Las Dificultades del Evolucionismo Teísta

Felipe Aizpun

Recientemente, la página digital Biologos nos ha ofrecido un debate en torno al evolucionismo teísta protagonizado nada menos que por William Dembski por un lado (en contra, claro) y el actual dirigente de la página Darrel Falk (a favor) por otro. Dembski ha presentado sus argumentos en dos artículos consecutivos que han recibido sendas respuestas por parte de Falk.

Básicamente el argumento de Dembski descansa sobre la falta de consistencia científica del darwinismo y la coherencia de los planteamientos básicamente ateos con las inferencias filosóficas que del darwinismo procedería extraer si se tratara de una teoría científica verificada. Recordemos que la nota característica de lo que se conoce como evolucionismo teísta (y del que Biologos, fundada en 2007 por Francis Collins, es principal adalid) es la aceptación de la teoría darwinista de la evolución como una propuesta científica consistente y suficientemente probada, pero el rechazo de sus evidentes consecuencias filosóficas para sustituir la idea de causalidad que le correspondería como un proceso fortuito y no guiado, por la descripción del mismo como un evento guiado por la “mano invisible” del Dios de las religiones.

Falk en su réplica hace un ejercicio poco convincente de funambulismo intelectual y termina negando a Darwin con la boca pequeña (más o menos como Pedro negó al Señor hasta tres veces), pero sin descartar en ningún caso el relato darwinista de la evolución:

La visión de Darwin de la teleología, el excepcionalismo del ser humano y los milagros, no eran compatibles con el cristianismo. Simplemente, ese es el motivo por el que no considero que mis opiniones sean darwinistas y yo mismo no me considero un darwinista.

En mi modesta opinión el problema insoluble del evolucionismo teísta es la mezcla de discursos en una misma exposición. El discurso racional por una parte debe de sustentarse sobre la evidencia científica que nos proporciona la observación científica y debe dar lugar a conclusiones filosóficas en torno a la naturaleza y esencia de la realidad y sus causas últimas. El discurso religioso sin embargo, nace de la confianza en el mensaje revelado y no nos proporciona convicciones susceptibles de ser racionalmente argumentadas sino adhesiones voluntarias a principios explicativos no verificables. Por su propia naturaleza no es un discurso apto para el intercambio y el debate; su naturaleza es normalmente dogmática e impositiva. Por eso, la mezcla de propuestas que nacen indistintamente de una y otra fuente en un mismo discurso resulta perfectamente incongruente. Decir que el proceso evolutivo se produce por medio de errores en la replicación del material genético que se acumulan en organismos que perduran merced al filtro de la selección natural es una afirmación de naturaleza científica. Decir que tal proceso, a pesar de que no pueda verificarse empíricamente en modo alguno, es un proceso guiado por un Dios creador porque así lo prescribe el mensaje revelado, es una afirmación de naturaleza religiosa y por lo tanto imposible de poder ser evaluada en términos estrictamente racionales como la anterior.

El debate entre Dembski y Falk ha sido seguido en multitud de foros y ha dado lugar a un gran número de comentarios, algunos de los cuáles vale la pena resaltar. Extraemos de algún blog las siguientes opiniones que compartimos plenamente:

Lo que Falk está tratando de hacer es dividir el evolucionismo darwinista en una parte científica y otra filosófica, y llamar a la parte filosófica “darwinismo”. La posición estándar del evolucionismo teísta es decir que las mutaciones fortuitas más la selección natural es “buena ciencia” mientras que las predilecciones filosóficas personales de Darwin son “mala filosofía”. Así la biología del neo-darwinismo se guarda como enteramente válida mientras que el malvado “darwinismo” es repudiado como una filosofía no cristiana.

Esta postura tendría sentido si la filosofía del darwinismo fuese una adición personal arbitraria por parte de Darwin, con posterioridad a la definición de su teoría científica. Pero de hecho, lo que Falk llama “darwinismo” no es un aditamento opcional sino una serie de presupuestos esenciales para el más elemental carácter científico de su teoría.

La negación de la teleología es central a la teoría en su conjunto; está unida a la concepción de la propia “ciencia” para Darwin. La única teleología que Darwin se permite es un conjunto de leyes generales del Universo, inteligentemente previstas, como la ley de la gravedad, que permiten o hacen posible la vida; pero el proceso de la vida en sí mismo es, para Darwin, una serie de contingencias –accidentes- no determinadas y que prosiguen de manera indefinida. Nada en la vida es “para” un propósito o fin concreto; todo sucede como una desviación accidental de la media genética, o como un aprovechamiento oportunista de esa desviación en la lucha por la supervivencia.

Otro comentarista ha añadido una reflexión que resulta especialmente significativa. Partimos de la idea de que las cosas que observamos en la Naturaleza y en especial los seres vivos, tal como ha sido generalmente admitido hasta por los darwinistas más conspicuos tienen la apariencia de haber sido diseñadas dada la complejidad organizativa y funcional de sus estructuras biológicas. He aquí que el darwinismo nos ha predicado que tal apariencia de diseño no es sino una ilusión, un espejismo, y que el darwinismo es la doctrina que nos muestra el camino hacia la verdadera explicación del origen meramente fortuito y accidental de tan elegante complejidad y organización. Los sistemas biológicos no serían el fruto de un diseño intencional sino el resultado de un proceso no guiado alimentado por la acumulación progresiva de accidentes. Pero es aquí donde aparecen los apologistas del evolucionismo teísta para explicarnos que el darwinismo no es sino una ilusión doble, un espejismo sobre otro espejismo. En efecto, aunque los organismos vivos parecen poder explicarse mediante procesos naturales fortuitos siguiendo las teorías del gran Darwin, la realidad es que detrás de tales procesos aparentemente fortuitos está la mano invisible del Dios creador que dirige sabiamente los eventos del proceso evolutivo. Ilusión sobre ilusión, aunque no exista una base científica suficiente que justifique ni la primera ni la segunda.

Este debate me trae a la memoria la crítica que del evolucionismo teísta realizaba en un libro sobre el que ya he hablado en escritos anteriores (“The Wisdom of Ancient Cosmology”) el científico y filósofo Wolfgang Smith. Su crítica se refiere a su adscripción a un modelo explicativo como el darwinista que carece de una adecuada concepción metafísica de la causalidad. Desde una visión esencialista (imprescindible en una concepción religiosa de la vida), el proceso evolucionista no puede ser “reducido” (como ocurre en el modelo reduccionista del darwinismo), a un evento de dimensión únicamente espacio temporal. La forma exige un tipo de causación que Smith define como causación vertical por oposición a la causación horizontal de los procesos naturales, y que conecta el evento evolutivo con la idea de forma o arquetipo ideado por un ser creador. Introducir la idea inexplicada de Dios en el contexto de una descripción exclusivamente espacio-temporal de un eventual proceso evolutivo, no soluciona el problema ya que desfigura la metafísica de la creación inherente a la teología cristiana, por lo que el discurso acumula “mala ciencia y mala teología”. Bueno, al menos eso es lo que opina Smith…

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