Loennig y la Jirafa de cuello largo (1)

Felipe Aizpún

El Dr. Wolf-Ekkehard Loennig es un científico del Max Planck Institute de Colonia experto en el estudio de la genética de las plantas principalmente pero que ha dedicado también una especial atención al análisis del hipotético itinerario evolutivo de la jirafa de cuello largo. La jirafa ha sido siempre un icono de cualquier teoría evolucionista y en sus estudios Loennig ha indagado meticulosamente en las posibilidades de justificación de la emergencia de tan curioso animal por mecanismos estrictamente darwinistas. Su trabajo es sólido y concienzudo; no me consta que haya sido traducido al español por lo que no viene mal aportar un resumen de los argumentos en él exhibidos. El trabajo se publicó en dos partes bajo el título, en su traducción inglesa de “The Evolution of the Long-Necked Giraffe” Part I and Part II , data de 2006 pero ha sido recientemente actualizado (Octubre 2010).

El primer argumento desarrollado por Loennig es la falta absoluta de rastro en el registro fósil que pudiera respaldar la hipótesis de una evolución de tipo gradualista. Su pariente más próximo y posible descendiente de un hipotético ancestro común es el okapi o jirafa de cuello corto y del que existen fósiles de hasta veinte millones de años de antigüedad. Pero las diferencias entre ambos animales son enormes, de hecho el okapi alcanza una altura media de poco más de un metro y medio mientras que las jirafas macho sobrepasan normalmente los cinco metros. Aunque algunos textos evolucionistas se atreven a afirmar alegremente que el registro fósil respalda la hipótesis gradualista lo cierto es que carecemos por completo de rastros de jirafas de tamaños intermedios entre ambas especies. Loennig resalta al respecto las palabras que nos legara el respetadísimo Stephen Jay Gould:

“Ningún dato existía en tiempos de Darwin para sustentar una teoría causal sobre otra, y ningún dato existe hoy día”

“…las especies ancestrales son de cuello relativamente corto y la evidencia dispersa existente no aporta información sobre cómo surgieron las modernas especies de cuello largo.”

“La historia oficial, de hecho, es a la vez fatua e inconsistente”

Tal como señala Loennig, dada la enorme diferencia de tamaño entre unas y otras especies habrían sido necesarias centenares (Loennig apunta entre mil y diez mil según los distintos criterios gradualistas aceptados en la comunidad científica) de formas intermedias entre ellas para explicar el cambio experimentado en un escenario gradualista acorde con el principio rector del proceso evolucionista imaginado por Darwin. Sin embargo, no tenemos el menor rastro de ellas. Por el contrario, los primeros restos fósiles de las jirafas de cuello largo datan de hace unos diez millones de año en el este de África y nos muestran especímenes de idéntica o superior altura a los actuales. Se trata una vez más de la aparición abrupta de una forma biológica novedosa seguida de un período indefinido de estasis.

Loennig denuncia la forma poco científica en que algunos autores se aproximan al enigma de la aparición de tan fascinante animal y cita expresamente al inefable Richard Dawkins, quien se ocupa de este asunto en su obra “Escalando el Monte Improbable”. En ella, Dawkins explica, como si de una bagatela se tratara, que la enorme y elegante jirafa no es otra cosa que un okapi cuyo cuello se ha visto alargado por azar y cuya ventaja adaptativa le ha permitido seguir creciendo paso a paso hasta alcanzar su actual tamaño, generalizándose tan extraordinaria novedad por su mayor capacidad de supervivencia a las duras sequías de tiempos remotos. Por un lado Loennig denuncia que Dawkins nos presenta en una ilustración de su libro una imagen falsificada de la diferencia de tamaño entre ambos animales, más que duplicando el tamaño del okapi en relación a la jirafa con objeto de hacer más creíble su relato. Por otro lado se limita a señalar las diferencias entre uno y otro animal aduciendo que “la diferencia es que cada vértebra es más larga, y todas las partes asociadas a ellas se alargan o se distancian proporcionalmente”.

Loennig contesta con las siguientes palabras: “Sólo en el mundo de fantasía de la teoría evolucionista son las cosas tan simples como eso. En el mundo de la realidad biológica, por otra parte, las cosas son diferentes”.

Lo que es diferente, por ejemplo, es que para rumiar, la comida semisólida debe de ser elevada hasta tres metros desde el estómago hasta la boca y que para ello la jirafa debe de estar equipada con un especial y muscular esófago. También, que la circulación uniforme de la sangre a las diferentes partes del cuerpo de la jirafa requiere varias adaptaciones específicas en el corazón, las arterias y el sistema circulatorio de la misma. Por ejemplo, determinadas arterias y elementos musculares permiten al animal beber a ras de suelo para elevar de golpe después su cabeza cinco metros más arriba sin que se produzca una brusca falta de riego en la misma. Cuando está de pie la presión sanguínea debe de ser muy alta para hacer subir la sangre hasta arriba de su largo cuello, lo cual a su vez exige un fuerte corazón. Pero cuando se agacha para beber o comer la sangre corre hacia abajo y puede producir tal presión sobre la cabeza que las venas podrían explotar. Para contrarrestar este efecto, la jirafa está equipada con un sistema coordinado de control de la presión sanguínea. Sensores de presión a lo largo de las arterias del cuello monitorizan la presión de la sangre y activan la contracción de las paredes de las arterias.

Otra característica peculiar de su aparato circulatorio es su extremadamente dura piel y tejidos fibrosos en sus extremidades lo que hace que una jirafa difícilmente sangre de manera profusa si se corta. Esta particularidad ha sido estudiada por los científicos de la NASA para el diseño de los trajes de los astronautas. También el hecho de que todas las arterias y venas en la jirafa son muy internas hace que se prevenga la posibilidad de sangrar abundantemente.

Los capilares que alcanzan la zona exterior del organismo son muy pequeños y sus células rojas sanguíneas son de un tamaño de la tercera parte de las correspondientes células en los humanos. Estos rasgos únicos en la jirafa, resulta evidente que están relacionados con su especial arquitectura morfológica y su enorme cuello constituyendo un todo interactivo e interdependiente. De hecho, el menor tamaño de las células sanguíneas permite una mayor superficie y una absorción mayor y más rápida de oxígeno en la sangre, oxigenando así mejor todas las extremidades incluida la cabeza.

Otra particularidad de este extraordinario animal es el hecho de que la longitud de su cuello hace que una parte del aire que respira ocupe un espacio muerto a lo largo de su larguísima tráquea (alrededor de unos 2,5 litros), siendo este aire inservible para la función respiratoria. Sin embargo es una cantidad de aire que debe de ser removida a cada vez exigiendo un diseño mecánico de su sistema respiratorio acorde con los músculos tendones y huesos que han debido de ser modificados armoniosamente para hacerlo posible.

En definitiva, la longitud, fuerza y funcionalidad de su esqueleto, así como sus sistemas nervioso y muscular deben de estar perfectamente ajustados para hacer posible la supervivencia y el armonioso desenvolvimiento de tan fascinante criatura. Se trata por lo tanto de una especie que presenta un “diseño propio”, de una forma biológica diferenciada claramente de otros cérvidos que pudieran haber estado en el registro ancestral de un hipotético episodio evolutivo. La jirafa no presenta una simple colección de nuevos rasgos independientes incorporados a una forma previa sino un complejo y armonioso ensamblaje de soluciones funcionales interconectadas. En definitiva, responde a la característica particular de los seres vivos que Antony Flew gustaba describir como “integrative complexity”, es decir, complejidad integradora.

No es de extrañar que Loennig se muestre profundamente indignado con el mayor farsante y divulgador de la pseudociencia de los últimos tiempos, Richard Dawkins, cuando completa su idílico relato con las siguientes palabras:

“El caso es que sólo hace falta cambiar una cosa en el desarrollo embrionario para cuadruplicar la longitud del cuello. Es decir, sólo hay que cambiar la velocidad de crecimiento de la vértebra primordial y todo lo demás viene de seguido”.

De forma detallada Loennig repasa toda la literatura científica en torno a los diferentes ejemplares de las diferentes familias y géneros emparentados con la actual jirafa de cuello largo para demostrar, sobre la base de la evidencia científica, que tanto las necesarias morfologías intermedias como los eslabones requeridos en el tiempo geológico adecuado brillan por su ausencia. El relato evolutivo es perfectamente arbitrario y falto de soporte empírico.

Por el contrario, el argumento es, una vez más, perfectamente circular. Primero se da por hecho que las semejanzas entre unos y otros ejemplares tienen que deberse a un proceso evolutivo; a continuación se justifica la existencia de dicho proceso por las analogías observadas. El propio Dawkins en su obra citada es un buen ejemplo de ello. Primero da por hecho que las semejanzas entre el okapi y la jirafa de cuello largo tienen que deberse a un proceso evolutivo; a continuación se pregunta si una diferencia de tamaño como la que ambas especies nos ofrecen puede haberse producido por una mutación abrupta y saltacional. Por supuesto que no, concluye él mismo, luego tiene que haberse debido a un proceso gradualista. La falacia que encierra tan impresentable razonamiento es para nota; desgraciadamente, este tipo de formulaciones inundan impunemente la literatura evolucionista que se nos quiere vender como “ciencia inexpugnable”. (continuará)

5 Respuestas para Loennig y la Jirafa de cuello largo (1)

  1. Disculpa Felipe, ha quedado clara la postura de Dawkins y el desacuerdo de Loenning y el DI al respecto a tal postura. Cuando repasas algunas características de las jirafas para concluir que son un producto de diseño, ¿no son todos los seres vivos diseñados? Respecto a animales con elencos más completos de formas intermedias en el registro fósil, ¿afecta eso al argumento del diseño?

    Por otro lado ¿Que propone el DI sobre el origen de las jirafas? ¿Niega que forme parte de un proceso evolutivo de cualquier tipo (saltacionista) relacionado con otros artiodáctilos?
    Gracias

  2. En efecto, Manuel, algunos pensamos que todos los seres vivos son fruto de diseño intencional porque la información prescriptiva que los gobierna no puede surgir espontáneamente de la materia inanimada.

    El darwinismo sin embargo ha venido proponiendo un modelo de evolucionismo fortuito, por azar, que desconoce esta realidad. Sin embargo, cuanto mayores son los “saltos” entre ciertas formas biológicas y sus hipotéticos ancestros más difícil resulta justificar un itinerario evolutivo gradualista.

    Desde un punto de vista estrictamente científico, es decir, mecanístico, imaginar cuál ha sido el origen de la jirafa de cuello largo es algo desconcertante. Tan inimaginable resulta un itinerario gradualista exento de formas intermedias en el registro fósil como un evento “saltacional”. El DI no aporta soluciones científicas “propias” ya que ciencia no hay más que una. Lo que aporta es la convicción racional de que soluciones de diseño tan perfectas y armoniosas no pueden surgir sin una ideación previa, sin una intención.

  3. Felipe:

    En la parte II no te olvides de poner cómo resuelve ese señor estos argumentos “definitivos” contra el diseño de las jirafas que puso en su día el gran phosphoros:

    “En la jirafa (Giraffa camelopardalis) el nervio recurrente de la laringe, que estimula a los músculos de esa zona, se extiende desde la base del cráneo a lo largo del cuello, rodea al ligamento arterial pulmonar, cerca del corazón, y sube nuevamente, con metros adicionales de nervio. Además que para beber agua y alimentarse con hierbas la jirafa debe agacharse lo que la coloca en una posición muy vulnerable contra los depredadores. ¿Por qué el Diseñador Inteligente no la hizo con un Cuello Telescópico?.”

  4. Creatoblepas,
    me pones el listón muy alto!
    En realidad mi segundo comentario no ha tocado el tema del nervio recurrente de la laringe, ya que no he querido hacer un “tratado” sino un comentario para que quien tenga interés en más detalles recurra a los originales de Loennig que son muy extensos y minuciosos.
    En todo caso ahí va una respuesta, el argumento del nervio recurente como ejemplo de mal diseño (no sólo en la jirafa) ha sido objeto de muchos comentarios; creo que los argumentos más sólidos en torno a la justificación de su diseño, son dos. Uno, el que las funciones del nervio no se limitan únicamente a servir a la laringe sino que a lo largo de su recorrido tiene varias ramificaciones en distintas partes del organismo, como el corazón, el esófago, tráquea y glándula tiroidea. Por lo tanto sirve funcionalmente a un sistema complejo.
    Por otro lado, su especial formación y recorrido está ligado al proceso de desarrollo embrionario a la forma y momento en que se van constituyendo y desplazando en el feto los distintos órganos a los que sirve.

  5. Más curioso que el cuello de las jirafas resultan las tragaderas del 99% de los biólogos, miles y miles de presuntos hombres de Ciencia que no paran de recitar las consignas neodarwinistas sin detenerse ni un minuto a analizar si tienen sentido o no a la luz de los conocimientos actuales.

    Una rama de la Ciencia tan importante como es la Biología tiene a casi todos sus efectivos con una parálisis intelectual realmente espectacular, autocomplacidos en sus mentiras y alimentando a sanguijuelas sin escrúpulos como Dawkins, un sujeto que en cualquier otra rama de la Ciencia habría sido inhabilitado por sus colegas.

    La Biología oficial apesta, pero los biólogos enfangados en ella no perciben el hedor.

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