LA CONCIENCIA INEXPLICADA: un libro del Profesor Juan Arana – La Filosofía de la Mente y el Diseño Inteligente – Parte I

juan-aranaLa inexplicada naturalización de la conciencia.

El Profesor Juna Arana, sin duda una de las mentes más lúcidas de nuestro panorama intelectual, es catedrático y ostenta el puesto de profesor de Filosofía de la Naturaleza en la Universidad de Sevilla. De entre su vasta y muy interesante producción quiero destacar su reciente libro “La conciencia inexplicada”. En él, Arana “se atreve” (y es muy de agradecer) con el asunto más intrincado de cuantos pueden plantearse en el debate filosófico, la naturalización de la conciencia, el “problema” por excelencia. El subtitulo del libro lo expresa con meridiana claridad: “Ensayo sobre los límites de la comprensión naturalista de la mente”.

El problema de la naturalización de la conciencia representa sin duda el desafío más poderoso para cualquier filosofía materialista. Y no es que no haya otros fenómenos cuya naturalización, es decir, cuya explicación en términos estrictamente naturales (como eventos causados según las leyes que rigen el comportamiento de la materia y la energía) no resulte suficientemente comprometida, como es el caso de la emergencia de la vida en un mundo inanimado. Pero no cabe duda de que la justificación estrictamente natural de la emergencia de la conciencia, y más específicamente de la conciencia propia de la mente racional del ser humano, encuentra un acomodo poco menos que imposible en el ámbito de la ciencia contemporánea. Si bien los avances de las neurociencias en las últimas décadas han sido extraordinarios, la explicación de las relaciones entre mente y cuerpo sigue figurando como el mayor de los enigmas.

Para ser exactos mente y conciencia no son términos equivalentes. De acuerdo con la filosofía tradicional la mente es el “poder” más destacado del alma, entendida esta en términos estrictamente filosóficos como el principio de unidad y actividad de cualquier viviente. En el caso de la mente racional, esta se manifiesta principalmente de tres formas. En primer lugar, como memoria o reconocimiento de sí mismo y de la unidad en el transcurrir histórico del individuo (quizás, el concepto más cercano al término conciencia como un “YO”, tal como tradicionalmente se ha venido concibiendo). En segundo lugar, como inteligencia operativa, es decir, como la capacidad para el pensamiento abstracto, la intencionalidad, y la facultad de establecer y organizar medios en relación a fines. Por último, la mente se manifiesta de forma destacada como libre albedrío, como la posibilidad real de definir objetivos y acometer libremente acciones encaminadas a dichos fines.

En la literatura científica contemporánea, el problema de la conciencia se refiere más habitualmente al problema de la explicación de la experiencia sensible subjetiva de los fenómenos, lo que se suele referir como “qualia”, es decir, el carácter cualitativo de las sensaciones: por ejemplo, la experimentación subjetiva de un dolor, del gusto de un alimento o del color de un paisaje o un objeto cualquiera. El filósofo David Chalmers definió, y ha hecho fortuna, el problema de explicar científicamente la conciencia como el problema “duro” (“hard problem”), por contraposición al problema débil de establecer en el desarrollo de las ciencias cognitivas y neurociencias relaciones descriptibles en términos biológicos entre los estados mentales y la actividad neuronal en el cerebro. Lo que constituye un enigma es, por tanto, la existencia en sí misma de dichas experiencias conscientes subjetivas y la dificultad de reducir las mismas al mero producto o efecto de dicha actividad cerebral.

Para Chalmers la experiencia consciente engloba tanto las experiencias sensibles como las emociones, los recuerdos y, en definitiva, una narrativa vital que encadena en primera persona todas estas sensaciones y estados mentales, todas estas experiencias subjetivas de la mente que es lo que en definitiva otorga significado y valor a nuestra existencia. Nuestra vida viene a ser concebida según él como una especie de proyección cinematográfica enriquecida con todo tipo de experiencias sensibles y en la que nos identificamos como el protagonista central de todo lo que en ella acontece.

Esta concepción más específica y no menos problemática de la conciencia nos enfrenta por tanto a una discusión colateral pero no por ello irrelevante, como es el estatus en términos cognitivos y volitivos de las facultades mentales de los animales no racionales en la medida en que muchas de las experiencias sensibles y la capacidad para actuar de los mismos pueden ser parcialmente asimilables a las de los humanos. Sin entrar en detalles, voy a reivindicar de inmediato sin embargo que la conciencia racional supone un salto ontológico definitivo en relación a la del resto de seres animados; no una mera diferencia de grado sino de clase. Bastaría con invocar fenómenos y manifestaciones de la mente racional que avalan la excepcionalidad del ser humano como es la conciencia íntima del Yo, la capacidad para establecer metas y objetivos de realización personal, el ansia de plenitud hacia la más completa realización de nuestras capacidades y aspiraciones, el deseo de conocimiento, la capacidad para deliberar y definir medios orientados a fines, la capacidad para elegir libremente líneas de actuación, la capacidad para el pensamiento abstracto y por derivación para el lenguaje etc.

Arana comienza su exposición asumiendo una definición de conciencia muy en la línea de la literatura filosófica contemporánea : “dimensión autotransparente de la vida psíquica en virtud de la cual el sujeto pensante se convierte en espectador activo de sí mismo”. Un concepto que nos presenta al sujeto actuante como protagonista y responsable de sus actos. A partir de ahí, desarrolla el autor su argumentación sobre la incapacidad de las ciencias más avanzadas en la actualidad para explicar el hecho de la conciencia en sí misma y su limitación a desarrollar contribuciones en el ámbito del “problema débil” en la expresión popularizada por Chalmers, es decir, las relaciones entre los actos mentales y su correspondencia en la actividad neuronal.

La conciencia se nos presenta así como un fenómeno inaccesible para la ciencia en una exposición solvente y rigurosa que demuestra el profundo conocimiento del autor de los trabajos y conclusiones de los más reputados especialistas en este campo en los últimos años y de entre los que destacan autores como Tononi, Dennett o Damasio, que abordan el problema tanto desde la óptica estrictamente científica como desde la perspectiva de la filosofía de la mente. Dos son los campos de investigación que intentan reducir el fenómeno de la conciencia en particular y de los actos mentales en general al estatus de meros actos físicos; por un lado el desarrollo de la Inteligencia Artificial, y por el otro el avance de las neurociencias. Pero la Inteligencia Artificial, en cuanto desarrollo del potencial de computación de los sistemas físicos ideados por el hombre, queda muy lejos de poder explicar la naturaleza subjetiva de las sensaciones y percepciones de la conciencia. Además, cualquier propuesta materialista de la mente se ve obligada a mantener que el “pensar” ha de quedar reducido a una mera sucesión de pasos algorítmicos, a un proceso que pueda ser reproducido siguiendo un número finito de instrucciones precisas. En este campo las contribuciones del eminente físico Roger Penrose han sido determinantes para entender que dichas experiencias subjetivas no pueden ser reducidas a meras expresiones algorítmicas de eventos físicos. En particular, Penrose ha resaltado el obstáculo mayúsculo que representa el teorema de Gödel sobre la incompletitud de cualquier sistema formal (y la inexistencia de una “teoría del todo” matemática) para las teorías algorítmicas de la mente. En definitiva, la inabarcable complejidad de la actividad cerebral tal como se nos manifiesta a la investigación hace que el proyecto de una ciencia determinista de la actividad cerebral resulte irrealizable.

La concepción maquinística de un organismo vivo y en especial del órgano cerebral ha sido un recurso habitual en el discurso materialista, y se ha pretendido que el cerebro en última instancia segrega “pensamientos” (en el concepto cartesiano de la expresión que abarca una amplia gama de actos mentales) como el hígado segrega bilis. Autores como Dennett o, entre nosotros, López Corredoira han invocado el carácter maquinístico de nuestras estructuras biológicas a nivel molecular y el funcionamiento por procesos mecánicos de nuestro organismo. Pero concluir de ello que todos nuestros actos o experiencias y facultades deben de emerger de tal actividad mecánica es una falacia lógica (non sequitur). Nada más alejado de la realidad. Las acciones físicas de nuestro organismo resultan incapaces de explicar fenómenos no físicos como son los actos mentales en general y la manifestación subjetiva de nuestras experiencias conscientes en particular. Hay un error conceptual de por medio que transgrede el principio elemental de adecuación causal entre un evento físico y una experiencia subjetiva.

Por ello los avances de las neurociencias nos ayudan a entender la correlación entre los fenómenos cerebrales y las experiencias subjetivas pero no consiguen resolver el problema nuclear de cómo un fenómeno meramente físico pudiera ser causa de una experiencia. Al fin y al cabo, nos dice Arana, la manifestación física de la actividad neuronal no es otra cosa que la expresión de la fuerza electromagnética que en definitiva se limita a empujar a las partículas cargadas (protones y electrones) para que se acerquen o se alejen las unas de las otras de acuerdo con el signo positivo o negativo de sus cargas. La conciencia no es, en definitiva, una mera acumulación de empujones electromagnéticos; mantener otra cosa no sería más que un burdo error categorial. Hay rasgos en la actividad consciente, señala Arana, como la unidad y la continuidad que dificultan cualquier aproximación neuronal reduccionista y tampoco, por otra parte, los avances de la física cuántica nos colocan en mejor posición para justificar en términos naturalistas lo que la físico-química clásica es incapaz de explicar suficientemente.

Por supuesto que el pensamiento, afirma Arana, no es una actividad pura y desencarnada. La correlación entre cualquier actividad mental y procesos neuronales es un dato científico que ha podido ser establecido e investigado de forma exhaustiva en los últimos años, pero la naturaleza específica de los actos mentales y la experiencia subjetiva en particular constituyen un salto ontológico que precisa explicaciones causales que trascienden el orden estrictamente material del mundo físico. En definitiva, coincide Arana con Chalmers al afirmar que la conciencia es algo “no-físico” y por tanto no puede ser explicado a partir de los mecanismos cerebrales.

La inexplicabilidad explicada.

Pero el propósito de Arana al escribir este libro no se limita a dar cuenta del estado actual de los fallidos intentos por naturalizar la conciencia en el marco del paradigma materialista imperante. Nos ofrece por el contrario una propuesta positiva; su tesis de que la naturalización de la conciencia es, en esencia, un empeño inútil y que no solamente no se ha conse**** a la fecha el objetivo perse**** en este campo sino que todos los esfuerzos que se hagan al respecto están condenados al fracaso.

Esta propuesta exige lógicamente definir con precisión tanto el concepto de conciencia al que aplica, como la idea de naturalización a la que se refiere. Arana es exquisitamente concreto por lo que se refiere al segundo punto al explicar que su concepto de “naturalización” alude “a la explicación cabal y completa de un determinado objeto (en este caso la mente) por medio de leyes físico-químicas sustentadas en observaciones y experimentos contrastables” (pág 111). Pero resulta menos preciso en relación al concepto del objeto cuya “naturalización” queda en entredicho, si no tanto en la propia definición referida, sí en la exposición de su argumento a lo largo del texto, como cuando a veces pretende que su argumentación se basa en “una versión minimalista de conciencia” (pág 145).

Recordemos que el concepto más amplio de mente al que vemos que recurre Arana en este punto (como también lo hacía en el subtítulo del libro) abarca no solo la conciencia stricto sensu (la perspectiva autorreferencial del Yo como sujeto de una dinámica vital) sino también la facultad de la inteligencia creativa y el libre albedrío. Sin embargo, a la hora de desarrollar el discurso que justifica su propuesta Arana se apoya definitivamente y tras algunas ambigüedades al respecto, en un planteamiento más restrictivo que se nos ofrece con rotundidad y que se traduce en dos premisas. Una, que la conciencia “se tiene o no se tiene” es decir, que se trata de un concepto suficientemente definido y sobre el que no caben posiciones intermedias o gradualismos. Otra, que solo los seres racionales podemos presumir de tener “eso” que podemos denominar conciencia en sentido estricto, presentándose así una perfecta discontinuidad en relación al resto de vivientes.

Dejaré para un poco más adelante los problemas que suscita y las cuestiones que pone en evidencia este planteamiento; comentaré entre tanto los argumentos que presenta Arana en su reivindicación de la imposible naturalización de la “conciencia-mente”. El argumento de Arana se apoya en la esencia misma de la conciencia-mente como sujeto de cualquier ejercicio pensante de naturalización. Naturalizar, es decir, ofrecer una explicación en términos naturalistas de “algo” implica que ese “algo” pueda ser pensado como objeto de nuestra reflexión. Pero la mente pensante es sujeto y no objeto de sí misma, no corresponde a la mente , nos dice Arana, aparecer ante nuestros ojos sino tras ellos. Yo puedo objetivar y por tanto pensar mi cerebro, pero es mi mente quien lo objetiva. Del mismo modo la ciencia como actividad del sujeto pensante es un producto de la mente creativa del ente racional; la mente se nos muestra como condición de posibilidad de la actividad científica, no como objeto de sus indagaciones. La ciencia se ocupa de objetividades no de subjetividades. En reflexión de Schrödinger que recoge Arana, la mente ha hecho posible la actividad científica precisamente porque se ha excluido de su propia creación conceptual del mundo exterior objetivo al que se enfrenta el filósofo de la Naturaleza. Más allá de los rasgos de unidad y continuidad antes señalados, Arana incide en la propia realidad del sujeto consciente como el espectador ante quien aparecen una serie de contenidos. La intencionalidad, es decir, la referencia hacia algo distinto del YO es lo que caracteriza la actividad consciente del sujeto; el YO no es una representación sino la sede de todas las representaciones.

En definitiva, acercarnos a una explicación científica de la realidad no es otra cosa que someter esta realidad observable al marco conceptual de normas y leyes que hemos abstraído a partir de nuestras observaciones. Toda explicación, nos dice Arana, es necesariamente nomológica: “llamamos naturalista a este tipo de explicación porque se supone que los principios y leyes que permiten pronosticar a priori y entender a posteriori las cosas constituyen de alguna manera su naturaleza”.

La conciencia sin embargo escapa a cualquier intento de reduccionismo nomológico. La conciencia, mantiene el autor, entendida como un “darse cuenta” de las cosas, es pura subjetividad y su aparición en la historia de la vida no puede decirse que obedezca a principio o ley alguna. No es una realidad predecible, no es un efecto necesario dadas determinadas condiciones, no está pre-determinada por el orden natural que conocemos del mundo físico, lo que la convierte en una cuestión, concluye Arana, “a la que no es posible responder desde cualquier teoría científica habida o por haber”.

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