Las recetas de Shapiro para hacer frente a los Supernaturalistas

Felipe Aizpun

Que James Shapiro es un biólogo con talento y de sólida experiencia y conocimientos en su campo profesional es indudable. Sus aportaciones de los últimos años, dentro de una perspectiva naturalista, han sido enormemente críticas con el paradigma dominante. Sus prejuicios filosóficos, sin embargo, le han llevado siempre a defender posiciones de rechazo a cualquier planteamiento que reivindique la necesidad de una justificación racional y teleológica al proceso de emergencia y evolución de los seres vivos. En un reciente artículo en “The Huffington Post” Shapiro se presta, a petición de un comunicante, a dar las recetas apropiadas para combatir la ola creacionista que parece amenazar a los Estados Unidos.

El comentario tiene su origen en la sucesión de normativas que, poco a poco, en diferentes Estados norteamericanos van proclamando el derecho a educar a los jóvenes en un espíritu crítico en relación al dogma del evolucionismo darwinista (y otras cuestiones científicas controvertidas como por ejemplo el calentamiento global antropogénico). “Teach de Controversy” se ha convertido en un slogan que no pide sino el derecho a no ser adoctrinado de forma inmisericorde en una teoría puramente especulativa y carente de un soporte empírico suficiente y que ha venido imponiéndose durante décadas en la enseñanza pública y privada de más de medio mundo. Dichas leyes, como la recientemente aprobada en el estado de Tennessee (no sin amplia polémica) no buscan otra cosa que el respeto para poder hacer pública la existencia de una amplia controversia científica en torno a la teoría darwinista de la evolución.

No es de extrañar, tal como están las cosas, que la aprobación de tales leyes, que en absoluto autorizan a modificar el contenido de las materias aprobadas en el curriculum oficial, ni mucho menos a introducir perspectivas religiosas o creacionistas, ni por supuesto tampoco (faltaría más!) a enseñar las teorías del Diseño Inteligente, haya sido presentada como un ataque a la salud mental de los alumnos, a su correcta formación o a su derecho a acceder a un conocimiento verdadero. El comunicante de Shapiro se permite falsear la realidad afirmando gratuitamente, (y sin que Shapiro se moleste en corregirle) lo que no es sino una burda falsedad:

Vivo en un estado que acaba de aprobar leyes para “enseñar la controversia” en relación a ciencias que son controvertidas pero que es, como resulta más que obvio, un medio para introducir en las clases la idea de creación especial o la geología del diluvio y otras hipótesis similares carentes de valor intelectual.

Cualquier lector con un mínimo de cultura puede valorar por sí mismo la ignominiosa falsedad de tal afirmación leyendo el texto íntegro (apenas un par de páginas) de la norma aprobada aquí.

Shapiro, que no se molesta en aclarar que tales preocupaciones no son sino una falsificación de la realidad, se abona a la cruzada contra el “supernaturalismo” aportando sus opiniones sobre lo que conviene hacer y postular para frenar el avance creacionista. Lo primero que aclara en su artículo es que parte de la culpa del desaguisado actual la tiene la ortodoxia darwinista reaccionaria que, según sus propias palabras, lleva ignorando 60 años de avance científico en biología molecular. No se puede combatir el creacionismo, nos dice, ofreciendo como imbatible una postura científicamente inconsistente, superada por los avances en la investigación pero que se sigue postulando como una verdad incontestable de la mano de dogmáticos impenitentes como Richard Dawkins (Shapiro dixit).

No puede ser, nos dice Shapiro; la ciencia, por el contrario, es un empeño sometido permanentemente a la actualización que procede de los nuevos descubrimientos. Las teorías científicas están sujetas a permanente revisión y en último extremo a sustitución. Cita Shapiro la mecánica de Newton y su revisión por la teoría de la relatividad de Einstein como ejemplo, y termina diciendo: “No hay razón para creer que la ciencia de la evolución sea de ninguna manera diferente en este sentido

Paradójicamente, estas palabras en realidad parecen invitar a defender leyes que “enseñen la controversia” que es lo que aparentemente Shapiro trataba de combatir…

Más adelante Shapiro nos aporta lo que él seguramente considera como los argumentos más potentes para oponerse a la idea de la necesidad de una justificación intencional e inteligente en biología; por ejemplo, la muy poco convincente reflexión de la existencia de similitudes entre el ser humano y otros primates que sólo podrían justificarse por la existencia de un antecesor común. El ejemplo no podía ser más desafortunado ya que si algo distingue al ser humano, son precisamente sus innumerables caracteres imposibles de encontrar en un simio antecesor tal como se explica ampliamente en este artículo .

Sorprendentemente otro de los argumentos en favor de una interpretación puramente naturalista de la evolución sería el cúmulo de descubrimientos recientes que abundan en la necesidad de desterrar para siempre la hipótesis darwinista (nos dice Shapiro) de que la evolución es una mera acumulación de errores en la replicación de la información genética. Por el contrario, añade el profesor de Chicago, hoy está suficientemente demostrado que los procesos de evolución sólo pueden ser considerados como procesos de transformación profunda de los genomas por mecanismos de ingeniería genética celular que responden a los desafíos del ambiente provocando respuestas adaptativas. Lo curioso es que estos argumentos, mal que le pese a Shapiro, apuntan en realidad mucho más a un proceso intencional de carácter teleológico que a un proceso estrictamente naturalista y por lo tanto carente de intencionalidad ni finalidad.

Un argumento sorprendente es el que Shapiro nos ofrece (y que no recuerdo haber visto desarrollado nunca en sus trabajos anteriores) en el sentido de que puesto que los procesos de cambio y transformación en los genomas son tan complejos eso nos permite justificar su capacidad para generar, de forma natural, estructuras “irreduciblemente complejas”. Sorprendente. Ningún ejemplo de variación observable que yo sepa jamás ha mostrado una mera transformación naturalista, es decir, no dirigida ni planificada, que haya hecho surgir por ensalmo una estructura biológica irreduciblemente compleja. Tan sospechoso es el argumento que el propio Shapiro acaba concediendo: “Un trabajo futuro para la evolución experimental es comprender como esto ocurre en tiempo real”. No es poca cosa el desafío. En definitiva, descubrir que la aparición de estructuras irreduciblemente complejas exige transformaciones profundas del genoma es muy interesante. Pretender que tal “descubrimiento” por sí solo permite afirmar que tales transformaciones se han producido de manera “natural” sin que se pueda sospechar la existencia de un proceso de diseño intencional es una falacia lógica descomunal.

Y para terminar una perla:

Para ser sinceros debemos reconocer que algunas cuestiones, como el origen de las primeras células vivientes, no tienen una respuesta científica creíble en la actualidad. Sin embargo, dada la capacidad históricamente demostrada de la ciencia y la tecnología para conquistar lo “imposible” (es decir, vuelos espaciales, telecomunicaciones, computación electrónica y robótica), no hay razón para creer que los problemas no resueltos permanecerán indefinidamente faltos de una explicación naturalista.

Un auténtico acto de fe por parte de Shapiro. Es más, una auténtica falsificación del pensamiento científico. Los avances tecnológicos no pueden presentarse como aval de una futura justificación naturalista del origen de la vida por la sencilla razón de que el problema del origen de la vida no es en absoluto, a estas alturas, un problema de ignorancia. El origen de la vida no es simplemente un “problema no resuelto”. El conocimiento actual nos permite identificar sin duda alguna la naturaleza íntima de los procesos de la vida como procesos gobernados por información prescriptiva y de naturaleza cibernética; o lo que es lo mismo, procesos definidos mediante controles reguladores fruto de eventos que sólo encajan en actos de causación del tipo “elección contingente”. El argumento por el diseño no es, como explica Casey Luskin por enésima vez en este reciente post un argumento desde la ignorancia, sino un argumento positivo desde el conocimiento profundo de la Naturaleza y la realidad.

Lo tremendo es que nuestros científicos alienten que se persiga y se vitupere a quien reclama que se enseñe a nuestra juventud la existencia de una controversia absolutamente sustentada en la evidencia empírica más abrumadora y se pretenda en cambio educarla en la superstición pseudocientífica que descansa sobre declaraciones de fe sustentadas únicamente por prejuicios metafísicos completamente faltos de soporte en la evidencia, como lo que Shapiro nos sugiere.

Una Respuesta para Las recetas de Shapiro para hacer frente a los Supernaturalistas

  1. Yo, del artículo de Shapiro, me quedo con este párrafo:

    “Thirty years ago, I was at a conference in Cambridge, England, to celebrate the centennial of Darwin’s death. There, Richard Dawkins began his lecture by saying, “I will not only explain that Darwin had the right answer, but I will show that he had the only possible right answer.”

    Hearing this (and knowing that alternative explanations inevitably arise in science), I said to myself that the Creationists have a point. They are dealing with a form of religious belief on the “evolution” side. Dawkins’ transformation into an aggressive proselytizer for his undoubting and absolutist version of atheism confirms this conclusion.”

    Dawkins sería, dice Shapiro, la forma religiosa del evolucionismo.
    Es verdad. Este apologeta del ateísmo, este predicador de la buena mala nueva, ha llegado a tales extremos de sectarismo que hace tiempo que resulta incómodo para los naturalistas materialistas o simplemente agnósticos. (Yo creo, empiezo a sospechar, que le pagan los creacionistas fundamentalistas cristianos del medio oeste americano.)

    En su histerismo, Dawkins empieza a no ser peligroso (sin perjuicio del daño anudado a sus éxitos de ventas en millones de lectores y oyentes desprevenidos o indocumentados). La tarea está, me parece, no en advertir de los excesos de Dawkins sino en destacar la tozudez imperturbable, la impermeabilidad al desafío científico o a la argumentación racional que oponen las propuestas del DI (y no sólo del DI) a la comunidad científica tradicional afincada en los dogmas del cientificismo chato.

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