Icons of Evolution: los pinzones de Darwin (2)

Por Felipe Aizpún

El caso de los pinzones de Darwin merece una atención especial ya que, se tome por donde se quiera, supone una historia que no encaja en el modelo de la teoría darwiniana de la evolución por selección natural ni a empellones. Lo primero que es preciso establecer es que la hipótesis de que las diferentes especies que habitan las islas proceden por diversificación de una única especie antecesora es una pura especulación. Cualquiera que sea el grado de convicción y la racionabilidad de la hipótesis es preciso establecer siempre, cuándo nos encontramos ante un dato científico y cuándo ante una mera hipótesis especulativa. En realidad damos por hecho que los pinzones proceden todos de una única especie antecesora porque hemos asumido previamente como válida la hipótesis darwiniana de la evolución a partir de un único ancestro común según el esquema del célebre árbol de la vida. A partir de ahí la verificación de la diversidad de especies de pinzones en las Galápagos se exhibe como prueba de la propia teoría. El argumento es perfectamente circular y por lo tanto absolutamente carente de valor.

Pero imaginemos por un momento que tal cosa fuese cierta y que una primera especie originaria hubiese dado lugar a la diversidad existente en las islas. En realidad tal circunstancia contradice profundamente la lógica del discurso neo-darwinista. Es preciso recordar que el mecanismo darwinista de la evolución pretende explicar la especiación como el producto de la acumulación de mutaciones fortuitas dirigido por la fuerza rectora (“driving force”) de la selección natural. Pero, tal como reparase el ilustre científico evolucionista Ernst Mayr, el proceso requería un condimento adicional imprescindible: la especiación alopátrica, es decir, la previa separación geográfica de las poblaciones. Las mutaciones fortuitas son el expediente elegido para garantizar el cambio, la emergencia de las novedades biológicas. La sección natural sería la fuerza impulsora de la generalización de los caracteres novedosos en el seno de las distintas poblaciones. Pero si sólo contáramos con estos dos factores, el aumento de la diversidad no quedaría explicado. De ahí que el famoso libro sobre “el origen de las especies” de Charles Darwin haya pasado a la historia, entre otras cosas, por no haber aportado ninguna pista en torno al “misterio de los misterios” (en palabras del científico británico John Herschel), la conformación de grupos de seres vivos discretos y discontinuos en relación al resto de seres vivos (la especiación). Darwin creyó haber explicado como cambian las especies, pero nunca pudo justificar cómo una especie se bifurca en dos.

El modelo darwinista exige que las diferentes especies se desdoblen en el tiempo, es decir, de cada especie que evoluciona deben surgir al menos dos especies nuevas de acuerdo con el esquema de ramificación del árbol de la vida. El problema es que la selección natural por sí sola no garantiza este hecho. Por el contrario, en la mente de Darwin el papel de la selección natural en el proceso no era tanto garantizar la diversidad sino explicar las discontinuidades entre las especies. La evidencia empírica es perfectamente contraria al sentido gradualista del modelo, por lo tanto, las discontinuidades remarcables entre las diferentes especies vivas exigen una explicación; la selección natural, la supervivencia del más apto en la lucha por la vida, se encargaría de explicarlo.

En este contexto la selección natural actúa en el seno de cada población premiando a los mas aptos y aniquilando (el carácter exterminador de la selección natural en la obra de Darwin es explícito y reiterativo) a los más débiles. De tal manera que la emergencia de novedades biológicas ventajosas lo que produce es un cambio en la frecuencia de alelos en el seno de una población pero no explica el desdoblamiento de la misma en dos o más especies diferentes. Mayr comprendió que el aumento de la diversidad exigiría la divergencia de las especies en poblaciones aisladas geográficamente para favorecer la evolución de las diferentes poblaciones en caminos evolutivos dispares, y ello, normalmente, justificado por la existencia de respuestas adaptativas diferentes en hábitats diversos.

El problema con los pinzones de Darwin es que las diferentes especies de pinzones conviven armoniosamente al cabo de los siglos en un hábitat reducido y aislado geográficamente del Continente americano. Sería de esperar que, en esas circunstancias la selección natural hubiese favorecido, no la diversidad sino la imposición de los caracteres más aptos. En realidad el proceso de selección natural no parece haber tenido la fuerza necesaria para hacer desaparecer especies antecesoras o para imponer un resultado de superioridad adaptativa en el marco de la lucha por la supervivencia.

La conclusión mas inmediata es que la diversidad no puede quedar explicada por la selección natural y que la posibilidad de un aumento de la diversidad en un hábitat determinado mediante la proliferación de variedades de un mismo cuadro morfológico es posiblemente un proceso que se explica mejor como una tendencia natural a la concreción de posibilidades potenciales encerradas en el genoma de cada especie. Recordemos algunos ejemplos importantes de especiación: las libélulas presentan unas cinco mil especies diferentes y las esponjas aproximadamente entre seis mil y ocho mil según los textos. Por supuesto muchas de ellas conviven en el mismo hábitat sin que la idea de una lucha por la supervivencia parezca tener nada que ver con la proliferación de la diversidad. Ésta se debe muy probablemente más que al azar y a la selección natural a una concreción de un potencial de plasticidad en la expresión fenotípica encerrado en el genoma de cada especie desde su origen, cualquiera que éste sea, y en la capacidad del proceso de la vida para generar barreras reproductivas por causas mucho más conformes con las teorías neutralistas que con la épica adaptativa del modelo neo-darwinista.

Por supuesto que las observaciones relativas a la mayor proliferación de determinados tipos de pinzones según las condiciones climáticas y la influencia de éstas en la producción de alimentos para las aves puede legítimamente presentarse como ejemplo de la actuación de la “fuerza” de la selección natural en la Naturaleza. Pero no puede presentarse como evidencia de que la selección natural sea la fuerza directora del proceso evolutivo. Tal conclusión carece de relación lógica con la evidencia observada.

Lo que el modelo darwinista debe demostrar no es si en la Naturaleza se producen episodios de supervivencia y adaptación a las condiciones cambiantes del entorno. Lo que se tiene que demostrar es que esos episodios tienen alguna relación con la emergencia de novedades biológicas o con la radiación en la diversidad de las formas biológicas y en último extremo con el aumento de la complejidad y la aparición de la información genética prescriptiva propia de cada especie diferenciada. Lo que resulta chocante y carece de justificación en el paradigma darwinista es precisamente la discontinuidad de las especies en grupos discretos que permanecen reproductivamente aislados. Los pinzones de Darwin podrían ser un ejemplo de aumento de la diversidad, pero no sirven para justificar la inexistencia de las innumerables especies intermedias que el paradigma neo-darwinista reivindica como desaparecidas.

Resumiendo: lo único que prueba la existencia de catorce especies (más o menos) diferentes de pinzones en las islas Galápagos es que en las islas Galápagos hay catorce especies (más o menos) diferentes de pinzones. Y que según el clima, unas menguan y otras medran.

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