La Inteligencia de las Plantas (y 3)

Felipe Aizpún                

Pero la pregunta resulta imposible de eludir: WHY?

¿Por qué, se pregunta Trewavas, encontramos tan ampliamente extendida entre todos los organismos vivos esta forma de conducta inteligente? Nos enfrentamos por lo tanto al tercer nivel de reflexión anunciado. Observamos la existencia de comportamientos inteligentes en todos los seres vivos. Intuimos que dichas formas de cambio adaptativo podrían estar en la base del proceso evolutivo. Nos falta encontrar una explicación en términos de causalidad que dé respuestas satisfactorias a nuestra sed racional de conocer.

Pero antes de apuntar alternativas no está de más que hagamos un último esfuerzo para matizar y librar de erróneas interpretaciones la naturaleza exacta de los actos que hemos definido como conducta inteligente. Y lo haremos de la mano de un muy reciente artículo publicado en torno a esta interesante cuestión y de los comentarios que al respecto ha realizado un filósofo de la talla de Edward Feser.

El artículo titulado “Towards understanding plants bioacoustics” (y firmado por Gagliano, Mancuso y Robert), es objeto de comentario y exposición por parte de la revista Medical Daily aquí . Básicamente, el comentario nos ofrece la idea de que las plantas poseen determinadas capacidades perceptivas que no les han sido tradicionalmente atribuidas, como es la capacidad de oír y comunicarse entre sí a través de emisiones sonoras. Los autores del trabajo parecen creer que la facilidad de transmisión de ondas sonoras a través del suelo puede jugar un papel hasta ahora desconocido en la capacidad de las plantas para recibir e interpretar señales y en concreto nos muestran la capacidad de anticipar situaciones de amenaza como la sequía a partir de señales recibidas de zonas no muy lejanas. Curiosamente, en el trabajo de Trewavas que comentamos, y tal como apuntábamos en un post anterior, se apuntaba la observación de que en ocasiones las plantas parecen anticipar en el tiempo cambios en el entorno y ponen en marcha mecanismos de modificación fenotípica que resultan perfectamente idóneos para amenazas que se materializan tiempo después. Es posible que Trewavas pueda encontrar en este nuevo trabajo algunas respuestas a sus inexplicadas observaciones pasadas.

Pero lo interesante es recalar en los comentarios realizados por el filósofo Edward Feser a los artículos en cuestión. Feser, como impenitente aristoteliano que es, enfoca su comentario desde la óptica de la posibilidad de que las capacidades sintientes de las plantas supongan una refutación del modelo explicativo clásico de los organismos vivos y las diferencias bien establecidas entre los seres dotados de un sistema nervioso y una capacidad para la percepción consciente, léase los animales de un cierto grado de complejidad, y los vegetales por otro. Feser defiende en definitiva que nada de lo contenido en el artículo original permite refutar la clasificación tradicional de los vivientes.

Feser proclama que los aristotélicos, cuando niegan la capacidad sintiente de las plantas, no pretenden que éstas sean incapaces de recibir información del entorno en formas de alguna manera análogas a la sensación. Lo que implican es que no la reciben de forma descriptible como una percepción consciente. El que las plantas puedan recibir señales o información que les hace crecer hacia el agua no quiere decir que la planta esté sedienta, y el que sean sensibles a vibraciones o gases no quiere decir que las plantas oigan o huelan.

Básicamente, el argumento desplegado por Feser en su comentario se concreta en que la naturaleza de las respuestas de las plantas a los estímulos podría explicarse simplemente como una respuesta de naturaleza físico-química sin que intervenga, a diferencia del caso de los animales, un estado intermedio de consciencia entre la señal y la respuesta. Lo cual es perfectamente correcto; sin embargo el análisis de la cuestión por parte de Feser pasa por alto algo de la mayor importancia y que constituye el tema central del trabajo de Trewavas. Se trata del hecho de que con independencia de la falta de consciencia en los vegetales, el hecho de que las respuestas físico-químicas percibidas resulten adecuadas a los estímulos recibidos y supongan respuestas adaptativas específicas a la naturaleza de la alarma o de la información percibida, exige una justificación.

Que las plantas no son por sí mismas organismos inteligentes ya que carecen de la consciencia imprescindible para poder albergar dicha facultad parece evidente. Pero igualmente lo es el que las respuestas a los estímulos percibidos las convierten en el pleno sentido de lo manifestado por Shapiro, en seres “cognitivos y sintientes”. Sus respuestas sí son inteligentes y claramente encaminadas a la finalidad de la supervivencia, y esto es algo que Feser, poco amigo del discurso del DI no parece interesado en comentar.

Volvemos por lo tanto, después de esta digresión nada improcedente, al planteamiento de la pregunta clave: Why? ¿Por qué la conducta inteligente se nos aparece como un rasgo significativo de evolución convergente en todos los linajes de organismos vivientes conocidos? La respuesta de Trewavas es exactamente igual a la que nos ofreciera Shapiro en su “Evolution; a View from the 21st Century”, y por lo tanto igualmente decepcionante. Frente a la inferencia natural de que todo comportamiento inteligente apunta a una causa inteligente que lo justifique, ni el uno ni el otro son capaces de señalar una causa alternativa. Lo natural, al observar un mecanismo de respuestas oportunas y convenientes ante cambios en el entorno por parte de los seres vivos, especialmente en el caso de aquellos que carecen de facultades específicas de consciencia, es considerar que tales reacciones están programadas, a partir de mecanismos cibernéticos y sistemas biosemióticos de interpretación de señales y respuestas, por una inteligencia ideadora, de manera intencional y con vistas a un objetivo predeterminado. Pero Trewavas nos ofrece una lectura bien distinta de las observaciones:

“La cuestión crucial que genera organismos inteligentes es con certeza la selección natural en un entorno altamente cambiante. Incluso aunque cada entorno sea probablemente único para cada especie, los intentos de tratar con la variabilidad del ambiente generan soluciones similares y por tanto convergentes que resultan en conductas inteligentes. Si el entorno es estable (en términos evolutivos), entonces las soluciones inteligentes no son necesarias y las respuestas autónomas pueden satisfacer las necesidades para la nutrición y la reproducción.”

El argumento resulta difícil de aceptar. Por una parte cabe recordar que el hecho de responder a los cambios del entorno no tiene por qué generar rasgos similares en vivientes de constitución y morfología tan dispar como a veces observamos, habitantes por otro lado de entornos tan dispares. Pero es que aún si ese fuese el motivo estaríamos ante un discurso de respuestas específicas a desafíos similares, es decir a un discurso de tipo neo-lamarckista, como el propio Trewavas señalaba en su artículo y nunca ante un modelo darwinista. Pero aparte de eso, lo más destacable de la propuesta es su carencia de consistencia: que la conducta inteligente surge únicamente cuando hay que dar respuestas a un desafío (entorno cambiante) es algo que cae por su peso pues se deduce de la propia naturaleza del concepto de “respuesta inteligente”. Que cuando no existe desafío alguno no procede dar respuesta alguna es una obviedad. La facultad propia de los entes inteligentes es precisamente esa, a partir de ahí la pregunta sobre el origen de dicha capacidad en los vivientes sigue perfectamente abierta y sin respuesta.

Ya Shapiro en su libro mencionado y al tratar de explicar el origen de los mecanismos de ingeniería genética natural apuntaba también a la selección natural como responsable del hallazgo. Si un organismo cuenta con semejante mecanismo no cabe duda, decía Shapiro, de que tendrá mayores probabilidades de sobrevivir y será objeto de selección. Indudablemente; pero eso no responde a la cuestión planteada. Lo que sí responde con una alternativa razonable es la tesis de que en el origen de la vida y de las formas vivas encontramos necesariamente una fuente causal inteligente e intencional. Si la inteligencia no es, en última instancia, otra cosa que la capacidad para generar respuestas inteligentes, allá donde veamos tal tipo de conducta resulta legítimo inferir la participación causal en el evento de una fuente inteligente. Por supuesto, inteligencia implica consciencia e implica intencionalidad. Allá donde sistemas que carecen de tales facultades desarrollan respuestas inequívocamente inteligentes no podemos menos de sospechar la existencia en dichos comportamientos de mecanismos de respuesta programados que obedecen a una finalidad impuesta desde fuera por una inteligencia superior.

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