Los Argumentos de Diseño en la Antigüedad. Los primeros materialistas.

GreciaPor Felipe Aizpún

El debate en torno al origen y la esencia última de lo real se remonta a los albores del pensamiento racional, y podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que las posiciones al respecto apenas han variado en veinticinco siglos de reflexión filosófica.

Los filósofos de la antigüedad se plantearon todas las cuestiones trascendentales que siguen siendo objeto de polémica en la actualidad. Se preguntaron por la esencia última de la realidad material, así como por el origen o la finitud del Universo; discutieron sobre si es posible proponer un mundo con un origen finito en el tiempo pero una proyección indefinida en el tiempo a futuro. Debatieron incluso sobre la existencia de un único Universo o de una multiplicidad de mundos inconexos, y en último extremo, sobre la existencia de un orden evidente en el mismo, lejos del hipotético caos presumible en un estado inicial o primigenio de la realidad material. Se cuestionaron igualmente el origen de la vida y de las formas vivas y debatieron profundamente en torno a la aparente teleología inmanente en los organismos vivientes, el sentido adaptativo y funcional de sus partes y la posibilidad de explicar este inequívoco “diseño” como producto de eventos estrictamente naturales, o por el contrario como el sello inequívoco de una causalidad intencional. Reflexionaron, por último, sobre el origen de la condición racional del ser humano y la dimensión inteligente en el cosmos como un dato a justificar en su relación con las características estrictamente materiales del mismo.

Las respuestas que propusieron diferentes pensadores abarcan todo el espectro de posibles alternativas y, como veremos, prácticamente no existe ninguna propuesta en el debate al que asistimos en la actualidad que no hubiera sido contemplada por nuestros ancestros.

Por una parte, la visión materialista de la realidad fue explorada a conciencia en la Grecia clásica de la mano de autores como Leucipo, tenido por el iniciador de esta línea de reflexión, o su discípulo Demócrito allá por el siglo quinto a.C. y adquirió su expresión más filosóficamente completa con Epicuro, un siglo más tarde. Estos autores constituyeron el movimiento denominado de los atomistas. Según ellos, la realidad material está sustentada en último extremo por pequeñas partículas o átomos que se nos muestran como un hecho bruto que carece de ulterior explicación. Dichas partículas lo son de una infinidad de formas y clases y es mediante la combinación de las mismas que toda la realidad tal como la conocemos viene a ser conformada. Partículas y vacío, siendo los únicos elementos primigenios de todo lo real, relegan a un estado secundario a las propiedades accidentales de los objetos 2 naturales, tales como el color, el sabor y otros atributos, y al igual que la propia dimensión inteligente de los seres vivos, son consideradas como propiedades emergentes en las complejas estructuras que la materia es capaz de conformar.

Vemos aquí por tanto prefigurada una de las posiciones intelectuales claves de la era moderna de la filosofía, desarrollada por autores como Galileo, Descartes o Locke, y que representa el abandono declarado de la filosofía esencialista de la tradición aristotélica y la entronización del mecanicismo más estricto. Las cosas, según esta corriente de opinión carecen de esencia o forma sustancial que defina sus características más específicas y pueden ser explicadas únicamente en términos de causas materiales y eficientes, abandonando así la perspectiva de las causas finales y formales reivindicada por Aristóteles. Al igual que los autores mencionados, ya Demócrito sostuvo que las propiedades de los objetos, tales como el color, el sabor y otras, no eran intrínsecas de los átomos que las conformaban sino la consecuencia de la interacción de las partículas al formar las estructuras complejas que definen los objetos materiales y de su relación con la mente del observador. Esta inteligencia del observador, sin embargo, y a diferencia de lo que opinaban autores no ateos como Descartes, defensor como sabemos de un dualismo materia-mente radical, no era en último extremo para Demócrito más que otra propiedad superveniente de las posibilidades de estructuración de la materia.

Los primeros atomistas, a diferencia de los autores de la modernidad no eran estrictamente anti-esencialistas, por la sencilla razón de que la teoría esencialista no fue desarrollada plenamente por Aristóteles hasta la segunda mitad del siglo IV a.C. La obra de este último sí fuera ya en cambio conocida para el principal exponente del movimiento, Epicuro; además la capacidad de estructuración de la materia a partir de las partículas elementales exigía, sin duda, algún tipo de explicación causal alternativa. Los filósofos materialistas de la antigüedad apelaron así, tal como hoy lo siguen haciendo sus herederos intelectuales, a la capacidad de auto-organización de la materia como fuerza formadora.

En nuestros días, algunos intelectuales de prestigio han abogado profusamente por la auto-organización como fuerza creadora en la Naturaleza, tal es el caso del biólogo teórico estadounidense Stuart Kauffman en sus trabajos sobre la justificación de las estructuras complejas en los organismos vivos, más allá de las simplistas teorías formativas que caben en el marco de la síntesis evolutiva moderna o neo-darwinismo. Kauffman, que reivindica nada menos que la “reinvención de la sacralidad” como alegoría
naturalista susceptible de remplazar a las convicciones religiosas tradicionales, atribuye a la Naturaleza una asombrosa fertilidad y una deslumbrante capacidad creativa. Tal hicieron en definitiva, sus antecesores en el pensamiento materialista veinticinco años atrás.

Pero los filósofos materialistas de la antigüedad eran ya conscientes de que la riqueza fantástica de formas y la complejidad y el orden reinantes en la Naturaleza no podían ser fácilmente explicados como la mera interacción de un número limitado de partículas en las condiciones específicas conocidas de nuestro mundo. Tuvieron la intuición de que una explicación naturalista satisfactoria de la realidad conocida exigía una invocación del concepto de infinitud como recurso probabilístico ilimitado. Por eso, el Universo de los atomistas es un Universo compuesto por un vacío infinito y un infinito número de átomos; más aún, es un Universo compuesto por un número ilimitado de mundos distintos del nuestro. Según Demócrito, algunos de estos mundos tendrían sol y luna, como el nuestro, otros no lo tendrían, o tendrían un número variable de ellos, en definitiva, habría una diversidad extraordinaria de escenarios cósmicos diferentes.

Pero no sólo eso; de acuerdo con los comentarios que autores posteriores nos han dejado de la obra de Demócrito, la infinitud de mundos por este propugnada incluiría la existencia múltiple incluso de mundos idénticos habitados por personajes idénticos duplicados. En definitiva, Demócrito estaría asumiendo la misma teoría filosófica que subyace en las modernas propuestas para la existencia de multiversos: que dado un escenario de recursos probabilísticos ilimitados, cualquier cosa posible tiene que haber ocurrido necesariamente. De esta forma, la existencia de un mundo amigable a la emergencia espontánea de la vida tiene que darse en algún punto dado del mega-cosmos así ideado. Y ese punto es, consecuentemente, el Universo que habitamos.

Queda claro así, que la propuesta tan en boga hoy día de una multiplicidad ilimitada de mundos no es en realidad, y como eminentes científicos han dejado claro, una propuesta derivada del conocimiento científico más avanzado sino la imposición de un modelo filosófico de interpretación de los datos de la realidad y, en especial, un intento de hacer creíble el implausible escenario de aparición espontánea de la vida como un evento natural en un mundo inanimado.

En este sentido procede citar al físico de origen ruso Eugene V. Koonin, Senior Investigator en el National Center for Biotechnology Information en Bethesda (Maryland, USA) y autor de numerosos trabajos científicos así como del libro publicado en 2011 bajo el título “The Logic of Chance”. En este último, y tras explicar exhaustivamente cuán implausible resulta avocar por la emergencia espontánea de la vida (que llega a calificar de “casi un milagro”) nos dice (pag 392):

“Dadas todas estas dificultades importantes, parece prudente considerar seriamente alternativas radicales para el origen de la Vida. La versión de “Muchos mundos en uno” (MWO, del inglés Many Worlds in One) del modelo cosmológico de inflación eterna sugiere una vía de escape para el rompecabezas del origen de la vida, porque en un multiverso infinito con un número finito de distintas historias macroscópicas (cada una repetida un número infinito de veces), la emergencia de incluso sistemas altamente complejos por azar no solamente es posible, sino inevitable.”

No voy a detenerme aquí en explicar lo erróneo de la lógica de Koonin, ya que lo imposible resulta imposible en cualquier escenario por infinitamente que se repita; es decir, el problema del origen de la vida no puede tratarse como un problema de falta de recursos probabilísticos suficientes en un tiempo limitado, sino como un problema de falta de adecuación causal, que nos impide considerar un escenario inanimado como el anticipo razonable de un mundo orgánico gobernado por recursos informacionales de naturaleza formal. Lo que quiero poner de manifiesto es simplemente la evidente similitud de los planteamientos intelectuales materialistas de la actualidad con las propuestas ya avanzadas en la antigüedad por algunos de los primeros pensadores. Nada nuevo bajo el sol. Muchos de los planteamientos materialistas de los intelectuales contemporáneos parecen responder a la necesidad de justificar un mundo sin referencia alguna a instancias sobrenaturales. Así lo exponía en 1997 el biólogo y filósofo de la biología estadounidense Richard Lewontin en su cita ya emblemática (del artículo “Billions and Billions of Demons”) y repetida hasta la saciedad:

“Nos ponemos del lado de la ciencia a pesar de lo patentemente absurdo de algunos de sus conceptos, a pesar de su fracaso en cumplir muchas de sus extravagantes promesas de vida y salud, a pesar de la tolerancia de la comunidad científica a historias ad-hoc sin fundamento, porque tenemos un compromiso anterior, un compromiso con el materialismo. No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos obliguen a aceptar una explicación materialista del mundo fenomenológico, sino, por el contrario, que nosotros estamos forzados por nuestra adherencia a priori a las causas materiales para crear un aparato de investigación y una serie de conceptos que producen explicaciones materialistas sin importar qué tanto vayan en contra de la intuición, sin importar qué tan místicas sean para el que no ha sido iniciado. Más allá de eso, el materialismo es un absoluto, pues no podemos dejar que un Pie Divino cruce la puerta.”

No podemos asegurar que los primeros atomistas buscaran de manera intencional una alternativa a las propuestas creacionistas generalmente admitidas por sus contemporáneos. Sin embargo, parece evidente por los escritos que han llegado hasta nosotros que Epicuro, el más conspicuo representante del movimiento, representaba ya en su tiempo un anticipo de la sensibilidad manifestada por Lewontin en nuestros días. Consideraba que las posiciones atomistas permitían apartar las creencias religiosas que situaban nuestro mundo y nuestras vidas bajo el control, la vigilancia divina, y la amenaza de consecuencias indeseadas para nuestras vidas. Por el contrario, la idea de que nuestra vida y nuestro Universo no son otra cosa que el efecto accidental de fuerzas estrictamente materiales, proporcionaría al ser humano una mucho más placentera perspectiva en relación a sus proyectos y compromisos vitales. En definitiva, los atomistas anticiparon por completo la expresión popularizada por Sagan:

“El mundo físico es todo lo que hay, antes hubo, o alguna vez habrá”

Los atomistas anticiparon igualmente el tan manido concepto popularizado por Monod de que el azar y la necesidad son los únicos elementos de causación que justifican la ocurrencia de todos los fenómenos naturales. Para los atomistas, todos los fenómenos eran explicables en términos del movimiento y la colisión de los átomos, y esta interacción podía ser considerada necesaria por un lado, en cuanto que respondía a secuencias mecánicas, y fortuita por otro, en el sentido de que no era el fruto de un propósito o la búsqueda expresa de efectos predeterminados. Así lo recoge el propio Epicuro en sus escritos.

Próximo post: La introducción de una Inteligencia como causa.

3 Respuestas para Los Argumentos de Diseño en la Antigüedad. Los primeros materialistas.

  1. Como es bien sabido, los antiguos atomistas griegos eran precursores del naturalismo moderno. Fueron pioneros en el enfoque mecanicista al estudio de la naturaleza. Ellos fueron críticos de la religión tradicional. Negaron que hay alguna causa no causada para sostener el mundo en el ser. Pero no eran ateos como ese término se entiende hoy en día. Por lo general, reconocieron que existían los dioses. Sólo los consideraban una parte del orden natural, entre otros. Si estuvieran escribiendo hoy, podrían haber expresado su posición mediante la comparación de los dioses a los extraterrestres o seres de otra dimensión.

  2. Juan Carlos, gracias por la matización.
    En efecto, los primeros atomistas (Demócrito por ejemplo) carecían en sus planteamientos de intenciones teológicas anti-religiosas. Incluso Epicuro más adelante mostró una cierta condescendencia hacia las creencias de sus contemporáneos en la existencia de “dioses”, como bien dices, situados en algún estatus poco definido en el orden natural.
    Sin embargo, las implicaciones de sus convicciones filosóficas son claras en cuanto a que niegan de plano la posibilidad de un orden creado por un ser trascendente. El sustrato material del mundo físico y sus leyes capaces de justificar procesos de auto-organización de la materia se nos proponen como un “brute fact” que no exige ulterior justificación. Los “dioses” que se contemplan como potencialmente existentes en algún recóndito ámbito de lo real no tienen para Epicuro, presencia ni protagonismo alguno en el devenir de la realidad que nos atañe y de hecho su estatus ontológico no parece poder encajar en el modelo materialista que proponen los atomistas.
    Epicuro fue el más beligerante en este sentido ya que unía a sus ideas metafísicas unos principios hedonistas y una clara negación de trascendencia a la vida del ser humano que chocaba abiertamente con el sentimiento religioso popular de la época.
    Habida cuenta de que la creencia en la existencia de “dioses” al estilo de las mitologías o religiones primitivas resulta totalmente absurda en nuestros días a la luz del conocimiento científico actual, creo que los atomistas primitivos en el mundo moderno podrían perfectamente ser caracterizados como “ateos”.

  3. El punto aquí es que sin una adecuada inferencia filosófica deductiva (tal como lo hace el tomismo), los dioses que reconocían los atomistas, bien podrían ser objeto de búsqueda del programa SETI!.

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