Jean Rostand y los tres enigmas de la vida

Felipe Aizpun

Jean Rostand es una figura prominente del humanismo francés del pasado siglo. Biólogo, filósofo, escritor prolífico y de gran talento (fue miembro de la Académie Française), era hijo de Edmond Rostand el autor del célebre “Cyrano de Bergerac”; su vida ocupó los tres primeros cuartos del siglo XX legándonos una gran cantidad de trabajos y escritos de muy diverso asunto. Hombre de convicciones naturalistas en línea con el pensamiento filosófico dominante en su tiempo, no pudo menos de sentirse sobrecogido ante el espectáculo fascinante e inabarcable de la vida. En un comentario reciente en Evolution News and Views, Granville Sewell se hacía eco de unos párrafos extraídos del libro de Rostand de 1956 “¿Peut-on modifier l´Homme?”. Dicen así:

Pero es aquí donde debemos recordarnos a nosotros mismos que nuestros éxitos, por asombrosos que resulten, dejan los enigmas de la vida casi intactos. Los tres problemas cardinales de la biología (el problema de cómo crece una criatura viviente, el problema de cómo evolucionan las especies, el problema de cómo se originó la vida) han sido apenas tocados por los científicos. Tenemos poco más que una vaga idea de cómo un organismo complejo puede estar contenido en una célula germinal; no tenemos casi idea de cómo pudo haberse producido, en el curso del tiempo, la metamorfosis orgánica que ha llevado a producir la especie humana a partir de algún virus originario, y no tenemos la menor idea de cómo nacieron los primeros seres vivos.

Y así, después de haber afirmado cuán extraordinaria, cuán prodigiosa es la biología, sólo nos queda reconocer cuán superficial, cuán engañosa es en el fondo esta magia nuestra… Como solía decir una y otra vez al final de su vida el gran científico Eugene Bataillon “en realidad no creamos nada”… “simplemente plagiamos a la Naturaleza, y nuestro plagio no tiene la perfección del original… cuando acertamos es porque, en algún punto imperceptiblemente pequeño, nuestra lógica ha resultado ser conforme con una lógica que va prodigiosamente por delante de nosotros”

Hay algunas palabras grandes, exactas, sobre las que nunca podemos meditar en exceso. Porque es desde luego una certeza que todos los poderes de la biología no pueden crear una célula, o un núcleo, o un cromosoma o un gen… Alteramos cantidades o relaciones, modificamos los ritmos, traemos a colación éste o aquel factor para que actúe antes o después, o lo suprimimos, o invertimos el orden de los eventos, o introducimos aquí algo que sólo debería de operar en otra parte, o hacemos actuar masivamente una sustancia que normalmente sólo interviene en muy pequeñas cantidades: en resumen, jugamos con el zigoto o el embrión. Y ciertamente engañándolos así podremos divertirnos y aprender hasta el final de los tiempos. Combinamos, transponemos, interponemos, pero en cada paso estamos utilizando lo que existe, en cada paso estamos explotando el verdadero poder creativo de la vida, estamos encajando en el marco preexistente lo que es la verdadera obra maestra, estamos haciendo un uso ingenioso del genio de las células y, al hacerlo, somos como artistas de revista que ganan aplausos baratos parodiando una escena de “El Cid” o un parlamento de “Cyrano de Bergerac”… Cuidemos de no reivindicar toda la gloria del éxito obtenido. En nuestros más sonados, más espectaculares experimentos, la parte principal del espectáculo está asegurada por la vida, la anónima vida.

Más de medio siglo después, como señala Sewell, los tres grandes enigmas de la vida siguen muy lejos de haberse resuelto de manera satisfactoria. Seguimos sin tener “la menor clave” (en palabras de Paul Davies) sobre el misterio del origen de la vida. Seguimos discutiendo sobre los mecanismos que podrían haber dado pie a los saltos evolutivos que explicarían la emergencia de las diferentes especies en el tiempo. Y seguimos ignorando en gran medida las causas del proceso de desarrollo de un ser vivo y la forma en cómo el fenotipo se concreta partir del presumible programa informacional contenido en el material hereditario de la célula. Rostand, todo hay que decirlo, no descartó en ningún momento el origen puramente naturalista de algunos de estos fenómenos: “por muy oscuras que me resulten las causas de la evolución, no dudo por un momento que son enteramente naturales”. Una expresión típica del prejuicio filosófico naturalista que ha condicionado y dirigido la investigación científica durante los dos últimos siglos.

En definitiva, la biología no puede ser una ciencia bien asentada si no ataca de forma directa el problema científico pero también filosófico por excelencia, el problema de la causalidad. Algunos conspicuos darwinistas no han sido ajenos a esta preocupación y es por eso que no pocos de ellos figuran en los anales de la filosofía de la biología por sus contribuciones al respecto; tal es el caso de uno de sus más genuinos representantes, Ernst Mayr, responsable de un célebre trabajo titulado “Causes and Effects in Biology”. El trabajo de Mayr es decepcionante por muchos motivos y pone en evidencia las dificultades para salir airoso del desafío cuando se plantea el análisis desde la asunción preconcebida de conclusiones nunca demostradas en torno a la naturaleza y los mecanismos del proceso evolutivo. No me extenderé al respecto pero sí puedo sugerir a los lectores interesados en el tema la lectura del trabajo crítico de André Ariew titulado “Ernst Mayr’s ‘ultimate /proximate’ distinction reconsidered and reconstructed” (2002)

Mayr tiene la honestidad de reconocer que la teleología inherente a los organismos vivientes exige algún tipo de explicación causal, pero como era previsible diluye toda indagación en el mantra de la selección natural como explicación última de toda la realidad viviente y disfraza la finalidad inherente a los seres vivos con el subterfugio de una teleonomía programada en la base genética de cada organismo. La teleonomía, término acuñado por Monod, no es otra cosa que el recurso dialéctico que define como aparente la finalidad observable en los seres vivos y la desconecta arbitrariamente de cualquier proyecto intencional en su origen. La teleología como desafío es esquivada por Mayr con un hábil recurso dialéctico. Consciente de que la indagación racional no se acaba en la aproximación científica al “cómo” (“how”) de los acontecimientos sino que exige algún tipo de respuestas al “porqué” (“why”) de las cosas, Mayr afirma con rotundidad y sin explicación que lo justifique que el “why” de la biología debe referirse simplemente al “how come” y nunca al “what for”; es decir a cómo surgieron las cosas pero no al para qué surgieron. En definitiva, reconduce la pregunta finalista a una respuesta mecanicista y asunto terminado. Así se escribe la historia de la filosofía biológica del darwinismo.

Pero sigamos; la historia de la ciencia moderna supone un avance profundo en el conocimiento de los secretos de la biología. Pero no porque hayamos desvelado los entresijos de los mismos sino simplemente porque según profundizamos en la investigación nuevos desafíos van apareciendo que nos muestran cuán alejados estábamos del verdadero conocimiento de los procesos y las causas más íntimos de la vida. Más allá de los enigmas señalados por Rostand subyace otro reto para la explicación causal de los procesos de la vida que exige ser abordado previamente a cualquier explicación teorizante del origen de la vida o su evolución: el enigma de la causación del fenotipo a partir del genotipo, sus causas próximas y sus causas últimas, por utilizar el lenguaje de Mayr en su trabajo mencionado.

En una reciente reseña crítica al libro de James Shapiro “Evolution: A View from the 21st Century” Jonathan B.L. Bard, de la Universidad de Oxford, nos señala lo siguiente:

La teoría sintética de la evolución, la visión estándar del siglo 20 en torno a cómo acontecen los cambios evolutivos, está basada en la selección, variaciones hereditarias en el genotipo y un simplista concepto del gen. Es por lo tanto incapaz de incorporar dos aspectos clave del conocimiento moderno sobre biología molecular: primero, la riqueza de las formas de variación del genoma, mucho más complicadas que simples mutaciones, y segundo la opaca relación entre el genotipo y el fenotipo resultante.

Por el momento, no tenemos una buena teoría de cómo leer las redes genéticas, cómo modelarlas matemáticamente, o cómo las redes se entrelazan unas con otras; peor aún, carecemos de obvias líneas de investigación para estudiar estas áreas. Queda mucho para que la biología de sistemas pueda proporcionar una explicación plena de cómo los genotipos generan los fenotipos y sentar así las bases para un modelo evolutivo completo propio del siglo XXI.

El problema de la causación del fenotipo es, por tanto, un problema esencial para la biología en general y para cualquier propuesta evolutiva en particular. Vale la pena que nos detengamos a reflexionar sobre ello, cosa que haremos en dos próximos comentarios.

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