Kant y el pensamiento biológico (1)

Por Felipe Aizpún

La huella más notable de Emmanuel Kant en la historia de la filosofía es sin duda su denuncia de la inconsistencia de los argumentos clásicos para proporcionarnos una certeza apodíctica de la existencia de Dios. Para Kant la razón humana no puede construir un argumento deductivo concluyente al respecto sin incurrir en una falacia lógica, tanto por lo que se refiere al argumento ontológico como por lo que respecta al argumento cosmológico basado en la contingencia del Universo material que nos contiene. La obra de Kant contribuyó profundamente al desprestigio de la metafísica como disciplina filosófica y sumió a muchos en el desconcierto y el escepticismo.

En realidad la inferencia de una Primera Causa en el mundo, en el sentido aristotélico, no queda en absoluto contestada por el discurso del filósofo de Königsberg, si entendemos dos cosas que no fueron suficientemente consideradas por el filósofo alemán. Por un lado que el conocimiento humano no está hecho de certezas sino de convicciones en torno a la realidad; las certezas no nos pertenecen. La segunda cosa es que el método deductivo resulta perfectamente inadecuado para el propósito de buscar el origen y la causa última de la realidad y que lo que procede es buscar, según el método de la abducción (búsqueda de las causas a partir de los efectos) la inferencia a la explicación más razonable.

Si lo vemos a la luz de estas dos consideraciones, Kant no se nos muestra como el verdugo del pensamiento metafísico moderno sino por el contrario como el verdadero revitalizador del mismo al liberar las intuiciones metafísicas del corsé atenazador del pensamiento medieval para retornar al sentido primigenio puramente intuitivo y especulativo de los pensadores de la Grecia clásica. No es de extrañar entonces que el propio Kant, en su “Crítica de la Razón Pura”, no pudiera disimular su entusiasmo por la fuerza de convicción del argumento teleológico, es decir, la huella de finalidad y de diseño y orden en el mundo y en los seres vivos que la observación de la Naturaleza nos impone.

Para Kant, sin embargo, el argumento teleológico, como intento de llegar por la sola razón a la demostración de la existencia de Dios, se acaba reduciendo a un argumento por analogía, es decir, a una extrapolación de las ideas de organización y orden que vemos presentes en las cosas obra del artificio humano y producidas por su intelecto racional. Pero los argumentos por analogía no son concluyentes, y en este caso acaba desembocando en un argumento cosmológico, y éste a su vez se sustenta finalmente sobre el argumento ontológico que Kant considera esencialmente inconsistente. Sin embargo, la sutil diferenciación entre un argumento pretendidamente concluyente y la inferencia abductiva capaz de alumbrar en nosotros profundas convicciones planea inadvertidamente sobre los comentarios del propio Kant.

El asombro y la fascinación que el orden de la Naturaleza es capaz de suscitar en nosotros, y su capacidad de invocación de una causa no natural son de tal envergadura que Kant no duda en calificar al argumento del designio o finalidad (que se apoya en la apariencia de diseño en la Naturaleza) como “la prueba más antigua, la más clara, la más adecuada a la razón común humana” de entre las pruebas que pretenden demostrar la existencia de un Sumo Hacedor. Y el propio Kant nos da una prueba de lo que falta para poder considerar tal argumento como una verdadera “prueba” concluyente al decir que “sería preciso además que se pudiese demostrar que las cosas del mundo serían en sí mismas impropias para semejante ordenación y armonía, según leyes generales, si no fueran, según su substancia misma, el producto de una suprema sabiduría.” Y añade: “mas para ello precisaríanse muy otros argumentos que los de la analogía con el arte humano.” Kant rechaza el argumento teleológico en cuanto que argumento deductivo concluyente, pero reconoce la fascinación que desprende el orden inherente a la Naturaleza.

El argumento por analogía no le parece suficientemente concluyente, el hecho de que las cosas presenten similitudes, en cuanto al diseño y organización funcional, con otros artificios que sabemos son producto de la humana fabricación y diseño no basta para presentarnos la evidencia de una agencia inteligente. Sólo nos queda un camino a seguir, intentar demostrar que el orden y la funcionalidad de los elementos del Universo, al menos de algunos especialmente destacados (como los seres vivos que habitan nuestro planeta), no pueden explicarse por la sola confluencia de las leyes del cosmos actuando en solitario sobre la materia inanimada inicialmente existente. Si lo conseguimos (y esto es preciso matizar a las palabras de Kant), y sólo en la medida en que podamos aproximarnos a despertar convicciones profundas al respecto, habremos avanzado en la tarea de consagrar inferencias de probabilidad en torno a la existencia del dios de los filósofos, y ésta es sin duda la máxima aspiración que nos podemos plantear.

En definitiva, esto y no otra cosa es lo que se plantean los teóricos y científicos que defienden el discurso del DI: la existencia de características en la vida y en los organismos vivos que no encuentran justificación suficiente en un origen puramente material, en las leyes de la física actuando de forma no intencional sobre la materia inanimada. La complejidad irreducible de los organismos vivos, la emergencia de fascinantes novedades biológicas, la aparición en el tiempo de estructuras biológicas funcionales carentes de precursores razonablemente concebibles, todo ello no es sino un ejercicio de exposición de la inconsistencia de un discurso puramente naturalista para justificar el enigma de la vida. La conclusión obligada es que sólo una causalidad inteligente que trascendiera la dimensión material del mundo conocido podría explicar de manera convincente los misterios de la vida y de la Naturaleza.

2 Respuestas para Kant y el pensamiento biológico (1)

  1. Lástima que lo que se conozca de ese erudito sean sólo las antinomias de la razón pura. O sea la degradación del papel de la metafísica tracicional, a de una especie de muletas de la física newtoniana con su capacidad de “salvar las apariencias” mediante un trío de leyes sencillas. Pero es confundir la velocidad con el tocino, pues reducir la RACIONALIDAD aristotélica a una racionalidad miope, que meramente tiene el poder de cuantificar algunos fenómenos, y predecir (y retrodecir), no es gran cosa. Toda esa parafernalia crítica de I.Kant es como una red que atrapa los pescados gordos y deja pasar los más sustanciosos y cotizados.
    No se conoce tanto, en cambio, que ese filósofo tenía en mente resucitar la metafísica por otro lado, y aun con un beneficio notable. Y de allí su “crítica de la razón práctica”. Si la gente hace lo que debe porque sabe a ciencia cierta que todo está diseñado por quien tiene el poder de premiar o castigar (el ciento por uno), la gente no actúa tan libremente o desinteresadamente. Lo hace por su propio beneficio. Por ese lado, bien por I.Kant. Los neo-ateos deben rendirle tributo a este hombre pues les ha dado la dicha de sentirse intelectualmente satisfechos para seguir los instintos de los animales de los que piensan que descienden (de allí sean partidarios del aborto, del feminismo fanático, de la eutanasia, de la homosexualidad, pedofilia, del nazismo, del darwinismo social, del hedonismo, del pan-sexualismo, etc). Mi admiración a los (escasos) ateos que llevan una vida moral basado en la ética deontológica.
    Gracias a Dios, el DI no va a triunfar nunca pues como bien vió I.Kant no es buena cosa para la ética.

  2. Felipe y demás gente inteligente:
    No he tenido ni que esperar a la gala de año nuevo para reirme con humoristas profesionales como José Mota.
    Sin ser un DVD de humor, un documental del Dr. Roger Payne para Discovery “En compañía de ballenas” me ha hecho pasar un buen rato pensando las ingeniosas historietas comico-científicas que habrá para “explicar” los siguientes hechos.
    Resulta que salen unas ballenas blancas retozando en la Patagonia que ponen en aprietos a otro icono de la evolución: el macho más apto es el que amedrenta a los demás a fin de que sus genes egoístas se propaguen y así, poco a poco hasta que llegan los machos humanos actuales que consiguen mejorar la raza a base del billete verde, a falta de vigor físico (ejemplo reciente, el dueño de play boy de 84 años se ha casado con una conejita de 24).

    Esas ballenas macho tienen unos genes egoístas muy raros, que les hinchan sus testículos hasta llegar a pesar 1 TM (los de las ballenas azules, mucho mas grandes, pesan sólo unos 70 kg, dice el autor). La todopoderosa selección natural decidió que sería mejor si los machos más aptos dejasen divertirse a los menos aptos con las “pobres” hembras, y al final entrar ellos con su caudaloso chorro egoísta evacuando el semen del anterior macho. Al final la hembra pega un salto y cae cerca del último con quien se va.
    ¿No confirma esto el axioma de oro del neo-darwinismo: la SN hace cualquier cosa o su contrario menos dar la razón a los estúpidos creacionistas?

    Hay que ver lo que puede hacer el azar + SN + tiempo con un mamífero que saltaba al agua para librarse de sus depredadores a fin de evolucionar hacia delfines, cachalotes, ballenas y demás. Claro que los antílopes que no podían ni hoy día pueden saltar al agua para librarse de sus atacantes también sobreviven, pero ¿qué darwinista serio pondría el “hecho” de la evolución en duda por nimiedades como esta?

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