James Barham y la Estabilidad Funcional

Felipe Aizpun

Barham sigue aportándonos sus reflexiones en torno a la naturaleza de los organismos vivos en su blog “The Best Schools”. En su última entrega se ocupa de una característica específica de los vivientes que no tiene parangón entre los restantes seres del mundo conocido y que los caracteriza como entidades que exigen una explicación causal diferenciada. El artículo se refiere a una cualidad que define muchos sistemas presentes en la Naturaleza y que los caracteriza en su especificidad, la estabilidad. Para cada cosa que existe, nos dice Barham, debemos preguntarnos ¿qué es lo que le hace preservar la existencia en el concreto tipo de sistema que esa cosa es? La estabilidad es por tanto, la cualidad que hace que algo persista en la existencia siendo lo que es. Es importante recordar que la existencia de la cosa como sistema no implica la persistencia en el todo de todas y cada una de las partes constituyentes originariamente de la cosa observada.

En especial los seres vivos muestran una sorprendente estabilidad en el sentido que tienden a la permanencia en el ser del tipo de sistema que son durante mucho más tiempo del que se derivaría de la consistencia termodinámica aislada de sus elementos constituyentes a nivel atómico o molecular. Esta estabilidad, nos dice Barham, descansa sobre dos principios. Por una parte la coordinación intrincada de miles de reacciones químicas en el tiempo y el espacio, y por otra la habilidad de los organismos y de sus componentes para desplegar nuevas estrategias responsivas a los cambios experimentados en el entorno, tanto interior como exterior al propio organismo.

Algunos autores han propuesto el término de “estabilidad dinámica” para definir esta específica cualidad. Barham discrepa, considera que tal estabilidad dinámica es igualmente predicable de determinados sistemas no vivientes, como en las estructuras disipativas (una llama, un huracán etc) que se encuentran en estabilidad dinámica presentando una consistencia como sistema mientras al mismo tiempo se mantienen lejos del equilibrio termodinámico en un flujo interno permanente. Barham, en cambio, propone la noción de “estabilidad funcional” para caracterizar la permanencia en el ser de los organismos vivos. Este concepto de estabilidad funcional recoge así la condición inevitablemente teleológica de la coordinación de las reacciones químicas antes mencionadas, tanto como de las respuestas adaptativas de los seres vivos a los cambios experimentados en su entorno.

Este concepto sirve para resaltar y poner de manifiesto algo que a Barham en sus escritos le preocupa especialmente, la diferencia manifiesta e insalvable entre los artefactos fruto de la humana producción y los seres vivos. Los seres vivos no son máquinas, no están hechos de partes ensambladas. Su estabilidad funcional procede desde dentro, no le ha sido otorgada de manera “artificial”. Su estabilidad es robusta, flexible, adaptativa, y por decirlo de forma clara, inteligente. La estabilidad, y la inteligencia inherente al sistema manifestada en su finalismo y en su carácter “agente”, actuante, son, prosigue Barham, las dos caras de una misma moneda:

En el caso de una máquina, el orden funcional de la misma nada tiene que ver con el material del que la máquina está compuesta. Tal orden le es impuesto por completo desde fuera, por nosotros. Las partes materiales de las que está hecha una máquina son perfectamente indiferentes en relación a la finalidad a la que el todo por nosotros diseñado ha de servir. Es más, la estabilidad de una máquina reside en la rigidez (no en la flexibilidad ni mucho menos en la inteligencia intrínseca) de sus partes.

En contraste con lo que ocurre en una máquina, todo lo que funciona en el interior de un ser vivo posee una finalidad inherente, en concreto, el mantenimiento del organismo en la existencia. Esta es la diferencia esencial entre seres vivientes y no vivientes.

Y esto, por encima de todo, es lo que requiere una explicación científica.

Esta reflexión tiene un interés específico que Barham no destaca pero que yo no quiero dejar escapar. A menudo la propuesta del Diseño Inteligente ha sido criticada alegando que implica una visión mecanicista de los seres vivos, un olvido de la diferencia esencial entre unos y otros en los términos aquí expuestos. Lo curioso es que estas críticas han venido a veces de forma muy rotunda por parte de algunos filósofos adscritos a la tradición del pensamiento aristotélico-tomista como es el caso de Edward Feser, para quien los escritos de autores tradicionalmente defensores de la idea de diseño como es el caso de Paley y su famoso reloj representan una buena muestra de este error categorial. Nada más inexacto. Por una parte la analogía del reloj, como ya he explicado en otro comentario en este mismo blog, no se refiere a la construcción mecanística del mismo sino a la función de orden de las partes con relación al todo, a la existencia de una finalidad que da sentido al conjunto, con independencia de la forma en que el mismo haya sido concebido y estructurado. Lo que nos indica la existencia de una causa inteligente en el reloj no es tanto la huella de una manufactura sino el sentido y la finalidad de la misma al servicio de un propósito funcional.

De hecho, si hay algo que distingue al discurso del DI es precisamente su acercamiento a la ontología clásica y su intento de recuperación de los principios fundamentales de la filosofía de la naturaleza (potencia y acto, parte y materia, principio de adecuación causal…) de indudable raigambre aristotélica desechados por los pensadores de la modernidad. La inferencia de diseño implica una concepción de la realidad y la Naturaleza sustentada principalmente en el esencialismo tradicional desechado por los intelectuales a partir de la revolución cartesiana en el pensamiento filosófico. Es por ello que a Barham no le supone ningún esfuerzo conjugar su reivindicación de

una perspectiva indudablemente aristotélica de la vida en el discurso clásico de la diferencia entre naturaleza y arte, con una reivindicación expresa de una causalidad inteligente en el origen de la vida y de los seres vivos:

La falsa explicación de la selección natural nos ha impedido ver durante demasiado tiempo la importancia de la estabilidad funcional. Pero el fenómeno está ahí ante nuestros ojos, tanto en la sólida coherencia y coordinación de la bioquímica de la vida como en la sorprendente capacidad de adaptación de los vivientes a las perturbaciones experimentadas.

Toda la evidencia empírica apunta a la existencia de un poder actuante inteligentemente subyacente a la vida. Todo lo que tenemos que hacer es quitarnos la venda de los ojos y mirar.

Eso no quiere decir que tengamos los recursos conceptuales para explicar la agencia inteligente de los vivientes como una propiedad emergente de la materia. Quiere decir que tenemos que intentar desarrollar esos recursos si queremos llegar a entender la vida y la evolución de manera plena.

Barham conecta así en sus reflexiones con muchos caminos emprendidos por gran cantidad de científicos que ven imposible contener su discurso en el marco impuesto por el paradigma oficial. Entre ellos Shapiro, al que Barham ha dedicado gran atención, pero también, como veíamos hace unos días West-Eberhard y su reivindicación de la plasticidad fenotípica. Pues bien, viene a colación comentar un trabajo de gran interés que bajo el título de “Aspects of Plants Intelligence” publicaba Anthony Trewavas en el libro “The Deep Structure of Biology” publicado en 2008 por Templeton Foundation Press y en el que nos detendremos en un próximo comentario.

Entretanto, nos quedaremos con una reflexión: lo que todos estos autores nos enseñan lo resume Barham de forma clara y precisa, lo importante no es explicar el origen de tal o cuál rasgo biológico si no más bien cómo funciona la vida en realidad, y ello implica comprender la específica condición de la estabilidad funcional de los seres vivos. Dicho de otra forma, lo que se trata no es de explicar la biología a la luz de la hipótesis fantasiosa del darwinismo, si no entender la naturaleza y el funcionamiento de los organismos vivos y después buscar una explicación evolutiva razonable, que incluya una perspectiva completa de causalidad.

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