Las especies intermedias desaparecidas

Por Felipe Aizpún

Una de las características más ampliamente denunciadas del mantra neo-darwinista es la perversión del discurso lógico, asumiendo como hechos no controvertidos lo que son meras hipótesis y queriendo imponer un estatus de certeza para propuestas no suficientemente verificadas. Como consecuencia, se permiten establecer conclusiones a partir de datos nunca confirmados y se permiten presentarlos como argumentos científicos de manera claramente fraudulenta. Esta perversión del razonamiento y de la argumentación es general entre los autores que defienden la teoría sintética de la evolución y destaca sobre todo en los libros que, como el recientemente publicado por Jerry Coyne “Why evolution is true” (Viking 2009), pretenden convertirse en un compendio de todos los argumentos que respaldan al nivel actual del conocimiento científico, la propuesta neo-darwinista.

Un ejemplo característico proviene de la exigencia del modelo gradualista preconizado por Darwin de la necesaria existencia de infinidad de especies intermedias que justifiquen la aparición de una variedad fascinante de formas vivas que supuestamente se han ido consolidando en el tiempo por acumulación de variaciones fortuitas casi imperceptibles. El problema es que dichas especies intermedias (los eslabones perdidos) no están en la Naturaleza, por supuesto, pero no aparecen tampoco en el registro fósil. Naturalmente, el hecho de que no aparezcan en el registro fósil no se debe de tomar como una refutación de la teoría (¡faltaría más!) y la afirmación de su anterior existencia se sigue pregonando como un hecho no controvertido.

Coyne nos dice que las especies actualmente vivas representan tan sólo el 1% de las especies que alguna vez existieron, y que este dato supone un desafío para los proponentes del DI, ya que carece de sentido para la acción creadora de un diseñador este aparente despilfarro de la Naturaleza (pag 12 del mencionado libro). Pero, ¿qué base científica tiene tan audaz aseveración? La forma más rápida de verificarlo es seguir leyendo el libro de Coyne. Diez páginas más adelante Coyne confiesa que existen unos diez millones de especies vivas identificadas en la actualidad y que solamente se han identificado 250.000 especies extinguidas en el registro fósil. Sin embargo, y dado que el registro fósil “must be incomplete” podemos estimar que el número de especies desaparecidas puede oscilar entre 17 y 4.000 millones.

Como puede verse, el carácter especulativo de la inferencia es fantástico, se aventuran cifras sin el más mínimo rigor. La teoría tomada como hipótesis condiciona el alcance de las conclusiones, pervirtiéndose el discurso lógico de raíz y alterando el carácter epistemológico de las posibles conclusiones. Puesto que sólo hemos encontrado 250.000 especies extinguidas, nos dice Coyne, se deduce que el registro fósil debe ser necesariamente incompleto ya que se estima que un número enormemente superior de especies “deben” de haber existido. La idea de que han desaparecido el 99% de las especies que alguna vez han existido se nos demuestra absolutamente falto de base científica que lo respalde y sin embargo se nos ha exhibido páginas atrás, sin muestra alguna de pudor, no sólo como un dato científico, sino además como un argumento para desautorizar las propuestas del DI. El argumento es perfectamente circular, las hipótesis imponen las consecuencias y los “datos científicos” surgen, en perfecto desacuerdo con la evidencia empírica, para reforzar un discurso pervertido por la asunción inicial de prejuicios ideológicos a los que ni Coyne, ni muchos de sus correligionarios, parecen dispuestos a renunciar.

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