James Barham comenta las opiniones de Shapiro

Felipe Aizpun

Siguiendo el hilo de nuestro anterior post cabe considerar que la pregunta clave que sugieren los trabajos de Shapiro (¿de dónde sale la ingeniería genética celular?) se la han hecho también otros intelectuales y alguno incluso se la ha hecho al propio Shapiro. Tal es el caso del filósofo norteamericano James Barham quien ha intercambiado impresiones al respecto con el biólogo de Chicago en sus blogs respectivos: Shapiro en el “The Huttington Post” y Barham en “The Best Schools”.

Barham es un tipo interesante, se autodenomina “Ateo No-materialista” y si tenemos que hacer caso a lo que nos dice en sus recientes “confesiones” sus posiciones no estarían lejanas de las del filósofo británico ya desaparecido Antony Flew, es decir, una aceptación de la existencia de una causa inteligente en el Universo (el dios de los filósofos, pero no el Dios de las religiones) motivada por el conocimiento científico de la Naturaleza y en especial de la biología. En concreto, Barham considera como una característica principal de los seres vivos necesitada de algún tipo de justificación causal privilegiada lo que él denomina “agencia”; los seres vivos, en definitiva y tal como lo expresara gráficamente Schrödinger hace varias décadas (en “What is Life?”) “hacen cosas”. Este hacer cosas y en concreto hacer cosas “para” garantizar su supervivencia en una conducta abiertamente finalista como expresamente concede el propio Shapiro en sus escritos, ha llevado a Barham a reconsiderar seriamente un vocablo proscrito por la ciencia moderna: el “vitalismo”.

Barham defiende sus posiciones aclarando que no pretende resucitar la idea de un vitalismo identificado con una fuerza sobrenatural que actuara en el organismo viviente “desde fuera”. Por el contrario, entiende que hay sitio para una concepción del vitalismo como un principio impulsor del comportamiento agente de los vivientes que actúa “desde dentro” y que una perspectiva tal no puede ser rechazada visceralmente del ámbito del conocimiento científico. Para Barham los seres vivos se distinguen de la materia inerte por tener propiedades y poderes causales que surgen desde dentro y que son más que la suma de las propiedades y los poderes de las inanimadas partes de que están compuestos.

Considera necesaria la introducción de este concepto con objeto de recordarnos que una célula no es una mera acumulación de reacciones químicas puntuales, y que cada una de las cuáles no ha surgido por azar y luego preservada y propagada merced a la selección natural. Shapiro y Barham coinciden en gran número de interpretaciones sobre el comportamiento de los seres vivos y ambos reconocen la evidencia de que los vivientes presentan capacidades cognitivas y sintientes que producen reacciones específicas de tipo finalista. Shapiro en concreto identifica tales comportamientos como ejemplos evidentes de “ingeniería genética natural”. Sin embargo Shapiro desconfía de que los “vitalistas” puedan identificar la “sede” de tales capacidades. Barham por su parte arguye que no existe una “sede” concreta en que tales capacidades puedan residir sino que las mismas son, como ya hemos mencionado en otras ocasiones, la resultante de la agencia de la célula en su conjunto.

Pero lo importante, nos dice el filósofo de la Universidad de Notre Dame, no es el nombre que le demos sino el contenido de aquello que queremos describir y en este caso, dos cosas son relevantes:

a) Si los rasgos fenotípicos novedosos son producidos por mecanismos de ingeniería genética natural, entonces sería este mecanismo y no la selección natural el principio causante del hecho evolutivo.

b) Si la propia selección natural no puede explicar la aparición de los mecanismos de ingeniería genética natural entonces debemos de buscar su causa y origen en algún otro lado.

Shapiro siempre se ha mostrado incómodo llegados a este punto. Enormemente remiso a profundizar en la búsqueda de causas más allá de la evidencia observable se limita a afirmar de manera categórica.

“La ingeniería genética natural, la capacidad bioquímica de las células para remodelar sus propios genomas, no precisa de una explicación. La realidad de la habilidad de las células para restructurar su ADN ha sido documentada en gran cantidad de observaciones empíricas detalladas en mi libro.”

Este planteamiento pone en evidencia la falta de justificación de los mecanismos observables desde una perspectiva estrictamente naturalista. Pretender que algo tan sofisticado y complejo como los mecanismos de ingeniería genética natural no necesitan justificar su emergencia en los organismos vivos aduciendo que su existencia es más que evidente es una perfecta contradicción. Si algo requiere ser explicado es precisamente aquello de cuya existencia tenemos perfecta constancia como una novedad emergente. Pocas cosas hay en el mundo natural que debamos aceptar sin intentar buscar explicaciones (como simples “brute facts”) y desde luego la complejidad de los procesos de la vida no es una de ellas.

Shapiro reconoce que existen lagunas en nuestro conocimiento en relación, por ejemplo, al origen de la vida, y que tales lagunas bien pueden extenderse a algunas de las características de los vivientes que tanto llaman la atención y suscitan el interés investigador de Barham, tales como la “agencia” y la teleología innegables en los organismos vivos. Pero se niega a sacar conclusiones más allá de la mera descripción y constatación de los procesos. Por supuesto si uno no quiere que le den respuestas “inoportunas” lo mejor es no hacer(se) preguntas.

Pero Barham es de esa clase de tipos que se empeñan, como los niños pequeños, en buscar el “porqué” de los “porqués” de cada cosa:

“La cuestión es que debemos de buscar la fuente de las misteriosas capacidades cognitivas de las células, y que “fuente” no sólo significa el origen histórico si no también los principios subyacentes a tales capacidades actualmente existentes.”

Barham le recuerda a Shapiro que no puede eludir las consecuencias de sus propuestas científicas y que las impertinentes inquisiciones tanto de sus correligionarios naturalistas adscritos todavía al paradigma darwinista como de los proponentes de las teorías del Diseño Inteligente deben ser atendidas. Las observaciones puestas de relieve por Shapiro tienen profundas implicaciones filosóficas, y si bien no podemos culpar a Shapiro por no poder ofrecer una respuesta convincente a las cuestiones suscitadas no puede en modo alguno pretender que las preguntas resulten innecesarias o inoportunas. Concluye Barham:

“Pero el darwinismo no ha sido nunca una historia científica más. Sus proponentes la han tenido siempre por un sistema metafísico completo. Más aún, los darwinistas han considerado siempre una tarea suya el reducir las evidentes características teleológicas y normativas de la vida a meras interacciones mecánicas. De esto trata la teoría de la selección natural.

Por eso, Shapiro resulta un tanto ingenuo si piensa que puede olvidarse de las implicaciones filosóficas de sus posiciones como algo ajeno a su responsabilidad. Está enredado en ellas, le guste o no.

O bien las células son meras máquinas hechas de partes inherentemente inertes ensambladas por la selección natural, o son… algo más. Nadie que rechace la primera alternativa debería sorprenderse por que se le pregunte qué es lo que ese “algo más” pudiera ser.

Además, si ni siquiera nos hacemos la pregunta, ¿cómo podemos esperar algún día poder encontrar una respuesta?

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