Kant y el pensamiento biológico (2)

Por Felipe Aizpún

Pero es en su obra “Crítica de la Facultad de Juzgar” (CFJ) de 1790, 9 años posterior a la primera edición de su “Crítica de la Razón Pura”, donde Kant nos muestra de forma más patente su interés por el pensamiento biológico. Un interés por otra parte que revela una intuición sorprendente, muestra del genio del filósofo alemán, toda vez que en esa época no existía todavía un concepto unificador de las ciencias de la vida como disciplina autónoma, cosa que no llegaría hasta pocos años después de la mano de Lamarck.

Una de las notas esenciales del pensamiento biológico de Kant es la necesidad de acudir a la perspectiva causal teleológica, la idea de finalidad, superando así la perspectiva puramente mecanicista de las causas eficientes que imperaba en el resto de las disciplinas científicas en desarrollo en su época. La Naturaleza y los seres vivos en particular despiertan en el observador otro tipo de inquietudes y de intuiciones, y no es la menor de ellas la belleza y la contemplación de lo sublime, categorías que quedan fuera de una posible interpretación puramente mecanicista de la realidad.

Kant pugna por reivindicar la causalidad final como un criterio imprescindible para desarrollar las ciencias de la vida, pero al mismo tiempo, se exige el mantenimiento de su argumentación en el seno del discurso natural separando las explicaciones científicas o filosóficas del ámbito de la religión. La teleología se constituye en Kant como una condición trascendental para la experiencia de la Naturaleza: un producto organizado de la Naturaleza es aquél en que todo es fin y, recíprocamente, también medio. Nada en él es en balde, carente de fin, o imputable a un ciego mecanismo natural. Es decir, “nada acontece por azar”. (CFJ, 1995, 307).

Kant reivindica la finalidad en los organismos vivos sin mezclar la ciencia de la Naturaleza con la idea religiosa de Dios, evitando pronunciarse acerca de un fin divino en el ordenamiento de la Naturaleza. Igualmente rehuye cualquier interpretación animista o cualquier recurso a realidades inmateriales, como “el alma”, actuando en el espacio y en el tiempo, para justificar la especificidad de los organismos vivos, buscando permanecer siempre en el ámbito de la explicación exclusivamente natural de la realidad.

El problema para Kant, y que sigue de plena actualidad dos siglos después, es que una perspectiva exclusivamente fisicalista resulta insuficiente para comprender la organización intrínseca de la materia viva, cuya generación resulta impensable como fruto exclusivo de las leyes mecánicas que determinan a la materia inanimada. Y es ahí donde Kant se siente en la necesidad de recurrir a la teleología como criterio explicativo.

Las causas eficientes no nos bastan, la finalidad como criterio de conocimiento desempeña una función esencial para entender, no sólo el orden y el diseño incontrovertible en los seres vivos, sino también su propia existencia. El diseño y el orden no son propiedades accesorias sino elementos constitutivos de la esencia de la cosa observada. Lo que se trata de explicar no es el diseño aparente de las formas vivas sino la existencia de la cosa diseñada en sí.

Kant introduce así la idea de “fin natural” para dar cuenta de la especificad de los organismos vivos, entendiendo como característica esencial de un organismo su capacidad para regenerarse, crecer y reproducirse. Es precisamente ese tener en sí mimos la capacidad de generar su propia realidad ordenada (hoy hablaríamos de autopoiésis), ese producirse a sí mismos lo que distancia los organismos vivos de los artefactos (por ejemplo un reloj) que tienen la causa de su orden fuera de sí. Este producirse a sí mismos de los seres vivos es lo que apela a la idea de una finalidad objetiva real e interna, y es lo que nos los presenta como “causa y efecto” a un mismo tiempo. Según Kant esta característica de los seres vivos se produce porque los organismos son estructuras cuya organización no es efecto de una causa externa sino que se produce “desde dentro”:

Un ser orgánico, pues, no es mera máquina, que tiene exclusivamente fuerza motriz, sino que posee en sí fuerza formadora, y una que él comunica a materias que no la tienen (las organiza); posee pues, una fuerza formadora que se propaga, la cual no puede ser explicada por la sola facultad de movimiento (el mecanismo).(CFJ, 305).

El concepto de “fin natural”es el que permite en Kant compaginar la perspectiva causal mecanicista con la teleológica en la investigación científica. De esta forma un organismo se explica como un objeto de la Naturaleza cuyas partes se relacionan entre sí y producen un todo por su causalidad; al mismo tiempo el todo se erige en causa final de la organización de las partes. “Todo es recíprocamente fin y medio” nos dice Kant. Para algunos comentaristas que se han detenido en el estudio del pensamiento biológico de Kant, este todo organizado armónicamente en sus partes sólo es concebible, en el seno de la filosofía kantiana, como expresión de una idea previa alumbrada por un ser inteligente; un ser inteligente, por supuesto, entendido como un Ideal, como una referencia Trascendental cuya realidad no podemos reivindicar de manera concluyente de acuerdo con la propia esencia de la epistemología kantiana.

Kant recurre a la idea de “fin natural” para establecer una distinción entre los seres vivos y los artefactos producidos por la humana industria; sin embargo, esta autoorganización de lo vivo sólo lo alcanza en cuanto ya existente. El problema que Kant no llega a resolver es el alumbramiento a la vida, el origen de lo vivo en cuanto novedad morfológica. Kant es rotundo al respecto, ni el Principio Mecanicista ni el Principio Teleológico pueden justificar el origen de lo vivo a partir de la materia inerte. El discurso naturalista termina conduciéndonos a un callejón sin salida.

En definitiva, no resultan estos planteamientos nada extraños al discurso de la reivindicación, en términos de una inferencia a la mejor explicación, de la existencia de diseño en los seres vivos y de la dificultad de explicar ese diseño innegable como fruto de las solas fuerzas naturales que rigen el cosmos.

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