La Inteligencia de las Plantas (2)

Felipe Aizpún                

Una vez analizados los datos científicos en torno al comportamiento de las plantas procede reflexionar sobre la significación y consecuencias de dichos datos en relación a la hipótesis evolucionista. Nos encontramos por lo tanto ante uno de los elementos esenciales de todo discurso en torno al hecho evolutivo, el problema de la extrapolación de las observaciones al conjunto del modelo de cambio de los seres vivos. Esta extrapolación viene siendo consustancial a la hipótesis evolutiva desde sus albores pero toma especial consistencia en el modelo darwinista del que se constituye en piedra angular. Darwin, de manera sutil, casi desapercibida, da por hecho, y ya nadie parece haber reparado en la necesidad de ponerlo en cuarentena, que la naturaleza de los cambios observables en el comportamiento adaptativo de los organismos vivos es exactamente la misma que la de los cambios experimentados por los mismos para generar las importantes novedades biológicas que jalonan la historia de la vida. Dicha historia, se nos impone, ha de ser entendida como un mero proceso de acumulación de pequeñas variaciones inconexas y ajenas a un plan intencional.

Por supuesto este tipo de propuesta solo tiene sentido en una concepción mecanicista y reduccionista de la vida y de la Naturaleza de la que Darwin era perfectamente deudor, digno heredero de la perspectiva anti-esencialista propia de la modernidad, y que supone el abandono (nunca justificado) de la filosofía de la naturaleza propia de la tradición clásica. Sólo el desconocimiento de la idea de forma como causa formal puede permitir un planteamiento de esta suerte. Como tal concepción sigue siendo la dominante entre nuestra clase intelectual, no es de extrañar que de forma rutinaria, cualquier autor que difiera del modelo de variación adaptativa propugnado por el darwinismo considere que su propio modelo debe de servir como base para establecer el correspondiente modelo evolutivo. Así por ejemplo se produce en la obra de Shapiro como hemos comentado en otras ocasiones. Shapiro, en su obra “Evolution: A View from the 21st Century” presenta un modelo de cambio en los seres vivos (a partir de una vasta experiencia de observaciones bien contrastadas) de naturaleza eminentemente finalista y ejecutado por la propia célula como un acto de “agencia” inequívoca a partir de mecanismos internos de ingeniería genética natural. Si bien (y tal como algún comentarista ha señalado) la mayoría de las respuestas observadas a los cambios en el entorno ocurren en células de naturaleza somática, Shapiro considera que “no existe ninguna razón” para descartar que ese mismo tipo de mecanismo de cambio sea el que está en juego cuando se trata de explicar el proceso evolutivo.

Nos encontramos por tanto de nuevo frente al gran desafío de la extrapolación. Personalmente considero que una extrapolación de esta naturaleza es sencillamente inadecuada, no tanto por que resulte insuficientemente sustentada por la evidencia empírica como por que es un paso lógico que se desentiende de la imprescindible visión esencialista de las cosas que exige justificar la forma esencial de los seres vivos, su origen y su causa. Pero en todo caso, lo que sí considero razonable es proclamar que si la evidencia empírica descarta que el mecanismo darwinista sea el protagonista de los cambios adaptativos observables, entonces la extrapolación que el modelo darwinista realiza para tratar de explicar un hipotético proceso evolutivo carece por completo de base sobre la que apoyarse.

Trewavas parte de idéntica premisa. Bien es cierto, y es preciso señalarlo, que el autor escocés participa en gran manera del paradigma oficial al menos en lo que concierne al sentido de competencia y lucha por la vida inherente al modelo darwinista, y que considera que la selección natural resulta un principio explicativo fundamental en el proceso. Sin embargo, a la hora de identificar los mecanismos del cambio y la emergencia de la novedad, Trewavas se aparta por completo de la explicación oficialista, en concreto y de forma explícita, de la idea darwinista de que los cambios aparecen bajo la forma de mutaciones fortuitas. Proclama por el contrario, lo que considera un sistema de respuesta alternativa a los cambios en el entorno de naturaleza neo-lamarckista de acuerdo con las definiciones de autores como Jablonka y Lamb. La respuesta adaptativa se produce de forma específica y constituiría así el material del que se nutre la selección natural para realizar su hipotética tarea. Los organismos más aptos y con más probabilidades de supervivencia no son aquellos que tienen la fortuna de experimentar la mutación no guiada más oportuna sino aquellos que “gestionan” mejor los cambios del entorno.

Trewavas describe este mecanismo como “asimilación genética” (genetic assimilation) y dice de él dos cosas interesantes; por un lado, que se trata de un mecanismo que provee a la evolución de “dirección” y “velocidad”, y por otro que representa un caso evidente de causación descendente. La causación descendente, como en otras ocasiones hemos explicado, supone una perspectiva opuesta al reduccionismo propio de la visión darwinista que encaja únicamente en un modelo de causación ascendente a partir de los genes y sus modificaciones, y que el autor del artículo rechaza de manera inequívoca. Esta causación descendente implica, en palabras de Trewavas, que los cambios experimentados por el organismo no son en absoluto ajenos al destino del organismo en su conjunto y al papel que cada uno de los órganos que experimentan algún tipo de cambio juega en el orden inherente al todo del que forma parte.

Las propuestas de Shapiro y las de Trewavas son en cierta manera complementarias. Trewavas confiesa como hemos dicho en diversos momentos de su trabajo su ignorancia en relación a la naturaleza de los mecanismos de respuestas que, eso sí, son perfectamente observables como adaptación fenotípica. Shapiro nos habla por su parte, precisamente de la existencia verificada de procesos de adaptación consistentes en modificaciones genéticas que no pueden presentarse como eventos “experimentados” por la célula, sino como eventos “ejecutados” por ella sirviéndose de mecanismos de ingeniería genética natural. Ambos planteamientos son al mismo tiempo compatibles y

amigables con los trabajos mencionados de Mary Jane West-Eberhard en torno a la plasticidad fenotípica de los seres vivos como respuesta adaptativa al ambiente. Todos ellos además parecen acomodarse perfectamente a lo que constituye el elemento central del mensaje del filósofo de Notre Dame, James Barham y es que los seres vivos tienen como característica esencial la condición de “agentes inteligentes”, y ello desde las bacterias más elementales hasta los animales superiores pasando por las plantas. En este sentido se expresa también Trewavas inequívocamente en el artículo comentado.

Además, la idea de que los organismos vivos presentan como característica esencial lo que Barham denominaba “estabilidad funcional” coincide plenamente con el texto de Trewavas en un epígrafe de su trabajo titulado “El comportamiento inteligente es utilizado para ayudar a estabilizar la conclusión del ciclo de la vida”. En él se refiere a la estabilidad funcional de los organismos en su formulación más técnica habitual de homeostasis, es decir, la habilidad de los animales para mantener una serie de variables biológicas constantes (ph de la sangre, temperatura, fuerza iónica, oxígeno y otras sustancias constituyentes de la sangre etc.) para garantizar su pervivencia como sistema. Las células tienen además, nos dice Trewavas, “mecanismos para estabilizar el entorno intracelular” y añade: “los mecanismos homeostáticos operan por feed-back negativo, comparando el estatus presente con un objetivo o patrón predeterminado”. Palabras indudablemente significativas en las que la perspectiva teleológica resulta inexcusable. En definitiva, lejos de la especulación puramente teorizante del discurso neo-darwinista, los científicos que nos hablan de las observaciones verificables en la Naturaleza van aportando piezas de un puzle que van encajando de forma evidente para hacer nacer una imagen de los procesos naturales de la vida que se parece muy poco a la que nos vienen presentando desde hace décadas los defensores del paradigma dominante.

No es casualidad que el trabajo de Trewavas forme parte de un volumen editado por Simon Conway Morris y que gira en torno al “problema” de la evolución convergente. Como ya hemos comentado en otro momento la “evolución” coincidente de rasgos y sistemas funcionales altamente complejos y sofisticados en linajes separados representa un desafío altamente inconveniente para el modelo darwinista que propugna el azar como causa última de la emergencia de las novedades biológicas que posteriormente serían objeto de selección natural.

Trewavas señala de manera explícita la coincidente evolución de respuestas inteligentes en todo tipo de organismos como una muestra llamativa de evolución convergente, si bien, manifiesta la clara diferencia entre los caminos evolutivos experimentados por los animales o las plantas y que como ya hemos señalado se basan en la existencia de una sede biológica donde descansan y se generan los procesos inteligentes de respuesta en el caso de los animales, frente a la conducta inteligente del organismo como un todo que nos muestran las plantas. (continuará)

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