LA CONCIENCIA INEXPLICADA: un libro del Profesor Juan Arana – La Filosofía de la Mente y el Diseño Inteligente – Parte III

juan-aranaLa conciencia y el evolucionismo

Arana concede por lo tanto sin resistencia el carácter material de las facultades mentales de los no humanos, como también hace Feser, en una estrategia que parece dirigida a no plantear más conflictos de los estrictamente imprescindibles al paradigma darwinista dominante. Asume así como probable el modelo de evolución naturalista que propone la generación y emergencia de novedades y estructuras biológicas funcionales a partir de mutaciones fortuitas filtradas por la selección natural, manteniendo con firmeza sus reservas por lo que a la emergencia de la conciencia se refiere.

Pero conviene señalar que en el texto de Arana encontramos afirmaciones como esta (pag 34):

“Durante millones de años hubo tejido nervioso sin que hubiera conciencia, que casi todo el mundo reserva al hombre o en todo caso a animales muy evolucionados” 

lo que deja en evidencia dos cosas. La primera es que la convicción profunda de Arana sobre la conciencia como fundamento del excepcionalismo humano no es tanto un dato científico sustentado en la evidencia incontestable (como vengo defendiendo) como una expresión de una intuición casi invenciblemente consolidada. La segunda es que la existencia o la sospecha de cualquier forma de manifestaciones conscientes o inteligentes en los seres animados nos remite de inmediato al problema de la evolución de las especies.

En este territorio Arana parece algo perdido. Por su acrítica afirmación del paradigma darwinista parece desconocer que la avanzadilla de la élite intelectual que se ocupa de esta cuestión y que encabezan movimientos como “The Extended Synthesis” o “The Third Way of Evolution” ha dejado suficientemente claro que el modelo darwinista resulta perfectamente inadecuado para explicar un eventual proceso evolutivo, lo que nos deja, no en manos de un nuevo modelo más completo y coherente, sino en realidad sumidos en un incómodo desconcierto al reivindicar evidencias de mecanismos y procesos biológicos que, si tuvieran que asumirse como elementos esenciales de un proceso de cambio naturalista harían imposible calificar dicho proceso de fortuito o no teleológico. Basta mencionar los nuevos descubrimientos en epigenética, evolución del desarrollo, transferencia genética horizontal, mecanismos moleculares reguladores y reparadores, ingeniería genética natural, mutaciones dirigidas o adaptativas, plasticidad fenotípica etc. En algún punto concreto hace Arana afirmaciones que parecen aconsejar una profundización en cuestiones que la ciencia ha ido definiendo de manera más precisa en los últimos tiempos. Especialmente sorprendente resulta su explicación (pág 103) de cómo las proteínas pueden por mutación fortuita generar fácilmente nuevas funciones, “nuevas rutas metabólicas o estructuras completamente desconocidas” basándose en que la proporción de secuencias genéticas funcionales es “suficientemente alta” en el espacio de secuencias posibles de proteínas. La realidad es exactamente la contraria. Los matemáticos han sido siempre una fuente de crítica para el paradigma darwinista al poner en evidencia la falta de rigor de sus propuestas, ya desde el congreso del Wistar Institute Press de 1966. Estas reticencias se han visto confirmadas ampliamente en los últimos años merced a los trabajos de especialistas en microbiología como el Dr Douglas Axe del Biologic Institute quien durante más de 20 años ha trabajado precisamente en experimentos dirigidos a explorar la probabilidad de que mutaciones fortuitas en proteínas encuentren soluciones funcionales novedosas en un espacio que se ha verificado inabarcablemente grande. Su libro recientemente publicado “Undeniable: How Biology Confirms our Intuition That Life is Designed” (más allá de su gran cantidad de trabajos estrictamente científicos publicados) presenta sus conclusiones al alcance de un público generalista.

Pero al margen de todo ello, Arana no puede menos que ser contundente al expresar su rechazo a la posibilidad de que la emergencia de la conciencia pueda ser entendida como un evento natural en un proceso de evolución darwinista. La conciencia, nos dice, es un fenómeno emergente en el Universo, es algo que aparece y que antes no estaba, algo que “rompe por completo con el orden natural”. Pero la conciencia, continúa el autor, no puede surgir a partir de la no-conciencia, no puede estar originada por algo que carece de la capacidad de volver “sobre sí mismo”. Tiene que haber una adecuación de la causa con relación al efecto observable, el principio de razón suficiente no admite excepciones y así lo exige.

Es a partir de esta posición firmemente establecida cuando Arana se introduce en un oscuro laberinto de especulaciones en el marco del paradigma darwinista. Afirma Arana que la conciencia aparece o emerge como un don añadido a una especie de homínidos antecesora, como un elemento novedoso que se introduce en el seno de una especie biológica no-consciente, igual que un virus se introduce en un programa informático, para ir poco a poco adueñándose del control de la especie y para ir poco a poco progresando y evolucionando en el seno de su nueva “adquisición”. Antes, nos dice Arana (pág 63), todas las ventajas adquiridas por la especie receptora de tan precioso don podían explicarse sencillamente como el efecto acumulado de mutaciones en el código genético, mutaciones que producían proteínas novedosas cuya aportación quedaba sometido al filtro de la selección natural. Solo la conciencia escaparía a la posibilidad de ser explicada como el efecto de una mutación en las secuencias de nuestro ADN.

Este tipo de afirmaciones queda ya en estos momentos totalmente alejada del conocimiento científico más avanzado como antes he señalado aunque no es momento este para profundizar en la cuestión. Lo realmente preocupante es el carácter totalmente mecanicista y reduccionista de la propuesta. Sorprende el tenor de la misma en un autor tan confesadamente volcado en la crítica al modelo materialista imperante.

Es más, la propuesta desafía de pleno el modelo de la metafísica tradicional por lo que al concepto de la forma sustancial se refiere (entendido como principio de unidad y actividad) y de forma especial al criterio de la unidad de dicha forma sustancial, y si me apuran, en términos estrictamente teológicos al concepto de creación de la especie humana contenido en los textos bíblicos. La conciencia se nos presenta como un elemento invasor que se impone a los principios rectores de la biología y psicología de una especie existente en un proceso puramente evolucionista, acomodándose en un organismo ya existente “como un lujo, como un apéndice gratuito”. Nada más lejos de mi intención que entrar a profundizar en estas cuestiones; me limito a señalarlas al hilo de la reflexión del propio Arana quien reconoce en su texto las implicaciones metafísicas y teológicas de su propuesta, las cuáles, por una decisión metodológica propone abordar en mejor ocasión; algo que esperamos con el mayor interés poder ver en el futuro. Desmarcarse de la metafísica tradicional es perfectamente legítimo, pero sería de agradecer una propuesta alternativa consistente.

Como decía anteriormente, adentrarse en los asuntos de la mente trae consigo normalmente más enigmas que soluciones. El problema de la conciencia es especialmente relevante en este aspecto. Hay que comprender que una vez asumida la imposible naturalización de la conciencia nos enfrentamos, no solo al problema de la emergencia de la conciencia en una hipotética historia evolutiva de las especies tal como hace Arana en este interesante trabajo, sino que nos vemos obligados a conceder que el enigma de la conciencia se repite y se extiende a cada uno de los individuos conscientes que habitan o han habitado este planeta. Si la conciencia no puede ser justificada a partir de la biología, entonces el misterio de la actividad consciente de cada individuo se impone como un rompecabezas que nos desafía permanentemente haciéndosenos presente como enigma en todo momento y en cada individuo. Ello nos obliga a abordar el problema fundamental que toda reflexión sobre la conciencia tiene que plantearse y que, en el caso de Arana, resulta en cierta forma fallido: el problema del origen o de la causa de las facultades mentales y atributos propios de los seres racionales.
He dicho que resulta fallido en el caso del libro de Arana por la sencilla razón de que el autor, tras haber rechazado tanto la posibilidad de explicar la emergencia histórica de la conciencia como un evento evolutivo y haber descartado la posibilidad de explicar el fenómeno cotidiano de la conciencia como un acto físico reducible por tanto a eventos explicables según las leyes que gobiernan la materia y la energía no nos ofrece alternativa alguna que permita entrever un origen casual del fenómeno. Y es aquí lógicamente donde las teorías del Diseño Inteligente tienen algo que decir.

El Diseño Inteligente y el origen de la mente

Recordemos la definición canónica de la teoría de Diseño Inteligente:

“La teoría del Diseño Inteligente sostiene que ciertos rasgos del Universo y de los seres vivos se explican mejor como el efecto de una causa inteligente que como el resultado de procesos no finalistas, como la selección natural”

Las propuestas de Diseño Inteligente se sustentan principalmente (aunque no sólo) sobre el orden funcional de los vivientes, la complejidad de sus estructuras biológicas, la ordenación de partes en relación a un todo y el orden finalista de su conducta orientada a la supervivencia y la reproducción. Sin embargo, el desarrollo de la disciplina de la filosofía de la mente al hilo del progreso de las neurociencias ha puesto en evidencia que la conciencia (y la mente en general), como fenómeno no naturalizable, constituye de manera paradigmática un ejemplo superior de un rasgo que tendería a explicarse mejor, en última instancia, como el resultado de alguna forma de intervención causal de una fuente inteligente en el origen.

El Diseño Inteligente no pretende explicar los fenómenos por sus causas eficientes, por lo tanto, ni pretende conocer el mecanismo por el que la conciencia emergió en primer lugar en un pasado remoto ni tampoco representar una explicación para las enigmáticas conexiones ordinarias entre el Yo y el cerebro. Al contrario, simplemente nos recuerda que las explicaciones mecanicistas, es decir, por las causas materiales y eficientes, resultan insuficientes para dar cuenta de determinados fenómenos observables, y que alguna forma desconocida de intervención causal de un agente inteligente resultaría necesaria para dar cuenta del orden observable y de la finalidad inmanente en determinados objetos naturales, en especial en los seres vivos.

La intuición de una causa inteligente, una vez que la conciencia se nos hace evidente como fenómeno inexplicable (no naturalizable), parecería el colofón lógico del ensayo de Arana. Sobre todo si nos hacemos eco de la cita (pag. 51) que el mismo Arana aporta de un escrito del filósofo francés Pierre Luis Moreau de Maupertuis:

“Una atracción uniforme y ciega, difundida en todas las partes de la materia no podría servir para explicar cómo se ordenan estas partes para formar el cuerpo cuya organización es la más simple. … Si se quiere decir sobre esto cualquier cosa concebible, aunque no se conciba mas sobre alguna analogía, es preciso recurrir a algún principio de inteligencia…”

Pero Arana ya dejó claro en otras ocasiones que no es partidario de secundar el discurso del Diseño Inteligente y que se siente más cómodo en las filas del teísmo evolucionista. Sin embargo, paradójicamente los argumentos esgrimidos por Arana en su exposición tienen corolarios inevitables. Así por ejemplo recordemos que el autor nos ha explicado la imposible reducción de la conciencia a causas estrictamente materiales y cómo aplica necesariamente en este caso también el principio fundamental de razón suficiente según el cual lo que percibimos en el efecto debe de estar presente en la causa que lo ha originado. La no conciencia por tanto, nos decía Arana refiriéndose al mundo físico y a los vivientes pre-humanos, no puede explicar la emergencia de la conciencia.

La conclusión parece evidente. La conciencia ha tenido que surgir necesariamente por causa de algún ente consciente, con capacidad para infundir su dominio sobre el mundo físico animado, actuando con voluntad y con intención, en definitiva, una inteligencia creadora. La intuición es tan inevitable que al propio Arana se le escapan cosas como esta (pág 165) al reflexionar sobre el origen del fenómeno en algún momento de la Historia:

“Pero surgió (la conciencia) o fue puesta en el centro de gravedad de su hospedador…”

Ese “o fue puesta” es tan revelador que me dispensa de cualquier comentario adicional, simplemente me limitaré a secundar al autor; en efecto, “alguien” tuvo que haberla puesto…

Arana se resiste a explicitar las consecuencias de su discurso. Sin embargo, no le importa dar cauce a sus convicciones teístas por otros derroteros lo que resulta en cierto modo sorprendente lo que nos conduce a un terreno de ambigüedades e imprecisiones.

Recordemos cómo anteriormente Arana había rechazado la posibilidad de dar una explicación naturalista de la conciencia alegando que cualquier explicación naturalista tenía que vincularse al carácter nomológico del mundo físico. Explicar algo científicamente, nos decía Arana era someter ese algo al marco de ciertas leyes que prescriben regularidades y permiten predecir efectos y acontecimientos de algún modo o explicarlos a posteriori. La conciencia en cambio, es un fenómeno no sujeto a norma ni ley, no predecible ni determinable por el devenir reglado de la materia y la energía. Pues bien , no es en la conciencia sorprendentemente, sino por el contrario en el carácter nomológico del mundo físico donde Arana pretende encontrar la huella de un ser inteligente trascendente al orden natural. Por no hacerlo largo: si existen leyes, tiene que haber un legislador. Pero la conclusión no es tan evidente. Lo primero que tenemos que entender es que, desde una óptica esencialista, los objetos naturales no pueden ser concebidos como entes inertes sometidos al impulso de leyes naturales entendidas estas como entidades reales con poder de causación. Si tales cosas existieran sería legítimo preguntarse por su origen y fundamento. El esencialismo por el contrario concibe los eventos físicos y la interacción entre los cuerpos naturales como la expresión de los poderes y capacidades que corresponden a sus respectivas esencias. La regularidades observadas no son sino la confirmación del carácter inmutable de dichas esencias.

Y es que en realidad, al describir Arana la naturalización o la descripción científica de un evento o de un fenómeno como algo nomológico no está tanto describiendo la realidad como la forma en que los seres racionales nos acercamos a dicha realidad. Las leyes no son sino la abstracción mental que hacemos en cuanto observadores de los hechos observados, Lo nomológico no están tanto en el mundo físico como en nuestra percepción e interpretación del mismo. La conclusión de la existencia de un legislador trascendente al mundo natural pierde fuerza desde este punto de vista. Arana reconoce la existencia de un “orden evidente en el Universo” (pág 159) pero no nos aclara en qué forma o en qué objetos naturales se manifiesta dicho orden y qué conclusiones de tipo trascendente podemos derivar de ello. No resulta sorprendente sin embargo que la intuición que despierta en Arana este orden no concretado se dirija a la figura, de nuevo, de un ser inteligente. Así parece reconocerlo cuando al referirse a su sospechado “legislador” afirma la semejanza fundamental entre dicho ente intuido y lo que los seres racionales tenemos por conciencia (pág 199). Pero como si una confesión de esta naturaleza pudiera parecer ubicar el discurso de Arana en ámbitos de reflexión un tanto “sospechosos” de alguna forma censurable de “creacionismo” el autor se apresura a realizar una manifestación, a mi entender, muy poco consistente con el tenor de sus reflexiones anteriores al aceptar que la instancia legisladora por él imaginada podría ser tanto personal como impersonal, trascendente como inmanente (pág 202). No es coherente imaginar una instancia nomogónica responsable del orden cósmico inmanente a dicho orden natural, ni un ente “lo más semejante” a la conciencia pero de naturaleza impersonal.

En definitiva, lo que quiero sostener, es que circunloquios aparte, finalmente la intuición de una causa inteligente trascendente al orden natural se despierta de manera más evidente a partir del orden existente en los vivientes, de sus estructuras complejas funcionales y de su conducta siempre finalista. Y por supuesto a partir de la evidencia de la conciencia racional. Así lo ha sostenido siempre desde la antigüedad el argumento de diseño y así lo ha sostenido de forma más explícita el argumento teleológico de la quinta vía. La armonía entre uno y otro argumento, su perfecta conexión y similitud, su identidad en la exposición lógica formal y su misma capacidad conclusiva son innegables. Así lo he argumentado de forma más extensa en mi artículo “Orden: Diseño y Teleología en el siglo XXI” que puede consultar el lector interesado en la sección de Artículos de esta misma página. Y así lo corrobora el profesor Douglas Axe, brillante exponente del movimiento del Diseño Inteligente, en su estupendo y reciente libro “Undeniable”, al que ya me he referido: la intuición a partir del orden y el diseño como nota distintiva del argumento y la poderosa batería de evidencias científicas que lo corroboran.

Deje una respuesta

Leer entrada anterior
LA CONCIENCIA INEXPLICADA: un libro del Profesor Juan Arana – La Filosofía de la Mente y el Diseño Inteligente – Parte II

Los “New Mysterians” Bien podemos asumir por lo tanto que el profesor Arana mantiene profundas coincidencias con los científicos y...

Cerrar