Juan Arana, Antony Flew y el Diseño Inteligente (6)

Felipe Aizpún

Lo que realmente pensaba Flew.

El profesor Arana nos presenta en su conferencia dos modos diferentes de entender el argumento de diseño o argumento teleológico. Por un lado, el que él considera correcto, supone la inferencia de un propósito en la creación de un cosmos gobernado por leyes y constantes convenientemente ajustadas para permitir la emergencia y el desarrollo de la vida; pero esta emergencia debe de ser considerada como un proceso no intervencionista en el que “las cosas naturales salen de forma natural”. Un segundo modelo, “completamente distinto” según Arana, es el que propugnan los defensores del DI y que implica básicamente que los procesos naturales no pueden explicar suficientemente la emergencia de la vida ni el desarrollo de las formas vivas y que estos eventos exigen una implicación específica de una causa inteligente. Arana declara expresamente que el filósofo Antony Flew (en la imagen) justificó su “conversión” según el primero de los modelos y no según el propio de los autores del DI. Veamos, sin embargo, que es lo que el propio Flew nos dice al respecto; me basaré en mis comentarios en la edición inglesa de “There is a God” de 2007 de Harper One.

Sin duda, es evidente que Flew suscribe plenamente los argumentos cosmológicos y astrofísicos a favor del diseño. Por una parte conviene en que la mera existencia de leyes físicas exige una explicación causal, que las mismas se explicarían mejor como el producto de una mente divina (p.110) y que suponen un problema para el ateísmo porque representan una “voz de racionalidad que se escucha a través de los mecanismos de la materia” (p.111). Las leyes físicas en una concepción esencialista, por el contrario, no serían verdaderas fuerzas causales que actúan sobre una Naturaleza pasiva sino la mera descripción de regularidades observables en objetos que se comportan según su propia naturaleza o esencia. También en este supuesto nos ofrece Flew la argumentación de Richard Swinburne en el sentido de que una agencia divina es la explicación más convincente para dar cuenta de dicha propiedad intrínseca en la multitud de objetos observables que exhiben tal regularidad (p.110). Vaya por delante que Swinburne es una figura cimera de la teología natural del mundo anglosajón y que su libro “The Existence of God” fue considerado por Flew como la argumentación más convincente que él había conocido a favor de la tesis teísta. Swinburne es citado de modo reiterado en el libro de Flew y es fácil adivinar que fue el verdadero guía intelectual en el “peregrinaje de la razón” de Flew.

El filósofo inglés se adscribe abiertamente a la tesis de que el ajuste fino apunta a una causa intencional y rechaza con firmeza que la alternativa de un multiverso infinito sea una propuesta razonable, básicamente porque multiplica al infinito la necesidad de encontrar explicaciones causales al origen de cada uno de los universos imaginados y de sus leyes.

Sin embargo, la realidad es que el motivo principal que empujó a Flew a sus convicciones postreras no fue tanto el argumento del ajuste fino como el argumento derivado de los avances científicos de la biología. La existencia de leyes y constantes concretas, nos dice Flew, permite la supervivencia de la vida, pero no nos responde a la pregunta sobre su origen (p.119). Una cosa es que se den las condiciones para que “algo” ocurra y otra muy distinta que tales condiciones sean suficientes para la ocurrencia de ese “algo”. El siguiente párrafo de su libro (p.75) es enormemente clarificador y supone la respuesta dada por él mismo en el célebre simposio de Nueva York en 2004, cuando por primera vez hizo público su cambio de opinión.

“Sí, así lo pienso ahora…casi por entero a causa de las investigaciones sobre el ADN. Lo que creo que el material del ADN ha hecho es mostrar, debido a la casi increíble complejidad de los ajustes que son precisos para producir la vida, que una inteligencia tiene que haber intervenido para hacer que estos extraordinariamente diversos elementos actúen de forma conjunta. Es la enorme complejidad del número de elementos y la enorme sutileza de las formas en que trabajan al unísono. La unión de estos dos factores en el momento justo por azar es simplemente descartable. Es la cuestión de la enorme complejidad que permite la obtención de un resultado lo que me hizo ver en ello la obra de una causa inteligente” (énfasis añadido)

La palabra complejidad se repite varias veces en esta declaración de principios y se repite en torno a la idea de la emergencia de una función, es decir, la suma de la idea de complejidad más la idea de especificidad, es lo que hace nacer en Flew la inferencia de diseño. DI en estado puro, “à la Dembski”. El argumento del diseño desde la biología, nos dice Flew, es lo que le convenció casi por completo (“almost entirely”) y es por ello que el filósofo inglés abunda en este razonamiento de forma exhaustiva, y lo hace tanto desde la perspectiva del argumento de diseño (complejidad especificada) como desde la perspectiva del argumento teleológico según la distinción que venimos manteniendo en este trabajo.

Así, Flew nos recuerda cómo Aristóteles ya comprendió que la teleología no es un añadido fortuito a los seres vivos sino que es una característica esencial a la vida (p.125); junto a esta consideración, la auto-reproducción representa otro desafío mayúsculo que exige una justificación profunda, ya que ninguna teoría sobre el origen de la vida nos ha podido explicar que tal capacidad pueda emerger por medios naturales a partir de una base material (p.125). Resulta por lo tanto enormemente concluyente, a la hora de defender un argumento teleológico hacia la causalidad inteligente de la vida el hecho de que la materia viviente posee, una finalidad inherente por un lado, y un principio interno de organización que se encuentran ambos perfectamente ausentes en la materia inanimada. Esta argumentación es exactamente la misma que desarrolla Dembski en el citado capítulo 23 de “The Design Revolution” al que ya he hecho referencia con anterioridad en esta serie y en el que explica que los mecanismos naturales son, por definición, meros mecanismos materiales (causas eficientes) que resultan insuficientes para explicar la naturaleza del cambio acaecido en la emergencia de la vida y de las formas vivas. Flew remata su consideración a este respecto con una cita de David Conway (p. 126) que declara que estos fenómenos biológicos nos dan motivos para dudar que sea posible explicar las formas vivas existentes en términos estrictamente materialistas y sin recurrir a la idea de diseño.

El carácter exhaustivo del discurso biológico de Flew se manifiesta también en la presentación de una doble perspectiva de argumentación causal, por un lado, la falta de recursos probabilísticos suficientes en un tiempo limitado, y por otro el argumento de la falta de adecuación causal en el proceso. Flew se considera suficientemente informado de las teorías más actuales sobre la abiogénesis, pero establece con rotundidad que la emergencia fortuita de los sistemas complejos funcionales que presentan los seres vivos no podría haber surgido y haberse consolidado por azar en el tiempo limitado que pensamos tiene el Universo de existencia (p.124). Como es sabido, este argumento es uno de los habituales en la literatura del DI, y en él han abundado autores como el propio Dembski (hombre de profunda formación matemática) o más recientemente Douglas Axe, biólogo molecular del Biologic Institute y autor de interesantes trabajos sobre la complejidad de la emergencia de novedades funcionales en los sistemas proteicos.

Pero el argumento más importante es sin duda el ya presentado de la falta de adecuación causal, un argumento que discurre en el ámbito de la filosofía de la Naturaleza y que implica básicamente como acabamos de comentar, que lo que percibimos en el efecto, debe de estar presente en la causa a la que tal efecto es imputada, algo que no ocurre en el Universo inanimado en relación al carácter dinámico finalista, la capacidad de auto-reproducción y la organización inherente a los seres vivos. Y el elemento básico que falta y que resulta especialmente crítico cuando de los seres vivos se trata es la información y a él se refiere también expresamente Flew en su libro (p.126). Es procedente recordar, al hilo de esta reflexión, los trabajos del pionero en cuestiones de cibernética e informática John Von Neumann quien estudiara con detenimiento las condiciones mínimas necesarias para la existencia de un autómata con capacidad para la auto-replicación a mediados del pasado siglo. Una de las condiciones imprescindibles, anotó Von Neumann, sería la existencia en el engendro de mecanismos de almacenamiento de información, utilización de códigos y sistemas simbólicos materiales, y por lo tanto un sustento informacional de carácter inevitablemente intencional en relación a un modelo o patrón preestablecido. Y esta es sin duda, la característica discernible en los vivientes en forma de códigos y memorias orgánicas que aseguran la posibilidad de auto-replicación.

Flew tiene claro que el problema al que se enfrentan las teorías sobre el origen de la vida no es de naturaleza exclusivamente científica sino principalmente de carácter filosófico; la pregunta filosófica que aún no ha sido contestada, nos dice, es la siguiente (p.124):

¿Cómo puede un Universo hecho de materia carente de mente alguna producir seres con fines intrínsecos, capacidad de auto-replicación, y una química “codificada”?

La dimensión filosófica del problema se refiere principalmente al origen de los códigos orgánicos y de los mecanismos de proceso de información que son esenciales para la vida (p.126). El proceso de la información y la actividad química son dos estructuras fundamentales de los seres vivos coordinadas a través del código genético. A este respecto Flew cita a David Berlinski y se pregunta con él (p.127) si no es inevitable considerar que en el origen de tales estructuras debe haber, como en el origen de los sistemas simbólicos y semióticos creados por el hombre, una causa inteligente. Y cita también a Paul Davies que nos dice que necesitamos explicar el origen de la información biológica y la forma en que la maquinaria que procesa dicha información pudo surgir (p.128). La mera existencia de un código, nos dice Flew, “es un misterio” (p.128) y la información contenida en los organismos biológicos no es del tipo de la información que manejamos en termodinámica o en mecánica sino que se trata de información verdaderamente semántica, información que encierra un auténtico significado (p.129). Por si alguno no está al corriente, es menester añadir que éste y no otro, es el argumento central a favor de las tesis del DI de uno de los libros más emblemáticos de los autores del movimiento, “Signature in the Cell” de Stephen C. Meyer. Al igual que Meyer, Flew no tiene objeción en concluir que la “única explicación satisfactoria” para el origen de la vida tal como la conocemos en la Tierra es “una mente infinitamente inteligente” (p.132).

Lo que Flew encontró en los avances de la biología contemporánea era lo que él calificara como “un nuevo argumento para el diseño” (p.123) y la convicción consiguiente de que no había explicaciones naturalistas suficientes para la emergencia de la vida. Por supuesto no se trataba de un argumento desde la ignorancia sino todo lo contrario, un argumento de carácter positivo que nace del conocimiento efectivo de la realidad y de la constatación de que la dinámica organizada de los entramados biológicos se sustenta sobre un soporte de carácter formal, lo que lleva consigo la incapacidad de explicar los fenómenos de manera reduccionista, por causas únicamente eficientes en el ámbito espacio-temporal. Por ello considera más que probable que muchos de los “saltos” en la historia de la vida quedarán probablemente fuera del alcance de nuestra capacidad explicativa en términos estrictamente científicos (p.130); cita no solamente a este respecto la emergencia de la vida sino también el enigma de la auto-reproducción y la cuestión de la emergencia de la reproducción sexual en los organismos vivos.

Este descubrimiento de un “argumento nuevo de diseño” de origen biológico es fundamental en el proceso de rectificación de Flew de sus convicciones materialistas. Resulta poco razonable pensar que “el ateo más famoso del mundo”, como se denominaba a Flew en algunos círculos, pudiera cambiar de opiniones tan enraizadas simplemente reconsiderando los argumentos tradicionales sobre el orden y la racionalidad subyacentes al cosmos y sus leyes. Para tal proceso de rectificación era precisa alguna cosa más, en concreto, el conocimiento aportado por la ciencia más actual en torno a las características intrínsecas de diseño y de complejidad funcional presentes en las formas vivientes.

Pero la manera en que Flew asume internamente los nuevos argumentos es también importante. Me refiero al estatus epistemológico de sus convicciones tal como queda reflejado en el capítulo 8 de su libro en torno al argumento cosmológico. Flew nos muestra su convencimiento de que, en todo caso, la existencia de nuestro Universo exige una explicación última y que la actitud tradicional del discurso ateo sobre la asunción de la realidad como un punto de partida que no merece ser cuestionado (un “brute fact”) ya no se sostiene a la luz de la moderna cosmología. Pero el argumento cosmológico que resulta pertinente para Flew no es exactamente el argumento deductivo tradicional, sino las formas inductivas de dicho argumento expuestas por autores como el ya mencionado Richard Swinburne (p.145). Esta reflexión nos reconduce al inicio de la conferencia y a las palabras del profesor Arana sobre la distinta vitalidad que el diálogo entre ciencia y filosofía y en especial el desarrollo de la teología natural venían teniendo en los tiempos recientes en el seno de las dos tradiciones filosóficas, la continental de corte principalmente católico y la anglosajona. Flew se inscribe con este libro, sin duda alguna, en el ámbito de la tradición anglosajona, especialmente acompañado en su peregrinaje intelectual por la figura de Swinburne.

El libro de Swinburne “The Existence of God” es un compendio extraordinariamente bien urdido de los argumentos más rigurosos de la teología natural propios de la tradición anglosajona no católica, en el sentido en que presentan una argumentación variada y rica pero de carácter estrictamente “inductivo”. He entrecomillado el término inductivo porque si bien es el que el propio Swinburne y Flew utilizan por oposición al carácter deductivo o silogístico de las exposiciones de la escolástica tradicional, sería necesario recordar la existencia de una diferencia importante entre un procedimiento de razonamiento inductivo en sentido estricto y un procedimiento abductivo. El razonamiento inductivo, propio de las ciencias experimentales en general, es el que busca establecer regularidades o leyes generales a partir de la experiencia de casos concretos o de observaciones empíricas particulares. El razonamiento hipotético o abductivo pretende formular causas probables para efectos conocidos, en definitiva, pretende establecer la “inferencia a la mejor explicación”, y es propio tanto de las ciencias históricas como del razonamiento metafísico post-kantiano.

La diferencia entre una y otra tradición filosófica se hace aquí especialmente relevante, y de forma notable, en la manera en que una y otra se enfrentaron en su momento al desafío de la síntesis kantiana a la metafísica tradicional y en concreto a su crítica de los argumentos para la existencia de una realidad trascendente. La tradición continental optó por afrontar la filosofía de Kant mediante la refutación de sus argumentos y la reivindicación de las fórmulas propias de la escolástica tradicional y en concreto de la validez del discurso de las vías tomistas y la invocación de un estatus de certeza para nuestras convicciones. Por el contrario, la tradición anglosajona optó por la vía de la superación del pensamiento kantiano, al reconocer que el conocimiento humano no está hecho de certezas sino de convicciones más o menos probables en torno a la realidad y que el camino de los argumentos “inductivos” no solamente era el apropiado para el progreso de la ciencia sino también para la construcción de nuestras convicciones en torno a lo absoluto y la justificación última de todo lo existente.

El profesor Arana se hace eco, al comienzo de su conferencia, de esta divergente actitud de ambas tradiciones en cuanto al diálogo entre ciencia y filosofía se refiere y la utilidad de dicho diálogo para el desarrollo de una teología natural. Pues bien, no es descartable que la actitud de la tradición continental de rechazar los planteamientos de la filosofía de Kant y reivindicar el discurso deductivo tradicional de los argumentos de la teología natural haya terminado por abrir una brecha insalvable con la ciencia moderna, cuyos planteamientos epistemológicos y metodológicos quedan muy alejados del discurso metafísico tradicional. Por el contrario, la tradición anglosajona ha sabido soslayar la crítica kantiana, superando una epistemología ya obsoleta y asumiendo una nueva concepción del conocimiento racional como vehículo de acercamiento a las verdades trascendentes, mucho más en consonancia con el método y la epistemología propias del saber científico.

De esta manera el conocimiento racional puede volver a encontrar la armonía entre ciencia y filosofía sobre unas bases que permiten el avance conjunto de ambas disciplinas y el diálogo que la tradición continental no ha sabido mantener. Creo que el diseño inteligente constituye un vehículo enormemente apropiado para fomentar este diálogo entre ciencia y filosofía armonizando el método científico con las inferencias filosóficas correspondientes en el marco de un discurso de carácter eminentemente abductivo. Pienso que esta perspectiva permite soslayar por superación la crítica kantiana a los argumentos tradicionales y en especial al argumento cosmológico, y lo que es más importante, creo que el discurso del DI permite, como ninguna otra perspectiva en la actualidad, recuperar el planteamiento esencialista de la filosofía clásica, cuya ruptura y abandono por la escuela moderna de la filosofía que sale del cartesianismo y el empirismo del siglo XVII nos ha sumido en un auténtico callejón sin salida intelectual. Pero esto ya será objeto de una reflexión específica que seguirá en breve. (continuará)

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