificial” entre ambas perspectivas que hoy predomina en el panorama intelectual no existía en los albores del pensamiento humano donde ciencia o filosofía no eran sino manifestaciones perfectamente conexas del proceso de búsqueda del conocimiento racional.

Frente a la cínica (a veces) y retórica búsqueda del éxito argumentativo en desprecio de la verdad, y la concesión al relativismo y el escepticismo que popularizaron los filósofos sofistas de su tiempo, Sócrates destacó por la reivindicación de la existencia de una verdad objetiva y unos valores morales también objetivos existentes con independencia del observador. Intentó en todo momento dirigir a sus interlocutores a la búsqueda de la esencia auténtica de las cosas.

En su visión antropocéntrica del cosmos y de la Historia no dudó en considerar a la Naturaleza en su conjunto y a los animales inferiores en particular como objetos naturales al servicio del hombre, imprimiendo un sentido teleológico profundo a la realidad.  Así por ejemplo, y en relación al ejemplo paradigmático del ojo humano, veíamos cómo la preocupación de Empédocles al respecto era destacar el carácter artesanal de su estructura y su complejidad como muestra de la acción creadora de una fuerza sobrenatural. Sócrates sin embargo, destacaba por encima de la perspectiva “científica” el valor y el significado del órgano en relación a la función y la finalidad o utilidad que representa tal función para el organismo.

Así pues, consideraba el ojo como un don, un regalo divino para el ser humano, y a éste, como una creatura singularmente beneficiada por privilegios únicos como la inteligencia racional, su habilidad manual o su sensibilidad moral y religiosa. No aceptaba la consideración de estos privilegios como meros accidentes naturales sino como auténticos dones fruto de la acción intencional y finalista de una causa inteligente y benévola. Esta benevolencia era precisamente, uno de los puntos de referencia de su crítica al trabajo de algunos de sus predecesores como Anaxágoras. Para Sócrates la acción creadora no debe de analizarse exclusivamente como un proceso mecánico o artesanal, sino que es imprescindible para su recta comprensión identificar el concepto teleológico asociado a la idea de Bien implícita en dicha acción creadora.

Pero la aportación más destacada de Sócrates en relación al objeto de este trabajo la encontramos en lo que se ha venido a considerar la primera formulación del argumento de diseño en un texto filosófico. Se trata de un hipotético diálogo del maestro con un interlocutor llamado Aristodemus recogido en la obra “Memorabilia” de su discípulo Xenophon y que vale la pena recordar en su literalidad:

“Dime Aristodemus,” dijo Sócrates, “¿hay alguna gente que admiras por su habilidad?”
    “Sí” dijo él.
“Dinos sus nombres” dijo Sócrates.
  “Bien, en la poesía épica admiro sobre todo a Homero, en cuanto a ditirambos a Melanípides, en la tragedia a Sófocles, en la escultura a Polícleto, en la pintura a Zeuxis.” 

“¿Consideras más admirables a quienes producen imágenes carentes de consciencia o movimiento, o a quien produce seres vivos con inteligencia y actividad?”
   “Mucho más a quienes producen seres vivos, siempre que éstos devengan existentes no como fruto del azar sino por la obra agente de un designio”
“Compara cosas que no tienen apariencia de servir para algo, con cosas que evidentemente sirven a un propósito beneficioso. ¿Cuáles considerarías ser elfruto del azar y cuáles de un designio?”
    “Tiene sentido que las cosas que sirven para una función beneficiosa sean el producto de un designio”.
“¿Así pues piensas que fue para una función beneficiosa por lo que el creador originario de los seres humanos les dotara de los medios necesarios para percibir: ojos para verlas cosas visibles, oídos para oír las cosas audibles? ¿ Y qué utilidad tendrían los olores de las cosas si no hubiésemos sido equipados con narices? ¿Qué percepción tendríamos de lo dulce, lo picante, o todas las placenteras cualidades que entran por la boca si una lengua no nos hubiera sido dada como su juzgador? Más aún, ¿no consideras que todo esto parece también obra de una acción providente?”

El objetivo de Sócrates en este pasaje era contrarrestar las teorías atomistas en boga en su tiempo que apelaban al poder creativo del azar o lo accidental, y reivindicar la causación inteligente e intencional como explicación más razonable para el origen de determinados rasgos presentes en los objetos naturales. Su valoración de la benevolencia divina era por completo independiente de cualquier reflexión en torno al mecanismo por el que tales dones divinos hubieran podido producirse. No se entretenía Sócrates en justificar mediante analogías el origen intencional de tales rasgos de la Naturaleza, consideraba que querer constreñir la acción divina a un remedo de la forma en que los hombres actuaban no tenía demasiado sentido. Lo que en Empédocles se mostraba como una analogía adquiere en Sócrates el carácter de la ejemplificación de la vasta superioridad de la acción creativa de la divinidad frente al mero remedo de la humana acción artesanal.

La divinidad era concebida por Sócrates, por tanto, como un ser inteligente y benévolo que creaba por “lo mejor”; pero también como un ser omnisciente y omnipresente. Se alejaba así de la teología mitológica y antropomórfica de sus contemporáneos, siguiendo por tanto el camino ya mostrado por su antecesor Jenófanes, quizás el primer filósofo en reclamar una suprema divinidad de naturaleza incorpórea, inmóvil, es decir no afectado por el cambio, pero omnipotente y capaz de mover todas las cosas por el poder de su pensamiento. Un antecedente evidente de la idea aristotélica de un Primer Motor inamovible.

Para Sócrates la inteligencia es la causa real última de todo lo que existe en el mundo, pero no se detiene en consideraciones en torno al proceso eficiente de causación, sino que entiende su poder causal en términos de un razonar benevolente en torno a lo que es “lo mejor”. La materia subyacente no es la causa última de lo real sino meramente el sustrato que permite hacer efectivos los dictados de la inteligencia.

Esta reflexión o perspectiva socrática es de gran relevancia también en nuestros días. Sócrates parecía sentirse en cierto sentido decepcionado por el afán “científico” de sus contemporáneos en querer entender y explicar el mecanismo de causación eficiente de los designios de la suprema inteligencia.

Él por su parte, no parecía considerar que tales misterios estuvieran al alcance del conocimiento humano y no consideraba que tales propuestas fueran relevantes para defender la necesidad de una justificación por designio y no por azar de la realidad conocida. No sabemos cómo la inteligencia opera y hace su trabajo, pero la huella de una causalidad inteligente no precisa de tales respuestas para quedar indeleblemente grabada en la Naturaleza. Por eso, las críticas que a menudo se realizan en la actualidad desde las filas materialistas y en concreto desde la ortodoxia darwinista dominante hacia las teorías del Diseño Inteligente, achacándoles precisamente la falta de un modelo de gestación mecánica de los dictados de un hipotético diseñador inteligente no habrían hecho mella alguna en las convicciones de Sócrates al respecto.

El argumento de diseño planteado por Sócrates resulta enormemente expresivo en su simplicidad. Se trata sin duda de un argumento por la teleología de los seres vivos y por la inmanente relación de finalidad entre las partes y el todo que tan poderosamente cautivara a Kant dos mil años más tarde. Las partes del organismo están orientadas a cumplir una función esencial en pro del bien propio del organismo, aquel que cumplimenta lo propio de la esencia de dicho organismo. Por lo tanto, la orientación a fines requiere un acto intencional y una inteligencia causante en el origen. Es importante destacar que Sócrates no plantea su inferencia como un argumento por analogía. No se trata de inferir una acción inteligente por comparación con otras acciones inteligentes asimilables. El argumento es directo; la teleología se deduce inevitablemente del carácter funcional de las partes con relación al todo y dicho carácter funcional y finalista supone por sí mismo (y no por analogía) la huella de un designio inteligente.

Dos parecen ser los propósitos del filósofo en esta exposición. Por un lado, no está concebido tanto como un argumento para la demostración de la existencia de un dios creador como para mostrar la relación del dios creador hacia su obra. Por otro lado, acompaña su discurso de la referencia de las obras de los artistas humanos más destacados con objeto de hacer ver cuánto más digno de nuestro respeto y admiración es la obra de un supremo hacedor capaz de crear cosas infinitamente superiores a las creaciones de los artistas más admirables.

Por último, resulta relevante destacar otro aspecto del argumento de Sócrates, que es la lógica formal en que el mismo nos es presentado.

Sócrates no nos presenta un argumento deductivo para sacar una conclusión definitiva e inatacable sobre la existencia de un diseñador creador. Lo que nos propone es una intuición meramente hipotética en torno a la más razonable de las explicaciones para justificar determinados efectos que encontramos en la Naturaleza. Se trata de un argumento típicamente abductivo para la identificación de causas a partir de los efectos observables.

Esta consideración es de gran importancia para valorar algunos de los argumentos teleológicos o de diseño clásicos en la historia de la filosofía.

Próximo post: Platón.

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