La Inteligencia de las Plantas (1)

Felipe Aizpún                

Anthony Trewavas es un especialista en biología de las plantas interesado prioritariamente en el comportamiento, señalización y respuestas de las mismas a los cambios experimentados en el entorno. Es miembro de la Royal Society of London, la Royal Society of Edinburgh y la American Society of Plant Biologists entre otras instituciones y ha publicado más de 200 artículos así como dos libros en los temas de su especialidad. Hoy vamos a referirnos a un trabajo suyo titulado “Aspects of Plant Intelligence” que constituye el capítulo 5 del volumen “The Deep Structure of Biology” (2008, Templeton Foundation Press) editado por Simon Conway Morris.

El argumento principal del trabajo gira en torno al comportamiento de las plantas y en concreto al comportamiento inteligente de las mismas en relación a los cambios experimentados por el entorno en el que crecen y se desarrollan, así como a las implicaciones para una teoría evolucionista que las observaciones empíricas nos aportan. Por último analizaremos también las implicaciones de causalidad más razonables que de todo ello se derivan.

Trewavas es un estudioso de lo que se conoce como transducción de señales, es decir, la identificación por parte de la célula de eventos u objetos en el exterior y la generación de un mensaje bioquímico desde la membrana exterior al interior de la misma para provocar una respuesta fisiológica. Del estudio generoso y amplio a través de largos años de vida profesional, Trewavas considera legítimo inferir que el comportamiento de las plantas a lo largo del proceso de crecimiento y desarrollo, puede definirse acertadamente como un comportamiento inteligente. El comportamiento de las plantas se define así como la respuesta a una enorme cantidad de señales que son sentidas y a las que las plantas dan respuesta, lo que nos proporciona una imagen de las mismas como un organismo capaz de procesar de manera sensible una gran cantidad de información compleja.

De esta manera la planta se adapta a los recursos nutritivos de su entorno y a las circunstancias de competencia por dichos recursos ocasionada por la presencia de otros organismos próximos. Las plantas perciben su entorno de forma considerablemente detallada y realizan una identificación significativa de tales percepciones para generar respuestas de adaptación fenotípica que le permitan mejorar su aprovisionamiento de nutrientes. La información relativa al entorno fluye de forma incesante hasta el aparato molecular de las plantas que “manipula” su fisiología y morfología. Este tipo de sensibilidad demostrada sobradamente por las plantas afecta a cuestiones dispares como la longitud de onda de la luz en sus distintos tonos, diferentes niveles de humedad o escasez de agua en el ambiente, o a la territorialidad en la que se desenvuelven y la amplitud del espacio a su alrededor.

Estas explicaciones que Trewavas nos proporciona conectan de forma inmediata con algunos discursos que venimos recogiendo en fechas pasadas en este blog. Así por ejemplo, con el mensaje de la importancia del cambio en los organismos vivos como plasticidad fenotípica difundido por Mary Jane West-Eberhard y que veíamos en estas páginas hace unos días. La plasticidad fenotípica, de hecho, adquiere en el trabajo de Trewavas una importancia fundamental ya que se convierte en el mecanismo específico de adaptación de las plantas a su entorno cambiante. Así como en los animales las señales percibidas e interpretadas producen respuestas a través del movimiento, en las plantas estas respuestas se concretan en la plasticidad de su fenotipo. Trewavas llega a decir incluso que la sensibilidad de las plantas les permite identificar futuros cambios en los recursos nutrientes disponibles y que en base a dicha información y a la sorprendente plasticidad de sus fenotipos son capaces de abordar el problema restructurando su fenotipo en función de la eventualidad anticipada.

Por supuesto, la utilización del término “inteligente” para caracterizar el comportamiento de las plantas requiere una explicación detallada. Trewavas se acomoda a una interpretación estrictamente etimológica: “inter-legere” en su terminología latina original quiere decir sencillamente elegir, “escoger entre”. De esta manera, la inteligencia de las plantas no es tanto una facultad específica de las mismas que les pueda ser atribuida en la misma forma que otros seres vivos dotados de un sistema nervioso y un cerebro, pero su comportamiento sí puede ser definido estrictamente como un comportamiento inteligente. Este comportamiento inteligente es por tanto predicable de los organismos concretos y distingue de forma radical dos tipos de respuestas, aquellas que pertenecen al individuo de forma innata (propias de la especie) de aquellas que surgen como respuestas específicas a los retos concretos presentados en su hábitat.

El autor cita así a Stenhouse para distinguir la acción inteligente de la respuesta innata, el cuál describe el comportamiento inteligente como un comportamiento variable de naturaleza adaptativa desarrollado durante la vida del individuo. Para ello deben de coincidir dos circunstancias, un problema en el entorno que requiera una respuesta inteligente, y un organismo capaz de generar respuestas inteligentes. Trewavas no lo dice, pero esta reflexión nos conduce de nuevo a la inevitable perspectiva teleológica de una tal visión de la vida, tal como ya señalábamos en el artículo titulado “La teleología frente al darwinismo según West-Eberhard”. Una respuesta es inteligente en la medida en que aporta las soluciones adecuadas a la finalidad de supervivencia o crecimiento del organismo. En palabras de Schull recogidas por el autor del artículo, “las plantas y las especies animales son entidades procesadoras de información de tal complejidad y competencia adaptativa e integradora, que podría resultar científicamente productivo considerarlos como seres inteligentes”.

En orden a concretar estas intuiciones de forma más estricta, los especialistas han propuesto tres tipos de actuación que puedan en última instancia definir la inteligencia de una conducta.

A)   Almacenar información de experiencias pasadas y utilizar este conocimiento adquirido para resolver futuros problemas

B)   Procesar información, escoger, optar por respuestas adaptativas.

C)   Comportamiento variable y adaptativo durante la vida del individuo, distinguiendo respuestas innatas de respuestas aprendidas.

En última instancia, todas estas formas de expresión inteligente requieren una percepción detallada del entorno concretada en señales, una interpretación significativa de las mismas, y una respuesta adaptativa consecuencia de dicha interpretación.

Las plantas, ya lo hemos señalado, carecen de una sede nerviosa en la que pueda residir una hipotética facultad inteligente como podemos atribuir a los animales más desarrollados. Estos utilizan la actividad centralizada de su cerebro para procesar información y generar respuestas. Por el contrario, las plantas, nos dice Trewavas “poseen una inteligencia descentralizada que es la consecuencia del comportamiento de todo el sistema”. En la misma línea, cita el autor a diversos autores que coinciden en la idea de que el proceso de “toma de decisiones” para el cambio fenotípico, implica de cierta manera al organismo en su conjunto.

Pero la idea de una inteligencia descentralizada plantea serios problemas de interpretación. En realidad, lo único que nos aporta el trabajo es el reconocimiento a través de la evidencia empírica de un sentido y una finalidad inocultables en los procesos de cambio adaptativo de los organismos. La inteligencia se adivina en el sentido de la respuesta en relación al problema y para un fin. Pero cuál sea la fuente y el origen de dicha respuesta inteligente es algo que queda de momento en lo más recóndito del misterio. De hecho, a lo largo del trabajo se repite a menudo un reconocimiento de ignorancia por parte del autor en torno a los mecanismos y procesos que generan tales respuestas inteligentes: “el proceso de toma de decisiones nos es desconocido”; “las bases moleculares para el proceso de toma de decisiones no lo comprendemos, pero permite a la Mayapple explotar su hábitat en los suelos boscosos de forma inteligente y exitosa”.

No parece descabellado aventurar en todo caso, que tales procesos de toma de decisiones puedan explicarse, no tanto como el resultado de una hipotética facultad inteligente descentralizada, es decir, ilocalizable, si no como respuestas programadas generadas por sistemas semióticos de identificación y respuesta de señales sustentados sobre la existencia de códigos y memorias orgánicas en la forma en que en ocasiones anteriores hemos comentado en relación a los trabajos del profesor Barbieri y la escuela de biosemiótica escandinava. De hecho, el propio Trewavas recoge en otra sección de su trabajo la existencia verificada por las observaciones de auténticas capacidades de memoria biológica en las plantas. Ello es debido a que muchas respuestas exigen dos señales para desencadenarse, y que puesto que cada una de las señales lleva consigo un camino de transducción específico, las señales han de ser conectadas posteriormente en el tiempo para generar la respuesta beneficiosa. (continuará)

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